La metonimia, como narcisismo entre el Yo y el sujeto

por | Revista del CPM número 17

Congreso IFPS 2008.

Tradicionalmente el narcisismo se ha descrito como algo que ocurre en el Yo. Y es así como éste podría quedar reducido  a la investidura de la imagen en el Yo imaginario. Para desplegar la hipótesis que me interesa formular, considero necesario tener presente la diferencia conceptual entre Yo y Sujeto que se postula principalmente desde Lacan.

Si bien este distingo ha sido ampliamente aludido por diferentes autores, me parece válido para los efectos del presente escrito, insistir en una caracterización del Yo y el Sujeto que he postulado en otras ocasiones: A mi entender el Yo es un sistema y el sujeto es una estructura. Un sistema requiere regularse para no tender a la entropía. Una estructura, en cambio, emerge al ser coordinada como un lenguaje que determina su funcionamiento y sus límites. Por naturaleza no tiende, como el sistema, a la dispersión. La estructura es cerrada.

El Yo es sistema, en tanto se autoconcibe como un centro virtual que funciona activa y estratégicamente en pos de la adaptación al medio ambiente. El Sujeto, en cambio, es estructura, ya que su orden linguístico lo trasciende, acotando la integración entre el todo y sus partes desde afuera. Así el Yo, por definición, es un centro imaginario activo, mientras el Sujeto, por la misma razón, es operación simbólica y pasiva de un descentramiento.

Sin embargo unos párrafos más adelante mostraré la relatividad de esta afirmación, a propósito de la imagen.

¿Qué es la imagen?

Sartre la define de la siguiente forma:

“La imagen es un acto que trata de alcanzar en su corporeidad
a un objeto ausente o inexistente a través de un contenido
físico o psíquico que no se da propiamente, sino a título de
¨representante analógico¨ del objeto considerado.”
(Sartre, 1997, pág. 34).

Para Miguel Rojas Mix, por otra parte, la imagen “se comprende
como una cosa que adopta un aspecto semejante a otra”.
(Rojas Mix, 2006. Pág.53)

La imagen es, de acuerdo a esto, paradojalmente  un acto corpóreo y representacional, vale decir, por una parte, una presentación de la cosa en primera instancia, (Dingvorstellung) el acto y, por otra, en segunda instancia, una presentación del objeto, a través de la palabra, la representación propiamente tal (Wortvorstellung). Como corporeidad, la imagen se sostiene así en un sustrato neurológico, perceptivo. Como representación depende del lenguaje que delimita tanto su contenido como el dibujo de sus diferencias.
Pareciera que la imagen, pese a constituirse en una zona intermedia entre percepción y lenguaje, seduce preferentemente al imaginario desde el lado de la percepción. Surge así un estilo de referencia respecto de la realidad que queda atrapado en lo que  Milic  Capek llamó hace muchos años “nuestro subconsciente a lo Newton o Euclides” que opera invariablemente en lo que Reichenbach delimitó como “zona de las dimensiones medias”, donde “ la geometría de Euclides y la mecánica de Newton se basan en hábitos profundamente arraigados de la imaginación y el pensamiento cuya fuerza es mucho mayor que lo que generalmente nos hallamos dispuestos a reconocer.” (Capek, 1973, págs. 16 y 17).

Ese subconsciente de que habla Capek  alude a que la imagen asegura la estabilidad y secuencialidad imaginaria, valga la redundancia, de un espacio-tiempo permanente, facilitando así el tránsito por la vida cotidiana.

Si bien el Yo, como agente de un registro imaginario, está centrado en su funcionamiento, tal centramientomiente”, ya que está construido sobre una imagen, que en esencia es lo que  se recoge desde afuera, ya sea como Yo en el espejo, como cosa en la experiencia, como objeto en la percepción o en el pensamiento. Habría, por lo cual, un descentramiento propio del sujeto, descentrado en el lenguaje, y otro característico del Yo, descentrado en la imagen.

Creo que, en tanto el Yo se esfuerza en una adaptación a la vida cotidiana, las urgencias de ésta, dan primacía a la imagen por sobre los límites que determina el lenguaje. La imagen es lo inmediato, es lo que aparece como objetivo, valor primordial este último para el funcionamiento de un criterio de realidad. La imagen constituye, entonces, el descentramiento inconciente del Yo. Es su fracaso como regulador del sistema. Es la tachadura del Yo. El Yo estaría, en verdad, preferentemente regulado por las imágenes, no por los conceptos que le dan esa ilusión de instancia centralizadora. Es el narcisismo el que inviste al Yo disimulándole esta descentralización, desanudando imaginariamente su dependencia de un Sujeto que siempre es Sujeto excéntrico, enajenado en un Gran Otro, en un lenguaje.

Lipovetsky  afirma que la aparición en la escena intelectual de lo que llama el neonarcisismo nos obliga a “registrar en toda su radicalidad la mutación antropológica que se desliza ante nuestros ojos y que todos sentimos de alguna manera, aunque sea confusamente”. Agrega que dada la transformación de un capitalismo autoritario en uno hedonista y permisivo emerge “un individualismo puro…donde la propia esfera privada cambia de sentido, expuesta como está únicamente a los deseos cambiantes de los individuos” ( Lipovetsky 2000, pág. 50).

Esto suena, en parte cierto. No obstante la idea de un capitalismo hedonista y permisivo se da, a mi entender, no sólo como consecuencia de una deriva valórica, sino también a partir de los efectos de una red simbólica que está cada vez siendo más determinada por el destino de la información procedente de la construcción de máquinas casi omnipotentes, que sirven a los deseos bastante ilimitados de este hedonismo capitalista y permisivo. En nuestra era se está dando un particular fenómeno de lenguaje que ha cambiado el tipo de comunicación y los límites dentro de los que se mueve la información. Me refiero a la informática, a Internet y al progresivo perfeccionamiento de aparatos transmisores que se están renovando cotidianamente. Podría ser atinado postular un sujeto narcisístico, es decir un sujeto de un lenguaje cuyos cortes dependen de una ley, que actualmente, al disponer de las facilidades omnipresentes de la informática, está más cercana a los deseos de los individuos que a las funciones paternales. Vale decir, estaríamos accediendo en nuestra época, a un ordenamiento metonímico más que metafórico. Postulo considerar lo metafórico como lo propio del orden  liderado por la función paterna. Lo metonímico para aquello que caracteriza el despliegue del deseo en los tiempos de la Informática.

La unidad metonímica si bien depende de otro significante, no logra con éste constituir una significación estable. El significante segundo que da sentido al primero, otorga una ilustración sólo transitoria al sentido del anterior. Cada unidad significante, en su origen, opera como un todo independiente, como una imagen, que se encadena a a los significantes segundos en una deriva sin norte, tomando cada paso como un significado que no se relaciona con una totalidad sistemática o estructural, pasand
o al otro paso, fundamentalmente porque está contiguo.

Emerge en nuestra cultura una cierta errancia del lenguaje, aquella de la que habla Caligari para la estructura psicótica. Dice este autor que cuando se habla de errancia intelectual no se trata de un pensamiento sin organización. Precisa que “se trata de un pensamiento que tiene un horizonte de totalidad, que no se autoriza a partir de una filiación, o sea de una transmisión, sino que se sustenta en sus propios recorridos y por eso sólo puede emanar de la cosa misma, como si aflorase en su superficie”. Afirma que el psicótico estaría tomado en el lenguaje sólo metonímicamente como si estuviese “errando en el lenguaje” (Caligari, 1991, págs. 20 y 28).

Siempre la locura ha estado en juego bajo el aparente orden tradicional y patriarcal de nuestras representaciones. No pretendo afirmar que es privativa de esta época. Foucault ha mostrado esto de diversas formas. Invariablemente la locura ha sido un trasfondo, un rodeo o un habitar en las fronteras, en los alrededores. La historia muestra su permanencia en nuestro orden, rondando y delatándose ocasionalmente. Hoy, al parecer, parte de esa trastienda, subyacente a la ley autoritaria de la figura patriarcal, emerge hacia la superficie. Sin embargo creo que vale distinguir entre locura y psicosis. Quizás valga la pena señalar como en la trastienda del patriarca la locura conserva, sin embargo, una estructura simbólica, mientras cuando emerge como errancia del lenguaje, toma más el semblante de lo psicótico, vale decir de aquel cuyos contenidos no pueden ser interpretados, dado que, al decir de Lacan, retornan desde lo Real.

En nombre de los principio generales, que son abstracciones, muchas veces de alto nivel de complejidad, se han realizado, en los tiempos que nos preceden, las mayores atrocidades. Vale decir, detrás de los postulados morales y judiciales subyace la locura de la crueldad humana que queda disfrazada por una normativa ética, lo que supone, no obstante, una posición simbólica. Acabo de leer un libro que informa sobre lo que ocurrió en los alrededores del año 1629 con los amotinados del   Batavia, un barco de la Compañías Holandesas de las Indias Orientales que zarpó desde Amsterdam con rumbo a Java. En su viaje encalló cerca  de unos áridos islotes vecinos a la costa oeste de Australia, donde durante un tiempo algunos sobrevivientes conducidos por un tal Jeronimus Corneliszoon se abocaron, con crueldad y refinamiento extremadamente sádico, a matar, violar y torturar al resto, sin discriminar entre hombres, mujeres y niños. Me interesa destacar lo que ocurre cuando los amotinados fueron presos. Las torturas y los ajusticiamientos que se les aplicaron fueron de tal ensañamiento que empalidecieron el horror que había despertado lo perpetrado por los delincuentes. (Dash, 2003) Innumerables testimonios de la historia y de la actualidad muestran como los justicieros se ensañan, en nombre de principios morales, cívicos o ideológicos,  en el ejercicio de la justicia con un sadismo que se justifica por obra de un recurso legal.

Estábamos diciendo que asistimos en el presente a la prevalencia de un funcionamiento metonímico en desmedro de los ordenamientos metafóricos.

Metafórico implica que la representación mental que nos hacemos de alguna realidad se localiza en dos lugares. Donde debe estar y donde está. Esto tendría que ver con la función paterna. La función del padre , de acuerdo a nuestra tradición aparece determinando los dos lugares: “Lo que importa es que tú hagas lo que yo digo o declaro, no lo que yo hago”. Hay un lugar inalterable para la ley, disociado de las licencias que se autootorga el ejecutor de ella. Es eso, a mi entender, lo que está a la base de la metáfora. La metáfora es darle dos lugares a la representación: “cuando cumples mi decir, afirmaría implícitamente el padre, te ubicas paralelamente en el  deseo de poder realizar lo que yo hago con independencia de lo que declaras”. Se da así la estructura del registro simbólico: mi deseo está circunscrito por un significante que viene del gestor de la ley.

La función paterna es la que asegura la ley. La ley se ordena por su declaración, no por su justicia. El filósofo Giorgio Agamben dice que lo que busca la justicia del tribunal es asegurar la corrección del proceso más que lo justo propiamente tal.”El derecho, dice, no tiende en última instancia al establecimiento de la justicia. Tampoco al de la verdad. Tiende exclusivamente a la celebración del juicio con independencia de la verdad o de la justicia. Es algo que queda probado más allá de toda duda por la fuerza de cosa juzgada que se aplica también a una sentencia injusta. La producción de la res judicata merced a la cual lo verdadero y lo justo son sustituidos por la sentencia, vale como verdad aunque sea a costa de su falsedad e injusticia, es el fin último del derecho.” (Agamben, 2002, pág. 16 y 17)

Lo metonímico no opera por ley, por cómo las cosas deban ser. Una palabra, en lo metonímico, ejerce su efecto por su condición significante, no por su significado estable. Ejerce su efecto por su envoltura sensórea, principalmente acústica, lo que implica que es asertiva por la existencia de la ocasión significante que se da en el momento en que aparece. La circunstancia es contigua. En lo metonímico, los cortes de la palabra están en el significante y no en el significado. En lo metonímico no se atiende a la consistencia entre lo formulado en un período anterior y lo planteado en un entorno posterior. Su temporalidad es eventual y sucesiva, no hace pasado.

Lo metonímico implica un mayor peso de la imagen en los enfoques de la realidad, dado que la imagen se redondea en el momento en que emerge, completud que seduce con su apariencia, ya que promete un mundo objetivo evidente, no interpretable. La imagen se perfila como externa y reduce la responsabilidad de la existencia. La responsabilidad es algo que cambió radicalmente a mediados del siglo XX. Creo que lo ocurrido en esos tiempos llevó a la superficie lo que ocultaba la civilización precedente y abrió a un futuro en que bajo el semblante del progreso apareció un lenguaje que se vaporiza sostenidamente en su fluir metonímico.

Theodor Adorno dice: “Luego de lo que pasó en el campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema”. (Adorno. 1962, pág. 29) Me parece que no habría que tomar esto en forma literal.)  Después de Auschwitz, habría que entender con su referencia a la imposibilidad de escribir un poema, es imposible la metáfora, ya que, en los hechos, por ejemplo el poema “Fuga de muerte” de Paul Celan, es una expresión válida de profunda y dolorosa poesía. Escribir un poema, supondrá Adorno, es sostener en la metáfora lo insostenible como acto humano que es la acción del nazismo La experiencia en esta cultura de la ferocidad, de la bestialidad, hace imposible poner el decir y el hacer en dos lugares. Se trata del pensamiento fanático. Dice el autor: “Cuanto más total es la sociedad, tanto más confinado está el espíritu y tanto más paradójico es un intento de liberarse por si mismo de la cosificación”. (Id.) La fuerza de lo declarado en la llamada “solución final” identifica, en un mismo acto lo que se afirma y lo  que se hace.

En esta misma línea, justificar racionalmente la tortura hace del emisor de la idea un torturador en suspenso, lo que equivale a un torturador en acto, que no realiza el comportamiento, debido a las circ
unstancias. Noam Chomsky declara en Le Monde Diplomatique de Octubre del 2008 que ”la administración Bush sería el primer gobierno en la historia de EE.UU. que se declara oficialmente a favor de la tortura”

El pensamiento genocida es simultáneamente un acto genocida.  El decir y el hacer es una misma cosa. No es lo mismo el pensamiento genocida que lo que ocurre con el neurótico que desea  robar, sin aplicarse a hacerlo. La índole del deseo trasgresor del neurótico es simbólica. El pensamiento del fanático se da en una acto que no se concreta debido a algo eventual. No es posible la metáfora. La frase de Adorno quizás implica: “Desde Auschwitz no podremos ya más simbolizar la vida”. ¿Es Auschwitz un pasaje al acto de la cultura patriarcal, preanunciado, por ejemplo, en los abusos del colonialismo, pasaje al acto donde ya no es posible la interpretación?.

Agamben, el filósofo recién citado, aclara, a propósito de Auschwitz,  que afirmar que lo que ocurrió allí es indecible o incomprensible, equivale a adorarle en silencio, como se hace con un dios, es decir, significa, a pesar de las intenciones que puedan tenerse, contribuir a su gloria. Nosotros, precisa, por el contrario, “no nos avergonzamos de mantener fija la mirada en lo inenarrable. Aún a costa de descubrir que lo que el mal sabe de sí, lo encontramos fácilmente también en nosotros”. (Agamben. 2002, pág. 32)

Adorno, a su vez,  afirma que “la unidad de lo colectivo manipulado consiste en la negación de todo lo singular; es una burla dirigida a esa sociedad que podría hacer del individuo un individuo. La horda, cuyo nombre retorna en la organización de las ¨Juventudes Hitlerianas¨ no es una recaída en la  antigua barbarie, sino el triunfo de la igualdad represiva, el desplegarse de la igualdad jurídica como injusticia mediante los iguales”  (Adorno 1970, pág 26).

Ambos autores aluden a algo que tiene que ver con el lugar en que queda, en último término, nuestro pensamiento, nuestra idealizada capacidad de pensar, nuestra racionalidad. Esa burla al individuo que señala Adorno, traducida en una igualdad represiva, que oculta, en los profundos pliegues de nuestra oscuridad, el peso de la horda, ¿no está insinuada en los placeres y beneficios que nos ha prometido últimamente la denominada “globalización”? ¿No ha sido inenarrable, la miseria, el hambre, la guerra, que han acompañado y acompañan, desde siempre, la definición político económica del ser humano? Si fijamos la mirada en la metáfora y no nos escondemos en la metonimia, ¿podría invadirnos la vergüenza de que nos habla Agamben?.

Creo que Auschwitz, y todo lo que lo acompaña, llevó a la culminación de lo que se sostuvo ideológicamente en estos últimos siglos a través de un discurso organizado por  la metáfora. Este fracaso de la metáfora ha dejado al mundo a merced de la imagen. Estamos ante el desfallecimiento del orden paterno, que llevaba en su interior la fuente de su propia vacilación.

La ley patriarcal, que ha dado lugar a la consideración de principios abstractos que ordenan el deber ser de todo comportamiento humano, ya sea en el modo de relacionarse con los otros, en la tolerancia o intolerancia a la vida sexual, en lo relativo a la distribución de los bienes, en la amplitud del despliegue de la autoridad, en el ejercicio de la técnica, en la justificación, lo sabemos, de la tortura, del genocidio, de la explotación, para satisfacer razones superiores. Los derivados de esta división metafórica de los lugares de la palabra, parecen dislocarse en el último tiempo. Hoy el mundo asiste a las consecuencias catastróficas de lo que alguien hace algún tiempo llamó capitalismo salvaje. El mundo hoy está desorientado, desconcertado, descolocado  mientras se delata con sus quiebres, lo que ocultó el colonialismo, la burguesía ventajera, la idealización de los sistemas económicos. Está quizás ocurriendo una transformación que induce a reconsiderar el valor omnipotente que se le ha dado a la noción de sistema, revisando el peso que puede tener en nuestros destinos el carácter de descentramiento del sujeto.

La informática, como lo decíamos, promueve una mutación en el uso del lenguaje, mostrando, en su deriva metonímica, el desfallecimiento de la ley patriarcal. Internet lesiona la autoridad de la diferencia. Hay una tendencia a la mezcla,  como respuesta, posiblemente, a la instalación tradicional de la diferencia autoritaria que convertía el uso del poder en su abuso. Se vive en  un cúmulo de información teñida preferentemente por un acercamiento sorprendente del horizonte, que por definición siempre debería estar alejándose, como sentido o como meta.

Parece ser cierto que existe esa  “mutación antropológica” de la que habla Lipovetzki, un sobrepeso de los deseos cambiantes de los individuos en nuestra sociedad, posibilitados por el imperio de una ley que parece ondear más que marcar lugares estables.

Michel Tort, a quien he mencionado en otras ocasiones respecto al párrafo que leeré, señala, comenzando su libro llamado “El deseo frío”: “Asistimos en Occidente a una considerable y extraña transformación de las identidades, referida tanto a las condiciones procreativas… a las formas de parentesco y filiación, como a la misma identidad sexual. No se trata de fenómenos individuales aislados, sino de evoluciones colectivas entabladas con mayor o menor amplitud y formidablemente mediatizadas por algunos. Dichas transformaciones alcanzan las propias estructuras de los sistemas simbólicos que rigen la identificación de los sujetos en todas las sociedades conocidas.”  (Tort, 1994, pág. 5)

Lo planteado desde la sociología por Manuel Castells, ratifica, profundiza e ilustra esta transformación en las estructuras de los sistemas simbólicos de que habla Tort. Castells declara que …”Hacia el final del segundo milenio de la era cristiana varios acontecimientos de trascendencia histórica han transformado el paisaje social de la vida humana. Una revolución tecnológica, centrada en torno a las tecnología de la información, empezó a reconfigurar la base material de la sociedad a un ritmo acelerado. Las economías de todo el mundo se han hecho interdependientes a escala global, introduciendo una nueva forma de relación entre economía, estado y sociedad”. (Castells, 1997, pág. 31) Más adelante afirma “Un nuevo sistema de comunicación, que cada vez habla más un lenguaje digital universal, está integrando globalmente la producción y distribución de palabras, sonidos e imágenes de nuestra cultura y acomodándolas a los gustos de las identidades y temperamentos de los individuos. Las redes informáticas interactivas crecen de modo exponencial, creando nuevas formas y canales de comunicación y dando forma a la vida a la vez que ésta le da forma a ellas.”  (Id. pág. 32)

Postula posteriormente que: “En el nuevo modo de desarrollo informacional, la fuente de la productividad estriba en la tecnología de la generación del conocimiento, el procesamiento de la información y la comunicación de símbolos”. Surge así “un nuevo paradigma tecnológico basado en la tecnología de la información” (Id. pág. 47)

Ya no es el padre  quien determina el orden de la información y el ámbito de los símbolos. La tecnología de la comunicación  se despliega lingüísticamente por la imagen que va hac
iendo  de la historia un sucederse temporal, cuya velocidad deshace lo pretérito en una apertura al futuro de tal índole que pareciera un vértigo que hace exclamar a Mafalda: “Paren, paren, que me quiero bajar”. La imagen, a mi entender, siempre dominó la razón, desde una superposición transparente con la emisión de ideas, de conceptos, de valores. Ahora, al parecer, ya no se transparenta, sino cada vez más se está situando en el lugar de la Metáfora del Nombre del Padre, de que habla Lacan.

Se está dando algo cercano a un narcisismo tan omnipotente como evanescente en el devenir de los eventos sociales o individuales. Un narcisismo que, desde la imagen del Yo, transita por la existencia imantado por las imágenes, pasando alternativamente de la arrogancia al desaliento. En este sentido distinguíamos al principio entre Yo como sistema y Sujeto como estructura. Vimos que ambos estaban descentralizados, el Sujeto en el Lenguaje, el Yo, en la imagen. Sin embargo el Yo se vive a si mismo con la ilusión de ser centro de sus actos, de ser un sistema potente y eficiente. Esto puede ser la marca máxima del narcisismo del Yo que se ha irradiado a una cultura que promueve la independencia y la omnipotencia manifestada en el despliegue de un  imaginario ideativo y práctico que promete el poder total. “Lo imposible es nada”, se leía hace algún tiempo en una aviso propagandístico. Lo que implica que “Lo posible es todo”, frase que conlleva en su centro una potencia suicida, en la medida que el orden de posibilidad concebido así es impredecible. Y las consecuencias de esto impredecible frecuentemente se acompañan de una desoladora caída de la arrogancia.

Dicen que las catástrofes son la posibilidad del cambio.  Podría ser que cuando el ser humano recupere su sentido temporal, y comprenda que él es radicalmente su pasado,  que es su propia historia, tal vez alcance una coherencia entre el hacer y el decir. Quizás allí se reformule la ley de un padre distinto del patriarcal, donde la metáfora sea sólo un testimonio de la distancia insalvable entre la representación de la propia existencia y su condición de real impensable. Quizás allí tome lugar aquello que Melanie Klein llamó Posición Depresiva, donde se invista la frase que citábamos de Agamben: “No nos avergonzamos de mantener  fija la mirada en lo inenarrable. Aún a costa de descubrir que lo que el mal sabe de sí, lo encontramos fácilmente también en nosotros”.

Podría de esa manera abrirse el hombre al sentido de lo coherente y empezar verdaderamente a responsabilizarse de su palabra. Encontrar una metáfora que sea fuente de una Ley que inspire más la búsqueda de la justicia, que la corrección del proceso.

Algo que parece no estar ocurriendo todavía.

 

BIBLIOGRAFIA

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