William Wilson, de Edgar Allan Poe. El papel del doble en la neurosis obsesiva.

por | Revista del CPM número 21

Introducción:
Abordaré en este pequeño trabajo de la mano de E.A. Poe, el papel del doble en la neurosis obsesiva. El Doppelgänger,

figura que atraviesa la literatura de todas las lenguas, especialmente en el romanticismo, es el protagonista de este cuento, William Wilson, y será también ese doble malvado, avasallador, juez y censor  que atormenta e impide al neurótico, dejándolo completamente expuesto y debilitado.

 

En Poe: Estudio Crítico, Davidson (1960) dirá que “Todo crimen es el rompimiento del orden aparente de las cosas…y es por consiguiente, como descubrir por un momento lo ideal, la naturaleza de las cosas”. Para Poe, la literatura y el arte deberán ser representantes de una realidad que está más allá de una primera fútil visión.  Del mismo modo, también el psicoanalista como el poeta, pondrá su empeño en buscar más allá de lo palpable hasta encontrar, a través de la palabra, esa verdad última que nos mueve desde el inconsciente a ser quienes somos.


Una de las razones por las cuales el psicoanálisis resulta fascinante, es por lo que en sí mismo tiene de aventura, de viaje a lo desconocido. Quien emprende esta empresa se adentra en las profundidades de lo humano, comisuras insondables del alma, origen de nuestros sufrimientos y motores inconscientes de nuestros actos.

Es por esto que para ilustrar el caso que hoy nos ocupa, la neurosis obsesiva, he elegido un breve cuento de Edgar Allan Poe. Publicado en 1840, narra la historia de un hombre, William Wilson, que acosado por su doble, huye e intenta zafarse sin éxito de ése «otro» que aparece siempre, inevitablemente, como su sombra. Vencido al fin, impotente y enajenado por la ira, le clava la espada de la desesperación y es, en ese momento, cuando se da cuenta  que en realidad se ha matado a sí mismo. Las últimas palabras de su oponente caerán sobre él como una maldición :  «Has vencido y me entrego. Pero a partir de ahora tú también estás muerto… muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza. ¡En mí existías… y observa esta imagen, que es la tuya, porque al matarme te has asesinado tú mismo!

¿Dónde quedó entonces el deseo del obsesivo, dónde su vida no vivida? Construye el neurótico,  débil, incapaz, con sus rituales y sus dudas, una guarida donde esconderse de sí mismo. Se refugia en el fondo de una caverna oscura que no le protege, acosado como está  por el miedo y la culpa. Se hunde así, el sujeto, en un verdadero infierno del que no logra liberarse y se convierte en un testigo alienado de su propio yo.  “El obsesivo es un actor que desempeña su papel y cumple cierto número de actos como si estuviera muerto. “  dirá Lacan. No parece sin embargo William un obsesivo al uso, o al menos no nos lo describe Poe como tal, pero Freud dirá que hay neurosis obsesivas sin ninguna conciencia de culpa, y sobre nuestro personaje cuando menos, pesa desde un principio una conciencia de fatalidad y duda, atribuyendo a causas misteriosas y ocultas la responsabilidad de sus actos.

Será una de las tareas del psicoanálisis buscar el camino recorrido hasta llegar a ese “devenir otro”, averiguar por qué y cómo, un ser humano se pierde en su desarrollo psíquico y se queda ahí, fijado en un punto del mismo,  un lugar infantil al que regresa de forma inconsciente en busca de protección y que sin embargo no le calma, no le arropa,  por el contrario, desencadena toda una cascada de sintomatología, intentos fallidos de solución de lo traumático. Y es en este sentido que comienza William a hablarnos de su infancia y de una cierta predisposición de carácter,y con la nostalgia del paraíso perdido, nos describe minuciosamente y cargado de afecto,  los amados paisajes de su niñez en un pueblo de Inglaterra y los recuerdos primeros de la escuela, recuerdos, que como bien intuye, tendrán gran relevancia en lo venidero : «Esos detalles, triviales y hasta ridículos en sí mismos, asumen en mi imaginación una extraña importancia por estar relacionados con una época y un lugar en donde reconozco la presencia de las primeras ambiguas admoniciones del destino (…)»

Aparece también aquí la identificación con la figura paterna, que dará lugar a la formación del Superyo, en este caso encarnada en el director de la escuela, quien  representa el Ideal del yo, pero que al mismo tiempo produce agresividad por lo que tiene de renuncia y normativo respecto al orden social.:»El director de la escuela era también el pastor de la iglesia. ¡Con qué profunda sorpresa y perplejidad lo contemplaba yo desde nuestros bancos lejanos, cuando con paso solemne y lento subía al púlpito! Ese hombre reverente, de semblante tan modestamente benigno, de vestiduras tan brillosas y clericalmente ondulantes, de peluca minuciosamente empolvada, rígida y enorme… ¿podía ser el mismo que poco antes, con rostro amargo y ropa manchada de rapé, administraba, férula en mano, las leyes draconianas de la escuela? ¡Oh, gigantesca Paradoja, demasiado monstruosa para tener solución!»

Es en ese ambiente lúgubre y estricto donde pasa  sus primeros años y donde vive sus primeras experiencias,  pero también, donde comienza a sentirse diferente, engrandecido por efecto del narcisismo, dando lugar a una potencia imaginaria del  yo respecto a la realidad, considerando así su entusiasmo y su naturaleza muy superior a la de sus compañeros, a la de todos…excepto uno «un alumno que sin ser pariente mío, llevaba mi mismo nombre».

Aquí comienza efectivamente la neurosis, es en ese momento cuando William crea un otro, un doble con quien compite, y que conoce hasta el más oscuro de sus deseos.Es por eso que no sólo le molesta y le irrita, sino que a la vez le teme, pues le reconoce su superioridad frente a un yo cada vez más expuesto, más debilitado. En esa lucha, el miedo dará lugar a la aparición del tormento, de la angustia,  una angustia de castración por temor a la pérdida del falo, complemento de esa imagen de potencia.

En esa rivalidad constante con su contrario gemelo, a William le surgen sentimientos opuestos, por un lado se siente constantemente juzgado, lo que le genera odio, pero a su vez, no puede dejar de sentir en lo más profundo, cierto afán de beneficiosa protección por parte de Wilson. Acorralado así entre los resortes de su deseo y ese otro que le juzga y le vigila, atormentado y temeroso ante el castigo, se escabulle  sigilosamente,  y se mantiene a distancia  optando, aparentemente, por el facilismo. Así, William abandona la escuela y nos confiesa “El vórtice de locura irreflexiva en el que inmediata y temerariamente me sumergí, barrió con todo (…) dejando en mi recuerdo tan sólo las cosas más triviales de mi vida anterior”.

Pareciera que se hubiera inventado un nuevo personaje, William será ahora un impostor libertino, pero esa fantasía, que tiene que ver con la imagen narcisista, con una hinchazón del yo por efecto del ello, no durará mucho. Lo reprimido regresa, siempre regresa, y esta vez  llama a su puerta  una noche de orgía y alcohol, le señala con el dedo y  le advierte  «-¡William Wilson!». Queda entonces William, borracho y tambaleante como estaba, violentamente conmovido, y  aparecen de inmediato los reproches y racionalizaciones, las preguntas, que le invaden sin descanso, sin embargo,no e
ncontrará en ese tormento ninguna respuesta satisfactoria e intentará ignorarlo y continuar con su vida, vida de vicio, dice, de despilfarro, engaños y juego sin conseguirlo, constantemente se ve acosado por su presencia y siempre es descubierto «Huía en vano. Mi maldito destino me persiguió exultante y me demostró, sin lugar a dudas, que su misterioso dominio acababa de empezar”.

Así podemos ver cómo en la neurosis obsesiva el trabajo de represión desemboca en una pugna estéril e interminable y el sujeto se defiende buscando una vía de escape, la cual resulta siempre infructuosa. Según cita  Lacan, se trataría de un juego viviente, incluyendo todas sus características ilusorias, que consiste en mostrarse invulnerable. Pero en realidad, el obsesivo es sólo un espectador y  no sabe qué lugar ocupa. Todo lo que hace lo hace a título de coartada. William trata de esconderse, y sostenerse, en la bebida, compañera que le engaña y engrandece en un ilusorio instante “ la terrible influencia que ésta ejercía sobre mi temperamento hereditario me llevó a impacientarme cada vez más (…), empecé a sentirme inspirado por una ardiente esperanza, que con el tiempo fomentó en mis más secretos pensamientos la firme y desesperada resolución de no seguir tolerando esa esclavitud.»

Es en esta resolución final donde aparece  la representación de la muerte en su dimensión simbólica, imaginaria y real. William no encuentra otra salida y curiosamente, el desenlace ocurre en un baile de máscaras, -ya nadie sabe quién es quién-  justo en el momento en el que él intenta llegar, a través de la multitud, hasta la joven muchacha con quien se había citado, en el momento en que se enfrenta a su deseo «En ese momento sentí que una mano liviana se apoyaba sobre mi hombro y volví a escuchar ese inolvidable, bajo y maldito susurro junto a mi oído.

En un absoluto frenesí de furia me volví de inmediato contra aquél que así me interrumpía y lo aferré por el cuello con violencia.(…)-¡Miserable! -grité ¡No permitiré… no permitiré que me persigas hasta la muerte!(…)En pocos segundos lo acorralé contra la pared, y allí, teniéndolo en mi poder, le hundí repetidas veces la espada en el pecho. (…) Y cuando avancé hacia él, en el colmo del espanto, cubierta de sangre y pálida la cara, mi propia imagen vino tambaleándose hacia mí.»

Accede así William a un destino mortal, pero ¿estará condenado para siempre, es que no tendrá otra salida que vagar como un fantasma, culpable y abatido, en un mundo que no le pertenece? Demasiado grande este castigo para un hombre, tan pequeños y débiles somos. Será así nuestro propósito, caminar a su lado y tratar de devolverle el deseo y con él la vida a este hombre demediado y abatido, difícil y ardua tarea ésta,  confiemos que no resulte imposible.

 

Joaquina Prados Gómez
Médico del Trabajo, estudiante de Filosofía en la UNED y alumna del Centro Psicoanalítico de Madrid.
27 de agosto de 2010.

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