La simultaneidad de lo simétrico y lo asimétrico como meta de lo psicoanalítico.

Revista del CPM número 18

Por Jaime Coloma Andrews

(La estructura Simmassi en Matte Blanco, el objeto a en Lacan y el objeto transicional en Winnicott, a propósito de la idea de alexitimia) (1).

Resumen

En el siguiente escrito se ilustra aquello que en otra ponencia llamé «el uso incorrecto de los autores», como fuente de creatividad desde los criterios de Winnicott. Desde tal perspectiva se considera la posibilidad del empleo de la llamada alexitimia en un sentido diverso del psicosomático, apoyándose en la noción matteblanqueana de estructuras biológicas y relacionando estas nociones con los conceptos de objeto a de Lacan y objeto transicional de Winnicott. Se trabajan estas ideas con una casuística atingente.

 

Palabras clave: estructuras biológicas estructura Simmassi primer estrato­ objeto a- objeto transicional- identific­ación proyectiva-proyección.

Introducción

 

Ignacio Matte Blanco fue un psicoanalista chileno que fundó en nuestro país la primera institución que formo oficialmente en esta especialidad. Entre 1972 y 1995 residió en Italia donde desarrollo un enfoque novedoso que incorpora conceptos de la lógica a las consideraciones sobre el inconsciente descritas por Sigmund Freud. Este enfoque es conocido como Biológica, dado que sostiene que el pensamiento está estratificado en distintos niveles que combinan alternativa o simultáneamente una lógica simétrica y una lógica asimé­trica. De este modo le interesa implicar a la emoción como estructuralmente integrada a los procesos cognitivos, haciéndola equivalente a lo propio del funcionamiento inconsciente consideran­do a ambos, inconsciente y emoción, como una estructura biológica. Gesta así el concepto de estructuras biológicas contenidas en el inconsciente freudiano. Como lo estipula Verónica Ellicker, según el autor «todos los procesos de pensamiento tienen cierta estructura y esa estructura va a estar dada por el grado de simetría y de asimetría que contenga el tipo de pensamiento» (Díaz y Ellicker, 2006, p. 27) El, dice Ellicker, define a la estructura «como conjunto con varias relaciones entre sus compo­nentes» (op. cit. p. 27). Se acompaña con esto la noción de nivel que «se refiere a la proporción de relaciones simétricas y asimétricas que se encuentran en juego en un aspecto de la realidad psíquica del individuo (op. Citada p. 27 y 28)

Una estructura bilógica estratificada relaciona niveles y estratos entre sí. Ellicker y Díaz distinguen, con fines aclarativos entre estas estructuras y las estructuras bilógicas específicas.

En este artículo consideraré la primera estructura biológica estratificada que tiene que ver con la conciencia y con objetos bien delimitados donde se perciben y definen objetos concretos o conceptos abstractos. También se aludirá a la segunda estructura bilógica específica denominada Simmassi que combina simultáneamente simetría y asimetría.
De acuerdo a mi postulado relativo a legitimar el uso incorrecto de los autores que describiré al final de este artículo, relacionaré estos conceptos con ideas de Lacan y Winnicott, con el propósito de desplegar una hipótesis en torno a la idea de alexitimia. Esta noción se ha ligado tradicionalmente a los trastornos psico­somáticos. Postularé aquí la posibilidad de considerar alexitímico un estilo clínico que ilustraré con una casuística, donde mostraré como el dolor psíquico, en vez de transformarse en dolor físico, como en lo propio de lo psicosomático, se encapsula en el primer estrato mencionado, sosteniéndose allí bajo la forma descrita para ese estrato, al mismo modo que un paciente psicosomático tolera el dolor físico mientras realiza las tareas de su vida cotidiana.

Tangencialmente, se usarán los concep­tos de objeto a, objeto transicional y estructura Simmassi, para destacar el valor de incluir en el pensamiento una lógica de la paradoja, propia de la orientación teórica winnicottiana, que posterga la toma en cuenta de la relación entre causa y efecto, a partir de asumir un mundo de continuidad entre lo externo y lo interno, al modo de la banda de Moebius que describe Lacan.

 

Desarrollo de una hipótesis a propósi­to de una paciente

Hace un par de décadas me consultó una mujer de 36 años, a la que llamaré Isabel, cuya demandase centraba básicamente en la necesidad de elaborar un duelo por su madre quien había fallecido hacía 8 años. El padre había muerto hacía 20 años.
El modo como planteaba su motivo de consulta era intelectualmente distante, como si la muerte de toda madre tuviere, por decreto, que producir un duelo que elaborar y ella estuviere, por lo tanto, experimentándolo sin haber vivido el proceso que se suponía debía darse. Se le había dicho que para hacerlo, elaborar el duelo, debía consultar un especialista. De acuerdo a esto intercalaba en su dis­curso expresiones sentimentales muy intelectualizadas, al modo como Fair­bairn describe a los esquizoides, quie­nes, al decir de este autor, imitan incons­cientemente el histrionismo histérico, como forma de mostrar un contacto e­mocional que está, en realidad, profun­damente escindido.

Al iniciar su tratamiento me pidió que le aplicara un Rorschach, debido a que  un amigo psicólogo, en quien confiaba, le había informado que el basamento estadístico de este test lo hacía capaz de captar la profundidad de la persona de manera objetiva. Entendiendo sin duda el sentido que este requerimiento tenía, en relación con lo que implicaba el uso de mis posibilidades interpretativas, acepté su sugerencia, con el propósito de am­pliar la información que había obtenido de ella y apliqué el examen.
Ante la índole inestructurada de las manchas, su mantenida formalidad y control de la situación se transformó en la actitud de una niñita casi asustada, de un modo que llegó a sorprenderme. Se reía nerviosa, preguntaba si sus escasas y poco definidas respuestas estaban en lo correcto, no sabía cómo justificar lo que percibía en las láminas. Hubo dos o tres bloqueos que no le permitieron decir nada, mientras toda la situación le significaba un gran esfuerzo. Pudo emi­tir un protocolo de sólo siete respuestas.

De acuerdo a los conceptos de Matte Blanco, su manera de abordar su vida personal estaba marcada por aquello que corresponde, según ya lo consignamos, al primer estrato en las estructuras bilógicas estratificadas, aquel de los objetos concientes y bien delimitados. Esto se corresponde con el nivel de un pensamiento exclusivamente asimétrico o con el nivel de lo perceptual. También hay un nivel de este estrato en el cual uno llega a explorar y estar alerta a las relaciones entre los objetos concretos que se consideran y otros: sus similitu­des y sus diferencias, por ejemplo las clases de equivalencia a las cuales pertenecen y a las que no se integran (Matte Blanco, 1988, p. 52 y 53). (De aquí en adelante las traducciones son mías).

Pienso,
a partir de lo observado en mi paciente y, obviamente en otros, que en este primer estrato se acogen, junto a una tendencia inalterable a clasificar y jerar­quizar objetivamente toda experiencia, ciertos referentes valorativos indiscuti­bles y vacíos, a los que se acude cuando las circunstancias de vida ponen en juego situaciones que amenazan con despertar el dolor psíquico. Los valores, en tales ocasiones toman esta condición de los objetos concientes y bien delimitados, regidos por un pensamiento estrictamente asimétrico.

Dolor psíquico.

Consideraré el dolor psíquico como a­quel registro de emociones intensamente angustiosas, melancólicas, traumáticas o no integradas, que asedian la concien­cia de un modo intolerable en equiva­lencia a sufrimientos físicos inaguanta­bles.
A mi entender, su emergencia se corres­ponde con zonas de la experiencia psí­quica en las que las posibilidades de ar­ticulación representacional no están to­davía vigentes, dada la presencia primor­dial de un mundo simétrico, indiferen­ciado de todo entorno. Los conceptos de Winnicott relativos a la necesidad de que en este nivel el ambiente se adapte a la omnipotencia de una indiferenciación yo-no yo, (Winnicott, 1996, p. 1, 2, y 3) pueden aclarar las ideas que expongo  respecto al dolor psíquico.

Podría decir que tal sufrimiento se da por la irrupción invasiva del entorno, en ese estado de indiferenciación yo no-yo, altamente simetrizado, que obliga forza­damente a considerar las características de un objeto que no logra ser ligado ni articulado por falta de condiciones evo­lutivas. Quizás las descripciones bionia­nas sobre el elemento beta se aproximen a esta experiencia, (Bion, 1988, p. 42) sin que, obviamente, las consecuencias de esta experiencia intrusiva constituyan tal elemento. Lo que estoy suponiendo es que el dolor se instalaría por ausencia de una madre en reverle gestora de la función articulante alfa, (op. cit. p. 43) madre que se impondría prematuramen­te como causa destacada de lo que el in­fans recibe, forzándolo a hacerse con­ciente de ella.
La falla prematura del ambiente madre en su adaptación al hijo fuerza excesiva­mente a éste, obligándolo a generar compensatoriamente recursos mentales excesivamente tempranos, que hipertro­fian la función de la atención para asu­mir y contener este objeto impensable, en tanto tal objeto proviene de un am­biente que se hace irruptivamente pre­sente como causa de lo experienciado por el niño.

Para contener el dolor psíquico produci­do por una presencia inarticulable, se ve presionado a categorizar, clasificar, je­rarquizar cuando su capacidad madura­tiva sería marcadamente insuficiente para estas tareas. Esto es lo que Winni­cott identifica con la noción de mente, que, en el caso que describo, estaría apareciendo de manera muy prematura. Mente que este autor iguala a la idea de falso ser. (Winnicott, 1981, p. 335).

Pienso que, dadas estas circunstancias de forzamiento ambiental, se gesta una escisión muy honda entre un mundo simétrico afectivo, experiencial e indiferenciado del entorno, donde anida el dolor de lo penetrado a destiempo y esta zona mental que comanda y seguirá comandando toda situación emocional. No se darán las posibilidades para que surja aquel espacio transicional de que habla Winnicot donde se legitima como modo de acceso al mundo un pensa­miento sostenido en una lógica de la paradoja. Dice Winnicott: «El área in­termedia a la que me estoy refiriendo es aquella que se le proporciona al niño entre la creatividad primaria y la percepción objetiva basada en un examen de la realidad» (Winnicott, 1996, p. 11). Se trata del espacio transicional que favorecerá la tolerancia a la contradicción, a la dialéctica y que se representará por una preeminencia de lo creativo por sobre la lógica formal, donde los elementos causales no interesan ni son dilucidados.

El dolor psíquico derivado de esta carencia de adaptación del ambiente quedará escindido y encapsulado en las categorías mentales que han debido crearse para compensar la desadaptación temprana del ambiente. Esta predomi­nancia de una mente clasificadora llevará a que la disposición a registrar el dolor emocional quede encerrada en tales categorías mentales, generando una tolerancia hipertrofiada a sostener este sufrimiento como algo que se registra bajo la forma de una racionalidad. Se gesta paralelamente, tal como ya lo dijimos, una teoría de los valores a la que se acude como referente moral cuando el dolor arrecia, valores huecos que ponen al sujeto siempre como culpable más que como víctima, aunque los hechos contradigan de un modo evidente tales escrúpulos.

 

Cuando Isabel se vio obligada por las circunstancias a tomar decisiones vitales , junto a delatar su ansiosa orfandad de figuras contenedoras, implicaban confusión y tribulación respecto a lo que debía hacerse, su posterior actitud aspecto de estas decisiones se veía intermitentemente asediada por escrúpulos derivados de la traición a estos valores delimitados al modo como los objetos perceptibles se mantienen estables ante la percepción de ellos.
Por ejemplo, cuando tuvo que divorciar­e. mucho tiempo después se recriminaba por no haber hecho todo lo posible rara conservar al esposo, aunque él mis­mo era quien había decidido inapelablemente separarse, separación que clara­mente la aliviaba y la satisfacía. Pero volvamos a dar algunos datos más de su historia.

La madre de la paciente había sido, durante su infancia y adolescencia, se­gún las declaraciones textuales de Isabel, «impecable» en el cumplimiento de sus deberes maternos, aunque absolutamente distante en lo relativo a demostraciones afectivas. Más aún, en compañía de un esposo bastante depen­diente, débil y pusilánime, vivo hasta los 16 años de Isabel, ella asumió un férreo control autoritario, que además se acom­pañó de un aporte tan sustancial al sus­tento familiar que posibilitó el logro de una cierta fortuna.

Esto implicó que, en vida, la madre estuviere ausente en lo afectivo y muy presente como figura castigadora. El esposo y padre de Isabel la acompañaba en sus labores de un modo preferente­mente pasivo. Las experiencias hogare­ñas de la paciente eran frías, cuando no temidas. Su vida escolar tampoco se caracterizó por una fluida vida social. Era, en eso, más bien introvertida, con pocas amigas. Siempre se destacó con un muy buen rendimiento escolar.

Estas circunstancias históricas permiten suponer que la índole de los problemas de Isabel, tenían un origen muy tempra­no, previo, quizás, a lo que podría justi­ficar la instalación de un conflicto. Sus experiencias afectivas originarias, liga­das a este estilo de relación materna, ha­bía probablemente desarrollado, más que una defensa frente a un conflicto, la experiencia de un dolor psíquico, senti­do como intolerable, el que neutralizaba con este rígido apego a lo intelectual, como quien busca aislar el dolor orien­tando automáticamente la posición sub­jetiva hacia un enfoque funcional y yoi­co sostenido invariablemente.

Las actividades laborales de la madre permitieron que ella y su hermano un año menor recibieran, hacía ya ocho años, una herencia que les aseguraba la vida económica, basándose solamente
en invertir bien el capital. Sin embargo la paciente había también desarrollado, por su cuenta, una excelente situación como empresaria.

En el período en que me llamó, Isabel había contraído matrimonio hacía un par de años con un hombre 7 años mayor, que se caracterizaba por un típico narcisismo mostrado en su apariencia, su comportamiento y su vida social. Este hombre, al casarse con ella, mejoró sustancialmente su situación económica, bastante venida a menos antes de conocer a Isabel. Si bien la paciente había tenido vida sexual antes de su encuentro con esta pareja, consideraba que su verdadera iniciación en este campo, se debía al que llegó a ser su esposo. Ella se sentía, durante el noviazgo y el primer año de matrimonio, fascinada con su pareja. No obstante desde el comienzo empezó a sufrir un trato muy despectivo, que ella registraba como tal, aunque relegando el dolor aparejado a alguna categoría valorativa racional.

El divorcio se dio, después de unos 4 años de matrimonio, sin hijos, aproxi­madamente a 2 años de iniciado el tratamiento. Si bien fue el marido quien lo quiso, buscando lograrlo en situacio­nes muy ventajosas para él, fue necesa­rio, por mi parte, desplegar una sistemá­tica labor de confrontación entre factores que justificaban de modo evidente la separación y que eran, sin duda obvios, pero que ella no asumía, encerrada en este tipo de valores que he descrito. No
se apreciaba, por otra parte, que sintiera, a esa altura de la relación, una pérdida afectiva sustancial. Definida la situación consiguió hacer respetar sus derechos, sin someterse a las pretensiones económicas del marido que inició un juicio que lindaba con el absurdo.

Alexitimia como desplazamiento a lo puramente asimétrico.

La alexitimia está descrita, como se sabe, para explicar fenómenos psicoso­máticos. Vale decir el cuerpo doliente expresa las emociones que la mente no puede leer. Es característico de quien vive lo psicosomático que sea capaz de tolerar el sufrimiento corporal a un grado sorprendente, mientras realiza tareas cotidianas como si no estuviere padeciendo. Esta misma tolerancia la observo en estos pacientes que tratan el dolor psíquico de la manera como lo he estado exponiendo.

En Isabel el cuerpo no se usaba, como en lo psicosomático para expresar las intensas emociones que ella, sin duda registraba en un trasfondo subconscien­te, aunque, a la vez, como en lo psicoso­mático, la paciente no podía interpretar el nivel de padecimiento que yo podía observar. Estas emociones quedaban circulando a nivel exclusivamente mental, como si su tramitación se diera vueltas, en estas circunstancias, en torno a describir lo emotivo, nunca a enten­derlo, nunca empatizando consigo misma desde una consideración de lo emocional como algo válido.

 

Aquí, entonces, la indiferencia ante el dolor físico representativo del dolor psíquico, propia del paciente psicosomá­tico, era reemplazada por una indiferen­cia similar respecto del dolor psíquico, al que podía referirse de distintas maneras, pero sin comprometerse con él. Por ejemplo, el marido la humillaba socialmente y ella resentía violentamen­te la indignidad de la situación, pero encapsulándola en una explicación a todas luces ineficiente, pero, para ella, convincente, por razones objetivas que sonaban artificiales de un modo sorprendente.

Es en base a esto que me he preguntado si no podría hablarse de una alexitimia afectiva, que en vez de expresarse en lo corporal psicosomático, se desplazare al interior de esa estructura bi-lógica asimétrica del primer estrato. Alexitimia que buscaría así la posibilidad de hacerse cargo solamente de lo que Matte Blanco llama la piel asimétrica en tomo al contenido simétrico de la emoción. El dolor psíquico quedaría ubicado en esa piel asimétrica, tramitado al modo del primer estrato que hemos ya consig­nado.

El imaginario de lo externo y lo inter­no

Hay muchas maneras de abordar la comprensión de un caso. Con Isabel tuve la impresión que me obligaba a teorizar de un modo no habitual. Lo que me parecía vedado en ella era todo lo derivado del lenguaje de la pulsión, como sustento de las experiencias
emocionales que provienen de la acogida o no acogida de la necesidad y el deseo. El cuerpo pulsional, vale decir el continente orgánico del deseo. Su vida estaba marcada por lo mental, como dominio de todo su ser. El deseo no era tramitado imaginariamente sino como necesidad. Esta inclinación exclusiva hacia lo mental requería apoyarse en una distinción nítida entre mundo externo y mundo interno, en la cual lo externo era la medida de validez de todo lo que fuere significativo.

Entiendo que el objeto a de que habla Lacan, podría ser, sesgadamente, un referente teórico útil para lo que expongo. Este es un objeto al que no se accede perceptualmente y cuya emer­gencia podría atribuirse a la direcciona­lidad de la pulsión. Podría decirse que es un objeto que simultáneamente no está en ninguna parte, estando, a la vez, en todas las partes. Vale decir es objeto en tanto se puede pensar como horizonte de lo pulsional, pero no queda atrapado en las categorías de la sensorialidad. Aparece en las fijaciones orales, anales, fálicas y genitales, como un precipitado de lo que Lacan llama los registros real, simbólico e imaginario. Es un depósito que queda, según la conceptualización de Lacan, anudado al modo de lo que se ha llamado nudo borromeo, al centro de los cruces entre estos tres registros, sin corresponderse con ninguno de ellos, a la vez que sin independizarse de los mismos. (Lacan, 1993, p. 73-112).

Lo que me interesa destacar es que el objeto a es el centro de la indiferenciación fundamental entre lo interno y lo externo, tratando a ambas categorías como una continuidad, al modo como lo hace también el objeto transicional de Winnicott. Me interesa acentuar esto porque creo que la meta ideal de lo psicoanalítico sería posibilitar esa lógica de la paradoja ya citada, que requiere de asumir la continuidad no diferenciada entre lo interno y lo externo. Algo que aparece en las nociones de objeto a, objeto transicional y, como lo consig­naremos posteriormente, en la estructu­ra simmassi de Matte Blanco.

Identificación proyectiva y proyec­ción.

Isabel no podía enfrentar el dolor psíqui­co, si no era a través de una distinción nítida entre lo interno y lo externo, donde lo interno era tratado siempre según las categorías de lo externo. Esto recuerda el modo como Freud habla de la proyección en «Más allá del principio del placer», cuando se refiere a la vesícula de protección antiestímulos. Freud señala que frente al incremento de estimulación interna el sujeto aplica los filtros que ha empleado para tramitar el exceso de influjo del exterior. Lo con­flictivo interno, entonces, es procesado al modo como se categoriza y clasifica el mundo exterior. Esta es la forma de la proyección que allí describe Freud, (Freud, 1920, p. 27 y 29) que se diferen­cia de la noción kleiniana de identifica­ción proyectiva. Entiendo que Isabel preferentemente proyectaba. No podía hac
er identificaciones proyectivas.
Personalmente, conciente de que mi modo de abordar el concepto de identificación proyectiva no se ajusta estrictamente al modo como lo han tratado los autores kleinianos, distingo la proyección como algo que, en un acto imaginariamente comunicativo, se observa en el emisor, mientras la identificación proyectiva se registra sólo en el receptor.
De acuerdo a esto puedo decir que la paciente no lograba generar la transfor­mación identificatoria en mí, su terapeu­ta, como receptor, que es propia de la i­dentificación proyectiva.

En la medida que la identificación pro­yectiva es, al decir de Ogden, (Ogden, 1992, primera frase al comienzo del libro), un concepto clínico y no metapsi­cológíco, su condición de observable, permite evaluar el tratamiento de lo emocional que caracterice a un indivi­duo. La condición comunicativa que le atribuye Bion, conlleva un índice diagnóstico respecto al modo como cada sujeto se liga con sus emociones. Se podría decir que el empleo de este recurso da cuenta de un registro no verbal que testimonia, por una parte, la imposibilidad de poner en palabras lo sentido y, por otra, la presencia de una conexión con los afectos que no queda aislada por lo mental, dado que se busca, vía identificación proyectiva, su expre­sión.

Me parece que el modo como Matte Blanco trata la identificación proyectiva se asimila en parte a las nociones de objeto a y objeto transicional, especialmente en lo que se refiere a la continui­dad indiferenciada entre realidad externa e interna.

Para explicarme recuperaré algunas citas de un trabajo que presenté en Londres, el año 2000.

En éste señalaba como Eric Rayner con­signa que el registro de la igualdad y la simetría es primario y ciertamente nece­sario para la sobrevivencia, afirmando que indudablemente (Raynert, 1995) Matte Blanco veía la simetrización como vital para la vida. Rayner concluye que la lógica simétrica es endémica no sólo en los procesos inconscientes sino también en los estados emocionales. Si bien la simetrización está aquí referida a situaciones emocionales e inconscientes, me interesa destacar el carácter vital que se le atribuye en el cual el registro de la igualdad y de la simetría es necesa­rio para la existencia global.

Winnicott y Lacan conciben toda la exis­tencia, en su verdadero ser, como diría Winnicott, desde lo que podría conside­rarse un fondo de simetrización e igual­dad que, ulteriormente, le da un carácter al vivir figurable al modo de una banda de Moebius, como lo estipula Lacan. Entiendo que afirmar esto puede no co­rresponder estrictamente al modo como estos autores, especialmente Lacan, plantean las cosas, pero, en el caso de Winnicott su noción de omnipotencia primaria podría aludir a estas simetriza­ciones. Lacan, en cambio al afirmar la existencia de lo escrito y la influencia de significantes unarios, de alguna ma­nera está implicando la marca de lo sim­bólico sobre un trasfondo de continui­dad, que equivale a las simetrizaciones de Matte Blanco. La discontinuidad radical entre cultura y naturaleza, cara al enfoque lacaniano, no creo que pre­tenda negar el asiento de nuestra exis­tencia en una condición sustentada en la naturaleza. Se aproxima a lo que estoy afirmando lo señalado por Jean-Claude Milner cuando, refiriéndose a la relación entre la materia informe y los objetos innombrables, dice: «El dispositivo teórico que… Saussure… estableció en este punto… lo encontraremos en todas las variantes del estructuralismo: se da al comienzo un magma sin cualidades ni divisiones; se da después un aconteci­miento y uno solo: el encuentro con otro magma, también él sin cualidades ni divisiones. Este solo encuentro basta para traer a la existencia entidades en las que es posible reconocer cualidades» (Milner, J.C., 2003, p. 38).

 

Matte Blanco es coincidente con lo transicional y lo «moebiano», cuando dice que la identificación proyectiva es la clave para un entendimiento de la mente radicalmente nuevo y profundo.» (Matte Blanco, 1988, p. 146), Afirma que «la identificación proyectiva es vista como tan fundamental porque ella puntualiza e implícitamente da lugar a lo indivisible» (op. cit. p. 147) Mas ade­lante dice: «el concepto de identificación proyectiva contiene el concepto de indivisión y también el de distinción, el objeto y el self son lo mismo y, a la vez, son diferentes… la identificación proyectiva, concluye, es una estructura bilógica: otra vez la antinomia funda­mental» (op.cit. p. 149). Puntualiza, además, que la identifica­ción proyectiva, tal como fue descrita por Melanie Klein es una estructura bi­lógica isomórfica a un vector simetriza­do que se constituye como una estructu­ra bilógica Simmassi»‘ (op. cit. p. 151).

Derivaciones existenciales desde lo indivisible

Cuando Matte Blanco aborda las estruc­turas bilógicas, su afirmación general respecto de ellas cubriría en parte, según mi hipótesis, aquellos ámbitos abarca­dos por el objeto a de Lacan y el objeto transicional de Winnicott. Dice Matte Blanco: «… uno no puede evitar la sorprendente conclusión que vivimos el mundo como si fuera una unidad única indivisible sin distinciones entre las personas y/o las cosas. Desde otro punto de vista usualmente pensamos en térmi­nos de bilógica y, unas pocas veces, en términos de lógica formal.»

Este desplazamiento hacia formas de operación de la lógica, desde la vivencia fundamental de un mundo como una unidad única e indivisible, está sintetizado, a mi entender, en la concepción lacaniana del ya mencionado objeto a, como objeto de la pulsión, vale decir, de la pulsión como intención corporal erógena, activada por la demanda de la madre originaria. El objeto a como pecho, como heces, al que Lacan agrega la voz y la mirada, aparece fantasiosa­mente en el modo como cada individuo se hace cargo de las demandas de su
propio mundo, transformándolo fantas­máticamente, de acuerdo a las fijaciones particulares de cada uno, en un mundo que exige respuesta pulsional desde lo oral, lo anal, lo fálico o lo genital. Esto hace que, tras las relaciones objetales modeladas por lo perceptivo, anide el objeto a, impensable, indivisible y des­plegado secundaria e imaginariamente en formas diversas, que podrían ser entendidas como el despliegue de estructuras bilógicas que concibe Matte Blanco.

Al tratar Winnicott el tema de la mente, distingue a ésta de lo que él llama el psiquesoma, (Winnicott, 1986) y la asume como un verdadero congelamien­to de lo creativo, congelamiento deriva­do de la falla de un ambiente materno que no se ha adaptado al niño, obligán­dolo a forzar prematuramente la consi­deración de los objetos. La mente conce­bida así, diferencia entre mundo interno y externo, entre causa y efecto, lesionan­do radicalmente la posibilidad de un abordaje creativo, paradojal, que se hace posible, más bien, en aquel nivel que Matte Blanco, sitúa en la estructura Simmassi, en la que opera simultánea­mente lo simétrico y lo asimétrico. Teo­rizar la mente de esta manera, en oposi­ción a Simmassi, podría asimilarse a un funcionamiento puramente asimétrico, exclusivo del primer estrato que ya hemos mencionado.

Si de acuerdo a Lacan nuestras particu­laridades yoicas se delimitan desde posiciones de un sujeto de lo inconscientes, podríamos estar de acuerdo en que la estructura Simmassi de Matte Blanco es más que una singularidad clínica, en tanto da cuenta de una simultaneidad simétrico asimétrica de base, que, según lo creo, se vislumbraría en los conceptos de objeto a y objeto transicional. La estructura Simmassi podría entenderse, quizás, como la forma lógica emergente de un sujeto de lo inconsciente.

Valdría la pena, en este punto estipular que los tres conceptos usados pertenecen a campos teóricos diversos y por lo tanto cubren distintas formas de abordar psicoanalíticamente la realidad humana. El objeto a podría considerarse una idea propia de lo metapsicológico. Es un emergente de una lógica apoyada en las consecuencias de afirmar la presencia fundamental en el ser humano de un sujeto de lo inconsciente. El objeto transicional en cambio, se inscribe, pese a su condición descriptiva, en algo similar a un ideal evolutivo y terapéu­tico. Si bien el objeto a define bases fundamentales de la existencia, el objeto transicional es deseable que aparezca en el desarrollo y depende de la actitud del ambiente respecto del niño. La estructura Simmassi se hace cargo de una función lógica en el abordaje al mundo. Los tres, en todo caso, aluden a la indistinción radical entre mundo interno y mundo externo.

La posición de sujeto como meta de lo psicoanalítico. Inadaptaciones creativas.

Si consideramos con Winnicott que el ámbito que abarca nociones como estas es un campo de creatividad, podríamos acordar que lo que emerge desde esta estructura Simmassi, lugar de la identificación proyectiva, es lo que, parafraseando al mismo Winnicott, hace posible «sentir que la vida vale la pena vivirla», («feel that life is worth living») (Winnicott, 1996, p. 71) dado que la creatividad es lo que hace vital la existencia. El psicoanálisis así deja de ser una disciplina destinada a lograr metas adaptativas, optando por preten­der el logro de desadaptaciones creativas y fecundas.

 

Isabel, en su apego, en situaciones afectivas intensamente dolorosas, a los objetos exclusivamente asimétricos de ese primer estrato de que habla Matte Blanco, no alcanzaba a considerar la existencia como una posición subjetiva, donde la creatividad jugara un rol paradoja) y motivante, entendiendo la vida más bien como un proyecto predeterminado en sus metas por algo básicamente objetivo.

Es el objeto a de la pulsión, el que orienta la noción psicoanalítica de una posición subjetiva. Desde allí se organi­za lo imaginario, sustentado en los fan­tasmas derivados de las fijaciones eró­genas. En términos de Matte Blanco se trataría, también, en este modo de conce­bir las cosas, de aquella antinomia funda­mental que él consigna.

Isabel cuidaba obsesivamente su cuerpo, sometiéndose de lunes a domingo, a sesiones de gimnasia y deportes, por dos a tres horas. Escindida radicalmente del lenguaje de la pulsión y del deseo, con­vertía a su cuerpo en un reflejo de la mente no creativa de Winnicott, donde la imagen corporal se convertía en una verdadera articulación de partes que debían conformarse armónicamente a una totalidad integrada. Encapsulada en el primer estrato descrito por Matte Blanco, su existencia estaba regida por el registro imperioso de la objetividad, incapacitado para la interpretación de la existencia emocional dolorosa. La mente, no el psiquesoma de que habla Winnicott, era, en las vicisitudes emo­cionales de su existencia, su posibilidad y su desgracia.

Síntesis y conclusiones.

En conclusión postularía como hipótesis que la estructura Simmassi describe la forma lógica que surge de los ámbitos existenciales que abarcan los conceptos de objeto a en Lacan y de objeto transicional en Winnicott, forma lógica que daría lugar a la presencia derivada en lo cotidiano de un sujeto de lo incon­ciente, en desmedro de lo exclusivamen­te yoico.

Secundariamente me preguntaría, dado que la alexitimia está tan ligada al dolor físico, si no hay casos en los que, por diversas circunstancias, el dolor psíqui­co resulta tan intolerable, que obliga a refugiarse alexitímicamente en el primer estrato de las estructuras bi-lógicas que propone Matte Blanco. Este y otros casos sugieren que hay un trasfondo fundamental en el que la ruptura de aquella membrana metafórica de protección antiestímulos descrita por Freud, quizás por desadaptaciones del ambiente primario, al modo como lo concibe Winnicott, obliga a encerrar el dolor psíquico en forma de rígidas ligaduras mentales, ligaduras destinadas a lograr un refugio ante situaciones que emocionalmente podrían alcanzar el nivel de intolerables.

En síntesis, postularé aquí que el dolor psíquico es una realidad que aparece en la clínica, realidad que inclina a pensar en zonas de la experiencia donde el ambiente juega un rol determinante, permitiendo o no que el sujeto pueda vivir su existencia validando una lógica de la paradoja, lógica que requiere de conceptos como los citados y que conlleva un sentido para el psicoanálisis más cercano a lo creativo que a lo adaptativo. La alexitimia que he descrito aquí es un testimonio clínico de la potencia que puede tener en nuestra cultura un encapsulamiento en el primer estrato de Matte Blanco, como forma de evadir la vivencia del dolor psíquico que, a todas luces, brota en distintos niveles de nuestra vida social e individual.

En todo caso el modo como he trabajado los conceptos empleados ilustra, a mi parecer, algo que postulé hace dos años en Buenos Aires, (Coloma, 2006, p. Web) en una jornada winnicottiana, que se refería al «uso incorrecto de los autores». Decía, en esa ocasión:

`Me interesa, entonces, en primer lugar, postular lo que llamaré «El uso de las ideas de los distintos autores, de un modo creativo, paradojal, no ecléctico «. Me planteo este postulado, inducido por el afán de liberarme, en mi oficio, de los apellidos psicoanalíticos, que, a mi entender, sólo conducen a que el analista olvide la verdadera escucha, mirada, observación, sentido y consideración, lo más limpia posible, de lo que dice su paciente, en pos de prestar atención al modo como un autor determina la manera de atenderlo. Es así como propongo usar «incorrectamente — de los autores. No en co-rrección al sistema que instauran, sino atendiendo al aporte que otorgan a la posición subjetiva psicoana­lítica que, desde sus distintos vértices, enriquece la mirada clínica. Nuevamente aludo al privilegio del individuo por sobre la teoría o la formalización lógica.

En términos lógicos o teóricos, el ads­cribirse a una escuela, suprime frecuen­temente de raíz los hallazgos de otros enfoques, desconociendo que la creativi­dad de los autores está menos en el sis­tema que crean y más en las intuiciones que abren sobre la naturaleza humana. El riesgo de eclecticismo que
subyace a esta afirmación se controla en tanto el uso «incorrecto » de los autores exija mostrar una consistencia epistemológica al interior de tal utilización (inevitable­mente el saber se expresa y concreta en formas imaginarias de conocimiento que arrastran la necesidad de usar criterios epistemológicos para situar lo dicho). Por ejemplo, considerar los registros la­canianos como reguladores de las impli­cancias teóricas, lo que no implica ajustarse a Lacan, sino emplear una idea fecunda como ordenador epistemológico del uso de los autores.

En este sentido, de acuerdo a lo que sostengo, los hallazgos clínicos de Melanie Klein, por ejemplo, enriquecen el imaginario psicoanalítico, en tanto fantasías inconscientes, permitiendo accesos fecundos al paciente que no implican las consideraciones técnicas kleinianas. La concepción bioniana de una función PS-D me parece que es de alta utilidad para captar el devenir de una sesión, en la medida que sea utilizada como teoría de las funciones y no como aproximación estructural. Una teoría de las funciones pertenece al imaginario yoico, ubicándose así en el lugar de un observable, al modo como lo afirma el propio Bion.

Pienso que la individualidad, más allá de lo que algunas teorías acotan peyora­tivamente sobre el lugar de la individua­lidad, es el campo en el cual nosotros respetamos, de hecho, nuestra condición de especialistas en la incertidumbre de lo dicho y respetamos a nuestro paciente en su derecho a ser considerado en el enigma de su singularidad. Es el campo de la individualidad el que exige una apertura al aporte psicoanalítico, presionándolo a liberarse de lo que se constituye como sistema teórico.

La opción ética, para mí, reside en correr por consideración a esta individualidad, el riesgo de la equivocación. La opción moral se libera de esta responsabilidad al atenerse a una norma que determina a priori lo que vale hacer. La opción ética cabe en lo singular de la situación, dada la aceptación de lo falible. La opción moral determina desde el concepto, el modo de actuar, independiente de su circunstancia y se ejerce como si no hubiere posibilidad de falla, aún cuando tal falla sea integrante esencial del mismo enfoque.
De aquí que la técnica se instala como moral. Según el modo como lo he planteado, la ética es riesgo, la moral no. El tratamiento que Winnicott opone a la técnica se jugaría en este criterio para definir lo ético. Riesgo de equivo­carse. El error como creatividad. «

(1)  Ampliación de un trabajo leido en inglés en :The VI Intternational Bi- logic(Matte Blanco) conference. “The suffering of body and mind: a bi – logical approach”. Organizada por la Finish Psychoanalitical Society.- Finlandia. Helsinki. 29.8 – 31.8.2008

jaime.coloma1@gmail.com

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