Reseña de la obra homónima de Elisa Martín Ortega, Eolas ediciones, 2026.
La escritora y profesora de literatura, Elisa Martín Ortega, ha escrito una crónica de los diez años de análisis, a razón de dos sesiones semanales, de una paciente, protagonista de su primera novela. El libro está dividido en un prólogo, capítulos titulados como los cinco sentidos, y un capítulo final dedicado a la última sesión; última sesión que no corresponde al fin del análisis sino a la última que realiza en el despacho del analista, que muda su consulta a otro lugar. Se trata de un texto íntimo e introspectivo que la voz narrativa dirige a su analista, Cuando usted lea estas líneas —pues, ¿querrá leerlas?— no seré ya, en puridad, la misma que las compuso (pág. 25), con quien desarrolla una transferencia poderosa, llena de expectativas, que la insta a observar las formas, los objetos de la consulta, el silencio y las palabras del analista, con especial atención, no exenta de zozobra.
Junto a las emociones que le produce la cura analítica, la narradora asocia algunos recuerdos de su infancia, sobre todo la relación con su padre, psicólogo infantil, y una figura importantísima en su vida, de quien depende incluso su integridad: No sé en lo que se convertiría la vida sin mi padre. Siento, de nuevo, que no sabría quién soy […] Me dehilacharía, pienso, me desharía como se descomponen los tejidos, dando lugar a un enjambre de hilos derramados (pág. 50).
Quien narra es una joven madre de dos niños pequeños que sufre una angustia devastadora con temores hipocondríacos casi constantes. Una mujer que estuvo atraída por la idea de psicoanalizarse desde niña. Una niña y, posteriormente, una adulta, seducida por el secreto de la consulta paterna, por las láminas de Rorschach que este poseía, por lo que acontece en un despacho que frecuenta cuando el padre está solo, por el secreto que esconde el tratamiento de los pacientes que acaparan la atención de su progenitor.
La demanda surge, como sucede en muchas pacientes, de su miedo a ser una madre atravesada siempre por la angustia: No podía acudir a Urgencias cada dos por tres con un bebé, creyendo que iba a morirme (pág. 27); y tras una crisis ocurrida en la planta de ropa de niños de un centro comercial, cuando ya había decidido ser madre, se decide a solicitar un análisis.
El capítulo dedicado al tacto transcurre durante la epidemia de la covid, cuando los temores se acentúan; temores de desmoronamiento, de daño, de miedo al contagio. Ganarse la confianza de esta paciente dañada es costoso, y es en el entorno analítico donde se depositan los temores más ancestrales, hasta que ese espacio se convierte en Un lugar confiable, acogedor y opaco se erige como pieza esencial en la construcción de una escena libre, a salvo de graves perturbaciones. La idea de perderlo conecta con fantasías inquietantes (pág. 107). Bleger decía que el encuadre analítico es el depositario de las partes psicóticas del paciente, y nuestra paciente deposita particularmente en un cojín su necesidad de asidero, de objeto transicional, para calmar el dolor psíquico que la amenaza.
Narrado con soltura y amenidad, mediante una introspección minuciosa, la autora no ofrece, sin embargo, respuestas, no alcanza a mostrar dónde ubica la génesis del sufrimiento de su protagonista, no hace un recorrido del síntoma, si bien hay analepsis, asociaciones que la llevan a su infancia, sino que explora el lugar de la cura y deja al lector que asocie, que hile, que levante hipótesis que expliquen de algún modo el origen de esa angustia desgarradora, sirviéndose del material que le proporciona.
Los psicoterapeutas encontrarán en este texto una muestra de la importancia que la presencia del analista adquiere para el paciente, que afirma: Yo no podría llegar más perdida cada tarde a su consulta; sin alivio, abandonada ya la esperanza de lo predecible, en busca de una insospechada salvación (pág. 63). Y, si bien las palabras del analista resultan determinantes, es el encuadre analítico el que sirve de sostén. Como afirma la autora: … las sesiones que se repiten dos veces por semana los mismos días y a las mismas horas, el lapso entre un encuentro y otro, con su duración constante, que funda un espacio, un reloj vital por el que corren las horas. Cuando la mente cae en el vacío, la esencia del análisis consiste en la creación de una secuencia temporal tejida a la medida del otro: de un sitio donde existir (pág. 64).
Voy a hablar de la esperanza es una crónica del camino entre ese vacío, la desesperanza, y la esperanza final, donde se apunta al reconocimiento del analista como sujeto no solo de la transferencia, sino como alguien vivo, independientemente de las proyecciones de la paciente: Apareció ante mí la obviedad de que aquellas cosas que yo amaba ocupaban también un lugar en su mente, envueltas en otra memoria y en otras fantasías (pág. 132). Es ahí, en esa progresiva desidealización donde parece esbozarse un posible final de la cura.
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