Poesía y poética como vía de expresión y acceso al mundo interior

Revista del CPM número 30

Por Carla Weber

REVISTA DEL CENTRO PSICOANALÍTICO DE MADRID – Nº 30

 

Poesía y poética como vía de expresión y acceso al mundo interior

Carla Weber

Cuestión

Someter y transformar la «tempestad» que se cabalga es el término utilizado por George Gordon (Lord Byron) para indicar la vía de conexión entre el dolor y la luz de su mundo interior con su propia creatividad poética (Gordon, Byron, 1980-81)[1].

La poesía tiende a llevar la expresión humana, las ideas y las emociones a los límites extremos de la intensidad. Esto es lo que, probablemente, la sitúa entre las formas de la narración especialmente capaces de manifestar dinámicas particulares del mundo interior.

Si, tal como sostiene Shelley, la poesía «añade belleza a lo que es deforme, se casa con la exultación y el horror, el dolor y el placer, la eternidad y el cambio» (Shelley, 1988)[2], también puede expresar cuestiones irreconciliables y manifestar turbaciones interiores, convirtiéndolas en narración. Parece así, que la poesía, al perforar los hechos y la razón, puede permitir desvelar aspectos del mundo interior, como bien había comprendido John Keats: «Se tiene una capacidad negativa cuando un hombre es capaz de vivir entre incertidumbres, misterios y dudas, sin un frenético correr detrás del hecho y la razón» (Keats, 1817)[3]. «En cuanto al carácter poético, no tiene ser, es todo y nada, no tiene ningún carácter, disfruta de luz y de la sombra; vive en el gusto, sea agradable o desagradable, elevado o bajo, rico o pobre, mezquino o elevado. Disfruta tanto al concebir un Yago como una Imogena. Aquello que choca al filósofo virtuoso, deleita al poeta camaleónico. No causa daño por su complacencia en el lado sombrío de las cosas, ni por su gusto hacia el lado en luz, ya que ambos concluyen en especulación» (Keats, 1818)[4].

El componente estrictamente relacional de la comprensión y del proceso de transferencia, cuando se dirige a la dimensión poética y generativa de la expresión humana, puede obtener dos resultados importantes:

captar y capturar en la dimensión poética de la narración cualquier forma, en virtud de la cual, cada uno, en este caso, el paciente, se crea a sí mismo;

apoyar esas señales de capacidad autogenerativa y creativa de uno mismo con la relación terapéutica.

A diferencia de la reconocida relevancia de la embodied cognition y la embodied simulation en la práctica clínica, la narración poética destaca por la distinción que hace a la hora de comprender los movimientos psíquicos finos y profundos.

De hecho, prever los movimientos de otros también sirve para descifrar la intención, como es fácil de entender, teniendo en cuenta esta correlación, si nos remontamos a su origen en el mundo de los mamíferos: el hecho de que el otro se acerque o se aleje, que el movimiento de la pata o de la cabeza pueda terminar con una agresión o un acto de cuidado implica la diferencia entre la vida y la muerte. Investigaciones recientes llevada a cabo con humanos muestran fuertes analogías. Al pedir a grupos de personas que vieran el vídeo de un diálogo entre dos personas y, al final, trataran de plantear hipótesis sobre los motivos reales y sobre lo que habría sucedido después, y pedirle después a otros grupos de personas que solo escucharan el diálogo, se comprobó posteriormente que las hipótesis y las predicciones del primer grupo eran tres veces más precisas que las del segundo.

Sobre esta base corporal de resonancia corren las palabras. Estas pueden conectar elementos sutiles del sentir y traer a la superficie la dimensión poética, autocreativa y autogenerativa, de quien se habla y de quien escucha con fines terapéuticos, si quien escucha permite llegar a los estratos propios desde los que extraer, a modo de contratransferencia, los materiales para actuar terapéuticamente con el otro.

Decible e indecible

Más allá de toda duda, la referencia a la poesía no tiene en cuenta la propuesta de uso en las sesiones de versos o textos poéticos para interpretar el material psíquico del paciente, ni la producción espontánea de poemas a la que se dedican algunos pacientes. Mi reflexión parte de la consideración del propio proceso terapéutico como una oportunidad de poiesis, dirigida a posibilitar el acto creativo y transformador necesario para la evolución del sujeto de un estado de sufrimiento a una nueva apropiación de sí mismo y de su propio potencial. Esto implica una decisión metodológica y técnica que no es fácil de lograr. Si se parte del hecho de que la relación terapéutica se caracteriza por una contingencia incluyente, de la que también deriva su eficacia, surge una implicación absorbente en lo que respecta a un cierto distanciamiento del compromiso con dicha dinámica por parte del terapeuta. Es difícil sustraerse al flujo incesante de la relación, especialmente en los momentos más agudos e intensos, que anuncian las oportunidades de poiesis. Lograrlas significa apropiarse de las oportunidades de especial eficacia clínica. Algo similar se ha identificado como una manera de vivir la contingencia histórica, en la metodología de la historia. De hecho, Carlo Ginzburg escribía en un artículo reciente: «Para entender el presente debemos aprender a mirarlo de reojo o, usando una metáfora diferente: tenemos que aprender a mirarlo desde la distancia, como si viéramos a través de un telescopio invertido. Al final, la actualidad emergerá de nuevo, pero en un contexto diferente e inesperado» (Ginzburg, 2015)[5]. Algo por el estilo, capaz de acercarnos seguidamente a la metodología y técnica de la que estoy hablando, viene de una indicación epistemológica decisiva inherente al juego de la práctica y de la búsqueda del sentido de la verdad en las relaciones, formulada por Aldo Giorgio Gargani. Según Gargani, solo la práctica, ciertamente no ciega, puede generar algo nuevo entre las relaciones de la contingencia relacional. Entonces, no sería la búsqueda de la verdad y su tratamiento el objetivo de la práctica terapéutica, sino la atención a lo inédito poiético. Y con Gargani, vale la pena preguntarse: «Entonces, ¿perdemos la verdad? No, la verdad está ahí, como siempre lo ha estado y estará, como la consecuencia tardía de un gesto social que la ha precedido, que le ha preparado el lugar para ser llenado con el orden de su constitución» (Gargani, 2006)[6]. La metodología y la técnica con las que trabajo y que propongo tratan de ser especialmente cuidadosas, no tanto para predeterminar los resultados, sino para preparar el «gesto social» y relacional que, durante una sesión, puede fomentar la aparición de un evento poético.

Es para explorar esta dinámica que me gustaría llamar la atención sobre el flujo de la comunicación corporal y verbal entre analista y paciente en el contexto espacio-temporal repetido de las sesiones. El terapeuta trata de proponer una base relacional suficientemente constante y tolerable para el paciente, mientras continúa supervisándose a sí mismo, a sabiendas de que esa base es, en gran medida, ilusoria y precaria para la incontrolabilidad de variables relacionales, de las que no puede ser plenamente consciente aun cuando tratamos de controlarlas. Esta relación se apoya en el flujo del lenguaje ordinario, necesario para la espontaneidad deseable en la comunicación entre el paciente y el terapeuta. Reconocemos las variables intervinientes cuando se activan en la relación con el otro, en la interacción con el «otro», y que ese encuentro-confrontación hace evidentes. Durante las sesiones tratamos de hacer decible lo indecible, y los niveles de interacción e intercambio con los que vamos construyendo la experiencia con los pacientes son realmente múltiples y de diferente estado psicológico, no siempre reconducibles a una narración. En los estados de inaccesibilidad y de distancia, o en aquellos de tensión y defensa, podemos aprovechar las particulares señales de resonancia que llegan desde el cuerpo del paciente. Ese acto de captar una consigna por parte del paciente puede abrir un break down, que permite percibir, a través de los movimientos, olores y sonidos y junto con las palabras usadas para hacerlas visibles y válidas, las sensaciones y las emociones que experimenta el paciente. Al interactuar con esas señales, nosotros mismos, como terapeutas, podemos poner en diálogo palabras, imágenes, visiones y lecturas a someter a la prueba de lo que siente el otro, ampliando así la capacidad del paciente de moverse y manejar sus propios estados mentales, accediendo a la riqueza el mundo onírico y a la función reveladora de estados inconscientes tácitos.

De acuerdo con esta perspectiva, la relación analítica adquiere también un tono educativo, en el sentido de sacar del otro capacidades y recursos disponibles, pero latentes. En la relación terapéutica, podemos dar al paciente la oportunidad de regresar al presimbólico, de realizar una regresión al estado sensorial de una fantasía terapéutica, que reactiva los elementos silentes del inconsciente procedimental, somatizado y no narrable (Mancia, 2004, 2007)[7]. Por lo tanto, debemos aumentar la capacidad terapéutica para identificar y mejorar estas experiencias incorporadas por el paciente, de las que podemos tomar el estado original mediante la regresión (Hillman, 2014)[8]. En dicha regresión, el paciente puede activarse, generando nuevas experiencias combinatorias de sus estados emocionales, para experimentar una vivencia nueva que llevar al lenguaje.

Nuevas oportunidades para el trabajo terapéutico

El paciente puede sorprendernos al ofrecernos elementos de un lenguaje vivo que, desde lo sensorial, se condensa en palabras especialmente significativas o altamente sincréticas a la hora de dar sentido a un estado psíquico. Al dar crédito a las potencialidades originarias y originales del paciente (Pagliarani, 1985)[9] parece que sea posible aumentar la capacidad natural de base de cada sujeto, su creatividad (Winnicott, 1986)[10]. Hay que destacar la innovadora y extraordinaria contribución de Donald Winnicott, que sentó las bases de una perspectiva de la comprensión del proceso imaginativo y creativo, indicando así una dirección generativa. Sigmund Freud se preguntaba cómo el sujeto, a falta de objetos capaces de permitir la “acción específica” gratificante, podría encontrar objetos capacitadores, capaces de dar vida a “mundos nuevos” (Freud, 1907, 19011)[11]y, después, Melanie Klein prosiguió en esa dirección, proponiendo la creatividad como reparación fructífera y como reconstrucción del objeto dañado (Klein, 1937)[12]. Pero Winnicott vio la creatividad como un factor constitutivo de la experiencia humana, un factor primario y autónomo del proceso de desarrollo humano y, en la actualidad, los datos de la investigación confirman la fiabilidad de este concepto. Mi trabajo con los pacientes me ha permitido recoger una cierta cantidad de material analítico, que me anima a continuar en esta dirección.

Todo esto parte de la constatación de que en el lenguaje ordinario, es decir, en el flujo de palabras de quien está hablando, está contenida de forma más o menos evidente la poesía, a modo de poiein (crear), conexión directa con la sensación y acto lingüístico que conecta a otro, según una necesidad estética. Aquí y allá, la poesía surge en el poder de una palabra, de un silencio, de una imagen, que el paciente utiliza prescindiendo de una intencionalidad precisa y, es más, a veces esa expresión lo precede o va más allá de algo que no es inmediatamente traducible. No es difícil reconocer en la relación con el otro que ciertas palabras alarman y activan en el oyente una pista de búsqueda y atención, ya que salen directamente del paciente. El terapeuta puede tomar la estructura reveladora de algunos pasajes y trabajarlos clínicamente, respetando los tiempos y el nivel de comunicación permitido por la relación terapéutica. Al escucharlo, se puede comprender el valor de esa forma activa del lenguaje, propia de la dimensión poética, reconociendo en ella la doble función de apertura en la creación de una discontinuidad en la dinámica ordinaria de la estructura comunicativa, y de avance en el progreso integrativo entre los elementos que hasta ese momento se presentaban desconectados, confunsos y separados. En el trabajo terapéutico y con dicho acto creativo (poiesis), el paciente puede apropiarse de sus propios recursos interiores, si el terapeuta le apoya en el reconocimiento de la función creativa y en el aprendizaje de cómo aprovecharla analíticamente, procediendo progresivamente a componer una nueva forma de sentir. El lenguaje poético parece surgir verticalmente de las experiencias corporales, con las mismas propiedades de un sonido, que encuentra su propia sintonización y contraposición necesarias para crear una armonía. Cuando esto sucede, se abre una ventana de acceso a la comprensibilidad, se capta lo incomprensible y se activa un reconocimiento, que ofrece una oportunidad para el trabajo terapéutico. Esto último, a diferencia de una tradición kleiniana, que ve en la creatividad una función reparadora de la mente, se vale de la poiesis como oportunidad de proyección y creatividad, considerándola como un acto performativo más que una función de la mente (Civitarese, 2014)[13]. La actividad clínica del terapeuta es, entonces, la capacidad de expandir la función originaria de la mente hacia la activación de una propuesta original, aprovechando la dimensión regenerativa que pasa por la poesía.

Miriam

Trato de ejemplificar, en base a los apuntes de una sesión, la aparición del lenguaje poético desde el lenguaje ordinario.

Miriam (56 años) se saltó una sesión debido a que las carreteras estaban impracticables por una fuerte nevada. Entra, se tumba en el diván y comienza a decir:

«Hace tantos días que no nos veíamos. Hoy hice el viaje con una vecina, y es diferente. Me gustaría volver al malestar de los días anteriores y sin embargo, estoy bien. He tenido sueños, pero se han ido… un sueño denso y espeso… la palabra de este sueño es «mitocondria», y ahí es donde está nuestra historia de mujeres – mi ciencia es poesía y fantasía. Eso lo saben bien mis hijos y mi marido. En el sueño, mi hija estaba enfadada conmigo. Me viene la palabra «justa distancia». Creo que es una palabra utilizada aquí. Estas dos palabras tienen que ver con ser mujeres. También tienen que ver los zapatos – olvidé cambiármelos- ser bonitos, estar bien cuidados, ser de flores. Esto lo he rechazado… Cuando estoy fuera, ¿tengo que tocar? ¿Basta con que suene abajo? Me alegra haber venido, me estaba esperando”.

Le pregunto si tenía miedo de ser rechazada y ella continúa: «No, quería alejarme de todo, recibir disposiciones, procedimientos… Me puse a llorar, cuando estaban lejos. De golpe, como la ola del mar. El mar es siempre el mismo, yo sigo siendo la misma, rechazada no se desata, es el mismo. Y en este espacio donde lloro, en la resaca de estos objetos empujados a la orilla y después llevados atrás, yo estoy en ese espacio donde nacen las lágrimas, en esta resaca que soy yo y, entonces, esa espuma, como el esperma, ese señor me ha puesto su esperma en las manos. Mientras hablaba, el sueño casi ha tomado mi cuerpo… culpa y acción me han llevado a mi relación con mi marido… Miriam sale de este estado, ¿quieres vivir la culpa de dormirte? Una culpa que viene de lejos».

El material que la paciente me ofrece se presta a las interpretaciones. Frente a la advertencia de haber inducido formas del lenguaje y teorización en la paciente y aprovechado la importante ocasión que me brinda con su pasaje poético, modifico posteriormente mi línea de acción. En concreto, prestaré más atención a dejar espacio, para que se extienda la original expresión poética. Practicaré una cuidadosa abstención a cada interpretación y cuidaré el uso del lenguaje, tratando de evitar referencias teóricas y abstracciones. Mi objetivo es tratar con cuidado la inspiración poética en su complejidad, reflejándola con una acción corporal de actitud y silencio, para que pueda actuar de manera más eficaz en la paciente que lo ha generado. De hecho, la paciente me confirma la validez de esta elección, cuando me expresa que no puede quedarse para contarme lo que ha intentado en la distancia, no puede expresar lo que le sucedió en los días de la separación, desde la decisión de advertirme de la imposibilidad de encontrarse conmigo, hasta lo que habrían encontrado al volver. Es capaz de decírmelo de otro modo. Me expresa la necesidad de ser guiada, contenida por la rutina de la sesión y, si bien ya son dos años que acude a mi despacho, vuelve a empezar con el sonido de la campana, al subir las escaleras y al resintonizarse, puede sentir la relación auténtica de acogida. En ese momento, se activa, sus emociones pueden fluir de manera clara y llena de sentido. No necesita de mis palabras, porque ya dispone de las suyas. Ahora podré trabajar en diálogo con ella, porque lo que ha producido, permite continuar aprovechando las conexiones que ha hecho entre un estado emocional de la sesión y la reactivación de las experiencias presentes en la memoria de la agresión sexual sufrida, ahora hace once años, que no terminó en violación. Y ella misma para encontrar una conexión con la difícil y violenta relación con su marido y los elementos que me ofrece, serán muy buena pista, enriquecida después por el sueño, que traerá en la siguiente sesión.

La práctica de la incertidumbre

Cuando Iosif Brodsky nos cuenta qué es para él la poesía, utiliza la imagen del diamante, una imagen muy apropiada para expresar lo que trato de decir (Brodsky, 1989)[14]. De hecho, la dimensión poética se encuentra en el material extraído del lenguaje ordinario de las sesiones que siguen. Al continuar excavando y descartando las escorias, siguiendo los filones de materiales que requieren la atención y que parecen anticipar algo que puede suceder, algo que puede surgir, es decir, una concentración de material psíquico, compacto y reflectante, que se encuentra en el barro o en la roca, como el diamante. La luz que pasa a través de ese prisma puede mostrar el acceso a otras dimensiones, proyectar posibles direcciones y otros niveles de comprensión de la realidad, sin reducirse a aquello que manifiesta una sola cara, porque incluso esa sola cara muestra diferentes aspectos en diferentes momentos.

La casualidad y la incertidumbre asumen por lo menos dos dimensiones ambiguas: por un lado, está la incertidumbre del caso, en cuanto que no se sabe si surgirá y, por el otro lado, una vez que se ha puesto de manifiesto, esa incertidumbre se muestra poliédrica y reducible a una sola lectura o interpretación. La incertidumbre contingente también tiene que ver con la fuente del descubrimiento: solo el paciente la descubre, tal vez utilizando a su manera la intervención de un terapeuta, es entonces posible que la producción se traduzca en un acto poiético.

Miriam

He aquí otro ejemplo que muestra en vivo cómo la paciente experimenta ese trabajo reflexivo, que hacemos durante las sesiones y que termina siendo un obstáculo para la expresión de los componentes generativos, que pueden ayudarle a llegar a sí misma.

«Desde que me dijo que en las sesiones he utilizado tanto la palabra «confusión» ya no la uso de modo indiscriminado, sino que me detengo y me digo a mí misma: – Dí un nombre, dí lo que quieres decir con la palabra confusión; ¿de qué estás hablando? Estoy aquí para hacer este trabajo, palabra por palabra… Las lágrimas me vienen cuando se toca este misterio dentro de mí, como cuando se toca una planta suculenta y de ella mana el agua. Escucho todas las voces que se toman de la mano, allí en torno al ser para la protección, que no se distinga el todo. En vez reir, lloran, porque la risa es algo que separa estas fuerzas que mantienen junto el todo, para que no se distingan. Me viene el pensamiento de forzar ese núcleo, con medicamentos, por ejemplo, estoy tentada, pero no lo haré nunca. Las lágrimas me han protegido a lo largo de mi vida. Vivir a pesar de esto, con esto».

La paciente me dice que hay una fuente vital en ella y que está ligada al misterio de su propio origen y su propia originalidad. No todo se puede distinguir, pues nos arriesgamos a perder la totalidad y a no ser capaces de vivir nuestra propia belleza (Meltzer, 1989; Pagliarini, 1985)[15]. Por esta razón, ella me pide que no la anime a desvelarlo todo, una palabra cada vez, sino a curar todas las voces, a dar valor a lo que las mantiene juntas, manteniendo el grado de ambigüedad que su unidad psíquica requiere. La bienvenida como una indicación importante para continuar con nuestro trabajo. Considero su contribución poética una señal de avance. Las lágrimas que fluyen son la señal de sufrimiento, pero una condición preferible a la anestesia de los sentidos, a colocarse. Recojo y valoro la indicación del «sin embargo» que me parece lleno de capacidad de persistencia a la hora de aparecer allí mismo, en la contingencia de sus interacciones.

La cuestión de la incertidumbre en la interacción y las preguntas sobre la actuación adecuada del terapeuta, vinculadas a su influencia y responsabilidad de su papel en el flujo comunicativo de una sesión deberían ser profundizadas, ya no estamos en el ámbito de un conocimiento cierto. Por regla general, en el lenguaje ordinario de una sesión podemos reconocer un componente racional y formal, un componente emocional y, a veces, algo que toma forma, se condensa en un nuevo lenguaje, que tiene que ver con la poiesis y surge allí mismo, en dicha resonancia relacional y en ese momento de la psicoterapia. Por supuesto, su manifestación es incierta y hay que saber esperar. La actitud que podemos adoptar los terapeutas puede ser simplemente esperar a que ocurra o bien crear las condiciones para que esto ocurra, como, de hecho, hacemos con los sueños en espera de que los pacientes comiencen a soñar, introduciendo el lenguaje onírico en el trabajo terapéutico hasta soñar en su lugar (Ogden, 2005; Ferro, 2007)[16].

El psicoanálisis no puede sustraerse a la incertidumbre, como el resto de la medicina, ya que siempre tiene que ver con la variabilidad inherente, que proviene de la complejidad de nuestro cuerpo y de la incorporación de la mente, de acuerdo con la perspectiva ya establecida de embodiment of mind (Amman, Welsh, 2014)[17]. El físico Carlo Rovelli nos dice que «la incertidumbre está en el corazón mismo de la naturaleza» y es intrínsecamente imposible reducir la incertidumbre y, al mismo tiempo, «la incertidumbre es la fuente principal del crecimiento del conocimiento» (Rovelli, 2015)[18]. La ciencia la asume como un dato de realidad y la gestiona directamente con precisión, es decir la mide, sin referirse a una alternativa cierto-incierto, sino al grado de certeza medible. Para ello, utiliza la probabilidad y la estadística, alcanzando un conocimiento, que tiene su importancia práctica y se ha consolidado en los resultados de la investigación científica, a pesar de no tratarse de una certeza absoluta. Pero es desde la práctica de la incertidumbre que puede seguirse la práctica de la certeza. La reflexión de Rovelli me ayuda a pensar en el psicoanálisis como una ciencia que puede, a través de la observación empírica de una determinada casuística, servirse de la probabilidad y de la estadística para definir lo que se puede esperar que suceda, incluso cuando no todos los procesos psíquicos y físicos que tienen lugar son conocidos y determinables. El nivel de incertidumbre puede estar relacionado con el debate teórico y la necesaria evolución del psicoanálisis frente a las cuestiones que imponen los cambios sociales y culturales. El grado de certeza se puede confrontar en la observación empírica, en relación con las herramientas técnicas que asumen. Y, pienso que esta manera de avanzar en la disciplina psicoanalítica puede poner en una relación dinámica con el debate teórico, orientado a la búsqueda de la certeza absoluta, y la práctica de la incertidumbre en la experimentación clínica, para llegar a una certeza práctica, resultado de la confrontación concreta y operativa con la irreductible variedad de los datos de cualquier actividad humana, que es objeto de nuestro trabajo y de nuestra especulación.

El trabajo terapéutico, altamente expuesto a la incertidumbre de los resultados puede, en mi opinión, beneficiarse de proceder con curiosidad y capacidad de innovarse, en el conocimiento de que «estamos seguros de algo en un sentido concreto y no en un sentido teórico. Nos interesa una certeza práctica, para la vida. Una certeza que tenga un grado de credibilidad suficientemente alto» (Rovelli, 2015)[19].

Poiesis como técnica y método

He aquí pues, que la atención al lenguaje poético que puede surgir en la sesión se encuentra en un discurso del método y de la técnica psicoterapéutica. La poiesis se manifiesta en la capacidad generadora del comportamiento terapéutico, basada en la capacidad negativa del terapeuta en la entrega de un lugar a la incertidumbre, como generadora de señales importantes de práctica de la certeza. La terapia en este sentido se puede asociar al arte, hija de un gran rigor y de momentos geniales, donde se intuye que allí puede nacer algo, puede surgir y tomar una nueva forma lo posible. Arthur Koestler, en su teoría de la creatividad, sostiene la necesidad de practicar una posición bisociativa para crear «la chispa espontánea de inspiración, que muestra con una luz nueva una situación familiar o un evento bien conocido y que suscita en su enfrentamiento una nueva respuesta. El acto bisociativo pone en contacto matrices de experiencia, que antes no tenían ninguna conexión «(Koestler, 1975)[20]. Koestler explora tres posibles resultados de esta situación y en el trabajo terapéutico los podemos encontrar todos: la colisión, que desemboca en la risa, la fusión en una nueva síntesis ideativa y la comparación, que se traduce en una experiencia estética. En esta última podemos encontrar la matriz poética emancipadora y extensiva, que surge del flujo ordinario del lenguaje de la sesión. Podemos considerarlas como modalidades de fuga regresivas para salir de la repetición automática, casi opuestas a los niveles de concepción más arcaicos y primitivos del lenguaje onírico, incluso si, en la práctica terapéutica, resultan íntimamente conectados y se alimentan recíprocamente.

Desde el punto de vista de la técnica, para que emerja la matriz poética constitutiva de cada sujeto, tenemos que proceder en el proceso terapéutico con rigor analítico y abiertos a la intuición y una gran atención al cambio del clima emocional en la resonancia emocional (Transferencia y contratransferencia). Se trata de crear las condiciones para una nueva producción del paciente, que ponga en contacto diversas matrices, que nunca están conectadas entre sí para «entender lo que tiene que estar despierto y vivo en diferentes planos a la vez» (Koestler, 1975)[21].

En el trabajo terapéutico, las personas suelen tener más a menudo miedos relacionados con la incapacidad de sentir, de expresar sus deseos de una forma directa, física y sexual, no virtual e intelectualizada. A veces, los afectos invaden y destruyen el espacio de la existencia y otras veces se presentan enrarecidos, alienados, confusos e intolerables. Cada vez veo más necesario desarrollar en la relación terapéutica, las condiciones para que los pacientes puedan experimentar por sí mismos sus sentimientos y los efectos sobre otros, con una relación suficientemente segura. Ira, agresividad, ataques de envidia y sentimientos de vergüenza, de miedo y de culpa pueden tener un espacio de anteción específico en el setting analítico y convertirse en impulso para la búsqueda, que involucra tanto al analista como al paciente.

Hace varios años, Ivan Illich consideraba lo que se había socialmente afirmado un proceso de desencarnación del sujeto, que lo hace insensible hacia sí mismo y hacia los demás y lo limita reduciendo la capacidad de actuar, de dar voz a su deseo y de crear las condiciones para su reconocimiento interno y externo. «Las personas anulan su propia naturaleza sensual, proyectándose in abstracta, en nociones abstractas. Y esta renuncia a la singularidad íntima y personal a través de la introyección y la autoatribución de entidades estadísticas se persigue con extraordinaria intensidad por la forma en que vivimos. Con ello se consigue una insensibilidad, no solo hacia mí mismo, sino hacia ti» (Illich, 2009)[22]. Se da, por un lado, la desencarnación de la relación yo-tú preservada de la angustia de la propia vulnerabilidad en la relación con el otro, y por otro lado conduce también a una matematización y algoritmización de las relaciones con el otro inmovilizante e indiferente. Se asiste así a un constante reconocimiento de que vivimos en un mundo tal, que no podemos hacer nada sino indagar y proyectar «aquello que puedo hacer yo» aquí y ahora.

Es por eso que considero relevante activar en la relación terapéutica las oportunidades de poiesis para el paciente y que podemos hacerlo aprovechando la calidad afectiva y poética de la relación transferencial, creando las condiciones para elaborar una reconexión con el cuerpo-emociones-sentimientos, favoreciendo la capacidad del paciente de producir acciones apropiadas para su vida y para sentirse existente.

Bibliografía

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Carla Weber, psicóloga psicoterapeuta, psicoanalista; Directora de Studio AKOÉ, Centro de Psicosocioanálisis, Psicoanálisis y Psicoterapia, Trento; Presidente de ASP: Asociación de Estudios Psicoanalíticos, Milán; Delegado de ASP en IFPS: International Federation of Psychoanalysis Societies; Codirectora de la revista Educazione Sentimentale, Franco Angeli Editore, Milán; Cofundadora y Curadora del Archivo de la Fundación Luigi Pagliarani, Vacallo, Suiza; Socia de la Asociación Italiana de Psicosocioanálisis, Milán; Socia della Confederación Italiana de las Asociaciones de Grupoanálisis.

Correo electrónico: carlaweber@studioakoe.it; página web: www.studioakoe.it


[1] George Gordon, Lord Byron, Childe Harold’s Pilgrimage, canto III, estancia 44, en Lord Byron: The Complete Poetical Works, vol. 2, Oxford: Clarendon Press, 1980-8; p. 92

[2] Percy Bysshe Shelley, A Defence of Poetry, en Shelley,s Prose, edic. de David Lee Clark, New Amsterdam, Nueva York, 1988; p. 295

[3] John Keats, The Letters of John Keats, carta a los hermanos, diciembre de 1817; Harvard University Press 2002; p. 193

[4] John Keats, Ibidem, carta a Richard Woodhouse, 27 de octubre de 1818; p. 386 John Keats, Ibidem, carta a Richard Woodhouse, 27 de octubre de 1818; p. 386

[5] Carlo Ginzburg, Paura reverenza terrore, Adelphi, Milán 2015; p. 53

[6] Aldo Giorgio Gargani, Il vincolo e i codici simbolici, en, varios autores, Il vincolo, Raffaello Cortina Editore, Milán 2006; p. 86

[7] Mauro Mancia, Sentire le parole, Bollati Boringheri, Turín 2004; Psicoanalisi e neuroscienze, Springer Italia, Milán 2007

[8] James Hillman, Figure del mito, Adelphi, Milán 2014; pp. 80-81 [ed orig., Mythical Figures, Spring pubblications, Zúrich 2007]

[9] Luigi Pagliarani, Il coraggio di Venere, Raffaello Cortina, Milán 1985, 2 ed. 2004; p. 352

[10] Donald Winnicott, Dal luogo delle origini, Raffaello Cortina, Milán 1990

[11] Sigmund Freud, 1907, Il poeta e la fantasia, en, en ídem, Opere, vol. 5, Bollati Boringhieri, Turín 1972; S. Freud, 1911, Precisazioni sui due processi dell’accadere psichico, en ídem, Opere, vol. 5, Bollati Boringhieri, Turín 1972

[12] Melanie Klein, Amore, colpa e riparazione, en, M. Klein y J. Rivière (editores), Amore, odio e riparazione, Astrolabio, Roma 1969; [ed. orig. Love, Hate and Reparation, The Hogart Press, Londres 1937]

[13] Giuseppe Civitarese, I sensi e l’inconscio, Borla, Roma 2014; p. 47

[14] Iosif Brodskij, Fondamenta degli Incurabili, Adelphi, Milán 1989

[15] Donald Meltzer, Mag Harris W., Amore e timore della bellezza, Borla, Roma 1989; Luigi Pagliarani, op.cit.; p. 258-284

[16] Thomas H. Ogden, L’arte della psicoanalisi. Sognare i sogni non sognati, Raffaello Cortina, Milán 2008 [ed. orig., This Art of Psychoanalysis. Dreaming, Undreamt Dreams and Interrupted Cries, Thomas Ogden 2005];

Antonino Ferro, Evitare le emozioni, vivere le emozioni, Raffaello Cortina, Milán 2007

[17] Massimo Ammaniti, Vittorio Gallese, La nascita dell’intersoggettività, Raffaello Cortina, Milán 2014

[18] Carlo Rovelli, Scienza e certezza, MicroMega, 5, 2015; p. 14,17

[19] Carlo Rovelli, ibidem, p. 6-7

[20] Arthur Koestler, L’atto della creazione, Astrolabio, Roma, 1975; p. 35 [ed. orig. The Act of Creation, Hutchinson & Co, Londres 1964 y 1969]

[21] Arthur Koestler, Ibidem; p. 35

[22] Ivan Illich, I fiumi a nord del futuro. Testamento raccolto da David Cayley, Qoudlibet, Macerata, 2009; p. 221 [ed. orig. The Rivers North of the Future. The Testament of Ivan Illich as told David Cayley, House of Anansi Press Inc., Toronto, Canadá 2005]