La motivación y el inconsciente

Revista del CPM número 11

Por Owen Renik

El tema general de nuestra conferencia es la interacción entre los mundos interno y externo.

Desde una perspectiva intersubjetiva, no se puede poner en duda una distinción entre mundos “interno” y “externo”: se puede mantener, que el individuo, en todo momento conoce solo un mundo, el que él o ella construyen, inevitablemente subjetivo, cualesquiera que sean los elementos objetivos que asuma para subsistir. Como propuesta de debate, procuro dejar de lado ese importante, pero espinoso problema epistemológico y examinar un aspecto de la contribución subjetiva del analista al encuentro psicoanalítico que se puede identificar, y que en mi opinión, merece más estudio del que se le dedica habitualmente.

En los últimos años se ha prestado mucha atención, a como influye necesariamente cada momento de la psicología personal del analista, en su actividad clínica. Se han debatido menos sobre teorías preferidas de los analistas de la psicología humana, esos paradigmas básicos, que el analista asume y que forman la infraestructura sobre la cual está basada la escucha del analista y las decisiones clínicas que tome. Esos paradigmas constituyen un aspecto interesante sobre la subjetividad del analista, ya que surgen de una interacción entre la individualidad del analista y el entorno cultural —especialmente la subcultura psicoanalítica— en la que ha sido educado el psicoanalista y en la que el analista continúa su función. De esos paradigmas, ninguno es tan fundamental como aquellos que sirven de base a la teoría de la motivación que utiliza el analista en su trabajo. A modo de ejemplo, presentaré mi propia opinión sobre la motivación y el inconsciente, y trataré de ilustrar como esa opinión da forma a mi técnica clínica psicoanalítica.

Creo que tenemos motivos para seguir a Freud, al definir el psicoanálisis clínico como un método para hacer consciente lo inconsciente. Sin embargo tenemos que actualizar lo que significa “el inconsciente” acorde con los progresos hechos en nuestra comprensión de la neurosis y la curación a través del análisis (curación analítica). Freud al fin y al cabo descartó su teoría original, que la ansiedad está causada por la represión de recuerdos traumáticos por necesidad de catarsis, reemplazándola por su teoría de afectos señal. Como resultado, un analista contemporáneo debe ayudar al paciente a comprender mejor aspectos inconscientes de su motivación que debería ser conceptualizada en términos de configuraciones afecto-defensa.

Una de las valiosas contribuciones de Freud que perduran, fue su reconocimiento de que los afectos, el repertorio básico sobre el que está construida la vida emocional, son una serie de señales que guían la adaptación humana. La ansiedad denota un importante grupo de afectos, con los que un tratamiento psicoanalítico está íntimamente conectado. Una ansiedad es una señal de peligro que aparece cuando un individuo juzga que la situación actual que está viviendo se parece a una situación desagradable ocurrida en el pasado. Desde que atañe a un recuerdo implícito de un situación desagradable, la experiencia de la ansiedad es en sí misma desagradable; y como la ansiedad es desagradable, la respuesta natural del individuo a la ansiedad es intentar eliminarla. Así es como funciona la ansiedad, como una guía para la adaptación: el deseo de eliminar la ansiedad, motiva al individuo a evitar el peligro.

Por ejemplo, una mujer crece con una madre irritable que frecuentemente se pone de mal humor cuando sus hijos le piden algo. Más tarde en su vida, cuando la mujer pensaba pedir aumento de sueldo a su jefe, —la mujer tenía ansiedad— comenzaba a temblar y sentía un nudo en el estómago, igual que cuado era niña y su madre le gritaba por ser demasiado exigente. Decide no pedir aumento de sueldo. Si la mujer tiene motivos para comparar a su jefe con su madre, no preguntando por un aumento de sueldo, la protege de que alguien se enfurezca. Cuando la apreciación de peligro se transforma en ansiedad es válido, el esfuerzo por eliminar la ansiedad es adaptativo. Sin embargo la traumática experiencia de la mujer con su madre la ha hipersensibilizado tanto, que se anticipa a que su jefe se contrariaría preguntándole por un aumento de sueldo, inútilmente abandona hacer una demanda razonable, que sería en su beneficio. El tratamiento psicoanalítico está dirigido a respuestas patológicas producidas por ansiedades que están basadas sobre apreciaciones de peligro.

En ocasiones, un paciente siente ansiedad, pero no sabe porque motivo está ansioso. Los signos psicológicos típicos están presentes –aumento de pulsaciones, transpiración, tensión muscular, etc.— pero el paciente no es consciente de ningún pensamiento relativo al inminente peligro. El paciente siente un intenso, casi intolerable, temor patológico por motivos no reconocibles. Este episodio finaliza frecuentemente en un ataque de pánico. El paciente raramente sufre de ataques de pánico, debido a una patología orgánica subyacente, que produce el fenómeno psicológico asociado a la ansiedad (por ejemplo en el feocromocitoma, un tumor que segrega epinefrina de la glándula suprarrenal) y es importante tener en cuenta esta posibilidad, cuando alguien experimenta episodios de terror sin causa aparente. No obstante, normalmente, un ataque de pánico es un síntoma psicológico: producido por ansiedad en la que las apreciaciones de peligro es de lo que la persona que está llena de pánico, por un motivo u otro, no quiere ser consciente, —quizás, por ejemplo, porque se refiere a pensamientos muy vergonzosos.

Cuando se tratan ataques de pánico, es importante explicar al paciente, que es lo que está pasando y para animar al paciente a vencer su anulación de los pensamientos que está produciendo el estado sintomático. La medicación puede ayudar a disminuir la notable intensidad de la señal; pero para la resolución de la ansiedad, su contenido ideativo tiene que permitirse que se haga consciente para poder ser evaluado. A éste respecto, los ataques de pánico son similares a otros síntomas que representan intentos dispares de evitar prestar atención a pensamientos amenazadores.

Alteraciones en el sentido de la realidad, calificada de despersonalización (el self se experimenta como irreal) o falta de realidad (el entorno se experiencia como irreal) son síntomas que surgen de un esfuerzo por mantener la idea de ansiedad fuera del consciente. La atención se focaliza en la percepción difusa –por ejemplo, la sensación de que alguien le está observando desde la distancia, o que todo parece “off” de alguna manera- así no se puede prestar atención a pensamientos amenazadores.

Phyllis

Phyllis, una mujer con casi treinta años, sufría desde hace varios años de fenómenos de despersonalización y desrealización, a consecuencia de episodios perturbadores. Para ella era muy difícil describir de forma clara los síntomas. Tenía un vago sentimiento de estar desconectada de ella misma y un una perturbadora sensación de que las cosas eran misteriosas (extrañas), no
como deberían ser. Cuando le ocurría en el trabajo no podía rendir. Si ocurría en un ambiente social, tenía que abandonar bruscamente el lugar y estar a solas. Phyllis nunca podía identificar el origen (causa) de ninguno de estos episodios. Consultó a psiquiatras que le ofrecían tratarla con medicación, pero ella no quería tomar medicamentos. A cambio se apuntó a un programa de meditación, para tratar de conseguir mejor control sobre su mente. Al principio tenía dificultades para lograr la requerida concentración mental. Pasado un tiempo le fue posible, pero los resultados obtenidos fueron contrarios a los deseados por Phyllis. Cuando conseguía entrar en estado de meditación, aumentaba el sentimiento de sentirse extraña de sí misma. Incluso tenía la sensación de abandonar su cuerpo y marcharse lejos. En una ocasión comenzó a temblar y a tener movimientos involuntarios en los brazos. Es como si estuviera fuera de sí misma, un observador impotente. ¿Que hubiera pasado si hubiera cogido un martillo y hubiera dañado a alguien? Phyllis se asustó mucho y dejó su programa de meditación. En ese momento es cuando me vino a ver a mí.

Phyllis no tenía ni la más remota idea de que podría estar causando estos síntomas angustiosos. Sin embargo cuando le pregunté sobre su vida en general, quedó claro que ella estaba luchando con problemas importantes. Ella estaba especialmente disgustada sobre la forma de relacionarse con los hombres. Cuando conocía a alguien interesante, rápidamente se encaprichaba de él y quedaba absorta por él. No podía pensar en nada más. Casi inmediatamente se sentía muy comprometida, se impacientaba y era incapaz de controlarse para no echarse en los brazos del hombre, de progresar en su pretensión, etc. Sabiendo que estaba apartando al hombre y que se odiaba a sí misma por ello, sin embargo era totalmente incapaz de controlar su conducta.

Phyllis creía que estaba echada a perder respecto a los hombres, debido a lo que había pasado en su familia cuando ella estaba creciendo. Estaba profundamente enfadada con su madre por la forma en que ella adoraba a su hermano mayor y que constantemente la criticaba a Phyllis. Ella trataba de manejar la situación haciéndose amiga de su padre, pero, desgraciadamente, cuando tenía diez años su padre cayó en una depresión severa de la cual nunca salió. A su hermano mayor, con el que estaba resentido y a la vez admiraba, siempre se comportaba con ella con frialdad y superioridad, despreciaba los esfuerzos de Phyllis por ser cercana con él.

Después de pocas sesiones, Phyllis exploró sus problemas con los hombres, más profundamente de lo que lo hubiera intentado originalmente. Mientras se trataba la forma en que ella siempre acababa herida por sus parejas, Phyllis comenzó a tener “ese sentimiento extraño”. Era incapaz de relacionarlo con ninguna idea amenazadora provocada por lo que estaba relatando. Las cosas simplemente parecían irreales, casi como si todo fuera bi-dimensional y en blanco y negro. Animé a Phyllis a continuar sus asociaciones con los cambios visuales que estaba experimentando. Tenía una sucesión de pensamientos conectados en blanco y negro. Primero se vio pensando en un póster que había visto, anunciando una organización interracial- manos blancas y negras estrechadas. Esto la llevó a describir una serie de relaciones que había tenido con hombres africanos, en las que sintió que había dejado que abusaran de ella. Estaba avergonzada por ello. Después lo que le vino a la mente fue el color rojo en mitad de todo el blanco y negro. Tenía la regla, decía. Pensaba en su primera menstruación y como en aquella época, podría haber tenido mejor relación con su hermano, si ella le hubiera dejado abusar de ella. Ella recordó como él le contaba historias de miedo a la hora de dormir. Él ponía una mano delante de la luz y proyectaba una sombra inmensa contra el techo. Recuerda mirar fijamente y que estaba asustada al mismo tiempo que excitada. El aspecto bi-dimensional y el blanco y negro de las cosas era como esa sombra.

Phyllis no dejó aclarado el hecho de la posibilidad de una relación abusiva con su hermano. Le dije que parecía obvio que había llegado a algo importante relacionado con la relación infantil con su hermano, y que ahora ella estaba intentando no pensar en ello. Su experiencia despersonalizadota era una maniobra de evitación, y su asociación la retrotrajo a los pensamientos que había tratado de dejar fuera de su consciente. Fijando su atención en la percepción de las cosas planas y en blanco y negro, la distrajo de pensamientos en los que no quería pensar ahora, de la misma forma que fijando la mirada en la sombra que proyectaba su hermano en el techo, distrajo su atención de cosas en las que no quería pensar cuando era joven.

Phyllis estaba enfadada. Entre sollozos reprimidos me contó que estaba tremendamente avergonzada sobre algo que nunca había contado a nadie. Había habido un período de varios años, alrededor de la pubertad, en los que había mantenido juegos sexuales con su hermano. Se había dejado seducir, porque era la única manera de que él quisiera estar con ella. Él trató de tener contacto con ella, pero nunca estuvo segura de que él haya sido capaz de penetrarla. Todo esto estuvo atemorizando y confundiendo a Phillis cuando era una niña y le ocurría ahora mientras lo estaba relatando. En una ocasión cuando su hermano la hacía acariciarle en el jardín de su casa fueron vistos por un viandante que les gritó. Se asustaron y nunca volvieron a los juegos sexuales. El hermano se negaba a hablar sobre lo que había pasado y volvió a su anterior distanciamiento.

En las siguientes sesiones Phillis se dio cuenta de mas cosas sobre su hostilidad hacia los hombres y su sensación oculta de triunfo sobre ellos. En el sexo cuando el hombre tenía un orgasmo, se sentía como si se hubiera vaciado de su fuerza y cogido algo de él. Analizando estos deseos vengativos, y las ansiedades que le causaban, permitían a Phyllis conseguir mayor equilibrio y placer en sus relaciones con los hombres. Su vida amorosa mejoró considerablemente y estaba preocupada por episodios de despersonalización. Durante una de nuestras últimas entrevistas, cuando Phyllis estaba pensando en no volver, comenzó nuevamente a tener ese sentimiento extraño (misterioso) y decía “estoy intentando apartar mi atención de algo”. Con vergüenza continuó diciéndome que pensaba que me echara de menos y si yo también la echaría de menos. Además de decirle a Phyllis que efectivamente yo la echaría de menos, le dije que me sentía muy feliz de ver que había superado su experiencia traumática con su hermano, hasta el punto de sentirse cercana a mi sin temer que yo fuera a abusar de ella o rechazarla.

Los episodios de despersonalización y falta de realidad eran su forma de tratar de mantener en el inconsciente pensamientos vergonzosos y de temor de ser víctima y autora de abusos. Ella evitaba ser consciente de aquellos pensamientos manteniendo su atención fijada en ciertas percepciones que le venían a la mente —una técnica que usó desde su niñez, cuando comenzó fijándose en la imagen proyectada en el techo y tratando de no prestar atención a lo que su hermano le estaba haciendo. Cuando finalmente Phyllis fue capaz de pensar en lo que la asustaba y la avergonzaba —sus juegos sexuales con su hermano en su niñez- y la fuerte mezcla de sentimientos que provocaba en ella— ella ya no necesitaba despersonalizarse. El síntoma de despersonalización era lo que Freu
d calificó como una defensa contra la ansiedad.

La defensa es una respuesta psicológica provocada por un sentimiento, con el fin de eliminar la experiencia desagradable del sentimiento. No son específicas las defensas que suponen negación, distracción de la atención, u otra serie de medidas tomadas para evitar completamente ser consciente de un sentimiento desagradable; pueden estar provocadas por cualquier sentimiento desagradable de suficiente intensidad. Frecuentemente, un paciente sintomático y que está empleando esa defensa, parece estar seriamente trastornado. Partiendo de la base de su estado de percepción y experiencias “out-of-body” los psicoanalistas que han tratado a Phyllis, la consideraron una incipiente psicótica y querían tratarla con fuerte medicación.

Las defensas contra sentimientos desagradables mezclados con síntomas dramáticamente desordenados, como los de Phyllis, son normalmente el último recurso como medida de seguridad, para hablar así. Pero hay otras defensas, menos manifiestas y que son específicas de determinados afectos desagradables, que también provocan síntomas. En tratamiento analítico, es fundamental tratar de tener lo más claro posible, concretamente que tipo de maniobras defensivas están en juego y contra que tipo de sentimientos desagradables se está ejerciendo la defensa, ya que la finalidad de la práctica analítica es de ayudar al paciente a eliminar las respuestas de mala adaptación sentimiento-defensa que son las que le producen los síntomas.

La inhibición es una defensa producida por la ansiedad. La inhibición consiste en abandonar o alterar el esfuerzo de satisfacer un deseo, cuando parece peligroso continuar persiguiendo el deseo. La ansiedad avisa del peligro, por lo que cambiando el sentido, de tal forma que se evita el daño, pone fin a la ansiedad. La mujer que decidió no pedir aumento de sueldo a su jefe se estaba inhibiendo de sufrir ansiedad.

La secuencia normal en tratamiento analítico es, primeramente identificar la defensa y después el sentimiento que produce la defensa. En le caso de los síntomas producidos por ansiedad, es decir identificando primero inhibición, después exponiendo la ansiedad irreal que motiva la inhibición, el analista nota en el paciente lo que parece ser una injustificable renuncia al placer, después ayuda al paciente a exponer y analizar la apreciación del peligro responsable de la renuncia. El paciente revisa su apreciación irreal del peligro, corrigiendo un malentendido creado en el pasado.
Además de la ansiedad, en un grado más alto de afectos desagradables, vistos normalmente en tratamiento analítico, es el sentimiento depresivo. Mientras que, la ansiedad es una señal de peligro, es decir, la posibilidad de que una calamidad pueda ocurrir en el futuro, el sentimiento depresivo señala la certeza de que es en le pasado ha ocurrido una calamidad. El suceso prototipo que causa sentimientos depresivos, originalmente estudiado por Freud en su famoso ensayo “Duelo y Melancolía”, es la pérdida de un ser querido. La inhibición no puede ser usada como una defensa contra sentimientos depresivos, ya que alterando el curso no le posibilita a uno evitar un suceso desagradable que ya ha ocurrido. En cambio, la defensa producida por sentimientos depresivos consiste en un esfuerzo por reparar el daño que se ha hecho. La ansiedad produce preocupación y esfuerzo por evitar daño; el sentimiento depresivo produce arrepentimiento y esfuerzo por enfrentarse al daño ya producido.

Los síntomas de depresión, no son expresión del afecto depresivo; son las defensas frente al afecto depresivo, generadas por dicho afecto. Tal es el caso de la ansiedad, donde la capacidad del afecto depresivo puede elaborar una defensa que le permita adaptarse. Las mismas defensas frente al afecto depresivo pueden producir los síntomas de depresión clínica, pudiéndose ser útiles cuando suceden dentro de ciertos límites. La depresión puede estar caracterizada como una forma de”petición de socorro”. El duelo normal también implica una llamada de socorro constructivo- un periodo de retracción social, apatía, preocupación sobre si mismo, y la tristeza hasta la desesperación le permiten al afligido explorar y asumir la pérdida a la vez que comunica a los otros la necesidad de apoyo. La respuesta frente al afecto depresivo permite una adaptación al duelo normal. Cuando esta respuesta resulta demasiado severa o se prolonga en el tiempo, produce una inadaptación, constituyendo un duelo patológico. O bien si es una sensación irreal de pérdida lo que genera el afecto depresivo produciendo defensas reparadoras, y lo que vemos es una sintomatología en forma de depresión clínica.

El tratamiento psicoanalítico muchas veces se ocupa de las defensas inadaptadas frente al afecto depresivo. Cuando los síntomas que se producen son severos, dificultan al paciente para realizar una investigación analítica. La medicación puede ayudar disminuyendo la intensidad del afecto depresivo, permitiendo al paciente sentirse menos incapaz y facilitándole indagar acerca de sus respuestas inadaptadas. A menudo, constituyen esfuerzos poco reales para lograr una reparación. . Por ejemplo, el estudio de Freud sobre la melancolía (la depresión clínica en la cual el autoreproche es un rasgo prominente) muestra como un individuo puede procurar reparar una calamidad viviendo externamente una fantasía mágica: el individuo melancólico mantiene la creencia de que un ser amado que ha perdido está todavía presente como parte de él o de ella. Este tipo de la fantasía irracional es una defensa muy costosa frente al afecto depresivo.

En una ocasión traté a una mujer joven cuya vida estaba siendo arruinada por preocupaciones hipocondríacas. Pasaba mucho tiempo visitando médicos, estando segura que no se hacían bien las cosas con ella. Yo tenía la impresión de que se imaginaba enferma para sentirse cerca de su madre, muerta hacía años atrás, por una terrible afección crónica. Durante bastante tiempo ella ridiculizaba mi sugerencia de que su hipocondría constituía la parte de su tentativa de mantener una fantasía irreal de estar de algún modo con su madre, hasta que un día advirtió que seguía llevando la tarjeta de crédito de su madre en el bolso, a pesar de haber caducado hacía tiempo.

Así como un juicio irreal de peligro produce ansiedad inadaptada, un juicio irreal de pérdida produce un afecto depresivo inadaptado. Por ejemplo, a veces el afecto depresivo de un paciente proviene de sentirse desesperadamente derrotado como producto de repetidos fracasos debidos a su inhibición. Si este es el caso se hace necesario negociar con el afecto depresivo del paciente y las defensas que genera, antes de que puedan ser analizadas las inhibiciones y ansiedades que lo motivan.

Puede ser difícil conocer en cualquier momento dado si el aspecto principal del problema tiene que ver con la ansiedad o con el afecto depresivo. En la práctica, la determinación se realiza a través del ensayo y el error. Un analista se dirige hacia lo que parecen ser las inhibiciones del paciente, y si esto no da resultado, trata de dirigirse hacia lo que parecen ser las fantasías mágicas de reparación; o viceversa. Los juicios acerca del progreso o no progreso, en función del alivio de los síntomas, rigen la decisión del analista acerca de la elección de un camino u otro.

 

Todd era un joven arquitecto brillante que buscaba tratamiento a causa de problemas que tenía en su trabajo. Tras la graduación, como el mejor de su clase, obtuvo un puesto buscado en una de las empresas con más prestigio. Allí, hizo un trabajo excelente, incrementándose de forma rápida sus responsabilidades. Eventualmente le fue encargado un importante proyecto. Su papel consistía en el desarrollo de la concepción global de la tarea, y no como antes seguir las directrices de otros. Repentinamente Todd era incapaz de concentrarse y se sintió desprovisto de ideas. Su carrera se vio seriamente amenazada por este complejo contratiempo.

A lo largo de su crecimiento, su madre le favoreció visiblemente a él sobre su hermano mayor. Todd era un estudiante excepcional y su madre, que era muy intelectual, mostraba su orgullo acerca de los logros de Todd y amaba discutir los intereses que compartían. El hermano de Todd, un atleta más que un erudito, fue excluido. Todd se sintió siempre muy culpable por ello, y siempre trataba de mostrase inferior cuando ambos estaban juntos. Tod beneficiaba a su hermano siempre que podía.

Parece probable que Todd se sintiera motivado a sabotearse a si mismo en la empresa a través de un miedo culpable surgido por procurarse demasiado en su propio beneficio dañando con ello a su hermano. Mientras Todd pudiera sentirse subordinado, su ansiedad podía ser contenida. Esto le hizo sentirse cómodo frente a un profesor o un jefe, como el se sentía frente a su hermano. Pero este modelo de defensa desapareció en la medida que fue promovido a una posición de mando, y tuvo que tomar medidas más drásticas para evitar tener excesivo éxito.

Esta visión del síntoma como una inhibición generada por la ansiedad apareció confirmada en el primer sueño que relató en el tratamiento. En él se encontraba en una ciudad extranjera. Veía a una mujer sentada sola en la terraza de un café. Era fabulosamente sexy, aparentaba ser inteligente y sofisticada. Se sentía atraído y se dirigía hacia ella, percibiéndose confuso. No conocía el idioma. ¿Qué le iba a decir? ¿En que dirección iba el tráfico en este país? Podría dañarse al cruzar la calle. Había un hombre hermoso con más años que sabía un atajo. Todd le pidió ayuda. El hombre se mostraba amistoso y parecía querer ayudarle, pero algo iba mal… ¿Se mostraba también atraído por la mujer? ¿Quizás era homosexual? Llegado a este punto, Todd se dio cuenta.

En el sueño, como en la vida en vigilia, Todd dejaba aquello que deseaba, porque tenía miedo. Él beneficiaba al rival. En las asociaciones que realizaba, Todd pensó que el tráfico provenía de una dirección inusual, como en el Reino Unido, y mencionó que la ciudad se parecía a Londres. De hecho, sabía hablar la lengua, lo que hacía más obvio que abdicaba de sus capacidades. Le señalé el paralelismo posible entre su sueño y su síntoma: él sentía la necesidad de demandar cosas de las que era bastante capaz de realizar, permitiendo que alguien le aventajase. Me pregunté junto a Todd si junto a la culpa tuvo miedo al castigo si su camino era más acertado que el de su hermano. Quizás su incapacidad repentina en el trabajo no era más que una extensión de su necesidad a lo largo de muchos años de procurar pasar desapercibido.

Todd aceptó con impaciencia y siguió la línea de pensamiento que le propuse. Pensó mucho acerca de los sentimientos que tenía hacia su hermano, y evocó recuerdos e imágenes que confirmaron mi hipótesis que él se inhibía sobre la base de la culpa. Sin embargo, su síntoma en el trabajo persistió. Encontró un método para disminuir la necesidad de tomar un papel de mando, implicando a un socio mayoritario en el proyecto. Momentáneamente, el daño significativo para la carrera de Todd fue desplazado, pero no era una solución que podía seguir siendo empleada.

Como seguimos trabajando para entender lo que pasaba, me vi afectado por un par de aspectos a lo largo de la participación de Todd en su tratamiento. En primer lugar era extraordinariamente paciente. A pesar de la ausencia de progreso hacia el alivio del síntoma, Todd no se quejaba o preocupaba, expresando una actitud de confianza en mí y en lo que nosotros hacíamos. También comprendí que Todd me complacía a mí en nuestro trabajo conjunto, lo mismo que complacía a sus colegas mayores en el trabajo. Si surgía una idea—por ejemplo que podría dismunir su limitación profesional elaborando la culpa hacia su hermano—Todd lo tomaba con entusiasmo pero nunca mostraba la conquista como iniciativa propia. Todd era muy brillante y reflexivo, y la forma de dejarme a mí tomar el liderazgo era bastante sutil; esto durante un tiempo antes de que me diera cuenta.

Compartí mis observaciones con Todd y le sugerí que el sentía que tenía que seguirme a mí, antes que dirigirse a donde él tenía que ir. Lo que le dije le incomodó bastante. Finalmente Todd tuvo otro sueño que revelaba más acerca de la naturaleza de esta incomodidad. En este sueño, él estaba embarazado. El era un hombre, pero tenía un bebe que estaba gestando. Deseaba mucho dar a luz, pero no sabía como hacerlo. ¿Por donde saldría el bebé? Evidentemente la deferencia de Todd hacia mí y su confianza como paciente, a pesar de la falta de alivio de síntomas, procedía de una fantasía de reparación mágica que estaba perfilando su experiencia sobre nuestra relación y tratamiento. Él me esperaba para impregnarlo a través de la palabra, de modo que el pudiera desarrollar las capacidades de las que careció para ser un líder.

Esta fantasía era una defensa frente al afecto depresivo, generada por la idea de que Todd había perdido ciertas características esenciales masculinas. Todd mostraba la certeza de que durante muchos años se había sentido implicado por su madre y le hizo menos hombre que a su hermano. Él recordó asustado, embarazosos pensamientos homosexuales en su niñez, para acercarse más a su hermano y ser tan fuerte como él. Una vez que fueron delimitados la fantasía de reparación mágica y el afecto depresivo, podía ser remitido a seguir explorando las inhibiciones y ansiedades que generaban sus ideas de poca masculinidad. El visible favoritismo de su madre le había conducido a sentirse culpable hacia su padre así como hacia su hermano. Todd creyó que no merecía sentirse victorioso. Sobre aquella base, siempre temía hacer el ridículo si trataba de mostrarse demasiado hombre. Hasta cierto punto, desde luego, esta ansiedad y la inhibición resultante, constituyeron una profecía que tendía a cumplirse por su propia naturaleza. Esto es lo que ocurría, ahora nuevamente, en el trabajo.

Nuestros esfuerzos para investigar el problema de Todd mediante nuestro trabajo nos condujeron a pensar primero en la inhibición y la ansiedad, luego en la fantasía mágica y el afecto depresivo, y luego nuevamente otra vez sobre la inhibición y la ansiedad. Esta forma de ir hacia adelante y hacia atrás, guiado por el progreso o no frente a la resolución de los síntomas y el surgimiento de otras observaciones, no es nada insólito y puede ocurrir varias veces a lo largo del proceso.

Las cosas elaboradas conjuntamente
, facilitan al analista tratar las inhibiciones y ansiedades de un paciente así como las fantasías reparadoras y el afecto depresivo. Cuando un paciente esta inhibido, el o ella renuncian al placer ante la percepción de peligro. Entonces la tarea del analista consiste esencialmente en animar al paciente a conseguir lograr el placer y disminuir el miedo —funcionando como un mentor, que es algo que a la mayor parte de nosotros nos gusta hacer. Por otro lado, un paciente que se recrea en la fantasía de reparación mágica también persigue el placer, aunque éste esta basado en la ilusión y condenado a acabar en decepción. Entonces, la tarea del analista consiste en privar al paciente, al menos para el momento, de la anticipación de placer —para ayudar al paciente a comprender que él o ella esperan a Godot, o que nadie pagará el adelanto o préstamo que el paciente intenta conseguir gratis, y eso a ninguno nos gusta.

A menudo la situación queda en una tentativa para el analista. Cuando el paciente lucha con el afecto depresivo y la defensa contra el, a veces el analista sin quitarle la razón, debería conspirar, quizás inconscientemente, con la fantasía de reparación mágica que influye en la experiencia del paciente en su relación terapéutica. Más adelante, cuándo se hace necesario para el analista exponer como poco real la fantasía mágica acerca de la relación terapéutica, el paciente cree con cierta justicia, que el o ella han sido seducidos y abandonados; y el analista, también con cierta justicia, está de acuerdo y se siente culpable.