Didacta Centro Psicoanalítico de Madrid

Recientemente tuve la ocasión de leer detenidamente la obra de Slavoj Zizek Ateísmo cristiano. Cómo ser un verdadero materialista (Editorial Akal, pensamiento crítico. 2024). Desde un interés personal en los procesos de “racionalización difusa” que exploré en artículos anteriores (Reguera Nieto 2024) y a través de los cuales Max Weber describió cómo la doctrina religiosa permeaba los sistemas de organización social posteriormente laicos, algo en el título ya me atrapó. Desde el oxímoron juguetón hasta el sarcasmo del subtítulo, llama la atención su imitación del formato de autoayuda en un tema especialmente denso.
Ya desde las páginas iniciales, nuestro particular rockstar del pensamiento (Fanjul 2026) se introduce en el núcleo de su postura sin atajos. Afirma que “el ateísmo no puede sostenerse por sí mismo; es necesario tomar el desvío de la religión”. Retoma la diferencia entre la concepción de la religiosidad en Freud y en Lacan. Donde el primero repetidamente teoriza un “síntoma curable”, el segundo sostiene un sinthome incurable.
En su estilo conocidamente provocador y por otro lado, gustoso de enfant terrible, Zizek apunta que específicamente el cristianismo es la religión que se debe atravesar para poder llegar al materialismo filosófico. Para él, a diferencia de otras religiones politeístas y monoteístas actuales, el cristianismo es el único que ha llegado a transferir a Dios la falta en ser. Y por ende la necesidad de explorar esta brecha frente a otras religiones donde se sigue buscando lo Uno del cosmos, lo Uno del mesías o lo Uno de la nada. Solamente a través de la teología política, será posible de nuevo la emancipación radical. “Decir que Dios es engañoso, malvado, estúpido, un muerto viviente… es mucho más radical que afirmar directamente que no hay Dios”. Para nuestro autor “hegeliano-lacaniano”, solamente la dialéctica de la teología cristiana va a poder reactivar el proceso emancipador propio de Occidente.
Se podría seguir aquí una cierta continuidad con una de las obras totémicas de la filosofía del siglo XX, La dialéctica de la Ilustración (Horkheimer y Adorno 2007). En este libro, tildado numerosas veces de pesimista respecto al ideal ilustrado, los autores sostienen una tesis básica. Y no es tanto que la alienación sea el reverso de la dialéctica (Feuerbach) sino que la propia razón moderna se habría vuelto antidialéctica al convertirse en un instrumento de dominio instrumental. Lo que ha sido achacado al capitalismo o al neoliberalismo como sistema autodestructivo, sería mucho más anterior y básico en un sentido filosófico. Y por supuesto exportable a las modernas culturas tecnocráticas no estrictamente capitalistas de la actualidad.
Zizek repasa así el auge y caída de la “cultura woke” precisamente como la búsqueda premeditada de la anulación de la dialéctica. La autodestrucción de los principios organizadores ha sido además, según el autor, transferida a la nueva derecha alt-right que cada vez incorpora más elementos de victimización. “La emancipación misma será denunciada como un proyecto eurocéntrico”. Todas las virtudes y conquistas de tal movimiento woke serán acorde a Zizek caducas precisamente por su carácter a-dialético. Citando a A. Johnston, se plantea una pregunta clave: “¿Está el ateísmo condenado a seguir siendo, en términos hegelianos, una negación determinada del cristianismo, y por consiguiente a ser siempre parasitario o dependiente de aquello que niega?”. Ante lo que Zizek apuesta con claridad por la opción de sumergirnos en la dialéctica de la teología cristiana para poder llegar a redefinir un nuevo proceso emancipador.
Solamente desde este vértice se entiende según él el abandono por parte de la izquierda occidental del materialismo filosófico. Tirando de un dicho originariamente alemán (¿hegeliano?), se tiró al niño junto el agua sucia. Para el autor, la decadencia del proyecto izquierdista y la sucesiva sustitución por proyectos reaccionarios vendría derivada de este olvido. Un colapso de la razón ilustrada que se niega a sí misma, en palabras de Horkheimer y Adorno. No deja de ser paradigmático en este sentido que uno de los padres de la ilustración oscura, el CEO de Palantir Alexander Stark, protagonizara durante sus estudios de doctorado una disputa con uno de los últimos representantes de la escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas. El uso de la dialéctica negativa hegeliana y el alejamiento de la doctrina psicoanalítica de las pulsiones parece ser que supuso un detonante en la meteórica carrera… militar de este enigmático personaje (¿Fue realmente Alexander Karp 2026).
A partir de esta tesis, Zizek se introduce en una descomposición verdaderamente exhaustiva y en ocasiones excesiva de la realidad. Todo ello pese a seguir aparentemente la doctrina lacaniana merced a la cual “la verdad de la incompletitud sólo puede decirse a medias”. En vez de tomar tal axioma como una imposibilidad ontológica (en la línea de Wittgenstein), Zizek describe cómo “la realidad ignora (parcialmente) sus propias leyes y no sabe cómo comportarse; existe una grieta en la realidad que la hace no totalizable, no-toda”. Rechaza la cosmovisión budista por su paradójica búsqueda del Uno y a continuación, sostiene un intento de sistematización filosófica derivado de nuevos principios generados por la mecánica cuántica. Según esta teoría “hay una versión, entre las múltiples superposiciones, que colapsa en nuestra realidad común, pero no hay un destino ni una victoria del más apto: el colapso ocurre de forma irreductiblemente contingente”.
Específicamente Zizek toma el teorema de Bell como axioma para la definición de una nueva ontología. En 2002 se otorgó el Premio Nobel de Física a tres investigadores que describieron el mecanismo del entrelazamiento cuántico. Es decir, el modo “en que partículas invisibles, como fotones o pequeños fragmentos de materia, pueden vincularse o entrelazarse entre sí incluso si están separadas por grandes distancias”. Es interesante cómo el autor se sirve de esta demostración para llegar a la conclusión de una realidad barrada en el sentido lacaniano. Habría así una “densidad caótica (o fealdad) de la realidad que no se puede generar mediante articulaciones formales (lógicas, matemáticas) bellas”. Zizek. Esa “otra realidad” objeto de la filosofía, subyacente a las apariencias, no estaría en ninguna caverna platónica sino que en sí misma sería “errónea”.
El libro que nos ocupa tiene pasajes decididamente oscuros y abigarrados, aunque nuestro autor es capaz de hacer una nueva pirueta y engarzar la densidad ontológica con la experiencia de lo cotidiano y de lo político. Especialmente revelador es el pasaje donde se ocupa de la renegación perversa como mecanismo regulador de nuestra interacción con los sistemas de IA en los cuales el ya lo sé, pero aún así guía la comunicación “pseudohumana” con un agente que simula ser humano pero no lo es. No obstante aquí es donde aparece la visión más esperanzadora del autor, quien considera dicha quiebra de nuestra subjetividad como lo más intrínsicamente humano. “La paradoja circular es que el sujeto es el fracaso mismo de la operación de convertirse en sujeto: lo que sería un obstáculo resulta ser una condición positiva”.
Nuestro ilustre esloveno dispone incluso de tiempo y espacio para la dialéctica de la construcción del género y la diferencia sexual, entrando de lleno en la delicada cuestión de lo trans. O para entrever el Discurso del Amo en los intercambios actuales de mercancía e información propios del capitalismo actual. En ellos el “fetichismo de la mercancía” marxista sería cualquier cosa menos simple. Gozar de este modo “no consiste en seguir nuestros impulsos espontáneos; es más bien algo que hacemos como una especie de deber ético extraño y retorcido”. Ya Freud nos alertó de las extrañas comunicaciones entre el Ello y Superyó donde este último está lejos de ser un mero censor. Zizek localiza en este “imperativo al goce” un mecanismo cardinal de nuestra época que aparece justamente cuando cede la represión del sistema patriarcal. A través de un caso clínico de un paciente impotente de Weiss con rasgos perversos que es consultado a Freud, nuestro ateo cristiano desgrana cómo aparece la coerción más brutal, la del goce, allá donde son derribadas esas barreras.
“Para que la creación (simbólica) tenga lugar, la pulsión de muerte (la hegeliana negatividad absoluta autorrelacionada) tiene que cumplir su trabajo de, justamente, despejar el lugar y prepararlo para el acto de creación. El nombre cristiano para este vaciamiento es la muerte de Dios en la cruz, que nos condena a los humanos a una libertad carente de cualquier garantía en el Gran Otro; y el acto creativo que se fundamenta en esta difícil libertad es el Espíritu Santo, la primera figura de lo que más tarde se conoció como Partido Comunista”. Aquí aparece sistematizada la visión de Carrère en su particularísima obra (Carrère 2015) sobre el cristianismo de los primeros tiempos, proto-comunista en la narración personal del francés y con un paralelismo en ambos movimientos sobre la capacidad transformadora más radical de la igualdad cristiana. No deja de ser interesante que ambos autores hayan sido atravesados por una conexión tormentosa con lo ruso en sentido amplio.
Excesivo, sinuoso, epatante en ocasiones, irritante a veces, genial en muchos momentos e indiferente nunca. Zizek en estado puro y teoría psicoanalítica en su versión más desencadenada. Abandonado por imposible el llegar a una síntesis unitaria de lo que ha generado tal obra en el que escribe, les dejo a ustedes la aventura de sumergirse en tal torrente de datos. No aparece ningún camino para ser un verdadero materialista pero saldrán transformados.
Referencias
¿Fue realmente Alexander Karp, fundador de Palantir, alumno de Habermas? Entrevista exclusiva con su directora de tesis. «Brede, K.» El Grand Continent, 2026.
Carrère, E. El Reino. Barcelona: Anagrama, 2015.
Fanjul, SC. «Judith Butler, Slavoj Žižek, Byung-Chul Han: cómo ser una ‘rockstar’ de las ideas.» El País, 2026.
Horkheimer, M, y T. Adorno. La dialéctica de la ilustración. Traducido por J Chamorro Mielke. Akal, 2007.
Reguera Nieto, Eduardo A. «Huérfanos de la paradoja.» Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid, nº 42 (2024): 95-99.
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