La Histeria, fundadora del Psicoanálisis.

Revista del CPM número 20

Por Javier Ramos García

Javier Ramos García
Psicólogo Clínico del Hospital Universitario 12 de Octubre (Madrid).

Por un momento me encuentro en la interesante posición de no saber si lo que voy a decir debería ser considerado como algo familiar y evidente desde hace tiempo o algo completamente nuevo y sorprendente.
Sigmund Freud, 1938

El embuste, lo quieras o no, tiene algo de mito, y un mito, sin duda, tiene algo de verdad.
Francisco Casavella, 2008

 

Resumen

El hecho de que el edificio teórico del psicoanálisis se haya construido a partir de la escucha inaugural del discurso que emana de la histeria tiene inevitables consecuencias. Entre ellas, desde luego, la dificultad para legitimarse como epistemología científica al ocuparse de una enfermedad que, como Freud advertía ya a finales del siglo XIX, extiende su descrédito tanto a los pacientes que la sufren como a los estudiosos que se afanan por desentrañarla. Escurridiza, desconcertante, camaleónica, irritante, la histeria ha sido despreciada por mentirosa, perseguida por demoníaca, tratada con el furor y la conmiseración que toda enfermedad merece y, finalmente, ignorada y excluida del campo de juego tanto por una psiquiatría que se pretende médica como por una psicología que abraza el cientifismo. El enfoque psicoanalítico, al proponer una aproximación por completo diferente, al vislumbrar el acceso a la verdad desde las narraciones mentirosas de la conciencia y teorizar la construcción del psiquismo sano desde la travesía neurótica se muestra incómodo ante las ciencias naturales (aunque también ante las del espíritu), lo cual determina el desencuentro con la medicina y con la psiquiatría.

Revisando los primeros escritos de Freud, aquellos anteriores al comienzo del siglo XX, encontramos dos fragmentos que no sólo se encuentran entre los más difundidos del psicoanálisis, sino que contienen varios de los elementos característicos de esta escuela de pensamiento y que, al tiempo que marcan algunas de sus señas de identidad, han sido asumidos por sus numerosos enemigos como piezas fundamentales en el argumentario desplegado para el desarrollo de sus ataques.

Ambos pasajes proceden de escritos referidos a la histeria, entidad nosológica sin la que sería inconcebible el psicoanálisis y en cuya investigación hunde éste sus raíces para tomarla como punto de partida en un momento en que, como relata Freud en su bella nota necrológica dedicada a Charcot, el descrédito de esta dolencia era de tal magnitud que se extendía a los médicos dedicados a su estudio (Freud, 1893c, pág. 34).

El primero de estos fragmentos aparece en la última parte de los Estudios sobre la histeria, dedicada a la psicoterapia de la neurosis por excelencia. El párrafo con el que finaliza este texto de 1895 hace referencia a la frecuente objeción expresada por los pacientes de Freud cuando éste les prometía un alivio a través de la cura. Con acusado desconcierto, los enfermos manifestaban sus dudas del siguiente modo:

“Usted mismo me ha dicho que mi padecimiento depende probablemente de mi destino y circunstancias personales. ¿Cómo no pudiendo cambiar nada de ello, va a curarme?”(Freud, 1895; pág. 168).

La respuesta dada por Freud terminaría por convertirse en una de las más célebres sentencias psicoanalíticas:

“No dudo que para el Destino sería más fácil que para mí curarla, pero ya se convencerá usted de que adelantamos mucho si conseguimos transformar su miseria histérica en un infortunio corriente. Contra este último podrá usted defenderse mejor con un sistema nervioso nuevamente sano” (Ibíd.; pág. 168).

El segundo de los textos nos remite a la famosa carta que el pensador vienés escribe a su amigo Wilhelm Fliess, a la vuelta de un verano de intenso autoanálisis, el 21 de septiembre de 1897. Tradicionalmente se alude a esta fecha como la del acta de defunción de la teoría de la seducción (1), y enmarca el momento en el que el fundador del psicoanálisis confiesa por escrito y con pesar contenido el gran secreto que en el curso de los últimos meses se le ha ido revelando paulatinamente: ya no cree más en su neurótica (Freud, 1897; pág. 3578; Gay, 1996)(2). Se hace imposible, pues, soslayar por más tiempo la mentira del relato histérico, de tal suerte que el trauma, que venía siendo aceptado como vivido y sufrido por el paciente en su biografía real, debe ser puesto en cuestión. Lo cual supone a su vez el desmoronamiento de todo el entramado teórico construido en torno a él.

Sin embargo, y lejos del desaliento, en esa misma carta dolorosa, asistimos al modo en que Freud encuentra una salida que le permitirá acceder a un elemento que se constituirá en central en su desarrollo teórico, y que supondrá un paso decisivo en el advenimiento de una teoría propiamente psicoanalítica: emerge el concepto de fantasía inconsciente y, con él y como corolario, el de realidad psíquica -que a partir de ahí no se verá ya condicionada rígidamente por la realidad material externa-, a su vez íntimamente relacionada con el descubrimiento de una sexualidad infantil (Freud, 1933; pág. 3169).

Así las cosas, se hace preciso en este punto insistir en el hecho crucial de que el psicoanálisis nace (tal y como se evidencia en los dos textos presentados) en el encuentro con la histeria: No es posible pensar en el primero sin la segunda. Y eso es así hasta tal punto que ésta ha sido reivindicada en numerosas ocasiones como la descubridora de aquél, al exigirle a Freud desde el diván –en un gesto que no cesará de repetirse en los encuentros de los pacientes con sus terapeutas(3)– que callase un instante, que dejase de hablar, prestase atención y se dispusiese a escuchar lo que ella tenía que decir (Freud, 1895).

De la mano de la histeria, el psicoanálisis se topa con sus descubrimientos fundamentales, ya que el inconsciente, la fantasía inconsciente, el conflicto defensivo, la represión, la identificación, la transferencia o, como se evidencia en la famosa carta a Fliess, la realidad psíquica, son parajes de conocimiento inexplorados hasta que Freud se decide a seguir a esta guía excepcional (Laplanche y Pontalis, 1968; pág. 175).

Y es necesario contemplar y subrayar que tener a la histeria por compañera de viaje privilegiada habrá de teñir de un modo trascendente el destino del pensamiento psicoanalítico. La histeria milenaria, cuya larga historia se remonta a la medicina hipocrática, ha sido tenazmente perseguida por la ciencia sin que ésta haya sido nunca jamás de aprehenderla. La histeria siempre ha puesto en evidencia los límites del saber, siempre ha señalado la insuficiencia de los discursos sobre ella misma, siempre ha puesto en jaque a la medicina. Quizás en parte por ello ha sido siempre tan irritante y tan atacada, tan capaz de mover al escándalo. Hasta que, invencible, ha te
rminado por ser negada, desterrada como entidad conceptual de las nosografías imperantes a finales del siglo XX y en los albores del XXI.

Y así, ¿qué suerte se podría esperar que corriera una ciencia que se construye a partir de su estudio?.

Se considera tradicionalmente a Descartes como la figura inaugural, en el siglo XVII, del pensamiento de la modernidad, padre del paradigma científico-racionalista que subyace a la moderna medicina. Sus descripciones convirtieron eficazmente al cuerpo humano en un mecanismo de relojería y se estableció a partir de ellas una nueva distancia no sólo entre alma y cuerpo, sino también entre la queja del paciente y el ojo del médico (Illich, 1976; pág. 664). Es en esa época cuando Sydenham lleva a cabo una denuncia histórica al poner en guardia a los médicos respecto a una condición, la histérica, que intenta imitar con todo tipo de añagazas, farsas y patrañas a las auténticas enfermedades orgánicas (Capellà, 1996; págs. 21-3; Israël, 1976; pág. 6). La condena que el considerado como el Hipócrates inglés hace de la histeria ejemplifica a la perfección la preocupación por fijar los límites legítimos de lo que la verdadera enfermedad es, y la necesidad de expulsar de los hospitales (y del campo propio de los saberes científicos) a aquellos embusteros maliciosos e inmorales que traicionan sin pudor las reglas del juego médico.

Las actitudes médicas respecto a la histeria se dividirán pues en dos grandes grupos: uno la rechazará, insistiendo en que los histéricos no son verdaderos enfermos, son enfermos a los que no les pasa nada, simples farsantes que no merecen la atención de los saberes médicos; mientras que otro replicará, siguiendo a Charcot, que las histerias, en tanto que “enfermedades mentales”, son enfermedades iguales a las demás(4).

Y, junto a estas dos posturas, la revolución psicoanalítica, que supera esta oposición y que despunta teniendo a la histeria como cuadro princeps, a la que legitima, sí, como enfermedad, aunque como una enfermedad diferente a cualquier otra (Ramos García, 2007; págs. 311-2).

Ese septiembre de 1897, Freud aparece inundado de dudas respecto al origen y la explicación de las neurosis; dudas que, lejos de atribuir al agotamiento o a un estado de ánimo deprimido, considera resultantes de un trabajo intelectual sincero y enérgico y de una capacidad de autocrítica de la que no puede sino sentirse orgulloso (Freud, 1897; pág. 3579).

No sólo no se siente avergonzado por el engaño sufrido, sino que, por extraño que pueda resultar, experimenta al comprender la trampa que la histeria le ha tendido más una sensación de triunfo que de fracaso (Ibíd.; págs. 3579-80).

Y probablemente no resulte demasiado costoso intuir el motivo de tal excitación triunfante, dado que se está gestando en esos momentos, al dictar la histeria su primera lección, la condición de posibilidad para la profunda y radical transformación de la propuesta psicoanalítica.

En efecto, Freud está anticipando ya el vislumbre de territorios ignotos, de fuerzas desconocidas que se apresta a convocar para escándalo del orden científico establecido.

Si no es posible conciliar a los dioses celestiales, Freud se declara dispuesto mover a las fuerzas del infierno, y no duda en proclamar como indispensable la convocatoria de la histérica demonizada en su incansable tarea de conquista de la verdad del inconsciente (Freud, 1900; pág. 343). Lejos de desfallecer o de expulsar iracundo a quienes habían abusado de su credulidad, el médico, si cabe más atento ahora al discurso neurótico, inaugura en su consulta de la calle Berggasse la escucha analítica, y descubre así que el habla consciente de los pacientes no es más que una emanación de otra habla, la inconsciente, que nos conduce a los orígenes de la histeria (Israël, 1976; pág. 10).

Freud acepta sin fastidio que no tiene más remedio que sofocar sus pretensiones como estudioso de la histeria. Ha de acostumbrarse ahora de nuevo “a callar y a ser humilde”, a escuchar en silencio y a asumir el enigma, la duda, la ausencia de certeza como enseñanzas de la histeria que se convierten en refugios conceptuales imprescindibles para su tarea investigadora (Freud, 1897; pág. 3580). Freud se dispone así, Ulises invertido, a cerrar los ojos para comenzar a escuchar, convencido, ya desde sus inicios, de que sus actos médicos han de basarse en lo propio del hombre, que es la palabra; osando de este modo dejarse sorprender por aquellos pacientes histéricos a los que, cuanto menos ve, cuanto menos guía, cuanto menos toca, más se disponen a hablar. “Freud escuchó a los histéricos, y fueron ellos los que le enseñaron a callar, a no tratar de imponer sus preguntas, a dejarlos libres como nunca habían podido ser” (Israël, 1976; pág. 225).

El provocador cuestionamiento que del saber lleva a cabo la histeria es lo que le confiere su carácter revolucionario, lo que la coloca en los inicios de la revolución psicoanalítica al incitar a la sospecha y al abrir, desde su narración mentirosa, las puertas para la socavación de la credibilidad del discurso de la conciencia y el acceso al inconsciente. La histeria, incómoda y exasperante, acompañará siempre al psicoanálisis en su imparable progreso hacia una irremediable demolición del imperio de la razón ilustrada.

Y así, de ese modo, se presenta y se constituye la histeria como elemento central en el primero de los pasajes a los que se hacía referencia al comienzo de este apartado. En efecto, los Estudios sobre la histeria (Freud, 1895) suponen una suerte de carta fundacional del psicoanálisis como modelo teórico que pretende una explicación de las causas de la enfermedad neurótica y propone un método terapéutico para el abordaje de la misma. Cierto es que le preceden el Estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas y el trabajo sobre Un caso de curación hipnótica, escritos ambos entre 1892 y 1893, pero es en los Estudios sobre la histeria donde se esboza un primer modelo, donde se adelanta algo de lo que se verá con más claridad en el insigne capítulo VII de La interpretación de los sueños (Freud, 1900), ya con alusiones a la sexualidad como factor traumático de primer orden, capaz de explicar la histeria.

A un tiempo, Freud anticipa en este temprano trabajo dos propuestas radicalmente novedosas acerca del sufrimiento humano:

La primera, apela a éste, al dolor psíquico, al desbordamiento emocional, como causa y elemento explicativo de una enfermedad, la neurótica, que se presentaba a los médicos desde la antigüedad como una dolencia del cuerpo en la que las manifestaciones sintomáticas eran fundamentalmente físicas: cegueras, parálisis, dolores físicos… Y más aún: en una todavía más provocadora vuelta de tuerca epistemológica, la teorización freudiana va a situar el origen de ese desbordamiento emocional, de ese dolor psíquico, no en el impacto traumático de una realidad exterior demoledora, sino en la desmesura que para el psiquismo supone un
a sexualidad incestuosa que precisa de una trama mítica para ser enfrentada.

La segunda de estas propuestas, quizás aún más sugerente y escandalosa, asume con sorprendente sencillez las limitaciones de la cura apuntando implícitamente que es el infortunio y no la felicidad el continente a ser habitado por el ser humano quizás sí, neurótico, pero libre. Y libre también, en virtud, precisamente, de ese recorrido neurótico, de la enfermedad de la neurosis.

Entendamos bien este punto, pues resulta absolutamente fundamental: Freud está planteando aquí que es el itinerario de la neurosis, el recorrido de aquello que en 1909 va a denominar “histeria normal”, el que ha de transitarse en el proceso de constitución del psiquismo: es esa y no otra la manera en que la criatura que sale del vientre de su madre, que nace del sexo y sin lenguaje, va a poder acceder al estatuto de ser humano, al ser atravesado por una ley inaugural incuestionable. Así es, y de ninguna otra forma, como el hombre va a poder alcanzar el lugar desde el que es posible abandonar su autoculpable minoría de edad (Kant, 1784). Porque no existirá el ser humano libre sin falta, sin deseo, sin ley. No existirá sin neurosis. Y no existirá, pues, anodino(5) y sin sufrimiento; ya se exprese éste en un registro puramente psicológico y sentimental o se derive hacia una vertiente somatizada, transmutado en un dolor del cuerpo.

De este modo, Freud desafía a las ciencias naturales al señalar las carencias de una medicina incapaz de enfrentar los oscuros territorios de lo psicológico, del inconsciente, de la sexualidad poderosa y traumática de la infancia. Y pone asimismo en aprietos a las ciencias del espíritu al romper con la ingenua pretensión de un sujeto moral dueño de su destino y proclamar a la neurosis como esa pieza -extraída y conquistada en su batalla con la psicopatología- sin la cual no es posible arribar a una existencia digna en la que el hombre pueda tener el atrevimiento de valerse de su propio entendimiento. Al precisar que será imposible prescindir de ese elemento epistemológico nuevo en la pretensión de concebir a un ser humano que, por obra y gracia de la educación, aparezca dotado de una ley práctica, universal y racional; capaz de determinar y dominar limpiamente su voluntad; liberado, gracias a la razón, de la esclavitud marcada por las propias inclinaciones y del sometimiento a las reglamentaciones divinas y extramundanas; poderoso al fin para emanciparse como sujeto crítico que no precisa del mito, y que puede avanzar de forma autónoma, tomando sus propias decisiones, hacia una existencia que, regida por la kantiana facultad superior de desear (Kant, 1788; A 40) no puede sino verse coronada por la felicidad que merece (Ibíd.; A 199).

No es infrecuente en Freud un proceder partiendo de lo patológico para caminar así hacia la comprensión del funcionamiento psicológico normal. De este modo inicia, por ejemplo, sus Tres ensayos para una teoría sexual (Freud, 1905), que abre con el dedicado a las aberraciones sexuales en su intento de construcción de una teoría general de la sexualidad. De esa misma forma, el investigador vienés se servirá de sus pacientes, de la escucha de las narraciones de sus enfermos neuróticos, para el desarrollo de una propuesta de explicación del psiquismo normal, resultándole en ocasiones difícil deslindar la neurosis de la normalidad, las vicisitudes de la histeria de las propias de la organización psíquica del sujeto sano, lo cual supone que, también aquí, una vez más, será la neurosis –la neurosis histérica- quien habrá de conducirnos en la exploración de los vericuetos del aparato psíquico libre de patología.

Una travesía llena de paradojas y hallazgos metafóricos. A través de la patología para comprender los entresijos del aparato psíquico normal. Desde los márgenes de la neurología y la anatomopatología charcotianas para arribar a la fundación de la psicología profunda. Abriendo las puertas a esos parias de la medicina que eran las neurosis para dar la bienvenida a la histeria ilustrada y aristocrática. Buceando en el cuerpo para descubrir la psique.

“¿Cómo reclutó Freud a sus primeros histéricos? La pregunta no es difícil. Es probable que, cuando se instaló en 1886, sus primeros clientes fueran los mismos que los de los médicos de cien años más tarde: histéricos que iban por su propio pie porque habían sido desahuciados por otros médicos, así como histéricos dirigidos al nuevo compañero por otros médicos que mataban dos pájaros de un tiro: se deshacían de los enfermos enojosos y a la vez se engreían de facilitar trabajo a los nuevos médicos” (Israël, 1976; págs. 224-5).

No podía ser de otra manera, siendo el cuerpo histérico todo un misterio de sensaciones al que se había observado mucho pero escuchado poco. “Perversiones de la sensibilidad, escribía Briquet. Es decir, en primer lugar, las anestesias. Piel, músculos, huesos, órganos de los sentidos, “membranas mucosas”, y tutti quanti.  Después, en segundo lugar, las hiperestesias, véase “hiperalgesias”: ¡todo lo contrario!, pero, de la misma manera, en todas partes y de todas las especies: “dermalgias”, “miosalgias”, “cefalalgias”, “epigastralgias”, “raquialgias”, “pleuralgias”, “celialgias”, “toracalgias”, “mielisalgias”, “artralgias”, “neuralgias”, “hiperestesias laringo-bronquiales”, “sofocaciones pseudocropales”, “hiperestesias de las vías digestivas”, “nefralgias”, “cistalgias”, “histeralgias”… Cada órgano del cuerpo histérico contaría, pues, con su propio dolor” (Didi-Huberman, 1982; págs. 238-9).

La Salpêtrière, esa suerte de infierno femenino que en el último tercio del siglo XIX era habitado por cuatro mil mujeres incurables o locas cautivas tras sus muros, será el lugar en el que Charcot redescubrirá la histeria. Éste será también el lugar al que Freud se dirigirá para terminar su formación e iniciar su viaje psicoanalítico. Para pasar de las descripciones exhaustivas, agudamente trazadas por Charcot, de los “estados del cuerpo” (Ibíd.; pág. 41) a la comprensión psicoanalítica de las leyes propias de esa “bestia negra”, de esa “aporía convertida en síntoma” (Ibíd.; pág. 95).

Como señalábamos más arriba, será ya en su consultorio de Viena donde Freud inaugurará la escucha analítica, gracias a la cual “la histeria volvió a hacer temblar las bases epistémicas de la neuropatología” (Ibíd.; pág. 111). Pero fue necesario para ello que el fundador del psicoanálisis asistiera antes al gran teatro de la histeria en la Salpêtrière. “Había sido necesario asistir al espectáculo y su dolor, había sido necesario llenarse los ojos por completo” (Ibíd.). Había sido necesario –y lo siguió siendo- pasar antes por el cuerpo.

Freud, sin embargo, no tardó mucho en entender, en el discurso de sus histéricos, la universalidad de la temática sexual (Israël, 1976; pág. 227), que no cesaba de aparecer en sus narraciones (tanto más cuanto que el maestro vienés dejaba absolutamente libre el campo para ello).

Freud estaba persuadido en los inicios de su obra de que el enfermo
histérico había sufrido en su infancia una experiencia traumática de índole sexual. Ésta fue la primera formulación freudiana, extraída directamente del discurso recogido en boca de las histéricas, y el primer esbozo de una teoría patogénica (Ibíd.). Observaba así el médico en sus primeros casos los vestigios de la fuerza demoledora de una sexualidad adulta e incestuosa que incidía sobre el niño, al que tomaba de  improviso, obligándole a asumir, impotente, su papel de víctima. No había sentimiento de terror ni de angustia consciente en el niño, sino que la violencia del trauma era recibida inconscientemente. Petrificado y sin voz, con un aparato psíquico inmaduro e incapaz de asimilar el impacto sufrido, el niño sufría inconscientemente un exceso de tensión inasimilable y errabunda que no llegaba a descargarse en una llamada de socorro o en la acción motriz de la fuga. Como se vio más tarde, lo fundamental, en cualquier caso, más aún que la naturaleza del impacto de la agresión exterior, sería la huella psíquica que el trauma deja, la señal impresa sobre la superficie del yo, la representación psíquica intolerable y penosa, sobrecargada de afecto (Nasio, 1990; págs. 26-8).

En Las neuropsicosis de defensa, Freud (1894) introducirá uno de sus aportes más importantes y originales de cara a la comprensión de la etiología de la histeria al destacar la importancia que para ésta tiene la articulación defensiva del yo ante la representación psíquica intolerable y traumática, generadora de sufrimiento. Según este planteamiento, que le llevará a acuñar el término de histeria de defensa, el elemento patógeno fundamental será el intento de neutralización de la representación intolerable, y no tanto la representación en sí. Tal representación, por efecto de la represión impulsada por el yo, es aislada, enterrada como lo estuvo Pompeya, de modo que, separada del resto de las representaciones organizadas de la vida psíquica, conserva intacto su poder patógeno de la misma manera que Pompeya se mantuvo intacta y protegida de la erosión mientras estuvo enterrada. Así, será lo desafortunado de la defensa lo que conferirá una mayor virulencia a la representación que se pretendía neutralizar.

La desventura neurótica deviene entonces tal como consecuencia de la imposibilidad para convivir con ideas y afectos que, desmesurados e intolerables, han de reprimirse, disociarse, arrinconarse al ser expulsados del campo de la conciencia pues, en caso de tener acceso a ella, provocarían un dolor tan intenso, una tensión tan brutal que resultaría insoportable. La represión resulta, sin embargo, un remedio fracasado, de modo que sólo con la reasimilación de esos cuerpos extraños, que toman sentido y se tornan aceptables cuando se concilian con la propia historia y el propio psiquismo, se hace posible el acceso a una convivencia con el propio malestar ya en el ámbito del vivir cotidiano.

En caso contrario, el conflicto -generado por la lucha entre la representación psíquica que trata de emerger y liberarse de su sobrecarga de afecto, y la represión que se opone a ella- se inscribirá en el registro de lo patológico derivando hacia un sufrimiento en el plano del pensamiento (neurosis obsesiva), hacia el sentimiento de un peligro acechante en el mundo exterior (fobia) o hacia un sufrir en el cuerpo (histeria de conversión).

Las histerias serán, por su número y su complejidad aquellas capaces de invocar con mayor ímpetu la curiosidad y la inteligencia de Freud, el cual, en su necesidad de comprenderlas, en su denodado esfuerzo por superar la aporía que presentan, no pedirá más que “el permiso de pasar al campo de la psicología” (Didi-Huberman, 1982; pág. 171). Paso que hace y que conllevará la revolución en la explicación psíquica del sufrimiento conversivo.

La conversión histérica es pues una conversión del sufrimiento psíquico en un sufrimiento somático que podrá expresarse en forma de sarpullidos en la piel, afonías repentinas, parálisis extemporáneas, crisis de llanto o de angustia, dolores difusos o localizados, accesos de asma o tos, cefaleas y, por supuesto, inhibiciones o alteraciones sexuales. En un momento dado, un suceso externo o interno desencadena un dolor psíquico, un sufrimiento emocional que deriva hacia una constelación sintomática incomprensible y misteriosa, difícil de filiar y de tratar. Un pequeño fracaso en una empresa enfrentada con entusiasmo; el fallecimiento de un familiar quizás tampoco demasiado cercano; la consecución, al fin, del objetivo tan largamente anhelado; la opción decidida por una de las alternativas barajadas; la boda de la amiga inseparable a la que le resultaba tan costoso emparejarse; el enriquecimiento repentino e insospechado de un hermano; un nimio acontecimiento al que resulta inconcebible conceder un valor que vaya más allá de lo anecdótico; un mínimo cambio en el entorno puede desencadenar un terremoto afectivo al reactivar de un modo feroz e inefable la huella dejada por lo traumático y penosamente enfrentado por las defensas del yo.

Tal y como se señalaba ya más arriba, a Freud, muy pronto la teoría del traumatismo sexual le pareció insuficiente (Israël, 1976; pág. 228). De tal suerte que no habrá de pasar mucho tiempo antes de que el pensador vienés (1897; pág. 3578) introduzca una modificación importante a esta propuesta traumática de la etiología de las neurosis: Poco después de esbozada la primera teoría, comprenderá que realmente no es posible que sea tan frecuente ni la presencia de padres perversos ni la de este tipo de experiencias traumáticas(6), de índole sexual, en los pacientes aquejados de neurosis histérica. Y será entonces cuando, desengañado de las narraciones de sus neuróticos, llegue a la conclusión de que no hay modo de distinguir la verdad de una ficción afectivamente cargada. De tal desencanto, “de este derrumbe general de todos los valores, sólo la psicología queda intacta”, gracias a la introducción de las nociones de fantasía inconsciente y de angustia fantasmática como elementos causales de la histeria (Freud, 1897; pág. 3579). En ellos está la verdad, otra verdad, la del inconsciente. Es así como nace la psicología profunda, como emerge la vertiente inconsciente del ser humano, como la histeria va a permitir acceder a comprender el nacimiento del sujeto neurótico atravesado por el complejo de Edipo.

No es preciso ya descubrir un acontecimiento traumático real en la historia del paciente, ni la representación penosa necesita surgir de una remota seducción sexual cometida por un adulto. La propia sexualidad infantil, siempre exorbitante y extrema, siempre desmesurada en relación a los limitados recursos físicos y psíquicos del niño, se convierte en un foco de sufrimiento inconsciente. Se convierte en traumática y patógena dado su carácter excesivo y desbordante. Sobre ella se asienta el deseo, y éste, si llegase a cumplirse de un modo absoluto, sin la restricción legal que impone la ley edípica -dolorosa pero necesaria-, sin la protección fantasmática de la prohibición del incesto y de la angustia a ella aparejada, podría devenir en un goce ilimitado y absoluto, enloquecedor y capaz de aniquilarlo (Nasio, 1990; págs. 40-2).

El deseo implica un exceso energético que el psiquismo afronta y contiene con la formación de escenas f
antasmáticas tan verdaderas y eficaces en el plano psíquico como lo eran las situaciones traumáticas acaecidas en la realidad. A través de ese drama, la tensión deseante se atempera, y toma la forma de angustia merced a su integración en el libreto fantasmático al que se circunscribe. Claro está, siempre que la criatura humana disponga de palabras, de piezas de lenguaje con las que construir una historia; de elementos retóricos con los que poder articular, simbolizar, dramatizar la tragedia mítica en la que se ponen en juego los deseos inconscientes incestuosos y parricidas. Siempre que los componentes gramaticales disponibles, procedentes de cosas vistas y oídas, del universo cultural y relacional en el que el infans nace, permitan la inscripción de una leyenda con la que atravesar la complejidad edípica, de tal suerte que se haga posible el abandono de la posición fálica(7), la separación de la madre y la asunción de la ley de leyes, ordenadora y legalizadora de un cierto estatuto humano en el que el sujeto sale de un lugar de sujeto sujetado para convertirse en sujeto del deseo.

En lo que se refiere al recorrido seguido por la histeria desde su lugar de origen, ya se sitúe éste en un impacto traumático proveniente del exterior o en el desbordamiento patógeno de la propia sexualidad infantil, su camino pasará en cualquier caso por la actividad inconsciente de una representación psíquica sobreinvestida y generadora de un nivel de angustia que, desbaratando la acción de la represión, derivará finalmente, en la mayoría de los casos(8), en un trastorno del cuerpo.

Así era, desde luego, en las últimas décadas del siglo XIX. Y así, de la mano de un cuerpo doliente se presenta la histeria en las consultas desde los tiempos de Charcot, si no ya desde Hipócrates. Así también, exhibiendo ciertos síntomas somáticos que evidenciaban las influencias del Maligno, llegaba a los tribunales inquisitoriales, cuando la histeria abandonó la Medicina y pasó a ser, transitoriamente, patrimonio de la sociedad medieval. Las crisis de corte epileptoide, las parálisis, las cegueras, las anestesias… Los pacientes regresaron a los consultorios con cuadros clínicos aparatosos e impresionantes que desconcertaban y enfurecían a los médicos. Estos se topaban con cortejos sintomáticos erráticos y tramposos, escurridizos y desleales a las leyes de la anatomía y la fisiología. Es así como la histeria pone fuera de sí a toda una medicina que denuncia el engaño y la simulación de estos pacientes. Sus alteraciones, sus dolores, sus perturbaciones, sus quejas, sus parálisis, se producen siguiendo las reglas de un imaginario popular y se desarrollan como si la anatomía no existiera. Los pacientes toman sus órganos en un sentido vulgar o popular. Se evidencia que el cuerpo que enferma es un cuerpo de ensueño liberado de las imposiciones del cuerpo real, un cuerpo imaginario (Freud, 1893a).

No son verdaderos enfermos, clamaba Sydenham. Y mientras, Freud, siguiendo los pasos de estos enfermos particulares, escuchando sus relatos, fundaba el psicoanálisis y descubría que los síntomas no se limitaban a manifestar el mal funcionamiento de un órgano o de un aparato determinado: expresan un mensaje, se dirigen a un destinatario (un interlocutor que ostenta el saber, ya en el caso del médico o del inquisidor que establece su diagnóstico siguiendo el Malleus Malleficarum), aunque ni mensaje ni destinatario sean conocidos por el emisor (Israël, 1976; pág. 17).

Ésa es la aportación fundamental del psicoanálisis a la histeria: La neurosis es de todo punto incomprensible si se ignora su vertiente comunicacional, ya que ni mucho menos implica únicamente el organismo del individuo que demanda tratamiento. En ello reside quizás la principal característica común a todas las neurosis y constituye la más destacable en la histeria. Porque ésta habla las lenguas que el receptor desea escuchar, cambia constantemente de registro, se adapta con maravillosa elasticidad al oído del que le presta atención, muta a medida que su entorno lo demanda. La histeria se presenta y se transforma a petición de su auditorio, de las figuras de autoridad a las que se dedica especialmente, y seduce a éstas y a aquél, los convierte en sus cómplices, por mucho que ni el primero ni las últimas lleguen a saber ni a comprender. De ahí la imposibilidad de estudiar la histeria como una enfermedad que implica sólo una persona. Si no se tiene en cuenta el descubrimiento fundamental de que la histeria es una forma de relación, no se hace más que perseverar en la incomprensión y en los errores de la era prepsicoanalítica (Israël, 1976; pág. 16).

El aspecto relacional es un elemento central, esencial en la histeria. La histeria es un modo de vincularse con el otro, y no es posible acercarse a su estudio ignorando esta cuestión. Desde siempre se observó entre la admiración y el enojo la plasticidad camaleónica de la histeria, y fue esta evolución de los síntomas la que dio lugar a la afirmación de que las histéricas seguían la moda… de un modo por completo inconsciente.

Nace así con la histeria una psicología que se descentra por completo del que hasta entonces era considerado su objeto, y que se libera al fin de la hegemonía de la conciencia. He ahí una psicología que desposee al yo del título de propiedad de su propia casa. La histeria parece ingeniárselas para desconcertar, para seducir, para interesar, para martirizar o sorprender a su entorno y, especialmente, al médico dispuesto a atenderlas. Sin embargo, este torrente de quejas y de síntomas tiene un sentido relacional inconsciente, se dirige a un interlocutor desde el desconocimiento, y cobra sentido en el contexto de un vínculo imaginario. La histeria no tiene noticia de su deseo de agradar o interesar, ni es consciente de las trampas que tiende o de su intento de demostrar la ineptitud del especialista que pone en juego sus reflejos curadores presa del furor sanandi.

La práctica clínica ilumina así un aspecto curioso y, al tiempo, de enorme relevancia. Es la escucha de la histeria desde la ortodoxia médica, desde un cuerpo de conocimientos irreprochable, desde la ciencia incontestable, la que conduce al fracaso en el abordaje de la misma. Más aún, sólo desembarazándose del exceso de conocimientos que desterró los elementos míticos, populares, legendarios y tremendamente humanos presentes en la histeria, será posible acercarnos a ella quizás con una cierta dosis de amateurismo, pero con menos ingenuidad. Y es que la neurosis que se dirige a aquel que supuestamente sabe, a aquel que supuestamente ostenta el falo; la neurosis que exige desafiante pruebas de una autoridad que se aprestará a impugnar mostrando sus fallas; la neurosis que sufre castrada y cuestiona la legitimidad del que aparece fálico; la neurosis que reta al poder médico como antaño retaba al poder religioso –y político- aun a costa de terminar ardiendo en la hoguera; la neurosis que se duele en la falta, sólo aceptará provisionalmente el remedio médico que se ofrece para obturar ese espacio de vacío y de carencia, sólo aceptará las píldoras maravillosas para evidenciar su inutilidad. Y sólo tendrá una oportunidad de alivio en el acceso a un discurso metafórico -y por tanto transfigurador, a juicio de Ricoeur (1986)-, capaz de aportar riqueza y densidad a su psiquismo, al aportarle palabras, poemas en miniatura, con
los que tornar más llevadera la insatisfacción. En la propuesta de una escucha distinta ofrecida por un otro sujeto supuesto saber dispuesto a ir revelando que él, al igual que el paciente, tampoco es dueño del falo, también está castrado. Y que pese a ello puede acompañarlo en el gesto hermenéutico de la búsqueda conversacional de una gramática en la que dar acogida a lo trágico, de una buena metáfora con la que simbolizar y hacer vivible esa condición de sujeto en falta y con deseo.

La mujer histérica, bello mito psicoanalítico(9) y representante paradigmática de la neurosis, afronta la castración y asume la ley(10) dirigiendo su mirada a un padre que aparece como poseedor del falo y representante de la ley. La histérica soporta con dolor su propia destitución fálica (ella ya no es el falo) y observa horrorizada la constatación de una madre castrada (por cuanto ésta, la madre, deja de poseer el falo). Ahora bien, si ha de aceptarse que es el padre quien instituye la ley y posee el falo, la histérica, desafiante, exigirá una y otra vez pruebas al respecto, e insistirá incansable en poner en evidencia a ese supuesto poseedor, cuestionando siempre su legitimidad y  demostrando si es posible sus carencias. Al mismo tiempo, el deseo del padre hacia la madre resulta para la criatura histérica enigmático, pues le resulta inconcebible una mirada deseante hacia un ser castrado. Es así que la histérica trata de colocarse en el lugar del deseo del padre con el fin de saber qué es lo que éste desea y, en definitiva, en qué consiste ser mujer a los ojos de un hombre (Lacan, 1956; pág. 229 y ss). De este modo se despliega el combate de la histeria ante aquél al que instituye como portador del falo y dueño del secreto de la diferencia de los sexos y al que, a su misma vez, trata de hacer caer del pedestal en que aparece colocado. Ése es el guión, ésa es la escena, ésa es la fantasía que la histeria insiste en representar una y otra vez en cuanto le es posible encontrar los personajes que acepten poner en pie el drama. Lo cual permitirá a Freud acceder al complejo nuclear que rige la neurosis (y también el psiquismo sano).

La histeria, tan antigua como el hombre, es una recuperadora, al alumbrar el nacimiento del movimiento psicoanalítico, de gran parte de aquello que el pensamiento ilustrado, en su intento de liberar al hombre, pretendió eliminar. Cuestión paradójica, ya que Freud pudo ser un hijo no esperado, quizás un hijo díscolo, pero al fin, un hijo, sin duda, de la Ilustración. Si el proyecto ilustrado pretendió instaurar el imperio de la razón resolviendo y disolviendo el problema de oscuras o divinas fuerzas sobrenaturales que impedían la libertad del individuo, el psicoanálisis, por el contrario, apeló al inconsciente indomable e irracional y construyó un mito laico para fundamentar las estructuras psíquicas que explican y rigen nuestros destinos. La cuestión religiosa, el problema mítico que la Ilustración sentaba en el banquillo de los acusados no era entonces tal, sino que contenía la solución a otro problema consustancial al hombre, y que el psicoanálisis, y la histeria, asumen como esencial. Sobre esa cuestión habría de levantarse entonces la epistemología psicoanalítica. Sólo en base a su resolución podría empezar a intuirse una salida posible para el problemático aspecto de la minoría de edad, pues sólo a través del asesinato del padre mítico se hará posible el acceso a una obediencia retrospectiva que, desde una culpa originaria, permite la renuncia a la madre (a la cosa) y la incorporación a la sociedad y la cultura a través de la palabra (Freud, 1912; pág. 1837 y ss).

La histeria existirá allí donde esté el ser humano. Existirá en el tiempo y el lugar en el que haya sexualidad humana. Y existirá siempre porque la histeria es la forma básica de constitución del psiquismo en la necesidad humana de afrontar la problemática del mito inconsciente en el que se contienen los deseos edípicos. A partir de aquí, lo interesante será entonces observar los modos de expresión por los que ha optado la histeria, los interlocutores que ha elegido, las formas más o menos patológicas en que se ha manifestado, los grados de sufrimiento experimentados, los refugios que ha encontrado, los disfraces que ha escogido para acudir al encuentro con aquellos dispuestos a encontrarse con ella.

Es insoslayable el hecho de que la histeria se modifica en función del medio, de la cultura, del saber y de los personajes que encarnan y detentan ese saber. Habita espacios cambiantes, elige cuidadosamente sus ropajes, siempre acordes con los tiempos que le ha tocado vivir. Sus interlocutores, aquellos llamados a conquistarla, a padecerla, a perseguirla, no serán jamás dejados al azar: la invitación histérica está siempre teñida de una dinámica relativa al dominio, a la autoridad, al saber, al poder; y éste, como la histeria, no se ubica siempre en el mismo lugar ni actúa desde las mismas instituciones.

Cuando la histeria duele y emergen los síntomas, cuando se da, de algún modo, un fracaso de la histeria, cuando el drama fantasmático en el que son contenidos los elementos para una salida del mito edípico resulta inconsistente, el murmullo se transforma en una ruidosa llamada de atención, y la petición de auxilio toma con frecuencia la forma de la demanda de consulta con un médico. Pero no siempre es así y, desde luego, no siempre ha sido así.

Es esa la razón por la que la histeria no ha sido siempre patrimonio de la medicina; la brujería, la santidad, la excentricidad popular, el psicoanálisis, la psiquiatría, han sido también espacios propicios en los que asentarse. Sus modos de expresión y también su gravedad han variado de modo dramático en función del zeitgeist, del espíritu de la época. La espiritualidad del mundo la ha hecho más espiritual. Y el auge de las ciencias positivas y de la biomedicina la han medicalizado. Las sociedades sufrientes la han asimilado haciéndola menos llamativa. Y aquellas que proscriben y denigran el malestar la han arrojado a las consultas de los especialistas dedicados a tratar esas enfermedades llamadas antes dolor cotidiano propio de la vida. ¿Se requiere gran esfuerzo para pensar en la Fibromialgia, el Síndrome de Fatiga Crónica o el ultramoderno Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple?.

 

Javier Ramos García

Formado como especialista vía PIR en el Instituto Psiquiátrico SSM “José Germain” de Leganés. Psicólogo Clínico del Hospital Universitario 12 de Octubre (Madrid), en el que realiza tareas asistenciales y docentes. Profesor Asociado de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid. Psicoterapeuta de orientación psicodinámica.

e-mail: jramospsic@hotmail.com

 

(1) Según ésta, el origen de las psiconeurosis habría de buscarse en una escena de seducción real actuada por un adulto y sufrida por el paciente en su infancia (Laplanche y Pontalis, 1968; pág. 413).

(2) Israël (1976; pág. 228) hace aún una traducción más audaz y radical, poniendo e
n la pluma de Freud estas palabras: “Ya no creo en mi neurosis”. Efectivamente, Freud, en esta histórica carta, se pone en jaque a sí mismo y propone una enmienda a la casi totalidad de “su neurosis”, de su teorización acerca de la misma.

(3) Como señala Nasio (1990; pág. 11), “la histeria de entonces no sólo hizo nacer el psicoanálisis sino que, sobre todo, marcó con un sello indeleble la teoría y la práctica psicoanalíticas de hoy. La manera de pensar de los psicoanalistas actuales y la técnica que aplican siguen siendo, a pesar de los cambios inevitables, un pensamiento y una técnica íntimamente ligados al tratamiento del sufrimiento histérico. El psicoanálisis y la histeria son hasta tal punto indisociables que rige sobre la terapéutica analítica un principio capital: para tratar y curar la histeria hay que crear artificialmente otra histeria”.

(4) Es difícil dudar de los más que probables intereses espurios que tradicionalmente se han camuflado en este tipo de afirmaciones pretendidamente basadas en cuestiones científicas. Como señalaba con vigor y rigor Th. Szasz (1961) en su muy notable El mito de la enfermedad mental, esa denominación, la de “enfermedad mental”, no deja de ser una metáfora, del mismo modo que la psiquiatría no deja de ser una pseudociencia que ha tratado de ganarse un lugar y un prestigio en el universo científico vía inclusión de su campo de estudio en el de la Medicina a través de esa equiparación de la “enfermedad mental” con las restantes enfermedades médicas. Los esfuerzos psiquiátricos por dotar a la “enfermedad mental” de atributos respetables, tales como la mensurabilidad o la objetividad en el diagnóstico fueron siempre vanos ante la histeria, plástica, voluble, poética y esquiva.

(5) Cfr. el Diccionario de la RAE: Del lat. anody̆nus, y éste del gr. ἀνώδυνος, sin dolor. Agradezco aquí la indicación de la Filóloga Clásica y Profesora de Griego Gregoria García Sánchez.

(6) Y, por otro lado, ¿cómo explicar la ausencia de patología neurótica en sujetos que habían sufrido efectivamente tales abusos?

(7) En la que, como veremos más adelante, la criatura humana, colocada en el lugar del falo de la madre, completa a la madre: se fusiona con ella, es el falo de la madre que goza, completa, en esa fusión con su hijo.

(8) Con la autoridad que podemos otorgarle a un clásico, Grasset sugería que “la fugacidad de los síntomas otorga un lugar aparte a la histeria” (citado en Israël, 1976; pág. 16). Efectivamente, la característica esencial de la histeria en lo referente a su expresión clínica es la plasticidad, que emana del hecho de que “la histeria no sólo se modifica en función del entorno y partiendo del médico, sino que además concierne a dicho entorno y lo implica en una especie de complicidad sin saberlo” (Ibíd.). Así, si bien es habitualmente el cuerpo el emisario, pueden ser otros los ropajes sintomáticos elegidos por los pacientes histéricos para concurrir al encuentro con el clínico: lo esencial no será nunca el síntoma en sí, sino lo que éste expresa.

(9) Capellà (1996) señala el muy habitual desplazamiento conceptual histeria-histérica-sexualidad femenina.

(10) Esa ley que determina, imperiosa, que el infans no puede seguir siendo el falo que completa a la madre.