Reflexiones sobre contratransferencia

Revista del CPM número 33

Por Javier Naranjo

Reflexiones sobre contratransferencia

Javier Naranjo Royo

En 1918 Ferenczi1 describió las tres fases por las que atraviesa un analista en relación a la contratransferencia. En la primera, el analista «ignora los peligros que pueden venir y sucumbe a los afectos que puede suscitar la relación terapéutica». En la segunda etapa, de resistencia, el analista controla todos los actos, palabras y sentimientos que podrían dar lugar a complicaciones. Este control va acompañado de una ansiedad desmesurada. La tercera fase, de dominio, consiste en un «dejarse llevar», con la confianza de que la vigilancia ejercida nos alertará cuando los sentimientos hacia el paciente amenacen con desbordarse. Sin embargo, lo que vale para el individuo no se aplica a la comunidad psicoanalítica, que comienza su andadura precisamente por la segunda fase de resistencia.

Esta comunicación pretende ofrecer un recorrido por los momentos más relevantes de la comprensión de la contratransferencia. Partiendo de la metáfora del espejo utilizada por Freud, los agruparé en cuatro apartados: «El espejo pulido», que describe el planteamiento inicial freudiano. Las primeras modificaciones, en la sección «el espejo agrietado»; la reformulación del tratamiento como relación, en el apartado «el marco del espejo» y por último, una referencia a las aportaciones más recientes en el capítulo «el espejo unidireccional».

El espejo pulido

Freud percibió los efectos de la contratransferencia desde sus primeros casos. Como buen investigador, la consignó y le puso nombre: Gegenübertragung, en referencia a la transferencia. Sin embargo, no desarrolló una teoría extensa sobre ella. Es interesante señalar que en la primera traducción de Ballesteros se utiliza el término «transferencias reciprocas»2, proponiendo dos tipos de transferencia bien delimitadas: equivalentes y diferenciadas.

Respecto a la transferencia del paciente, primero surge como un obstáculo al tratamiento, pero Freud, como investigador sagaz, sabe darle la vuelta y pasa a definirla como resistencia. Poco después se refiere a ella como «el más potente de los instrumentos terapéuticos» y motor de la cura. A partir de ese momento, la investigación en el terreno de la transferencia ha crecido exponencialmente hasta la actualidad. Hoy en día nadie pondría en duda que la transferencia constituye un pilar fundamental de la teoría y la técnica psicoanalíticas.

En contraste, la transferencia recíproca, la del analista, permaneció en la categoría de obstáculo. Al vincularla a «los complejos propios y a las resistencias interiores del analista», el profesional debía mantener una actitud de permanente vigilancia para evitar que sus añadidos personales empañaran la visión del objeto observado, esto es, la transferencia del paciente. Con este fin, primero, «exige» el autoanálisis y advierte de que «quien no consiga nada con ese autoanálisis puede considerar que carece de la aptitud para analizar enfermos»3. Dos años más tarde, a sus recomendaciones añadiría la «purificación psicoanalítica«4, esto es, el análisis didáctico. Posteriormente se instituirá la supervisión en sus distintas modalidades. Sobre estos tres ejes se estructura lo que hoy en día entendemos como una formación adecuada, en lo que se refiere al dominio de la contratransferencia. Mi primer contacto con el concepto de contratransferencia, como alumno en formación, se produjo a través de esos textos de Freud.

En cualquier caso, parece evidente que el tono utilizado, los términos «purificación» o «cautela», e incluso las metáforas del teléfono, el actuar frío como un cirujano y reflejar como un espejo evocan la suciedad, el peligro, la distancia y la extirpación. Más allá de las consideraciones archiconocidas sobre la concepción de la ciencia en aquella época, otros elementos ajenos a la teoría tuvieron mucho que ver con ello. Víctor Tausk, Jung y Sabina Spielrein, Ferenczi y sus experimentos con la técnica serían algunos ejemplos. Thomä y Kächele5 hablan de un significado negativo del término, que determina «una mirada desconfiada hacia la contratransferencia». Esta mirada, que caracteriza lo que se ha llamado modelo contratransferencial paterno, perduró entre los psicoanalistas hasta los años 706.

El espejo agrietado

Años más tarde, ya como profesional, solía traducir artículos de revistas que luego presentaba en el Seminario interno del CEAP. Hay un trabajo de Jon Frederickson7 que me impactó particularmente. Recuerdo haber revisado al menos tres veces la frase «el odio del analista podía incluso tener una función terapéutica importante», sin acabar de creerme lo que estaba escribiendo. Frederikson se refiere a pacientes con defectos yoicos que manifiestan conflictos con la descarga de impulsos agresivos y considera que el sentimiento de odio, con frecuencia vivenciado sólo por el analista, si se devuelve a través de una comunicación maduracional (Sponitz), además de cubrir una necesidad del paciente, puede ayudarle a comprenderse y avanzar en su desarrollo. Para mi este trabajo supuso una revelación.

La idea remite a otros dos trabajos anteriores que debieron pasarme desapercibidos en la formación. Uno de Winnicott8, con un título similar, en el que distingue entre odio contratransferencial y odio objetivo. El primero supone una transferencia del analista y, por tanto, es objeto de análisis o supervisión, mientras que el segundo es el provocado objetivamente por el paciente y es fundamental no ignorarlo en la terapia. El otro trabajo es el famoso de Paula Heimann9, en el que afirma que la respuesta total del analista es una herramienta de trabajo, un instrumento para la investigación de los procesos inconscientes del paciente. El contacto profundo de los inconscientes de ambos, paciente y analista, en la superficie se manifiesta en forma de sensaciones de la contratransferencia. «Esta es la vía por la cual la voz del paciente alcanza al analista».

Aunque Heimann se retractó parcialmente, a partir de los años 50 se produce un movimiento progresivo de gran fecundidad en la investigación sobre la contratransferencia. Thomä y Kächele caracterizan este periodo como la metamorfosis de cenicienta en princesa. Por su parte, Jacobs10 utiliza la metáfora del despertar de la marmota en su madriguera, que anuncia la llegada de la primavera. Yo lo entendería, además, como una grieta en el espejo, a través de la cual se atisba un terapeuta asustado, afectuoso, sexualmente excitado o agresivo. Es decir, un analista bastante vivo; una imagen bien distinta de la anterior, teñida de opacidad, incógnito, neutralidad y distancia.

Un buen ejemplo de esta nueva orientación podemos encontrarlo en «Las experiencias internas del analista» de ese mismo autor (Jacobs11), un analista clásico americano. En este trabajo nos muestra cómo, durante una sesión, el recuerdo espontáneo del bullying sufrido por él en la adolescencia y otras imágenes y asociaciones personales de alto voltaje emocional (una fiesta judía de circuncisión, por ejemplo), le son de utilidad para irse aproximando poco a poco a un paciente con marcados rasgos narcisistas, cuyo acceso emocional es francamente difícil.

A efectos de la práctica del analista, este avance supone una labor extra, ya que, en la escucha a su paciente ha de estar abierto y atento, además, a las vicisitudes de su inconsciente, para, después de una elaboración interna, devolverle a este su interpretación. Esta modalidad da un sentido más preciso a la expresión «comunicación de inconsciente a inconsciente« propuesta por Freud.

Una vez conocida la contratransferencia y aceptada como material útil, se plantea otro problema ulterior: ¿Cómo utilizarla? ¿Se trata de una proyección del paciente que el analista utiliza internamente para comprender la situación analítica o también podría comunicarse al paciente? ¿Sería beneficioso? ¿En qué condiciones? ¿Bajo qué requisitos provoca un efecto terapéutico?

Burke y Tansey12 responden a estas preguntas en un trabajo muy interesante y claro, en el que analizan una viñeta clínica desde tres modelos teóricos distintos. Concluyen que la manifestación contratransferencial puede ser útil o perniciosa para el tratamiento. Todo depende del modo de trabajarla por cada analista concreto, pero hay un factor fundamental que condiciona su éxito: la coherencia con el modelo teórico sostenido por el analista. Esto es, la manifestación contratransferencial no debería juzgarse aisladamente, sino en el contexto de un método de trabajo y de las teorías que lo sustentan.

Nos encontramos entonces ante una situación paradójica. Mientras que para algunos la manifestación contratransferencial constituye un error técnico, una brecha en la actitud profesional y quizás hasta un problema ético, para otros analistas supone simplemente un instrumento técnico de manual al servicio del cambio.

El marco del espejo

Todo lo mencionado hasta ahora apunta más a la clínica y al uso terapéutico de la contratransferencia. Para entender el panorama actual es preciso hacer una referencia a la argumentación teórica en que se sustenta. Hasta este momento, la contratransferencia, aunque haya quedado definitivamente abrochada a la transferencia, se entiende como un producto que el paciente inocula en el analista. Curiosamente, los propios Burke y Tansey recurren a la proyección y la identificación proyectiva del modelo kleiniano para explicar las fases de su manejo. Sobre este aspecto se producirá el siguiente avance.

En 1998 el grupo de Boston publica «Los mecanismos no interpretativos en terapia psicoanalítica»13. Basándose en la observación de bebés y en la psicología evolutiva, Stern introduce el inconsciente procedimental. Este concepto alude a los modos de proceder intuitivos y espontáneos que se generan a través de los afectos de vitalidad y mutualidad en la relación temprana con las figuras de apego. Estas no coinciden necesariamente con los padres. Este «proceder» hace referencia directamente a los actos y, por tanto, al cuerpo. Los modos de proceder son ciertamente estables y condicionan la vida de relación del adulto, por ello son también materia de análisis.

Stern desarrolla las implicaciones para la psicoterapia y alude a los «momentos de encuentro», que a efectos del cambio psíquico serían equiparables, por su potencialidad, a la interpretación. No es difícil escuchar los ecos de Winnicott en este enfoque centrado en la relación a un nivel preverbal y pre-simbólico, donde el complejo de Edipo quedaría en un segundo plano.

Estos avances se materializan en diferentes concepciones formales del proceso analítico que son radicalmente novedosas. Me refiero a la idea de «campo analítico» de los Baranger o el «tercero analítico» de Ogden, por ejemplo. Ambas concepciones suponen una reformulación del tratamiento analítico en el sentido de considerarlo no un producto de dos mentes bien delimitadas que se ponen en contacto durante la sesión, sino como un «algo más», resultado de la interacción de ambas. Se trata del producto original de la intersubjetividad de los dos participantes.

Una de las implicaciones es que la interacción, en vez de con un analista abstracto e impersonal, se establece con una persona real, en contacto íntimo y vivo con el paciente. Desde esta perspectiva, el analista se subjetiviza aún más, si cabe, a través de ese proceder con su paciente14. Vínculo, reciprocidad, regulación mutua, roles y subjetividad del analista, bestias negras en otro tiempo, pasan a formar parte de nuestro léxico necesario para tratar de comprender el proceso.

Para el analista común todo esto se traduce en una mayor complejización de su tarea, ya que se añade un nuevo objeto de observación y reflexión. Supone estar abierto no sólo a las reacciones que le genere el material del paciente, sino también abierto y pendiente de las modificaciones que se van produciendo, hasta ahora inadvertidamente, en su relación con él.

El espejo unidireccional.

Volviendo a la clínica, en 1997 encontré en una traducción de Bateman15 un término desconocido que en los siguientes años generaría numerosas polémicas de alta intensidad. Se trata del enactment, que se ha traducido sin éxito como actualización, puesta en acto o actuación. En su trabajo, Bateman presenta un fenómeno frecuente en momentos de cambio: los pacientes con patologías graves atraen de forma sorpresiva al terapeuta a algún tipo de acción que compromete su capacidad de pensar analítica y objetivamente. El analista se involucra en la relación, en lugar de estar al lado de ella, observándola e interpretándola. Los enactments pueden presentarse en forma de micro-procesos puntuales o como fenómenos clínicos duraderos. Para muchos, enactment equivale a un fracaso de la función analítica y una manifestación, quizás más grave, de la contratransferencia en su sentido más primitivo, porque comprometería la viabilidad del análisis.

Lecturas posteriores me aclararon que se trata de un tipo particular de interacción en terapia, mucho más frecuente de lo que se admitía; que no se restringe exclusivamente a las patologías graves, y por último, que una mayoría abrumadora de autores lo considera un fenómeno inevitable. Además, siempre que no se trate de una mera actuación del analista, apuntaría a un conflicto del paciente que, por su complejidad y particularidades, es inaccesible al análisis, es decir, precisa de la interacción con un otro para poder acceder a la conciencia.

Una vez más, varios autores, principalmente relacionales, proponen un uso terapéutico. Para ellos, este valor terapéutico radica en las posibilidades de mentalización que ofrece. Esto es, la posibilidad de traer a la conciencia y al trabajo terapéutico conflictos internos y nudos relacionales que serían inaccesibles por medio del trabajo interpretativo normal.

El aspecto más polémico consiste en que introduce la acción del lado del analista. No es difícil imaginar el efecto perturbador para un método concebido originalmente como cura a través de la palabra y que, en consecuencia, privilegia la reflexión, la fantasía y el deseo, sobre los actos. Thomas Ogden16 abre una línea muy interesante con su concepto de «acción interpretativa». Las acciones, que pueden tomar la forma de un silencio o el rechazo a aceptar un material escrito del paciente, le transmiten a este la comprensión que tiene el analista del proceso analítico, allí donde las palabras no llegarían.

Para concluir, quisiera hacer una referencia a los patrones de evolución en la ciencia según Thomas Kuhn17, que podrían iluminar el tono emocional que ha teñido todo este recorrido. Kuhn afirma que en un paradigma dado, la introducción de un nuevo elemento viene seguida de una actividad intensa de investigación, cuyo objetivo es la ampliación del concepto y su extensión a nuevos campos y situaciones. Se trataría de una especie de euforia confirmativa. «Ninguna parte del objetivo de la ciencia normal está encaminada a provocar nuevos fenómenos. (…) En realidad, los fenómenos que no encajan, ni siquiera se los ve». En otras palabras, la falsación quedaría fuera de los objetivos científicos inmediatos. Por ello, los sucesos o ideas que van en esta línea se perciben más como amenazas y tienden a tratarse con intolerancia.

La otra fuente de tensiones deriva de tomar los avances como giros. Cuando giramos en una carretera, perdemos de vista el camino ya recorrido. Así, aportaciones que podrían matizar, complementar o enriquecer son entendidas como si sustituyeran a los planteamientos previos, dejándolos sin validez y obsoletos.

En este sentido, la acertada recomendación de Freud al analista, de cuestionarse sobre las interferencias o distorsiones que su subjetividad pueda añadir al tratamiento sigue plenamente vigente para nosotros. Por más que las aportaciones mencionadas aquí hagan necesario un replanteamiento de ciertos principios inspiradores como neutralidad y abstinencia, podemos considerar que la contratransferencia se ha convertido, de hecho, en una herramienta compleja, sofisticada y en evolución. Un concepto original y diferenciador del psicoanálisis frente a otros abordajes y teorías psicológicas.


1 Ferenczi, Sandor (1919). La técnica analítica. O.C. Tomo II. Espasa Calpe, Madrid, 1981

2 Freud, Sigmund (1910). El porvenir de la terapia psicoanalítica. O.C. Vol. II Ed. Biblioteca Nueva. Madrid, 1948. pg.311

3 Freud, Sigmund (1910). El porvenir de la terapia analítica. O.C. Vol. XI. Amorrortu Ed. Buenos Aires, 1991. Pág. 136.

4 Freud, Sigmund (1912). Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. O.C. Vol. XII. Amorrortu Ed. Buenos Aires 1991. Pág. 116

5 Thomä, H. y Kächele, H (1985). Teoría y práctica del psicoanálisis. Tomo I. Ed. Herder, Barcelona, 1989. Pág. 100

6 Tomado de Sanmartino, Mª Elena (2015). «Revalorización de la contratransferencia en la clínica contemporánea». Ponencia para la mesa redonda «Variaciones sobre un mismo tema: el uso de la contratransferencia» Gradiva.

7 Frederickson, Jon (1990). Odio en la contratransferencia como posición empática. Contemporary Psychoanalysis. Vol. 26, Nº 3. (Traducción J.N. CEAP)

8 Winnicott, Donald (1947-1948). El odio en la contratransferencia. En Escritos de pediatría y psicoanálisis. Paidós, Barcelona. 1999

9 Heimann, Paula (1950). Sobre la contratransferencia. Int. J. Psycho-Anal, Nº 31. (Comunicación leída en el Congreso Internacional Psicoanalítico de Zúrich, 1949)

10 Jacobs, Theodor (1999). Pasado y presente de la contratransferencia. Una revisión del concepto. Int. J. Psycho-Anal. Vol. 80. P.3 (Traducción J.N. CEAP)

11 Jacobs, Theodor (1993). Las experiencias internas del analista. Su contribución al proceso analítico. Int. J. Psycho-Anal Vol. 74, P.1 (Traducción J.N. CEAP)

12 Burke, Walter y Tansey, Michael (1991). La manifestación contratransferencial y los modelos de acción terapéutica. Contemporary Psychoanalysis. Vol. 27 Nº 2 (Traducción J.N. CEAP)

13 Stern, Daniel, et al. (1998). Mecanismos no interpretativos en terapia psicoanalítica. El «algo más» que la interpretación. Int. J. Psycho-Anal. Nº 79.

14 Coderch, Joan (2010). La práctica de la psicoterapia relacional. El modelo interactivo en el campo del psicoanálisis. Madrid, Ed. Ágora relacional.

15 Bateman, Anthony (1996). Organizaciones de piel fina y gruesa y enactment en los trastornos border-line y narcisistas. Comunicación presentada en el Congreso anual de la Sociedad Británica de Psicoanálisis. (Traducción J.N. CEAP)

16 Ogden, Thomas (1995). El concepto de acción interpretativa. Psicoanálisis APdeBA, Vol. XVIII, Nº 3

17 Kuhn, Thomas (1962). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 1975.