Una maldición que salva: la Función Autor

por | Revista del CPM número 30

REVISTA DEL CENTRO PSICOANALÍTICO DE MADRID – Nº 30

 

Una maldición que salva: la Función Autor

Lola López Mondéjar[1].

 

Hace seis años publiqué un libro: El Factor Munchausen: Psicoanálisis y creatividad, donde aventuraba una explicación psicoanalítica de la genealogía de la salida creativa.

Mi tesis recogía el concepto de Complejo de la madre muerta de André Green, las aportaciones de Winnicott sobre el espacio transicional, de Fiorini sobre el psiquismo creador y otros autores, de modo tal que explicase las contradicciones que los especialistas advierten que caracterizan la personalidad creativa: pasividad/actividad, euforia/depresión, y otros muchos rasgos antitéticos.

El creador, afirmaba entonces, fue un niño amado e investido, con un poderoso Yo ideal, hijo de un narcisismo primario rico en producción imaginaria. Pero en un momento determinado, este niño es abandonado repentinamente por la figura de cuidado, perdiendo tanto el reconocimiento como el sentido (pues no puede comprender lo que sucede), trauma del que se defenderá mediante una disociación funcional: de una parte, el niño abandonado, desamparado, que ha perdido el sentido y el reconocimiento del adulto que le cuidaba, el más significativo para él; de la otra el niño omnipotente del Yo ideal. Este niño omnipotente se convertirá en un cuidador del niño desamparado, aminorando la sensación de vacío, futilidad y muerte que la pérdida ha producido en él.

La figura del barón de Munchausen, tirando hacia arriba de sus propios cabellos, representaría esta dinámica psíquica de auto – reparación que se da en el creador: la mano es el puente entre el cuerpo que se ahoga y la salida creativa. El niño reparador retira la energía psíquica del exterior, que le fue hostil, e inviste en sus propias producciones, ampliando el espacio de la representación (procurándose así sentido a los traumático, que se perdió, y reconocimiento), y de la imaginación, y produciendo sentidos nuevos que reparan al niño dañado.

A esa operación que caracterizaría la salida creativa la llamé Factor Munchausen.

Ante el trauma el psiquismo responde con síntomas, con la elaboración e integración del desbordamiento que produce lo traumático, o con la salida creativa.

Pero esta última, argumenté allí, solo está al alcance de quienes, con anterioridad al trauma, habían sido suficientemente investidos, y conseguido así dotarse de un narcisismo fuerte, que les salvará.

Hasta allí lo que entonces pensaba. La creación sería una maldición que salva, en palabras de Clarice Lispector. Maldición porque surge de una condena. Pues, como decía Petrarca: El que puede decir cómo arde solo vive una pequeña pasión. El creador está condenado a la escisión, a la división entre quien experimenta la vida y quien observa cómo la vida es experimentada (está marcado por el fuego) pero esa misma maldición le salva: junto al desarrollo de los síntomas (que en los creadores son más frecuentes que en la población general), desarrollará su obra.

Afirma Branchot sobre Kafka:

¿Cómo puede la existencia empeñarse por completo en el interés de poner en orden cierto número de palabras? Eso no es tan claro. Pero admitámoslo. Admitamos que para Kafka escribir no sea un asunto de estética, que su perspectiva sea, no la creación de una obra literariamente válida, sino su salvación, el cumplimiento de este mensaje que está en su vida (pag. 20).

Por otra parte, la disociación ha efectuado una operación de aguda percepción de las identificaciones múltiples que constituyen su yo, y de su inconsciente, realizando sucesivas “regresiones al servicio del yo”, tal y como las denominó Kris.

Si la operación del yo es crear una síntesis, nunca del todo resuelta, de esas identificaciones, en lo que podría llamarse una “identidad”, una ficción reguladora como la llama Niezstche, el creador huye de esa identidad y se identifica, no con la estabilidad que podría aportarle esas identificaciones, sino con la fluidez del tránsito entre unas y otras. Ellas servirán, como decía Freud, para dotar de vida a sus personajes, pero él no está en ninguna de ellas sino en la transición misma.

Podríamos caracterizar al psiquismo del creador como un archipiélago sin cartografiar, donde las islas, la tierra firme, serían las identificaciones múltiples y cruzadas, y el mar el nexo entre ellas. El creador navega en ese mar, huyendo de la foto fija, pero sufriendo, al mismo tiempo, la angustia que esa errancia le produce.

¿Qué sucede entonces cuando alguien se especializa en crear?

La especialización en la investidura de sus propias producciones que efectúan los creadores, produce efectos que palian el sufrimiento producido por el trauma y por la inestabilidad que este produce.

A esos efectos benéficos que aporta la creación de una obra (sea la que sea), le hemos llamado Función Autor.

Canetti, en Diálogo con el interlocutor cruel, constata la multiplicidad del ser humano, y señala esta vocación de especializarse en las sensaciones y emociones que caracteriza al creador:

Pero lo cierto es que un hombre como yo, que conoce la intensidad de sus impresiones y siente cada uno de los detalles de cada día como si éste fuera su único día, que en realidad vive de exageraciones –imposible expresarlo en otros términos – , pero al mismo tiempo no combate esta predisposición puesto que le interesa justamente el relieve, la agudeza y concreción de todas las cosas que van formando una vida, resulta, pues, que un hombre de estas características explotaría o acabaría desintegrándose de cualquier forma si no se calmara escribiendo un diario.

Y calmarme es quizás la razón fundamental por la que llevo un diario. Parece casi increíble lo mucho que la frase escrita calma y amansa al ser humano (pag. 341).

También el psicoanalista se especialista en observar y reflexionar sobre sus sensaciones y emociones.

El creador es un sujeto que no acepta la ilusión de unidad, sino que se aproxima al vacío, al hueco, que experimenta la multiplicidad del ser, un sujeto que insiste en ser un autor.

El sujeto creador huye de las identificaciones imaginarias para nadar en el agua, unas veces fría, cálida otras, de su mar interior. Es un sujeto múltiple, que se identifica más con la dispersión de esas aguas, con su fluidez, que con la solidez ficticia de sus identificaciones. Un sujeto que para sobrevivir ha elegido la producción artística, ha buscado el modo de convertirse

en alguien distinto a quien era por nacimiento, demasiado marcado por la huella de lo traumático. Un sujeto que insiste en ser un autor.

Un autor, decía Roland Barthes, es aquel que tiene una obra y tiene un estilo, una entidad en permanente construcción.

Pero la Función Autor, F(A), daría nombre a ese archipiélago sin cartografiar.

El autor se autoriza, como bien apunta la etimología del término (del latín, auctor, fuente o promotor; augere: aumentar o agrandar, y autoritas).

Y esa función captura los fragmentos de un yo disperso e inestable y lo dota de una cierta identidad funcional y consoladora: una identidad textual que suple las fallas de la identidad subjetiva. Una identidad simbólica construida a partir de esos fragmentos que, a modo de segunda piel, permite el contacto con el mundo, lo dota de una representación y una figurabilidad frente a los otros (de una identidad imaginaria). Un yo-autor que sirve para manejarse en el mundo imaginaria y simbólicamente a partir de sus producciones, a partir de su obra, construyendo un narcisismo simbólico y reparador, basado en el logro obtenido.

Así pues, el creador es un sujeto que, a fuerza de especializarse en su arte, adquiere una segunda naturaleza que unifica dinámicamente la original, dispersa y fragmentaria, que integra precariamente su origen híbrido, mestizo, su procedencia Frankenstein. A esta segunda naturaleza vamos a llamarla Función Autor, F(A).

La Función Autor es un proceso de elaboración y restitución subjetiva que generará una neogénesis, un nuevo nacimiento psíquico

La Función Autor, será también para nosotros una función psíquica a través de la cual las fronteras entre las instancias de la segunda tópica freudianas se difuminan, por lo que Inconsciente/Preconsciente/ Consciente se hacen permeables, poniendo sus materiales a disposición de la creatividad y de la neogénesis. Los efectos del uso continuado de este proceso permitirán al sujeto un sentimiento de integración y de identidad nuevos. El psicoanálisis ha llamado a este proceder Procesos terciarios. Al lado de la Función Autor, la estructuración del aparato psíquico originario, llamémosle así, queda como una memoria biográfica que se modifica, obviamente, a partir de las intervenciones de esta F(A), pero que se solidifica, también, en sus síntomas, sus estereotipos, sus mecanismos de defensa.

Las suplencias son nuevos órdenes de estabilidad que se autoorganizan a partir de forclusiones o desgarros del nudo borromeo, siendo su función la de reparar esas fallas.

Para Lacan, resume Jean Claude Maleval, la suplencia debe de tener tres características:

Se trata de una invención del sujeto.

Permite atemperar la invasión de goce del otro.

Guarda siempre una marca con la huella de lo que suple.

Esa identidad de autor es la que intuye José Donoso que le proporciona la escritura cuando escribe en sus cuadernos (destinado a formar parte de un posible ensayo), lo que Pilar Donoso recoge en su libro sobre su padre:

Ciertos novelistas tuvieron que inventar, de alguna manera, un pasado, un origen, porque el propio no los satisfacía, y este origen creado, sobre todo en sus novelas, les proporcionaba cierta seguridad (pag. 73).

Por su parte, Marguerite Duras afirmaba que el alcohol cumplió en ella la función que no había cumplido Dios, es decir, que el alcohol era para la marca en su cuerpo de una consistencia que no poseía; la escritura podía remedar en parte esta inconsistencia.

Escribir no es ni siquiera reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida (pag. 56).

La disociación funcional a la que nos hemos referido al comienzo de este capítulo, la doble inscripción del sujeto creador que el mecanismo de escisión produce entre una parte del sí mismo dañada y otra identificada con el cuidado y la fuerza, que toma a su cuidado a la primera, nos hace pensar en la Función Autor como un acompañante psíquico que puede restablecer el psiquismo dañado del mismo modo que la experiencia de un tutor/acompañante en la teoría de Cyrulnick, o como el con de la teoría de las esferas de Sloterdijk.

La Función Autor procura reconocimiento, una necesidad fundamental del ser humano recogida por la filosofía desde siempre, y particularmente tras la pérdida estructural de reconocimiento que el neocapitalismo comporta (Sennett) al tratar a los hombres como mercancía, y romper los lazos entre ellos: el reconocimiento se torna dramático porque puede perderse.

Para Eva Illouz, Axel Honneth es el autor que estableció la importancia del reconocimiento en las relaciones interpersonales de modo explícito y definitivo (…) Tal como él lo define, el reconocimiento constituye un proceso social permanente que consiste en apuntalar “la comprensión positiva que tienen las personas de sí mismas”, porque “la autoestima […] depende de la posibilidad de ser reforzada continuamente por las otras personas” (pag. 160).

En el psicoanálisis contemporáneo, Jessica Benjamin ha insistido en la importancia del reconocimiento intersubjetivo, y las dificultades de conseguirlo en la historia individual. Si no hay reconocimiento, nos dice la autora, hay sumisión y tratamiento del otro como objeto.

Así pues, y resumiendo, la Función Autor aminora la angustia de la vivencia de la multiplicidad que experimenta el creador, fuente al mismo tiempo de sus producciones, pues:

– Recupera la simbolización que el trauma interrumpió mediante la producción de sentido, a través de la obra.

– Produce una piel de palabras: una identidad textual que suple las fallas y evita el peligro de la desintegración que acecha.

– Crea una función de acompañante psíquico, un tutor que procura un apego seguro, produciendo efectos de resiliencia.

– Recupera el reconocimiento perdido y el narcisismo dañado.

– Inscribe al autor en una filiación nueva, la de los predecesores y sucesores de su arte.


[1] Psicoanalista. Escritora