INTRODUCCIÓN
Este artículo parte de un grupo de lectura que mantenemos desde hace un tiempo varios colegas y amigos. Y con él está en deuda dado que en gran parte la motivación para el presente trabajo salió de ese foro. ¡Por eso me gustaría igualmente partir dando las gracias a mis compañeros de lecturas y fatigas!
Comenzamos trabajando textos de y en torno a Winnicott, seguimos por Stephen Mitchell y ahora estamos centrados en Ferenczi. Concretamente en La isla de Sueños que nuestro compañero del último XXIV Congreso del Centro Psicoanalítico de Madrid, José Jiménez Avello, tuvo a bien redactar. Como pueden juzgar, el campo intersubjetivo, la estructuración psíquica en relación con los primeros vínculos reales y fantasmáticos, el condicionamiento fuerte en sentido epistemológico de nuestro psiquismo en torno las figuras primarias, el estatuto de la realidad en el trauma…, todo ello ha suscitado nuestro interés y podríamos decir que ha sido una suerte de mínimo común denominador de la tarea grupal.
Releer atentamente a Winnicott generó en mí una serie de cambios. Uno de ellos ha sido la puesta en cuestión de la clásica polaridad realidad psíquica-realidad material que tanta tinta ha generado en nuestra disciplina. La zona transicional, ese tipo de experiencia situada fundamentalmente en el entre (Liberman, 2011), vino a insuflar aire fresco a una teoría a veces demasiado dicotómica en cuanto a la consideración de la realidad. Nunca estamos con el otro del todo, la entrega es inevitablemente parcial al no abandonar por completo nuestros objetos-self, constituyentes de nuestro núcleo narcisista. Esta zona intermedia es básicamente la zona donde merece la pena vivir y, quizá, la única en la que se pueda vivir.
La ponencia que dio lugar a este artículo estaba enmarcada en la mesa de «Naturaleza y/o cultura». En ella sostuvimos que precisamente podía ser necesario reivindicar de nuevo el carácter intermedio y eternamente provisional de nuestro psiquismo. Otros autores han definido una serie de hiatos constitutivos del psiquismo que lejos están de agotarse en las primeras estructuraciones sujeto-objeto, tales como el hiato pulsión-objeto de la pulsión, hiato semántico, hiato sintáctico, etc. (Cruz Roche, 2017). Creo que actualmente asistimos a intentos de sintetizar o totalizar el funcionamiento psíquico en definiciones que buscaran describir de una vez por todas un sistema. El último de ellos se trataría de esta suerte de Doppelgänger de la mente humana, que sería la inteligencia artificial y que actúa como una suerte de doble narcisista (Botella, y otros, 2003) más potente de nosotros mismos. Y que tiende a espejar nuestros vicios y virtudes. O quizá de sus creadores; ese sería otro debate.
EVOLUCIÓN RELACIONAL DEL PSICOANÁLISIS CONTEMPORÁNEO Y GÉNESIS DE UN NUEVO DUALISMO.
Sostengo que en la actualidad se podría suscribir entre profesionales un cierto consenso en torno a la progresiva relacionalidad del psicoanálisis contemporáneo. No hay dudas ya de la unión inextricable entre pulsión y objeto de la pulsión, lo cual obliga a poner el acento en la relación, así como en la necesidad de tener en cuenta al objeto de la realidad (Lanza-Castelli, 2019). Aunque la palabra relacional es polisémica en nuestro campo tal como señala Ávila-Espada, se podría definir como el impacto que las relaciones humanas tienen en la génesis y dinámica de la actividad mental, configurada como una psicología bi‐personal, en la que el impacto del observador sobre lo observado es continuo e inevitable (Ávila-Espada, 2014). Cambio acaecido en torno a diversas controversias técnicas que surgen —como siempre ha pasado en nuestra disciplina— del fracaso terapéutico y de la acumulación de datos (Mitchell, y otros, 2004). Tanto a nivel teórico como clínico, el bebé Robinson Crusoe del que habla Laplanche ha salido de la isla para no volver. (Laplanche, 2014).
En esta evolución del psicoanálisis, el sello de Kohut es marcado. Como es sabido, construyó el concepto objeto-self, extrajo junto con otros la idealización del puro uso defensivo para elevarlo a elemento estructurante del psiquismo. Y especialmente modificó en la técnica la forma de acercamiento empático al narcisismo del paciente. En su obra, la libido tiene un trayecto declinante. De una importancia decisiva en la constitución de los objetos-self se pasa gradualmente a la descualificación de la energía psíquica necesaria para el investimiento narcisista. Esto se ve especialmente en la Restauración del sí-mismo o ¿Cómo cura el psicoanálisis? (Blecihmar, y otros, 2017).
Este movimiento antilibidinal, lejos estuvo de quedarse recluido entre las estrechas paredes de la psicología del self. Trascendió al resto de corrientes e incluso extramuros psicoanalíticos de la mano del concepto self. Una vez constituido ese centro de iniciativas como llamaba al self (Kohut, 2001), éste opera más o menos establemente. Tanto en la salud como en la patología, sobre todo en esta última. Pareciera que la libido no fuera necesaria como sustento teórico en tanto su pérdida de centralidad en la jerarquía metapsicológica de esta escuela es muy notoria. Leyendo a este autor se puede tener la impresión de que el inconsciente ha quedado reducido nuevamente a una especie de automatismo. A riesgo de extremar el argumento, diríamos que en esta teoría y cierta parte del psicoanálisis relacional, el inconsciente está en peligro de convertirse en una suerte de lujo bizantino. Es decir, una sofisticación fascinante desde el punto de vista histórico pero desdeñable en la práctica psicoterapéutica.
Laplanche sostiene que ha parecido darse en nuestra disciplina un deslizamiento curioso. Aquel por el cual hablar de pulsión es hablar de autarquía psíquica y de ahí se pasa a cuestionar la metapsicología misma (Laplanche, 1981). En la obra de Mitchell se sustituye el dualismo freudiano previo por uno más reciente, aquel que contrapone lo intrapsíquico en la teoría pulsional previa y la relacionalidad de la mente (Liberman, 2022). Teoría pulsional y relacionalidad son en buena medida pares antitéticos en esta concepción del psicoanálisis. Atribuye de modo un tanto exagerado a Freud un intento de dar una fundamentación objetiva última de la mente humana, cuando lo cierto es que éste consideraba su teoría como un saber provisional y sus teorías como representaciones auxiliares con un valor instrumental susceptibles de ser modificadas si la realidad clínica indicaba tal cosa (Echeverría, 2025). Quizá estemos más bien ante una relación de tipo dialéctico en la que la problemática estriba más bien en la organización jerárquica del conocimiento humano procedente de diferentes paradigmas incluso dentro de la teoría psicoanalítica (Morin, 1994).
LA PROBLEMÁTICA DEL REMANENTE IMPERSONAL NO DIALECTIZABLE Y EL BORRAMIENTO TEÓRICO DE LOS PROCESOS PRIMARIOS.
Seguramente la parte que levantaba más resistencias en mi bagaje personal es aquella por la cual Mitchell deniega cualquier tipo de impersonal que nos pueda tomar en nuestro psiquismo. Defiende que la pulsión no es un empuje que proviene de adentro, sino que es siempre una respuesta dentro de un campo relacional a un objeto, sea interno o externo (Liberman, 2022). De este modo, hemos saltado de una cierta a-socialidad de la pulsión en la teoría freudiana a considerarla como formando parte de tramas relacionales en las cuales la pulsión se limita a seguir el rastro del objeto. Ya no es buscadora de objeto, como diría Fairbain, sino que sigue una estela del objeto. De no poder pensar en la matriz relacional donde emerge el síntoma se pasa frecuentemente en esta escuela a considerar que no existe nada por fuera de dicha matriz.
De modo paralelo, la agresividad en la obra de Mitchell también aparece como una respuesta subjetiva a la percepción de una amenaza o peligro. Es siempre una reacción a algo que está sucediendo en campo relacional (Liberman, 2022). Básicamente algo que te ha hecho alguien. Como axioma, parece no existir ya agresividad pre-subjetiva, o quizá para-subjetiva. Contraponiéndola a la visión tradicional endogenista del psicoanálisis freudokleiniano. Como hace poco comentamos en una comida de colegas, esto debería aparecer como más optimista en tanto nos libramos aparentemente del monstruo leviatán interno presente en la obra de Freud, especialmente a partir de la construcción de la segunda tópica (Mitchell, y otros, 2004). Pero, al mismo tiempo, podría considerarse peligrosa la eliminación teórica de cualquier tipo de impersonal, del destronamiento del sujeto consciente y autónomo, producto del reafirmar procesos que nos viven, los procesos primarios (Laplanche, 1981).
¿Hasta qué punto este borramiento de impersonales en nuestra mente es un occidentalocentrismo? Leyendo recientemente ciencia-ficción china, me resultaba curioso constatar cómo muchos personajes hablaban de su deseo en términos de impersonales. De fuerzas abstractas que permean la voluntad del sujeto y de cómo la verdadera libertad consiste en abandonarse a dichas fuerzas. Era todo un planteamiento contrapuesto al occidental (Liu, 2017).
Leímos en el grupo varios casos clínicos comentados por el mismo Mitchell (Liberman, 2022), que generaron al grupo sentimientos ambivalentes. Aparecían de este modo interpretaciones transferenciales, autorrevelaciones y enactments muy previsibles. Era patente la secundarización del inconsciente que es el objeto de este trabajo. La racionalidad de los procesos secundarios iba atrapando las viñetas clínicas en una suerte de sentido común relacional que nos parecía dejaba fuera la parte más bizarra del vivir. Escasa presencia de desplazamientos, bisexualidad, pulsiones desligadas o conflictos internos. Los procesos primarios y sus efectos básicamente no tenían cabida. Al menos en mi lectura había un exceso de linealidad – quizá también por motivos pedagógicos – en la elaboración del síntoma, la candorosa reconducción de la identificación proyectiva en todos los casos y una literalización empobrecedora de las relaciones intersubjetivas.
Algunos echábamos en falta más extrañeza, más descentramiento del sujeto o la presencia de lo siniestro. Como en la teoría de Joyce Mc Dougall acerca de los pacientes desafectivizados, donde la relacionalidad convive necesariamente con los efectos de la pulsión (McDougall, 2020). En esos casos clínicos de Mitchell aparecía una forma de trabajar diferente que permite enfrentarse a una tipología de pacientes no neuróticos o en momentos de su tratamiento no neuróticos. Pero, al mismo tiempo, el borramiento de cualquier impersonal en el psiquismo era casi total. Todo era subjetividad entendida como autenticidad o diferencia frente al otro. Mi tesis es que la verdadera subjetividad debe incluir y narrar esos elementos impersonales, generados a partir de la radicalidad del inconsciente.
Esta consideración actual de lo subjetivo como absolutamente original y diferente ha germinado con éxito en el cuerpo académico y social. Aquí podríamos rescatar el interesantísimo concepto de Bauman acerca del fetichismo de la subjetividad (Dal Maso Otano, 2008), a partir de una elaboración del fetichismo de la mercancía marxista. En este último, las relaciones mercantiles buscaban ocultar el rasgo de subjetividad y arbitrariedad subyacentes a las cadenas de producción. Siempre hay actores interesados bajo la oferta y la demanda. El nuevo fetichismo de la subjetividad trataría de hacer exactamente lo contrario, ocultar cualquier impersonal objetivo en las motivaciones de las personas. Pero lo subjetivo debe – a mi entender – tomar conciencia de lo impersonal, de lo objetivo y de sus posibilidades. Siguiendo de nuevo a Laplanche, habría que poder articular la idea de una inconciabilidad de un resto último pulsional como expresión teórica de los aspectos irreductibles, irrecuperables, no dialectizables de la pulsión sexual (Laplanche, 2002).
En caso de no tener en consideración este resto último no dialectizable, se estaría confundiendo el realismo ontológico (existe un mundo más allá de la representación) con el realismo epistemológico (un sujeto podría conocer ese mundo y adecuarse así a la Verdad) (Chalmers, 2025). Dicho en términos kantianos, es conveniente no confundir la cosa en sí con la cosa para nosotros en aras de un pragmatismo basado en una concepción demasiado utilitaria de la verdad (Echeverría, 2025). Esta corriente podría encuadrarse en lo que ha sido dado en llamarse recientemente nuevo realismo filosófico (López Arriba, 2021).
TERCERA TÓPICA Y RECUPERACIÓN DE LOS PROCESOS PRIMARIOS.
James Grotstein fue uno de los discípulos americanos más conocidos de Bion (Sawbridge-Burton, 2018). Alertaba ya hace tiempo de acabar en el reduccionismo de la mirada del cíclope, que inevitablemente uniformiza lo Real al carecer de la profundidad de la mirada dual humana (Grotstein, 1986). Si tenemos en cuenta los avances teóricos sobre la tercera tópica, estamos llevados a aceptar la heterogeneidad y coexistencia de funcionamientos psíquicos inconscientes de estructura representacional y no representacional (Zukerfeld, 2025). Entonces el riesgo a mi entender sería que nos vayamos deslizando suavemente a hacia un subjetivismo útil (Echeverría, 2025), donde sólo se trabajen identificaciones, vínculos reales y traumas narcisistas. Laplanche hablaba de un metabolismo extraño (Laplanche, 1981) por el cual el inconsciente no es nunca por completo el discurso-deseo del otro. Los procesos primarios condicionan de modo indeleble los mecanismos de internalización, proyección e identificación. Usando otra feliz expresión de este mismo autor, la trayectoria de la pulsión siempre es tangente, no lineal. Tangencialidad que viene a romper los compartimientos estancos que nos proponen diariamente.
Decían que los movimientos e intervenciones de Winnicott eran impredecibles como los del caballo de ajedrez, saltando obstáculos y llegando a sitios inesperados. Este metabolismo extraño del que hablamos nos viene a proteger afortunadamente de la linealidad de las redes y la IA. Me gusta pensar que no sé por dónde va a saltar mi inconsciente. Y que ese mismo carácter errático es también protector.
Laplanche exponía que la denominación procesos primarios era engañosa (Laplanche, 1981). Porque no aparecían cronológicamente en primer lugar y después los secundarios. Sino que lo hacían tras la instauración de la represión originaria y la aparición de los procesos secundarios del preconsciente. Según este autor, los procesos primarios aparecían por reducción de las reglas de juego. Dicho de otro modo, la represión estructurante sofistica el pensamiento y permite la imaginación. Sin represión estructurante no hay imaginación, hay caos y simplificación psíquica.
MATTE -BLANCO, LAS DOS LÓGICAS PSÍQUICAS Y LA INCONCIABILIDAD BÁSICA EN LA PSIQUE HUMANA.
Como venía comentando, el progresivo arrinconamiento de los procesos primarios me pareció sospechoso y alejado tanto de la clínica como de mi propia experiencia como analizante. Buscando sustento teórico frente a mi pregunta, acabé llegando a la obra de Ignacio Matte -Blanco (Matte-Blanco, 1988). Dicho autor chileno, no solamente recogía mi inquietud, sino que la expandía a otros límites. Consideraba que el principal descubrimiento freudiano no era el inconsciente – temática habitual en la ciencia y literatura de la época – sino las leyes de funcionamiento de los procesos primarios (Bornhauser, y otros, 2016).
Construyó una tesis por la cual la condición humana era inexorablemente híbrida, bivalente en su terminología. Definió una lógica asimétrica por la cual somos capaces de captar las diferencias entre sujeto y objeto, el principio de incompatibilidad o de contradicción. Sería la lógica de los procesos secundarios. Y, no en lo profundo sino en paralelo, hay otra lógica funcionante. La lógica de la simetría.
Esta lógica no entiende de diferencias ni de cosas del mundo separadas. Aparece una indivisibilidad radical congruente con el monismo filosófico de Groddeck sobre el Ello (Laplanche, 1981) o la indiferenciación primigenia de Thalassa en Ferenczi (Avello, 2006), ambas fuertemente criticadas por Freud en su momento. Tal lógica se rige por el principio de simetría por el cual si alguien A tiene una relación con B, B debe ser tratado como A. Si Rosa es la madre de María, según el principio de simetría María también es la madre de Rosa. Si mi padre tiene ojos verdes, todo el conjunto de padres se simetriza a partir de este rasgo hasta ser iguales en todos los rasgos hasta ser todos los padres indistinguibles. En el campo temporal también se aplica la misma simetrización. Si el momento temporal A precede a B, B también precede a A. Evidentemente, una locura desde el punto de vista de la lógica asimétrica, que puede captar esta incompatibilidad.
VIÑETA CLÍNICA
Juan Manuel es un paciente de 43 años actualmente que lleva trabajando en psicoterapia desde hace unos cinco. Acudió a consulta por una problemática obsesiva severa entremezclada con un trastorno conversivo que perturbaba de forma muy marcada su funcionamiento genito – urinario. De modo muy paulatino se van elaborando fantasías de control subyacentes a la patología psicosomática. Así como toda una serie de dolores – entendidos desde Freud como aquello traumático que acontece en estado de no preparación y genera vivencia de desgarro – signados por experiencias de desamparo en ciertos momentos clave.
Tras varios años de intensidad psicoterapéutica y el paso a una periodicidad más laxa aparece una narración muy elocuente en torno al surgimiento de los primeros síntomas obsesivos. El paciente relata que, con siete u ocho años, iba en el coche con sus padres en un momento de importante tensión flotante entre los progenitores. Se recuerda sentado en la parte de atrás, con una vivencia de importante atrapamiento físico y falta de salida. En un momento en el que la tensión escaló de nuevo Juan Manuel señala cómo empieza a sumar todas las matrículas que veía de otros coches al circular por las calles. Aquello aflojó la ansiedad al constituirse así ex novo un síntoma obsesivo que actuó a modo de verdadera formación de compromiso. Dicho recurso mental se fue puliendo y amplificando cada vez que circulaban con el coche, generando una restricción obvia y, simultáneamente, una expansión de la capacidad yoica en lo que atañe a las matemáticas. Una sublimación que logró reconducirse años más tarde hacia la elección de una carrera técnica que desempeña en la actualidad.
La historia de Juan Manuel podría citarse como ejemplo del metabolismo extraño de Laplanche por el cual la internalización de una escena de tensión – procesos primarios mediante – no da lugar a la introyección lineal de un objeto papá u objeto mamá. Sino que dicho proceso adopta una trayectoria tangente que da lugar a la aparición de la sorpresa y a la emergencia de una capacidad matemática que por recursos cognitivos familiares no estaba llamada a ser convocada. En este caso la lógica simétrica del inconsciente generó una equiparación total por la cual los problemas familiares eran susceptibles de ser arreglados mágicamente mediante el mismo método por el cual se podían sumar números y llegar a resultados. O quizá también podría tratarse de un desplazamiento pulsional que solamente logra la estabilización por la vía de este curioso rodeo.
En cualquier caso, los modelos de internalización que manejemos como psicoanalistas determinan en gran medida nuestra praxis psicoterapéutica. El uso de modelos donde los procesos primarios – lógica, simétrica – no aplican da lugar necesariamente a una linealidad de los objetos introyectados, al menos en la mente del psicoanalista. Volviendo a Winnicott, es sustituirsustituiríamos en nuestra praxis la lógica del caballo de ajedrez por la lógica del peón. Y la lógica del peón es la de los juegos de suma 0. Es decir, si yo soy, es porque se lo he quitado a los otros; si ellos son, no soy yo.
CONSECUENCIAS TEÓRICO-CLÍNICAS DEL BORRAMIENTO DEL IMPERSONAL.
El fetichismo de la subjetividad (Enríquez Riutor, 2016) y la renegación consecuente de cualquier tipo de impersonal en nuestro psiquismo es una renegación de esta doble vía, de este razonamiento bilógico en palabras de Matte – Blanco. Dicha hipersubjetividad aparece así basada en privilegiar lo asimétrico, lo diferente frente a los otros, lo auténtico que obliga a construirse siempre por contraposición al otro. Es un otro al que se necesita así desesperadamente, y más cuando no presta su amor. Recordemos las palabras de Freud de 1922 por las cuales el paranoico es el que espera de todos los extraños algo como amor (Freud, 2010). La eliminación de todo impersonal es así el reino de la paranoia. En cuanto el otro no se presta a amar, está servida la causa para la contienda. Siguiendo la teorización de Meltzer, el conflicto estético derivado de contemplar la gran belleza puede generar un hondo dolor humano tan grande como el clásicamente ligado a la destructividad o la ausencia (Bégoin, 2000). El estatuto de la falta – proporcionada por el resto impersonal – es necesario para la estructuración psíquica, bastante antes de la clásica falta que introduce el Edipo. Creemos que esta idea tan sugerente del intenso dolor que genera la contemplación de la belleza más pura no está pudiendo ser usada en toda su potencia.
Se querría señalar además otra consecuencia del borramiento del impersonal. El resultado es que al sujeto contemporáneo se le priva de cualquier tipo de plataforma interna donde descansar. La resolución suficientemente exitosa del Edipo da lugar a un sujeto capaz de elegir entre dos angustias la más manejable y domeñable, la angustia del padre (Laplanche, 2003). Pero en muchos de nuestros pacientes actuales aparece una fatiga hermenéutica constante, cansancio crónico que pueda tomar variadas formas clínicas o médicas. Un agotamiento del individuo obligado a ser creativo 24/7 como dicen los adolescentes. Lo que aparece como una mutación hacia el no-relato en términos de nuestra compañera Lola López-Mondéjar (López-Mondéjar, 2024), es a nuestros ojos la fatiga del nadador perpetuo, que no dispone de boya o roca al que agarrarse.
Esa renegación del impersonal no trae sujetos más autónomos que logran conducirse mejor, sino que ha traído sujetos cansados, irritados, insomnes y saturados de identidad. El no poder acogerse a ninguna estructura para-subjetiva extenúa a la persona. Y, aunque no sea el objeto de este trabajo, configura una corporalidad caracterizada por una relación de suspicacia, donde la clínica psicosomática y los fenómenos hipocondríacos tienen especial predilección.
Mi sensación es que la función paterna últimamente soló puede ser vista en gran medida desde su aspecto coercitivo, lo cual por otro lado es innegable (Laplanche, 2003). Pero al mismo tiempo la estructuración edípica genera una cancelación energética. Se vectorizan los objetos fuente-de la pulsión y aparecen los procesos primarios como tales (Laplanche, 1981). Se construye en ese momento un impersonal que permitirá al sujeto descansar desde el punto de vista económico. Hablar de una pulsión o de un Ello no es retroceder a los tiempos de la autarquía psíquica, del bebé Robinson Crusoe.
Tener clara la lógica bivalente (Matte-Blanco, 1988), el funcionamiento dual humano es no abandonar al sujeto a la vía secundaria del trauma. El conocimiento psicoanalítico y específicamente humano está inevitablemente unido a esta doble mirada. Si de algo debemos sospechar hoy, es de la excesiva compulsión a la síntesis del yo. A definiciones unitarias en las que se haya erradicado un inevitable vacío ontológico. Ahí está la creación de cíclopes uniformadores, los de la mirada lineal, que no admiten proceso primario ni verdadera sublimación. Y tirando de leyenda Homérica, ya sabemos que los cíclopes no tienen leyes, ni gobierno ni comunidad organizada. La copresencia de dos modos incompatibles entre sí, que nunca se fusionan y que al mismo tiempo operan juntos es nuestro sino según Matte -Blanco. Cómo sostener esa tensión, ahí está el reto.
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