Psicoanalisis: el lenguaje universal de la estructura psíquica

por | Revista del CPM número 30

REVISTA DEL CENTRO PSICOANALÍTICO DE MADRID – Nº 30


Psicoanálisis: el lenguaje universal de la estructura psíquica.

Sara Macario.


El alfabeto utilizado por la estructura psíquica se caracteriza por signos y símbolos diferentes de los utilizados por la razón; es un lenguaje vinculado al mundo de las emociones y del sufrimiento, que deriva de la ausencia o la falta de los mismos.

El sistema psíquico es el lugar en cuyo interior se desenvuelven los sueños, provistos de lenguajes que viajan tranquilos dentro de un espacio-tiempo que no se rige por la lógica, por las vocales o las consonantes. Es el mundo de las sensaciones, de las percepciones recalcadas por momentos surrealistas, frescos de rutas primarias relacionales que se escapan al control de los relojes sofisticados.

El psicoanalista se asoma a este lugar observando los antiguos frescos relacionales, algunos observables, otros escondidos debajo de intrincados, defensivos y dolorosos disfraces emocionales. El terapeuta acoge y observa este malestar y sufrimiento contenidos en comportamientos y pensamientos, que el paciente experimenta como disfuncionales e incomprensibles. Es un espacio afectivo, que puede resultar conflictivo y estar constituido por fragmentos de experiencias afectivas relacionales distorsionadas y enredadas, responsables de la creación de un yo confundido y, a veces, fragmentado, un lugar que el psicoanalista ha encontrado y aprendido a conocer asomándose al su propio mundo psíquico sumergido, encontrando la universalidad de dicho lenguaje.

Por otra parte está el alfabeto de la razón, que vive en la casa del control, de los descubrimientos científicos, de la observación cognitiva de hipótesis, que deberán ser confirmadas o refutadas mediante sistemas lógicos probados y comprobados por el hombre, sistemas conectados también con importantes transformaciones físico-neurológicas.

Razón y psique: dos pueblos que habitan en un solo contenedor, pueblos que comparten lugares visibles y lugares menos visibles, creando una mezcla de sentimientos e hipótesis, que se convierten en pensamientos y lenguajes utilizados por quienes han de dar voz a estas dos poblaciones mentales.

Los modelos de pensamiento relacionadas con los modos estratégicos, observan el problema psicológico a través de lentes constituidas por reglas predeterminadas, como la decisión a priori del número de sesiones de una terapia, o la aplicación de comportamientos estratégicos con el fin de controlar y contener actitudes, comportamientos y pensamientos disfuncionales. El lenguaje analítico observa y hace vivir el malestar sintomático, tratando de resignificar relaciones pasadas y presentes contenidas dentro de un yo herido y deseoso de un futuro vital. Dos modos de pensar y proceder que, a veces, se transforman en conflictos profesionales aparentemente dirigidos a establecer los sistemas preferibles y más funcionales: ninguna preferencia, en mi opinión, pero indudablemente diferencias sustanciales, que serían simplemente verbalizadas, reconocidas y, por qué no, expresadas sobre todo a la sociedad.

El lenguaje analítico observa el síntoma como si fuese un «lugar común» entre el consciente y el inconsciente, una forma preconsciente de ser comunicativa, caracterizada por un «veo-no veo», una representación de emociones heridas que se convierten en sintomáticas, para ser observadas, relaciones heridas que, al llegar a la superficie psíquica, esperan ser decodificadas, recuperando, por lo menos en parte, el ser afectivo primario: mensajeros fundamentales de experiencias relacionales primarias distorsionadas que se defienden y que tratan de que sobrevivan verdaderas partes emocionales del propio ser. Invasiones precoces relacionales, incoherentes y ambivalentes, que han desencadenado movimientos defensivos transformados en síntomas, que podríamos considerar como aliados fiables, capaces de acercar al psicoanalista, acompañándolo así entre esos antiguos lugares donde le esperan jeroglíficos relacionales de un yo necesitado de ser traducido.

¿Qué estrategia hay frente a un niño que llora desesperado? ¿Cuáles son los tiempos de espera de dicha frustración impotente?

Podemos decir, ninguna estrategia y ningún patrón de tiempo, Winnicott, Bion y otros innumerables psicoanalistas giran sus ojos hacia las capacidades psíquicas afectivas de ese contenedor primario materno, capacidades relacionadas con la posibilidad de detenerse en las experiencias relacionales, confusas y ambivalentes (capacidad negativa), sin necesidad de adoptar estrategias inmediatas, pero tratando de sostener y contener ese malestar sin forma: una experiencia de metabolización afectiva, que va a crear relaciones futuras para poder afrontar situaciones confusas sin controlarlas inmediatamente y delimitarlas cognitivamente.

Allí donde esa contención no haya sido posible o haya resultado deficitaria, el sistema psíquico se verá afectado por partes emocionalmente caóticas, que permanecen constantemente en busca de un lugar, o situaciones que pueden contener y transformar los denominados elementos brutos (beta) en elementos pensables (alfa), con el fin de encontrar y establecer una verdad emocional dentro de las ambivalencias relacionales.

El espacio analítico es el lugar donde el lenguaje analítico se las ingenia entre elementos alfa y beta, elementos que no dependen de ningún período histórico o cultural, sino que se forman a partir de profundos estados de ánimo relacionados con sentimientos primarios y sensaciones informes, experimentados en el interior del inicio universal relacional del nacimiento que va a trazar las coordenadas relacionales de todas las situaciones de dependencia, las cuales seguirán determinando posibilidades afectivas que dependen de manera suficientemente sana o conflictiva.

Eugenio Gaburri hablaba en 1992 de la extrema importancia para el analista de ejercitar la «capacidad negativa». «El desconocer – cita Gaburri –, no solo se refiere a lo que siente y piensa el paciente, sino también al papel que el terapeuta está «personificando» inconscientemente. Así, el analista puede encontrarse implicado con el paciente en dinámicas relacionales de las que puede tomar conciencia, solo después de haber sabido tolerar tiempos y desconocimiento junto con su paciente: ninguna estrategia dirigida al control, sino la experiencia de una relación basada en la posibilidad de hacer frente y tolerar, dentro de la relación analítica, los abismos emocionales del paciente transversales a cualquier época».

Proponer modalidades estratégicas para «erradicar» distorsiones relacionales, significará no reconocerlas como comunicaciones valiosas de un yo, dirigido a recuperar un sentimiento emocional disperso dentro de defensas estratégicas primarias. Cada estrategia se arriesgará a reforzar la idea de que el sufrimiento psíquico y los miedos deben y pueden ser erradicados rápidamente y eliminados de su existencia como cuerpos extraños determinados por algún tipo de herencia o causa externa.

Por el contrario, el pensamiento analítico mira el síntoma como la representación conflictiva perteneciente a una estructura psíquica más amplia, fragmento comunicativo responsable de traer a la luz hallazgos arqueológicos relacionales heridos y atrapados en el interior de un yo luchando por sobrevivir. Es por ello que la universalidad del lenguaje analítico me parece un escenario mental y real dentro del cual experimentar el compartir miedos, angustias, repentinos ataques de rabia, incertidumbres, desconocimientos, anestesias y apatías emocionales, cegueras y sorderas afectivas, pudiendo experimentar la posibilidad de «afrontar todo ello, estando en todo ello».

Un escenario relacional terapéutico que, utilizando lo exterior y lo visible, dejará espacio para la revelación de un interior psíquico que, en el respecto de tiempos subjetivos individuales, deberá ser parcialmente descongelado y desenredado en un sentimiento emocional. No lograrlo, sentirse indigno, no escucharse, son algunas de las innumerables posiciones psíquicas a expresar e interpretar dentro de la neurosis de transferencia, la cual mantendrá la dolorosa incapacidad de no poder hacerlo como un impedimento psicológico, pero dirigido a la búsqueda de un hacer principalmente subjetivo, anteriormente distorsionado en la esencia primaria.

Michele Bezoari identifica en el proceso analítico una predisposición a la contención y a la activación de un «proceso de transformación», articulada esquemáticamente en dos niveles. En un primer nivel, se favorece la aparición en el campo analítico de configuraciones relacionales inconscientes, modeladas principalmente por las aportaciones del analizado y en las que el analista participa de un modo contenido, pero necesaria e irreductiblemente personal.

Así, apare
cen como «nuevas formaciones» contenidas en una relación analítica, que buscará transformar el malestar del paciente en una nueva entidad «patológica»: la neurosis de transferencia.

En el segundo nivel se encuentra la resolución de la neurosis de transferencia, que, gracias a las funciones de contención, interpretación y «working-through», facilitará el acceso del paciente a las nuevas y más libres formas de vida psíquica.

Por lo tanto, una decodificación relacional capaz de leer la sintomatología, como agotadores mensajeros psíquicos aliados de una veracidad afectiva del yo, una decodificación universal que, mediante movimientos de transferencia y contratransferencia, creará una circularidad constante, responsable de volver a iluminar estados de impotencia afectiva primaria, enredos relacionales que han modificado la autenticidad del yo: una luminosidad psíquica funcional para reiniciar un sentimiento coherente dirigido hacia movimientos de separación.

El lenguaje analítico es una «cuestión» separada de las innovaciones tecnológicas y de las culturas; es un alfabeto que tiene sus raíces en los estados de ánimo primarios y universales como la ira, el miedo, la envidia, que surgen del evento universal del nacimiento y de las posteriores modalidades relacionales, que se van a establecer. A través de siglos y culturas se van modificando las infinitas modalidades representativas de dichos estados de ánimo dentro de comportamientos y pensamientos.

Las guerras externas se han transformado a lo largo de los siglos, pero la necesidad profunda y angustiosa que continuará creándolas, seguirá siendo la misma, invisible e inalcanzable para la conciencia, una necesidad angustiosa vinculada a heridas relacionales inconscientes, representadas por infinitas facetas de ira, temor, abuso, envidia, ocultas en los pliegues de palabras patrióticas, religiosas y culturales.

Necesidad de posesión y control vinculados con el temor-necesidad de reiteradas modalidades de castigo y de pérdida: estos son algunos de los muchos estados de ánimo que acompañan a toda la existencia humana y a los conflictos subyacentes reales o psíquicos. Los territorios externos a conquistar no son más que representaciones de territorios evasivos e invisibles conflictivos psíquicos, espantosos y proyectados externamente; saqueos y muertes que envían a destrucciones, saqueos y víctimas psíquicas invisibles a los ojos de la mayoría.

Tomando prestada una metáfora, podríamos pensar que las guerras de hoy se combaten dentro de las tabletas, mediante Skype, lugares virtuales en los que tienen lugar batallas llenas de muertos psíquicos y peligrosos oscurecimientos afectivos, batallas determinadas por fragmentos de ceguera psíquica, y culpabilidades primarias o edípicas, que deberían residir en el interior de lugares terapéuticos reales y no virtuales.

Una ceguera psíquica emocional, que parece volverse exponencial y funcional para mantener un control necesario sobre partes conflictivas emocionales, invisibles y maltratadas, también por aquellos que, por el contrario, tendrían el mandato profesional de desenredar y tratar bien a estas porciones conflictivas psíquicas, mediante el uso de lenguajes no estratégicos y más rápidos, pero capaces de cuidar y aportar visibilidad a las heridas emocionales oscuras, durante las batallas primarias relacionales.

Pantallas-espejo para controlar constantemente, vídeos en los que se persiguen infinitas imágenes y lenguajes inmediatos, un continua quiebra de partes de un yo amordazado, aprisionado y desaparecido en el interior de vidas y «otras» situaciones, que se vuelven funcionales para mantener una constante de contactos/control de partes de sí mismo mediante lo externo: un mundo virtual que se utiliza inconscientemente como un banco de pruebas, también para experimentar, sin saberlo, la evasión, la negación, la anulación o la búsqueda frenética de situaciones experienciales de pérdida.

Creo que el pensamiento psicoanalítico nunca será antiguo o moderno, ni será superado. Su función es describir las facetas psicológicas originarias de los seres humanos, facetas que permanecen en zonas de sombra, ocultas a las defensas más o menos aguerridas, pero deseosas de ser descubiertas y observadas por alguien que, remontando la corriente relaciona, es capaz de encaminarse hacia la efectiva fuente relacional primaria, reconociendo, atendiendo y traduciendo la emotividad herida.

Me cuesta pensar en un psicoanalista que, dentro de su propia responsabilidad, ponga elementos focales, de comportamiento o estratégicos, y también tengo dudas frente a los psicoterapeutas que, mediante las modalidades focales o de comportamiento, se puedan definir como psicoanalistas alegando una adecuación a los tiempos modernos.

Creo que la demanda de plazos más rápidos y de modalidades terapéuticas estratégicas experimentadas como soluciones mesiánicas a la angustia mental por parte de algunos pacientes puede describir bien la gran confusión mental frente al sufrimiento psíquico visto como un estado del ser engorroso, a silenciar, y no como una valiosa comunicación psíquica del propio ser: un reconocimiento relacional que, obviamente, necesita una adecuada profesionalidad y coherencia por parte de los que desempeñamos esta profesión.

La p
resencia de un recipiente afectivo primario capaz de alojar, decodificar y curar los temores y la ira, determinará la evolución de estructuras psíquicas capaces de depender de un sentimiento, de ser y, por lo tanto, de existir emocionalmente. La razón nos hará entender cómo utilizar las herramientas cotidianas para orientarnos, pero será el contenedor afectivo primario, anteriormente respirado, el que, combinado con las capacidades cognitivas, trazará la legitimación emocional para poder depender psíquicamente de un modo suficientemente saludable dentro de toda existencia personal.

Un niño que ha nacido y crecido en las montañas y un niño que ha nacido y ha crecido entre rascacielos, cuando encuentran una mamá «capaz» de funcionar como un contenedor afectivo, podrán, presumiblemente, constituir psíquicamente una adecuada confianza básica, que les permitirá poder depender de cualquier ambiente, situación, pensamiento y persona circundante, sin crear necesariamente defensas distanciadoras relacionales.

El niño que ha crecido en las montañas sabrá cómo orientarse de manera óptima a través de la naturaleza, pero no tendrá la misma inmediatez del niño que ha crecido entre rascacielos a la hora de enfrentarse al uso de un metro. Lo mismo se aplica al niño que ha crecido entre rascacielos cuando va a la montaña.

Sin embargo, estas diferencias no hablan del inconsciente modificado por ambientes externos, pero delinean diferentes maneras de poder experimentar el uso de un exterior cotidiano, el uso dictado por contenidos psíquicos relacionales ocurridos en ese ambiente primario afectivo materno.

Cualquier conflicto caracterizará a los dos niños usados como ejemplo, no estará vinculada a la diferente procedencia ambiental externa, pero, cuando se considera de manera central y/o prioritaria, será la universalidad del lenguaje analítico, el que dirigirá la observación hacia las modalidades primarias relacionales internas y a su posible uso: una madre mentalmente coherente y suficientemente separada lo será, ya viva en las montañas o entre rascacielos.

Por lo tanto, la ira, el miedo, la impotencia, no estarán ligados a los rascacielos o las montañas, los cuales podrán asumir el papel de telones externos sobre los cuales la psique proyecta conflictos relacionales, incluidos y enclavados en el telón psíquico.

Si modificamos las herramientas, los comportamientos, las actitudes y los pensamientos pero el miedo, la agresividad, la impotencia y las frustraciones permanecen repetibles y sin cambios en su esencia, ilesos de cualquier invención o modificación ambiental. Un discurso primordial relacional inconsciente que sabrá elegir mensajeros externos para comunicarse a través de infinitas modalidades lingüísticas y de comportamiento, los antiguos jeroglíficos emotivos responsables de nuestro ser y nuestra existencia.

Un antiguo discurso afectivo que hará su aparición dentro de la «estancia» de análisis, mostrando innumerables intensidades de sufrimiento, a veces incontrolables, indefinibles y profundamente confusos y, por ello, «alocadamente» aterradores y aparentemente desagradables.

Es un malestar relacional no metabolizado, distorsiones y tropiezos emocionales primarios, que hacen que sea difícil o imposible la capacidad psíquica de poder depender de un modo suficientemente sano del objeto de amor primario, determinándose distorsiones relacionales generalizadas.

Creo que el lenguaje psicoanalítico es el único capaz de decodificar los graffiti relacionales desenfocados y sin nombre, a veces, devolviéndoles su belleza original.