La reconstrucción del (complejo de) Edipo

Revista del CPM número 12

Por Ricardo Rodulfo

“… uno de los más serios problemas de la teoría psicoanalítica”
(Jessica Benjamín).

Interrogación

La referencia global al obstáculo en el trabajo analítico y sus fines –la investigación de lo que no se puede investigar en un protocolo de investigación, la cura en su doble sentido: el alivio del sufrimiento, la preocupación por la subjetividad- [1] puede limitarse a consideraciones exclusivamente clínicas, es decir, enseguida, técnicas (sin una pizca de teoría la clínica deriva rápidamente hacia ese plano en el fondo burocrático-institucional), en segundo lugar, puede enceguecerse en una apelación automática al sistema de los conceptos, con su inmediato deslizamiento a la actitud dogmática (típicamente, despachar toda cuestión invocando “la falta” o “la roca” del complejo de castración, sin abrir verdaderamente ningún horizonte (de) nuevo). La tercera vía es la que intento tomar aquí: ceñida lo más desnudamente, se la emprende tomando la teoría psicoanalítica en sí misma como un obstáculo para el trabajo concreto y cotidiano del psicoanálisis.
Es la única actitud que merece el nombre de interrogación.

Aclaraciones

Semejante proposición requiere de, por lo menos, dos especificaciones:

1) No apunta a cualquier nivel, su máxima fuerza se dirige al plano propiamente metapsicológico, allí donde funcionan los postulados, y a sus efectos a menudo más silenciosos y constantes. De una manera ejemplar, el principio de inercia tal como fuera enunciado en las primeras páginas del “Proyecto…” y en cuya deconstrucción [2] vengo trabajando últimamente, es decir, después de El niño y el significante [3] . Este trabajo, y este plano de incidencia, tiene todo que ver con lo que se designa como la problemática de “los nuevos paradigmas” y su interpretación al psicoanálisis como cuerpo doctrinal.
2) Por otra parte, una proposición así no puede ser abandonada declamatoriamente en un plano vagamente macroscópico. Para ser trabajada en serio, reclama investigaciones textuales acotadas, itinerarios particularizados de derrotas conceptuales.

Paréntesis

(Y una llamada de atención por lo peor de la compulsión repetitiva en el procesamiento que generación tras generación de psicoanalistas y psicoterapeutas más o menos psicoanalizados y preñados de psicoanalismo- conforme lo señalado por Rondinesco, la falta de una referencia institucional fálica monopolizadora se compensa con rigidez catequística en lo teórico, habida cuenta que el significante tiene mayor afinidad espontánea con el eslogan publicitario que con el concepto crítico- hace de la teoría. Lo que en el fondo más preocupa no es el principio de inercia cuanto la inercia de los principios. La enfermedad endémica del psicoanálisis parece ser una obsesión de sus practicantes por su identidad, un poco a la manera en que, clínicamente, se la encuentra en ciertas impasses narcisistas adolescentes. Esta actitud subjetiva –en tanto tal, “pre” teórica- trae consecuencias más serias que cualquier peripecia de un contenido semántico en particular. Los analistas, como conjunto, están retrocedidos de antemano frente a cualquier cuestionamiento de lo que hace tiempo ya Lacan señalara como cáscaras significantes vacías, sólo útiles para reconocerse entre sí. La huella se vuelve un barril que no deja pasar.
De acuerdo a mis ideas, tanto ritualismo debe esconder y conducir a un basamento fóbico bajo la especie, aquí, de la agorafobia. Sin los mojones de siempre enunciados tranquilizadoramente como siempre: “la represión”, “la transferencia”, “el (complejo de) Edipo”, etc. (las distintas corrientes y grupúsculos sólo introducen variantes en la acentuación relativa de tal o cual término), el colega parece sentirse perdido o en peligro de perderse. Cualquier incursión más allí de lo habitual suele suscitar el alivio apurado del retorno a casa. La ideología fóbica del Q = cero como ideal, o como lo decía un paciente agorafóbico, la opción entre “estar vital o estar tranquilo” resuelta a favor del segundo término, campea de un extremo al otro del psicoanálisis. Antes que otra cosa, sus practicantes quieren estar tranquilos. Y esta actitud es lo más problemático frente a cualquier intento de inquietar con “los nuevos paradigmas” o con lo que fuere.
Lo peor; porque el principio de identidad (el psicoanálisis idéntico a sí mismo como una formación no metamorfoseable) [4] es el principio de inercia en su realización más absoluta y autodestructiva. Esta actitud de “el principio de identidad primero” es lo que pone un freno a cualquier puesta al día y lo que vuelve tan conservadores a los analistas en general, por muy conservadores que sean sobre la “revolución” freudiana)

Estructura

Precisamente, el terreno que he escogido para esta discusión no es poco paradigmático. Si hay un término, una referencia en el psicoanálisis, es la apelación al complejo de Edipo, o, en su abreviatura tampoco (y tan poco) problematizada, “al” Edipo. La presuposición asentada, instituida, es que ya ha sido “descubierto”, por lo tanto, nada hay que interrogar en él. El modularlo según la pertenencia tome como significante del Superyó a Klein, a Lacan, o al mismo Freud “depurado” de aquellos, no puede considerarse en absoluto una problematización. “El” Edipo se da por un hecho descubierto y descontado, de manera tal que un ponerlo en entredicho ha tendido a visualizarse como un “desvío” antes que como una posición de un psicoanalista.
Después de lo que dejamos entre paréntesis, es de esperar que la naturaleza de este “poner en entredicho” sea revisada cuidadosamente. No se trata de proponer inversiones espectaculares (v.g., leerlo desde un postulado impulso “filicida”, tan postulado como el impulso “parricida”) ni de declarar su irrelevancia o inexistencia a favor de un nuevo key-concepto. Me parece que estas cosas, en sí mismas con sus valores no desdeñables, no alcanzan el nivel de la actitud psicoanalítica que acabo de describir, y que se apoya, oportuno es recordarlo, en el mitema de Freud como “padre”, como “tutor” del psicoanálisis. Que Freud como subjetividad se arrogue esa relación no es el problema. Lo verdaderamente sorprendente es que tal pretensión sea tan fácilmente aceptada por los practicantes de una disciplina que, en sí misma, se lleva tan mal con la noción de “autor” y que ha contribuido no poco a desmitificarla. De donde se extrae la conclusión de que los psicoanalistas, como conjunto institucional instituido, padecen el complejo de Edipo –sobre todo en su inflexión de Vatercamplex –que dicen tener por descubierto. Han contraído el concepto. Y es más, lo han caracterizado. La simplificación que elide “complejo de” vale por eso. La referencia conceptual originaria denota algo que, de una manera no lineal, de una manera enmarañada, se sufre. “El” Edipo ya no se sufre, se está naturalmente inmerso en él; toda una paradoja pues: el movimiento de su promoción estructural a categoría de la cultura es lo que lo naturaliza, sin que la envergadura de semejante operación universalizadota vuelva a impactar a nadie.
Lo único que puede intentarse para afectar tanta impávida segurida
d en la existencia ontológica “del” Edipo, en el Edipo como inseparable de la ontología psicoanalítica, es proceder a su reconstrucción. Reconstruir no es impugnar, ni descalificar, ni eliminar algo. Todo lo contrario, es un modo de desarmado que pone de relieve el por qué funciona tan bien y tan eficazmente. Reconstruir es desplegar y examinar los elementos constitutivos de un concepto y los modos que tienen de operar. Y, aquí, esto es muy importante porque, tomados en su promedio, los practicantes del psicoanálisis y sus alrededores consideran “al” Edipo como una cosa del tipo que fuere, no lo pueden visualizar como un concepto de tal fuerza y categoría que incluso pueda oscurecer y opacar la relación con lo que para un psicoanalista es “la realidad”. Hace a nuestra primera hipótesis: los psicoanalistas padecen –en general sin saberlo- el complejo de Edipo. La forma de padecerlo importa, en una de sus operaciones fundamentales, ni experimentarlo como un concepto (en tanto tal, anidado y anudado a un yacimiento ideológico, mítico, mito-político, como todo concepto, incluido el más “científico”), sino como un elemento constitutivo de lo empírico, algo que “está ahí”, en la realidad empírica, presente a sí (sobre todo desde que su “descubrimiento” desenmascarara sus múltiples disfraces. Esto “capacita” hoy a cualquier psicoanalista para ya “saber” que, por ejemplo, “el jefe” es el padre, etc., sin resto de duda).
Debe sumarse a esto –dificultad que vuelve a justificar tomarse los trabajos de la reconstrucción- que, promedialmente hablando, los practicantes del psicoanálisis no tienen sino una idea muy sumaria de lo que es un concepto psicoanalítico. Los más ilustrados, que no son los aprendientes [5] , le remitirán al sistema general de la teoría, como si esto bastara, en la suposición de que cada concepto –y, por ende, el sistema todo- está “limpio”: pertenece al psicoanálisis, sus fronteras son nítidas, no tiene compromisos ni complicidades con las tramas ideológicas de la cultura, en una palabra, estaría claramente diferenciado de elementos matemáticos, no se vería condicionado ni constituido por ellos.
El aprendizaje de la reconstrucción puede ayudar a barrer estas ilusiones conmovedora e ingenuamente narcisistas. Pertenece al estilo más propio de ella sospechar de toda proposición binaria del tipo “ciencia/ ideología”, “analítico/ pre-analítico”, etc., interesándose en el rastreo de todo lo que en un concepto no es “puro” concepto, de su umbilicación a tradiciones, repeticiones y mitologías que exceden larga, largamente, las fronteras espacio-temporales entre las diversas disciplinas y prácticas discursivas.

Plegaduras

Seguiremos el hilo de un excelente texto de Jessica Benjamín, The bonds of love (Nueva York, Pantheón) [6] , lamentablemente aún no traducido ni difundido entre nosotros. Es un insistente texto reconstructivo, no dirigido a la invalidación frontal “del” Edipo –lo cual supone el riesgo de minimizar sus efectos subjetivos- sino a detectar con paciencia, yendo y viniendo de la clínica a lo teórico, sus resortes y sus componentes en lo que tienen de más tributario de lo que Benjamín llama aproximativamente “ideas culturales”, de nadie en particular, dicho de otra manera, esquemas míticos. A lo largo del texto –que además se propone explícitamente no simplificar la escritura freudiana- se va operando un desplazamiento de singular magnitud e importancia para lo que queremos plantear aquí: en lugar de aparecer “el (complejo de) Edipo” como el nombre tomado prestado de un descubrimiento con el que el psicoanálisis acometería la cultura [7] , aparece ahora “el (complejo de) Edipo” como el peso sobre una nueva disciplina, el psicoanálisis, de un complejo dispositivo mítico que condiciona cómo pensar las cuestiones de género, las diferencias sexuales, y obliga inconscientemente a ese psicoanálisis a una negociación con esas formaciones ideológicas. La forma de leer, desde el principio, el (complejo de) Edipo y el extraerlo como “nombre” de un concepto no dependen ni mucho menos solamente del método psicoanalítico. Dependen tanto más de redes significantes portadoras de venerables –venéreas en su capacidad de propagación- ideologemas y mitemas sobre la sexualidad humana. Empezando porque Freud está sumamente expuesto, en el sentido de la vulnerabilidad, a lo mítico. Cree (es su punto de partida en “La interpretación de los sueños”, cuando recurre a la tragedia de Sófocles y, en segundo lugar, a Shakespeare) que el mito expresa “tendencias primitivas” o profundas de los seres humanos. No lo puedo pensar, por lo tanto (caso muy distinto al de Marx y al de Nietzsche) , como un modo social discursivo de operar para que los “seres humanos” lleguen a creer que tales o cuales creencias son inherentes a sus tendencias más arcaicas. Era, por otra parte, el horizonte antropológico de su época, que ligaba la mítica a lo “primitivo”, “prelógico”, etc. (ver Levy-Bruhi, Frazel).
El desemboque de una cierta manera de pensar la diferencia sexual y su articulación con el género en la metapsicología freudiana puede ser rastreado, en una lectura cuidadosa, en el itinerario que sigue Benjamín. Dicho en mis propios términos: la metapsicología freudiana pasa ante nosotros por extremadamente abstracta, pero está sexualizada hasta el tuétano. Su principal capital, el principio de inercia con todas sus variaciones y matrices, está firmemente entroncado con la imago para Freud, no dispone de ningún elemento propio que le desee separarse de su madre, y sólo lo hace bajo amenaza externa [8] : por esta vía Q = cero, como aspiración originaria y absolutamente irreductible del aparato psíquico”, será la “expresión” metapsicológica de la aspiración universal y a-histórica de “retornar” a la madre como a la impasse mortuoria y mortal.
Es interesante que el peso de este antiguo mitema embrolle el mismo planteo de la emergencia del complejo de Edipo. En efecto, tal como surge en Freud, tal como es trabajado en principio por él y por otros como Abraham, en el sesgo que podríamos, con todas las prudencia del caso, considerar como el más “evolutivo” en los textos, el complejo de Edipo se despliega como fruto de un crecimiento del niño en el curso de sus primero años (“deseo de ser grande”, escribía Freud). Desde ese punto de vista, se lo puede leer como una encrucijada, un accidente esencial, de su evolución física y psíquica (y Freud nunca aceptará suprimir el prefijo “pre”, la marcación de etapas anteriores al complejo). Pero cuando a esto se le superpone la “bruja” (un personaje femenino) metapsicología con sus mitemas en secreto (tanto más cuanto un lenguaje muy abstracto, “cientificista”, es el ideal para pasarles de contrabando), el mismo complejo será visualizado como el retorno por excelencia al cero (de) la madre (así se leerá el coito fantaseado con ella como un retorno meonímico: vuelta del pene a lo uterino en representación del sujeto entero):
En lugar de referirse a la misoginia freudiana parece más novedoso plantearse si la adscripción a un mitema semejante (madre = quietud del cero) no produce psíquicamente misoginia al por mayor y todos los terrores que se quieran, a la mujer, “casualmente” sinonimizada o reducida a la imago madre como imago princeps. Es el camino que sigue Benjamín: va mostrando cómo, por más de un paso, en el interior del concepto”(complejo de) Edipo” reina y gobierna una part
ición binaria que es el modo y el medio por excelencia de pensar la diferencia en tanto sexual. Y aquí ya cesan los recursos para no ser esquemático, pues el esqueleto –lo que Lévi-Strauss designa como la armadura- del esquema lo es irremediablemente. Del lado de la madre, la Naturaleza; del lado del padre, la Cultura. El “padre de la liberación” se opondrá a la “madre de la dependencia” (Benjamín, abunda en examinar largamente, también, en qué contextos ideológicos de la civilización occidental la “independencia” es aceptada, también por el psicoanálisis, como valor supremo). El peligro de “lo fusional”, de caída en “lo arcaico”, impregna el imaginario de lo femenino, en tanto lo paterno queda del lado de los valores de racionalidad, “corte”, etc. Los dos ejes más decisivos para la desmitificación de esta oposición son: el par narcisista/edípico y el correlativo imaginario/ simbólico. La relación a la madre es asimilada ligeramente al campo amenazador de lo narcisístico (término cuya connotación es casi inmediatamente psicopatológica para los psicoanalistas como promedio) y al dualismo especular de lo imaginario. Lo paterno, con la misma liviandad, será dibujado como legalidad que acota aquellos excesos. Pero la referencia de horizonte más lejana y amplia que organiza este sistema se escribe Naturaleza/Cultura: la mujer como entidad ambigua en su pertenencia al orden cultural, siempre proclive a la naturaleza (mito pre- ecológico, qué duda cabe), representante potencialmente siniestro (para Freud, recordemos, en la última instancia, en el último arresto de su texto, lo siniestro es la vagina, “el genital femenino”) de la naturalidad de la naturaleza como fuerza negativa que nos succiona hacia atrás.
Poco es lo que puede arreglarse de esto haciendo de la palabra materna la mediadora de la Ley del Padre. Puesto que, por definición, ni está hablando en su nombre ni en su posición originaria de “cocodrilo” (ver Lacan).

El mito anterior

Hay pues –si seguimos el curso del texto de Benjamín allí donde se abre más allá de lo escrito- un mito anterior –anterior en todo sentido- al del (complejo de) Edipo: un mito anterior nombrado como aquel sin serlo exactamente. Este mito dice de una bipartición donde lo masculino es congruo con lo cultural, lo racional, la separación, la individuación, la independencia, mientras que lo femenino se hace cargo de los elementos inversos en una relación de complementariedad: uno tiene lo que otro no tiene. El ser potencialmente maligno de la mujer queda fuertemente fundamentado en que, en gran diferencia con el hombre, su motivación originaria es la envidia (que no es lo mismo que decir un deseo y mucho menos un desear). Este mito sin nombres claro, unívoco, pero que circula en innumerables haces de relatos europeos y no europeos [9] , condiciona toda la aprehensión clínica y teórica que en el psicoanálisis haya podido hacerse del (complejo de) Edipo. Digamos que este “Edipo” se lee con aquella rejilla de distribución atribución en lo que hace a padre y madre y a género y sexo.
Pero, y aquí se concentra el peso de la argumentación de Benjamín, ¿es éste un sistema conceptual que permita plantear y pensar la diferencia sexual, particularmente en su apretura histórica al porvenir? ¿Se puede significar esa diferencia en términos de un esquema que la recusa como positividad, en tanto, como es propio de la lógica fálica, uno de los término es el marcado positivamente y el otro queda afectado de irremediable negatividad’ en este punto Benjamín destaca la aporía fundamental del concepto (complejo de) Edipo, tal y como ha venido funcionando concretamente desde que existe el psicoanálisis: creado para dar cuenta de, siendo su función capital dar cuente, de fundamentar cómo niños y niñas hacen la articulación entre sexo y género y adquieren “identidad” sexual; este concepto no tiene los medios para ello puesto que en lo más íntimo de su seno alberga la diferencia en términos complementarios y negativos: el que tiene y el que no tiene, el con “más” Superyó y “sentido de la justicia”: y la que tiene “menos” de estas cosas, el “con ley y la sin ley, el que se acerca al otro de la sexualidad empujado por su deseancia y su “oscuro impulso de penetración” (Freud) y la que se acerca bajo la amarga decepción de lo que no tiene, sellada y significada por la envidia.
La conclusión de Benjamín es lapidaria: el concepto (complejo de) Edipo, construido para pensar la constitución de la diferencia, no sirve, no es un medio conceptual idóneo para pensarla. Lo cual es muy diferente, también, de decir “este concepto no existe, no es tal”. Por el contrario, subraya Benjamín, en este estatuto y régimen de funcionamiento, este concepto constituye “uno de los problemas más graves de la teoría psicoanalítica” (destacado mío).
Por mi parte, quiero atenerme a resaltar un punto más acotado de toda esta inmensa problemática (que no admite “soluciones” mágicas, rápidas, y sólo conceptuales): enunciado sencillamente, el “verdadero”problema es que cuanto lo hemos –de modo necesariamente somero- inventariado va a parar, implacablemente, a las interpretaciones del analista. Mejor dicho: a su cocina, allí donde, sordamente, se amasan; allí donde el psicoanalista y la psicoanalista se ponen en juego frente a un paciente que es niño o niña, hombre o mujer.
Si a ese practicante del psicoanálisis le sigue pareciendo bien, en lo sustancial, el estado de cosas de la teoría en lo que respecta a la diferencia, si le sigue pareciendo “todo bien” en “Algunas consecuencias psíquicas…”, a lo sumo, con alguna modernización “lacaniana”, si no se le agita nada en cuanto a interpretar y analizar los materiales sobre estas bases donde el orden mítico resignifica lo teórico más que éste lo desmitifica ¡que los dioses que ya no nos guardan nos guarden y guarden de él al psicoanálisis! No tendrá otro porvenir que el de una ilusión.

Reprises

Conviene retornar, dadas las complejidades del tema, a la secuencia de las hipótesis que he ido siguiendo.

1) La primera que enuncié es la de que, tomados como conjuntos, los practicantes del psicoanálisis sufren (sintomáticamente) del (complejo de) Edipo. El concepto, así vistas las cosas, anticipa, en su acuñación histórica, un profundo padecimiento neurótico de los psicoanalistas. Y con la semiología más clásica en su contenido manifiesto: no poder liberarse del peso de lo paternal patriarcal. El contenido latente es algo más complicado. Incluye la creencia en el padre y en Freud como un “genio” que sería “el padre”, “el fundador”, “el inventor”, del psicoanálisis. En un mundo donde reinaban las pesadas tinieblas de la época “victoriana”, habría llegado ese hombre providencial a procurarnos un corte con ese pasado de ignorancia y represión. Puede uno sorprenderse de la pregnancia de semejante teoría de la escritura, digna del peor Hollywood cuando se ensaña en narrar la vida de un “gran creador”, pero lo cierto es que funciona así en el imaginario del practicante medio, a veces matizado con la tranquilizadora noción de “corte” en la episteme (claro que simplificada, como un Althusser “traducido” en los códigos de los mass media).
2) La segunda hipótesis deriva y prolonga un poco la anterior. Los psicoanalistas creen en la pureza de los conceptos psicoanalíticos, los conciben dependiendo por entero y solamente del psicoanálisis, depurados de toda infiltración mitopolítica e ideológica, protegidos por la mano santa de Freud, que habría trazado un círculo
de tiza protector en torno a ellos, donde no penetraría ningún indeseable influjo extra –y, sobre todo, pre-analítico-. Por esto mismo, la idea de “corte” es tan tranquilizadora: en la vulgata profesional: garantiza una sólida línea divisoria entre lo “lo pre- analítico” y lo “analítico”, transformando en diacronía relaciones de contaminación perfectamente sincrónicas. [10]
3) Como tercera hipótesis, ya en pleno trabajo reconstructivo, expuse, siguiendo a Jessica Benjamín (y, en otro plano, a Sarah Koffman), [11] como el desarmado por adentro del concepto del (complejo de) Edipo nos hace descubrir, no la prehistoria del niño ni ningún sujeto originario, sino una vetusta pero activa red mítica donde la imago de la mujer madre es asimilada a una Naturaleza devoradora y peligrosamente arcaica, tirando hacia sí a los hijos con su deseo, destino de muerte y psicosis si no interviene un VII Regimiento paterno salvador (el mitema, dicho sea de paso, no se toma demasiados cuidados por la hiperbolizada diferencia entre “lo simbólico” y “lo imaginario”: cambia el léxico sin modificar la armadura). Esta red mítica, que justifica religiosamente –es decir, en lo político- la dominación y la explotación ejercida sobre el género femenino, es del todo previa al (complejo de) Edipo, pero no es “pre”- edípica. Metastasia el concepto y le impone sus modos de lectura de la diferencia sexual. Preso de este esquema binario, el concepto del (complejo de) Edipo no puede procesar la diferencia sino haciéndose cómplice del falocentrismo más habitual, más de siempre, más de “todo el mundo”. [12] Esto es lo que hemos designado como “el mito anterior” (pero interior) al concepto “nuclear” (Freud) del psicoanálisis. Si es nuclear, qué problema no será portar en su núcleo los fantasmas mitopolíticos más reaccionarios y oscurantistas sobre la mujer. Que no cesan de actuar porque ésta “no ec-sista”. [13]
4) Hay que advertirlo: todo esto no agota ni es exhaustivo en relación a los múltiples trabajos de reconstrucción que a propósito de lo edípico se han de emprender. Por ejemplo, no hemos podido rozar ni de lejos la dicotomía endogamia/ exogamia autorizada por el concepto y cada vez más anacrónica según “lo familiar” se ve penetrado por la nueva tecno- mediática. De hecho, el (complejo de) Edipo todo está armado y sostenido por parte opositivas, cada uno de los cuales es posible de ser puesto en tela de juicio por el trabajo de la reconstrucción.
5) Y, nuevamente, la inquietud por la clínica, allí donde el psicoanálisis se juega su especificidad y la especificidad de su porvenir (pero sin correr él solo todos los riesgos, junto a los pacientes “que pagan para que aprendamos”, según lo recordaba Winnicott). En este punto, emerge una pregunta capital, esencial: ¿cómo puede el psicoanalista abrir a la interrogación, cómo puede hacer de la interrogación una ética diferente de y para la subjetividad, cómo podrá hacerlo si no puede interrogarse sobre los conceptos que deberían servirle para ayudar a que su paciente se interrogue?

Del libro El psicoanálisis de nuevo. Elementos para la reconstrucción del psicoanálisis tradicional. Ricardo Rodolfo. Edit Eudeba. Universidad de Buenos Aires, 2004

[1] Esta segunda vertiente de cura debe hacerse retroceder de Lacan a Heidegger: la vertiente de la existencia como preocupación, inquietud, abierta desde Sein und Zeit hace más de setenta años. En lo mejor de sus alcances, el psicoanálisis deja en quien lo atraviesa la huella inextinguible de una preocupación por la subjetividad, el valor de lo que no tiene otro valor que el de la diferencia.
[2] Por supuesto, al nombrar “reconstrucción” me refiero a su procedencia y su invención por Derrida. Para una consulta rápida sobre el funcionamiento del término ver “Carta a un amigo japonés”, Revista Anthropos.
[3] Por ejemplo, en “Devuelta por Winnicott”, Diarios Clínicos, Nº 6. Mucho más extensamente en el seminario: “El niño el hijo”, dictado en 1993 en la Fundación Estudios Clínicos en Psicoanálisis, inédito.
[4] En diversas presentaciones, aún inéditas, he articulado el jugar a la metamorfosis, el jugar como potencia de metamorfosis. En el capítulo “El bricoleur de sí mismo” del libro Clínica psicoanalítica en niños y adolescentes: una introducción (Lugar, 1986), se puede encontrar una primera indicación de esta articulación entrañable: jugar es metamorfosear lo que fuere. Éste es el resorte de lo que decimos un “juguete”.
[5] Remito a la distinción propuesta por Alicia Fernández entre alumno y aprendiente, no como entidades: son posiciones subjetivas. Consúltese, por ejemplo, La inteligencia atrapada, Buenos Aires, Nueva Visión, 1987.
[6] Deseo agradecer a Juan Carlos Volnivich , quien me puso en la pista de esta autora.
[7] Pero sobre este punto de tomar un nombre prestado, y sus efectos retroactivos, vale la pena leer a Marx en su escrito El 18 Brumario
[8] Puede seguirse lo no interrogable para Freud de estas proto-suposiciones en “Más allá del principio del placer”, a propósito de su examen de un juego infantil. Para Freud, “es imposible” que el niño pueda disfrutar de la partida de su madre, y, por supuesto, menos aún desearla. De esta forma, sólo puede pensar el juego (un juego que además en los hechos se inagura con la madre presente) como una reacción a dicha partida significada como pérdida. Primero se va la madre, después se juega: secuencia que se da de cabeza con la más somera observación psicoanalítica del niño.
[9] Ver la saga de “la chica loca por la miel”, en el segundo tomo de la Mitologías de Lévi-Strauss, todo un paradigma americano.
[10] No nos extraña reencontrar aquí, de nuevo, la línea, de la cual y de cuyos efectos en el psicoanálisis me he ocupado en un extenso artículo aparecido primero en esta misma revista e incorporado luego a mi libro Estudios Clínicos (Buenos Aires, Paidós, 1992): “Yo deseo, tú deseas… todos deseamos a Schreber padre: línea y posición en psicoanálisis”.
[11] ¿El enigma de la mujer? Barcelona, Gedisa, 1982. Libro aún pendiente de lectura en nuestro medio.
[12] Es Derrida quien señaló la ambigüedad del psicoanálisis entre una crítica del falocentrismo y una complicidad objetiva con él. Véase el segundo estudio de La tarjeta postal (México, Siglo XXI, 1988), consagrado a reconstruir la referencia de Lacan a “lo simbólico” (“El correo de la verdad”).
[13] La expresión lacaniana es típica de aquella oscilación entre una posición de crítica, desmitificadora, y una complicidad recubridora.