Mas allá de la representación

por | Revista del CPM número 13

Uno de los signos distintivos de la modernidad ha resultado ser el pasaje de la primacía gnoseologica del ser a la primacía gnoseológica de la representación. El problema fundamental de la teoría del conocimiento se asentó en la filosofía occidental desde el descubrimiento Platónico de que la comprensión del mundo imponía a nuestro entendimiento de la realidad la necesidad de someter el acto de nuestra inteligencia a la regla de un arquetipo ideal capaz de medir la exactitud de la representación de las cosas en nuestra experiencia.

La teoría de la representación ha dejado de ser solamente un signo formal que nos remite inmediatamente a un objeto en su realidad exterior, para ser en términos inmediatos, un id quod de intenciones cognitivas.

La contribución de Rene Descartes a la investigación del campo de la subjetividad transformo esta en una referencia central para tener acceso al conocimiento y a la verdad. La verdad reside en la conciencia. Por lo tanto la representación se convierte en la morada de la verdad, el problema central es si llegamos a ella a través del camino de la razón o de la experiencia.

El Cogito cartesiano dota a la filosofía de una certeza absoluta a cerca de la conciencia.

La posición del psicoanálisis ha mostrado ser desde esta perspectiva la que ha producido la tercera herida narcisista a la consideración del hombre hacia si mismo con el efecto de una descentralización de la razón y de la conciencia.

Descartes dijo “pienso luego soy” Freud y después Lacan refutarían este dictum: “pienso donde no soy y soy donde no pienso”.Si por una parte Descartes enfatiza la simetría entre el ser y el pensamiento deliberado, por el otro, al centrar su atención a la función de la duda, abre el camino a cuestiones que tienen que ver no solo con la existencia de Dios sino con el ser mismo. Este sin lugar a dudas, anticipo lo que, muchos años mas tarde el psicoanálisis formulo cono el sujeto (persona) dividido. Si antes de Freud subjetividad estaba identificado con conciencia y subsumida a la razón, ahora ha quedado dividida y sujeta a otro registro sintáctico. El efecto de la división realza la percepción de un otro, alguien que no soy yo mismo, que habla en mi lugar, y que esta creado por una articulación de leyes , diferentes a las de la conciencia.

Freud le dio a la representación una definición psicoanalítica y baso este concepto en dos términos: Vorstellung (representación como elemento psíquico) y Reprasentanz (representante como una función).

Para dar cuenta de la relación que lo psíquico mantiene con la estimulación generada desde el interior del cuerpo, Freud acuña el concepto de pulsión (trieb) y en Tres ensayos sobre la teoría sexual la define como: el representante (Psychische-Representanz) de una fuente endosomática de estimulo discurriendo de forma continua” y estas pulsiones “no poseen una cualidad por ellas mismas y deben considerarse solamente como un indicador de la demanda de trabajo de la vida psíquica”. Se dice que la pulsión (trieb) no se limita solo a ser un representante (Psychische-Representanz) del estímulo proveniente del interior, sino que crea y estimula el advenimiento de las representaciones (Vorstellungen).

La representación de la pulsión (trieb) es aplicada a estos dos elementos: el Representante (Representanz) como función y la Representación (Vorstellung) como estructura.

La representación está compuesta sucesivamente de la representación y de un “quantum de afectos”. Cuando Freud nos habla acerca de la “represión de un representante de la pulsión” (triebs representanz) nos está diciendo que la representación será el objetivo de la represión, mientras que el afecto al que está unida sufrirá una acción de descarga o será trasformado en ansiedad. Lo que ocurre entonces es que no hay un afecto inconsciente y que solo la representación lo podrá ser. En su trabajo El Inconsciente, Freud sitúa la representación en los registros económico y tópico. Es en este primer registro en el cual articula la pulsión, representante y representación de deseo. La representaciones son definidas como “investiduras basadas en huellas mnemicas”, mientras que los afectos corresponden a procesos de descarga. El inconsciente es el lugar de estas investiduras: “el núcleo del inconsciente está compuesto de representantes de pulsiones que descargan sus investiduras por movimientos de deseo.” La representación como investiduras de huellas anémicas es la responsable de sostener el deseo.

Desde el punto de vista tópico, tenemos la división de (1) representaciones de objeto y de palabra y (2) de “cosas”, perteneciendo por tanto a diferentes sistemas tópicos.

Las representaciones de palabra están relacionadas con el preconsciente, confieren la cualidad consciente de las representaciones de objeto, mientras que las representaciones de cosas en cambio pertenecen al inconsciente. “Consisten en investiduras, sino de imágenes mnémicas de cosas, al menos de las más remotas huellas mnémicas que derivan de ellas”.

Consideremos la articulación de la representación de objeto y su relación con el lugar del “Nebenmesch”(del prójimo), el Otro. Sabemos que es a través del objeto que la pulsión trata de satisfacerse; hay un tiempo en el cual es considerado como determinante: “la experiencia de satisfacción” que tiene consecuencias significativas en el “desarrollo funcional” del individuo. La importancia de este tiempo viene dado por la descarga, la cual empieza y acaba en el estado de insatisfacción y nos permite una acción específica.

El resurgimiento del estado de presión del deseo genera investiduras de estas imágenes, de estas memorias, de estas representaciones primarias, especialmente aquellas del objeto.

Cuando los deseos irrumpen crean de nuevo una alucinación equivalente a una percepción, mientras tanto, la decepción de no encontrar el objeto fuerza una abnegación del goce (jouissance), de alucinación e implantación del principio de placer y de realidad.

El objeto, lo inmediato, es una percepción compleja compuesta por dos elementos: uno incomparable, la cosa y el otro accesible al entendimiento, los atributos de la cosa. La cosa, Das Ding, es el punto umbilical de la representación tiempo irrepresentable. Solo los atributos, las cualidades, son susceptibles de representación, en primer lugar-lo bueno y lo malo- y por consiguiente son capaces de informar al sujeto sobre la búsqueda del placer.

Freud nos habla de la importancia de un otro experimentado capaz de conocer las necesidades del infans, de forma tal que medie en sus relaciones de satisfacción, que no puede obtener a través de sus propios significados. Es a través de este “Nebenmensch”(del prójimo) que la cosa comienza a existir y es a través del dominio de esta excitación, previamente incontrolable, que el sujeto comienza a ser capaz de organizar una percepción de “objeto” duradero. Existe un lazo entre conocimiento y dependencia que inaugura una dimensión ética: esto es así porque el Otro esta ahí desde el principio, para ayudar a organizar una percepción y poner a distancia las excitaciones.

Si en la actualidad, el campo de las representaciones ha pasado a ser un campo descifrable, analizable e interpretable donde los analistas operan con cierta habilidad, encontramos un limite a este trabajo cuando el proceso analítico choca con un punto de imposibilidad, confirmado ya por Freud cuando dijo que el psicoanálisis era una de las tres profesiones imposibles siendo las otras dos las que tienen que ver con gobernar y educar.

Tal imposibi
lidad no condena al psicoanálisis a la inoperancia o el fracaso porque es precisamente desde el fracaso desde donde encuentra el estimulo para buscar las causas.

Desde el comienzo de este descubrimiento el genio de Freud vislumbro esta imposibilidad como el campo propiamente psicoanalítico: el mas allá de las representaciones. El concepto de “Das Ding”, esta Cosa tan obstinadamente buscada por Freud en la construcción de su metapsicología, representa un intento de dar cuenta de la irrepresentabilidad de la Cosa. La teoría de la interpretación de los sueños, tan meticulosamente concebida por Freud, choca con el ombligo del sueño que es, al mismo tiempo, un agujero y un nudo. Su trabajo, casi obsesivo, sobre las representaciones y los trazos de memoria fueron insuficientes para poder llevar el análisis a su conclusión final, llevando a Freud a formular el mas allá del principio de placer, en el que la pulsión silenciosa (trieb), sin representación, la pulsión de muerte (trieb), se muestra a si misma articulada en el impasse del tratamiento psicoanalítico. Lo que entendemos hoy por impasse psicoanalítico puede ser considerado como el campo específico del psicoanálisis, el que Lacan formulo como el concepto de lo Real, hasta el punto de que en la actualidad se habla de una clínica de lo Real para el tratamiento de casos sintomáticos que son extremadamente resistentes al trabajo de la interpretación, como la anorexia, la adicción a las drogas, los fenómenos psicosomáticos, y aquellos considerados borderline.

De todas formas no todos los impasses que encontramos en la clínica responden necesariamente con lo citado anteriormente. En nuestra práctica diaria, el tratamiento psicoanalítico se enfrenta a un tipo de nudo en el que los límites de la interpretación son claramente evidentes.

El punto que constituye el impasse debería ser considerado como la llave del tratamiento, como si allí la realidad psíquica se impusiera en su forma mas profundamente arraigada. ¿Que da a la realidad psíquica este carácter de fijación en la que las intervenciones del analista son a menudo inútiles?

Podemos decir que la estructura de la realidad psíquica es fantasmática. La fantasía sirve como pantalla para la irrepresentabilidad de la Cosa.

Si la interpretación, en el nivel Edípico, se ha convertido en algo fácilmente manejable para los analistas, el área fantasmatica,- en el que su distintivo es la acción (acting out y pasaje al acto), se caracteriza por la adhesión al síntoma que se revela como irreductible e invita al psicoanalista a reinventar el psicoanálisis, mediante sentidos en el acto (la consecuencia de algo que no era previamente conocido por el analista y no le viene dado por ningún conocimiento técnico anterior). Estas maniobras son construidas para separar al paciente de su punto de fijación psíquica. Para ilustrar lo que acabo de formular voy a referirme al caso clínico de Maria. Es una mujer de 32 años que fue diagnosticada de una depresión bipolar y analizada durante mas de 10 años. De alto nivel intelectual, consiguió una exitosa carrera académica a pesar de su juventud. Su característica fundamental era su imposibilidad de reconocer sus propios meritos y las extremas demandas que se hacia a si misma. No podía perdonarse no saber sobre todos los autores de su área científica y la producía un intenso sufrimiento darse cuenta de que otro colega tenia mas conocimiento que ella o cualidades superiores a las suyas. Cualquier crítica, incluso la más insignificante, la imbuía en una intensa depresión que la incapacitaba para continuar con su trabajo.

El diagnóstico psiquiátrico constituyó un significante efectivo que la protegía de su responsabilidad en lo concerniente a las dificultades personales y familiares, funcionando como un factor de obstrucción en su proceso analítico.

Gradualmente logramos establecer la naturaleza del efecto protector de este diagnóstico, siendo ella capaz de distinguir el origen desde sus relaciones familiares y percibir de forma efectiva las condiciones adversas de esta etapa: un padre alcohólico que golpea violentamente a los niños, y una madre insegura que se mostraba incapaz de oponerse a la violencia paterna siendo ella misma victima, y en cierto modo, cómplice.

Siendo la hija más joven, e intentando escapar del destino de sus hermanos mayores, decidió convertirse en una hija modelo, siendo muy buena estudiante y completando lo que para ella serían sus obligaciones filiales. A pesar de todo su esfuerzo nunca logró recibir una sola palabra de reconocimiento de su padre, y nunca se sintió a su vez completamente libre de su violencia. Por otra parte, su relación con la madre se caracterizó por una intensa dependencia revelando una ausencia de una posición de fe y seguridad en si misma.

Sabemos que el proceso analítico, en gran parte, consiste en la recuperación de la palabra que por la presencia de la represión no estaba disponible para el sujeto. De ahí, el síntoma ha sido considerado, desde Freud, como esa imposibilidad de separar el significante sustitutivo con el que el sujeto se identifica, logrando encontrar de este modo un significado que le desvía de su deseo protegiéndole de la angustia y del vacío que de forma inquietante se experimentan como mortíferos.

Sabemos también que gran parte del trabajo analítico apunta a eliminar ropajes imaginarios y atributos con los que el sujeto se cubre defensivamente en la relación con los otros y con el mundo.

Creemos que aquella Maria hizo este trabajo a su paso por el análisis y ahora percibimos un gran cambio en la dirección de su discurso donde ella percibe su división subjetiva y su identificación parcial con esa cruel y persecutoria figura del Otro. Declara lo absurdo e ilógico de sus miedos y del dominio que la fantasía ha ejercido sobre ella. Esta fantasía puede ser expresada como un miedo a ser cual ella realmente es, viendo que aquí no hay ningún registro o vestigio de memoria que la incorpora al deseo paterno o materno. Si realmente este es el caso, esto la hace estar sometida al trauma del rechazo primario. Su desesperada tentativa sería verse dotada con medallas y calificaciones refrendadas por el Otro. El drama se complica por la imposibilidad de tener cualquier seguridad en cuanto a como corresponder a este desconocido y permanente ámbito constituido por el deseo del Otro.

Su queja queda constituida en la medida en que el conocimiento que ella ha obtenido a través de su análisis no ha resultado generar ningún tipo de ventaja personal; ni a las palabras e interpretaciones del analista han incitado ningún cambio de su estado. Sus sentimientos continúan siendo el desaliento, la impotencia, la frustración y la tristeza.

Al principio del análisis, el analista es colocado por el paciente en el “lugar del supuesto saber”, quien sabe acerca de la verdad y las soluciones a los problemas en su vida, constituyendo obviamente un fraude que las provisiones psicoanalíticas requieren para establecer y mantener la transferencia y desarrollar el trabajo. Constituye ahora un lugar desde donde el psicoanalista se reconoce desplazado y abrumado. Esto establece un impasse para ambos participantes en el juego analítico. Para enfrentarse a este impasse los analistas solo tienen dos salidas: eludir la situación asumiendo una posición de impotencia ya que todos los instrumentos teórico técnicos tan duramente aprendidos resultan ser inútiles en esta situación, o bien recurrir a la invención para interesarse por lo nuevo e inesperado. Lacan forja el concepto del deseo del analista como apoyo a esta acción , un apoyo que no es una prescripción, ni un rastro marcado a priori. Este apoyo se basa en la certeza que tiene el analista de la eficacia del psicoanálisis. No consti
tuye una actitud creída religiosamente y se basa mas bien en la experiencia de enfrentarse a situaciones de impasse en su análisis personal que le sacaron del embotellamiento. Para ser un analista verdadero se ha de tener presente la propia experiencia, ya que las situaciones de dificultad se repiten con cada analizando presentándose de forma novedosa.

Es importante estar atento al momento en que no hay ninguna técnica aprendida que sirva de guía al analista. Este es exactamente el momento en que fundamentalmente la técnica psicoanalítica es cuestionada y puesta bajo sospecha. Como ya hemos dicho, permanece el deseo del analista, que es un deseo despojado de cualquier intención de conducir al paciente a la identificación con los valores, la realidad y los caprichos del analista así como dirigirle hacia la adaptación a las normas operativas en la sociedad. Este deseo tiene como único elemento sustancial guiar hasta el final del análisis.

Quiero expresar mi gratitud a mi esposa y colega, Gilda Vaz Rodrigues, quien ha realizado importantes contribuciones a este trabajo.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

  1. Lima Vaz,HC. Sentido e Nâo sentido na crise da Modernidade.Belo Horizonte: SIntese Nova Fase,v.2 I n° 64,1994
  2. Freud,S .Three Essays on the Theory of Sexuality
  3. Freud,S.The Unconscious
  4. Freud,S .Beyond the Pleasure Principle
  5. Lacan, J, .Ecrits-A Selection.New York. W.W.Norton & Company

    Javert Rodrigues,MD

    Psychoanalyst, Full Member of the Circulo PsicanalItico de Minas Gerais

    Adress:Rua Fernandes Tourinho 999 sala 707-Lourdes-Belo Horizonte

    Minas Gerais —Brazil CEP 30 170 132