Huérfanos de la paradoja

01 marzo 2026 | Artículo del mes

Por Eduardo A. Reguera Nieto

Didacta del Centro Psicoanalítico de Madrid

Lucía ha pasado por varios psiquiatras y psicólogos anteriores. Acudió a ellos por la alternancia repetida de dos estados sintomáticos. Por un lado, una angustia muy potente acompañada de pensamientos obsesivos que giran en torno a la posibilidad de “no ser guay”, “no encajar en el sistema”, “me da asco la gente” que al mismo tiempo le procuran un intenso sufrimiento. Por otro lado, relata otros períodos caracterizados por una honda apatía, la sensación de muerte en vida, sinsentido y pérdida de todo deseo. Se trata de una chica de 30 y pocos años que llega a mi consulta en un momento de franca desesperación tras haber sufrido en paralelo la ruptura de su pareja y el despido de un trabajo que por otro lado odiaba profundamente por ser “engranaje de un sistema infinito”. Es inteligente, sarcástica y dotada de una notable capacidad para el humor negro.

Su pensamiento es rocoso, apisonador, de una racionalidad descarnada en la que toda sorpresa o novedad parecería estar ausente. Construye categorías cerradas de antemano en las cuales el absoluto está atrapado. Nada parecido a un devenir en su discurso. Como no puede ser de otra manera, la biografía de Lucía está salpicada de aspectos traumáticos. Principalmente, la separación de sus padres en su primera infancia. Describe tal matrimonio como absolutamente carente de deseo desde el inicio, signado por la necesidad súbita —en su relato— de tener un hijo cuando se acercaban los 40 años de su madre.

Tras la separación, tiene pocos recuerdos pero todos marcados por la falta de vitalidad, tanto en una como en la otra casa. Según relata, en casa de su padre éste escuchaba música clásica durante horas tumbado en un sofá. Tras una explosión agresiva, este padre decide cambiar su lugar de residencia y atender a una oportunidad laboral allí. Las visitas y llamadas eran cada vez más planas e irritantes hasta que dejan de tener lugar y Lucía pierde toda vinculación. Varios años después, reciben una llamada con la noticia del

fallecimiento súbito del padre. Al llegar a su ciudad de residencia, madre e hija son avisadas de que el padre estaba viviendo prácticamente como un vagabundo en un piso tutelado, absolutamente aislado a nivel social y en pleno marasmo alcohólico.

Lucía va relatando todos estos eventos tan desgraciados con una voz plana, acompañada de ocasionales accesos de rabia en los que describe a su padre como un “perdedor” o alguien “que no se adaptó a la vida adulta”. Al retornar a su problemática actual, manifiesta una especie de certeza terrorífica en la que ella es “una persona de mierda” a la que nadie le ha enseñado a adaptarse. Manifiesta un deseo de transformar la psicoterapia en un dispositivo de adaptación darwinista al medio. Todo ello a pesar de rechazar por “estúpida” a la gente, como sus compañeros de trabajo. El sarcasmo y el cinismo como mecanismos de homeostasis narcisista son verdaderas murallas en gran parte de las sesiones.

En su discurso desde luego no hay aparentemente paradoja ni misterio. Las cosas son lo que son. Y ella todavía no “ha pasado por el aro” de aceptar “la realidad”. Los intentos de simbolización o figurabilidad siguiendo a los Botella (1) son en gran medida rechazados por ser “filigranas teóricas” alejadas del pragmatismo. Transferencialmente hay algo oscilante entre el deseo de cuidar y un vínculo fraternal – sobre todo en ciertos momentos de humor negro – junto con otros de irritabilidad y sensación de franca impotencia. Mi pensamiento se orienta primordialmente a cómo encontrar un recurso técnico que permita la historización o generar una fisura en un discurso granítico. Extraernos como díada analítica de la opresiva determinación línea-causal del discurso para introducir progresivamente aspectos hermenéuticos ligados al funcionamiento del inconsciente (2).

En Lucía, pero en otros pacientes recientes también, encuentro las mismas metáforas inflexibles. La simbolización aparece apenas pero se acompaña de un cierre desesperante en casi todos los casos. De este modo, ella se puede pensar con los significantes actuales “drama queen”, “aprender a estar sola”, “soy tóxica”, “necesito resiliencia”, “falta de autoestima”, “aceptar la realidad”, etc. Lugares comunes pseudo-psicológicos que plagan el discurso de nuestros pacientes y actúan a modo de coagulaciones de la psique. Verdadero inconsciente sin pensamiento o inconsciente amencial según la feliz descripción de Cristoph Dejours (3). Evidentemente, el pensamiento de Lucía ha sido traumáticamente violentado durante las fases tempranas, lo cual sólo permite ahora como modos de reacción la desligazón crítica, desorganización del yo o una suerte de pensamiento operatorio. Puedo decir que transitábamos por todos esos estados en una sola sesión psicoanalítica.

El inicio de la verdadera metáfora, con su consiguiente puesta en circulación del proceso primario, apareció de modo inesperado. Al final de una sesión, hablamos sobre un libro que habíamos leído los dos: Un verdor terrible, de Benjamín Labatut (4). Ella en su relato como el famoso astrónomo Schwarzschild, quien fue capaz de dar la primera solución exacta a las ecuaciones de la relatividad general de Einstein desde una trinchera de la Primera Guerra Mundial. Este científico describía la manera exacta en la que la masa de una estrella deforma el espacio y el tiempo a su alrededor. Einstein había quedado estupefacto al comprobar que este joven científico había dado con la resolución en tiempo récord y en pleno fragor de la batalla. Pero al mismo tiempo encontró además “algo profundamente extraño en los resultados”. Según los cálculos, el espacio y el tiempo se compactaban en estrellas con mucha densidad en áreas muy pequeñas. La fuerza de gravedad se hacía infinita y el resultado era un abismo sin escape. A esto se le llamó la singularidad de Schwarzschild o comúnmente conocido luego como agujero negro.

Siguiendo el trayecto novelado, al principio el propio científico lo descartó como una aberración matemática, un delirio metafísico. Equivalía a pensar que las mismas nociones de tiempo y espacio desaparecían. No podía sacar esta paradoja de su mente. La singularidad se esparció sobre la mente del astrónomo como una mancha, sobrepuesta sobre el infierno de las trincheras, las heridas de bala, las máscaras de gas y los caballos muertos. “Un vacío sin forma ni dimensiones, una sombra que no puedo ver, pero que siento con toda mi alma”. A partir de ese momento comienza una progresión terrorífica de imágenes obsesivas en las que toda materia y vida es tragada por la singularidad en paralelo al pénfigo (enfermedad ampollosa de la piel) que empezó a sufrir por efecto de los gases tóxicos. Psique y soma se precipitaron en una cuesta abajo inexorable que condujo finalmente a la muerte. Operaba una doble identificación en el análisis de la paciente. La internalización omnipotente – en torno a un genio de la astronomía y matemáticas – aparecía ligada también a la identificación con la vivencia de atrapamiento psíquico y condensación en un punto. Un trabajo de lo negativo en toda regla, como nos diría André Green (5). Una pérdida de todo pensamiento paradojal en franca similitud con el agujero negro de Schwarzschild. Ahí radicaba la ataraxia descrita frecuentemente por Lucía.

Como hemos podido constatar en tantos pacientes, hay un nuevo orden que se estructura en base a la desmentida y la escisión. La represión estructurante junto con su correlato de deseo más o menos problemático se convierte en una estación de llegada para nosotros más que de salida. Son pacientes que convierten el desencuentro relacional en su modo habitual de funcionamiento interpersonal e intrapsíquico.

El problema sería que estamos condenados a investir, tal y como nos recordaba Piera Aulagnier, que no a amar (6). Hay un imaginario social instituyente, tal y como es descrito por Cornelius Castoriadis (7), que podríamos resumir en: la libido no existe. El cuerpo y la mente, psique y soma, son entes que deben funcionar óptimamente o bien deben ser reparados. Mucho me temo que el concepto de libido no tiene apenas un sustento representacional imaginario fuera de nuestro ámbito especializado. Hay determinadas corrientes que abogan directamente por considerar la psicoterapia una reparación psicosocial estricta, fruto de un real que se expresaría sin ningún género de ambivalencia.

La problemática más ardua con mi paciente aparecía cuando cedía la ansiedad y me seguía encontrando —parafraseando a Monterosso— con que al despertar, la mente granítica seguía estando allí. Todas las defensas estaban orientadas a evitar la aparición del sujeto intérprete de la posición depresiva o histórica. “El presente se proyecta hacia atrás y hacia delante, creando así un presente estático, eterno, no reflexivo”, nos decía Thomas Ogden (8). En el discurso de Lucía no existía aparentemente la paradoja ni la ambivalencia. Era una constante lucha, con escaramuzas y alianzas, con “significados impersonales que se vivencian como cosas en sí”.

Pensamos que el imaginario social instituyente actual en buena medida impulsa a los sujetos a autodefiniciones como “cosas en sí”. En las generaciones precedentes las paradojas se formaban de modo espontáneo en la articulación conflictiva entre la democracia liberal y todo el cuerpo doctrinario asociado a la religión cristiana. En este punto nos servimos del concepto “racionalización difusa” que acuñó Max Weber (9). Quien construyó toda una teoría de la causalidad sociológica en la que determinados preceptos religiosos (por ejemplo, el espíritu ascético calvinista) daba lugar por decantación a la racionalidad utilitaria del capitalismo incipiente en los países protestantes.

Como decíamos, nos servimos de estos conceptos para dar cuenta de cómo las metáforas que sostienen la ambivalencia y la simbolización han sido espontáneas en gran medida debido a este proceso de traslación y mixtificación. En las sociedades actuales occidentales y particularmente en la española se ha producido un proceso de secularización verdaderamente notable. Las metáforas de origen (deseo, represión, un dios que a la vez es una tríada, falta, pecado, penitencia, culpa, fratricidio de Caín y Abel) han ido desapareciendo conforme se ha dado el proceso. Para dar lugar en la mayoría de los casos a simbolizaciones que juegan en el orden preconsciente pero que tienden, en nuestra visión, a materializar el pensamiento y a anular toda paradoja. Por mucho que nuestro colega psicoanalista Boris Cyrulnik afanosamente intente lo contrario (10), pensamos que el concepto de resiliencia se ha convertido de modo progresivo en una reificación. El significante sujeto resiliente parece haberse impuesto, empobreciendo en muchas ocasiones nuestro lenguaje y glorificando la resiliencia como actitud obstinada ante la adversidad en el mejor de los casos y desinvestimiento narcisista del vínculo social en el peor de los casos.

Otro significante problemático nos parece ser aquel de lo líquido (11). Zygmun Bauman parece querer reconstruir un pasado mítico, la modernidad sólida, que habría muerto con la posmodernidad. El poder habría migrado así al espacio de los flujos y este autor nos receta aprender a vivir en la incertidumbre. Curiosamente, se imponen metáforas procedentes de autores y tiempos asociados a la barbarie nazi y se introduce acríticamente la idea de que debemos pensarnos con términos surgidos de tal universo. Consideramos que el hombre moderno líquido es una nueva reificación destinada a coagular el funcionamiento psíquico, otra cosa en sí poco susceptible de simbolizaciones alternativas. Lamentablemente, pensamos que este concepto se ha convertido en una suerte de pequeña dosis de masoquismo moral para consumo del público. El cual permitiría satisfacer la cuota de culpa no ligada y seguir funcionando sin mayores problemas. Dichas lecturas “pesimistas bien” en palabras de Lucía constituían una parte medular de su cosmovisión, sin que ellas mismas se tradujeran en palancas de acción o de cambio psíquico.

Bion nos enseñó que la identificación proyectiva no estaba destinada inexorablemente al empobrecimiento psicológico del proyector (12). Otro destino, surgido de las tempranas interacciones madre-bebé, también era el de construir algo potencialmente más amplio y generativo respecto a lo que cada integrante por separado pudiera hacer. El sujeto de la identificación proyectiva según las últimas fases de la teoría de Ogden (13). Habría de esta manera una creación de la subjetividad individual tras ser negado primero y devuelto por el otro. Si esta intersubjetividad, de reconocer y ser reconocido falla gravemente, la tensión dialéctica colapsa en una unidad mortífera. El solipsismo de la eterna errancia en un mundo de objetos internos que no calman ni sostienen. El agujero negro interno, la singularidad de Lucía.

La dinámica transferencia–contratransferencia oscilaba repetidamente entre los dos polos del secuestro objetal propio del vínculo materno y el desinvestimiento y narcisismo negativo del vínculo paterno. La terceridad era en gran medida una quimera. La paciente se empeñaba en demostrarme que su personaje frente al mundo era falso, cínico y complaciente. Toda una gráfica descripción del falso self en términos de Winnicott (14). Y que primero debíamos ocuparnos de su verdadero yo, porque era el que realmente le importaba. Escisión traumática por tanto Winnicott nos enseñó a que una de las funciones sanas del falso self era la de permitir y sostener ciertos usos sociales para “no ir por la vida con el corazón en la mano” (15).

Hasta qué punto las demandas de autenticidad y veracidad de nuestros pacientes se estrellan en la roca del ser. Las metáforas espaciales y esencialistas pululan a nuestro alrededor. Todavía beben del ideal cartesiano de autonomía epistémica completa… que, como Godot, nunca llega. Winnicott estaba especialmente preocupado de esta posible interpretación en torno al verdadero self. Son rehenes de un cierto discurso social, buscan en la unidad absoluta de la mente propia (la tríada de la autoestima, resiliencia y autarquía) lo que inevitablemente depara desesperación sorda o estruendosa. Al bebé-Lucía se le empujó traumáticamente a descubrir que tenía una mente propia, se rompió la matriz psicológica madre-bebé y apareció lo que se ha dado en llamar el bebé separado o discontinuo (8). Una guerrera prematura que proyecta, escinde y niega.

Tal matriz psicológica se funda sobre una serie de paradojas, fundamentalmente dos (15). La primera de ellas trata sobre la creación o encuentro del objeto por parte del bebé, importantísima omnipotencia primaria que permitirá la desilusión progresiva. La segunda comprende la aparición del objeto objetivo tras la destrucción del objeto subjetivo, que permita el espacio compartido y transicional. Paradojas que no deben ser resueltas y que se sostienen precisamente por su nexo con los procesos primarios. Lucía se me aparecía como el ejemplo viviente de la anulación sistemática de toda paradoja. Pensamos que damos demasiado rápido por sentado que las paradojas constitutivas de la matriz psicológica continúan de modo espontáneo y autosostenido. El espacio transicional permitirá acoger y amplificar todas las metáforas y metonimias necesarias para la fantasía inconsciente. Fantasías que equilibran constantemente la relación entre las representaciones de self y objeto, función que Joseph Sandler asimilaba a cómo un giroscopio estabiliza un objeto físico mediante fuerzas centrífugas y centrípetas (16).

Las paradojas eran para Lucía una quimera inalcanzable. Quimera en la doble acepción de “algo que se propone a la imaginación como verdadero o posible, no siéndolo” (17). Pero quimera curiosamente también remite a la criatura mítica, monstruo híbrido que vomitaba llamas, tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. Las fantasías de mi paciente, que sí existían, estaban confinadas absolutamente al ámbito preconsciente-consciente de juguetes intelectuales. No fertilizaban los procesos primarios. Todo tipo de quimeras sociales, desde ideales a sistemas de pensamiento o problemáticas antropológicas no resistían el proceso de separado del “grano de la paja”. O eran destinadas al cajón de “la realidad” o al cajón “de las pajas mentales”. Como una lluvia que cae sobre un tejado a dos aguas, depositándose por fuerza en un lado o en otro.

Lucía me llevó a pensar hasta qué punto ciertos sujetos están huérfanos de paradojas, de quimeras míticas. La reificación fruto de las metáforas espaciales y esencialistas causa estragos en el funcionamiento psíquico.
Como sosteníamos previamente, podríamos pensar que hay una marcada resistencia social al pensamiento paradojal en aras del esencialismo. Greenberg incluso nos alerta de un peligro que acecharía al psicoanálisis relacional, el de reducir la conflictiva intrapsíquica e intersubjetiva a un conflicto literal entre personas (18). O en ciertos intentos de alinear activismo político con teoría y práctica psicoanalíticas, con el pretexto de una redefinición desde lo relacional de los conceptos de neutralidad y abstinencia. Tal como Slochower señala, corremos el riesgo de hacer daño de maneras que no son necesariamente analizables de modo posterior (19). Para nosotros, tales conceptos freudianos permiten exactamente mantener las paradojas identificatorias ligadas a los procesos primarios, que de esta manera no llegan a cristalizar en un self cerrado.

Con Castoriadis podemos decir que no hay oposición entre el individuo y la sociedad, en tanto el individuo es una forma social histórica dada cada vez (7). La verdadera polaridad se daría entre sociedad y psique, merced a la radicalidad del inconsciente. El imaginario social instituyente actual en buena medida preconiza la subsunción de individuo y psique en la sociedad. Nos encontraríamos así con una producción actual de subjetividad tensionada permanentemente hacia una ficción de completitud ontológica (20). Todo ello mediante autosignificaciones ligadas a la imagen donde el componente evolutivo o temporal está ausente. Un verdadero Deseo de lo Uno (21). Tal imaginario social es condición esencial de pensamiento, intrínseca, al mismo nivel que la psique singular.

Añadimos que dicha ficción de completitud está asentada a su vez sobre otra capa ficcional en el imaginario social instituyente. Que podría rezar así: no es necesario ni deseable ningún tipo de compromiso entre el verdadero y el falso self. Mi verdadero self debe ser rescatado y reparado, para lo cual no nos podemos detener en las formas sociales, la educación o la cortesía. La salud acaba vinculada en dicho imaginario a la ausencia absoluta de mediación, a la eliminación radical de cualquier suerte de función benéfica del falso self tal y como nos enseñaba Winnicott (14). Este aspecto aparece de modo muy notorio en muchas corrientes psico y multitud de libros de autoayuda. El verdadero self es una cosa en sí misma que debe ser rescatada de cualquier tipo de intermediación. Podríamos denominar a todo ello como hiperromanticismo en tanto movimiento que buscaría capturar el ser del sujeto en un lugar psíquico estático desprovisto de toda falsedad o inautenticidad. Se trataría de la búsqueda por otros medios de la “esencialidad poética” de Herder, que rechaza la “pérdida del rudo y heterogéneo mundo vivo en aras de la objetividad que asfixia y encorseta” (22). Heidegger se refería a esta búsqueda obsesiva del ser como “una extravagante excavación en el alma que puede ser en grado máximo inauténtica o incluso patológica” (23). Lo contrario del devenir propio del Dasein, en el que nos encontramos perdiéndonos en las cosas. Podríamos pensar cómo la emergencia y el progresivo asentamiento del mundo digital – en el que además trabaja Lucía – ha acorralado para muchos sujetos como vetusto y estúpido cualquier tipo de mediación.

Un día se fijó en una figura que tengo en mi consulta: Dwight Schrute, de la serie The Office (24). Dijo que eso me “daba puntos” porque “ya era alguien que merecía la pena”. Curiosamente, los dos episodios de simbolización más fértiles fueron de algún modo extra-analíticos. Debo reconocer que ello me generó cierto malestar narcisista asociado al ideal profesional. Al acabar la sesión, nos reímos sinceramente con algunos de los momentos más cómicos de este personaje, especialmente extravagante, huraño y paranoide. Era una metáfora, como tantas otras en las sesiones, pero que ligaba, que permitía salir del marasmo del investimiento. Aparecía una fantasía inconsciente compartida, un sujeto de la identificación proyectiva (13) que permitía cierta triangulación. Pudo hablarme precisamente de cómo le gustaría una oficina como la de la serie, una familia vicaria que funciona a modo de auténtica ensoñación diurna. En este momento pude conectar sobre la aseveración de Mitchell cuando nos dice que “existe algo más, alguna otra fuerza, que debe de ayudar al analista a sacar a los pacientes fuera de sus órbitas psicodinámicas habituales; no es posible cumplir la tarea simplemente haciendo interpretaciones” (25).

A partir de este esbozo pudimos generar una cierta labor de reconstrucción familiar, que parecía asemejarse a la célebre noción freudiana sobre la reconstrucción, “una imagen confiable e íntegra en todas sus piezas esenciales de los años olvidados de vida del paciente” (26). Esto parecía confirmar la tesis de muchos autores actuales sobre el papel central de la reconstrucción en el paradigma psicoanalítico actual y la dificultad técnica de generar en el paciente una posición pasiva que pueda acoger tal reconstrucción (27). Podríamos ir más allá para ligar la renuncia a la omnipotencia en nuestro caso con la necesaria aceptación de una cierta feminidad receptiva (28). Con nuestra paciente Lucía no podemos dejar de suscribir las tan actuales palabras de Freud sobre la desautorización de la feminidad en ambos sexos como roca del análisis (29) (30).

Tras este episodio imprevisto en el que Lucía pudo salir momentáneamente de la negación en bloque del fantasma, volvimos a la dinámica habitual en la que nos encontramos inmersos. Pero prefiero pensar que algo se movió, que una fisura apareció en su concepción monista de la verdad. La disarmonía fecunda mostró sus patas. Las paradojas relativas a la familia, ser o no ser el personaje de la serie, la bisexualidad ligada a la identificación, hicieron acto de aparición y nos sacaron un rato de la “locura objetiva” hegeliana tal y como era criticada por Kierkegaard (15). Tras acabar las sesiones con ella, salgo al mundo cotidiano y me pregunto en qué medida sostengo como individuo imaginarios que puedan absorber subjetividades como el agujero negro de Schwarzschild absorbía masa y luz. Como no puede ser de otra manera, opto por no cerrar la paradoja.

REFERENCIAS

  1. Botella, C y Botella, S. Figurabilidad y trabajo de figurabilidad. La figurabilidad psíquica. 1ª. Buenos Aires : Amorrortu, 2003, págs. 63-70.
  2. Procesos de simbolización y trabajo de historización en la adolescencia. Grunin, JN. 12, Sao Paulo : s.n., 2008, Cad. psicopedag. [online]., Vol. 7.
  3. La tercera tópica. Dejours, C. 4, Marzo de 2009, Alter. Revista de Psicoanálisis. Investigación y traducciones inéditas.
  4. Labatut, B. Un verdor terrible. Barcelona : Anagrama, 2020.
  5. Green, A. El trabajo de lo negativo. Buenos Aires : Amorrortu, 1994.
  6. Apuntes psicoanalíticos sobre las psicosis: una mirada desde Piera Aulagnier. . Rosagro Escámez, F. Madrid : s.n., 2019, Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid, Vol. 9.
  7. El imaginario social instituyente. Castoriadis, C. 35, 1997, Zona erógena.
  8. Ogden, T. La posición esquizoparanoide: el self como objeto. La matriz de la mente. Las relaciones de objeto y el diálogo psicoanalítico. Madrid : Tecnipublicaciones S.A., 1986, págs. 43-60.
  9. Max Weber y la incidencia de la religión en los procesos de estratificación social. Arriaga Martínez, R. 10, México DF : s.n., 2009, Culturales [online]., Vol. 5.
  10. Cyrulnik, B. La maravilla del dolor. Barcelona : Granica, 2001.
  11. Bauman, Z. Modernidad líquida. Buenos Aires : Fondo de cultura económica de Argentina S.A. , 2002.
  12. Ogden, T. La pulsión, la fantasía y la estructura psicológica profunda en la obra de Melanie Klein. La matriz de la mente. Las relaciones de objeto y el diálogo psicoanalítico. Madrid : Tecnipublicaciones S.A., 1986, págs. 19-39.
  13. Ogden, T. Trad: Liberman, A. Identificación proyectiva y tercero subyugante. [aut. libro] T (ed.) Olmos de Paz. Los huéspedes del yo. Madrid : Biblioteca Nueva S.L., 2018, págs. 49-58.
  14. Winnicott, D. Ego distortion in terms of true and false self. . The maturational processes and the facilitating environment. Londres : Karnac, 1965.
  15. Abello, A y Liberman, A. Verdadero y falso self. Una introducción a la obra de D. W. Winnicott. Contribuciones al pensamiento relacional. Madrid : Ágora relacional., 2011, págs. 157-190.
  16. Una perspectiva general de las contribuciones clave de Joseph Sandler al psicoanálisis teórico y clínico. Fonagy, P. 25, Madrid : s.n., 2007, Aperturas Psicoanalíticas. Revista internacional de Psicoanálisis en internet.
  17. Española, Real Academia. Diccionario de la lengua española. 23.
  18. Desidealizar la teoría relacional. Una crítica desde dentro [Aron, Grand y Slochower, 2018]. Parte I. . De Celis, M. Madrid : s.n., 2021, Aperturas Psicoanalíticas. Revista internacional de psicoanálisis en internet., Vol. e7, págs. 1-24.
  19. Pasarse de la raya: Heroínas relacionales y el exceso relacional. . Slochower, J. 2, Jun de 2017, Clínica e Investigación relacional., Vol. 11, págs. 280-306.
  20. Suárez, Padrón. Imaginario social y sujeto. Algunas premisas conceptuales. . Academia.edu. [En línea] https://www.academia.edu/11948008/Imaginario_social_y_sujeto_Algunas_premisas_conceptuales.
  21. Green, A. El narcisismo primario: estructura o estado. Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. 2ª. Buenos Aires : Amorrortu, 2012, pág. 143.
  22. La búsqueda romántica de la identidad: Mac Pherson y Herder. . Rodríguez Barraza, A. 40, Veracruz (México). : s.n., 2008, THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA, págs. 225-233.
  23. Heidegger y Winnicott.: la patología de la impropiedad o la máscara del falso self. Bareiro, JM y Bertorello, A. Buenos Aires : s.n., 2009., Facultad de Psicología – UBA. Secretaría de investigaciones. Anuario de investigaciones. , págs. 255-263.
  24. Daniels, G, Gervais, G y Merchant, S. The Office. [int.] S Carrell, y otros. Universal Pictures Television., 2005-2013.
  25. Mitchell, SA. La acción terapéutica. Una nueva mirada. [trad.] colectivo GRITA. Coordinada Rodríguez-Sutil. Influencia y autonomía en psicoanálisis. Madrid : Ágora Relacional. Colección pensamiento relacional nº 13., 2015, págs. 81-116.
  26. Freud, S. Construcciones en análisis (19379.[trad.] JL Etcheverry. Obras Completas. Volumen 23. . Buenos Aires : Amorrortu, 2013, págs. 255-270.
  27. Press, J. Construction: the central paradigm of psychoanalytic work. [aut. libro] S Lewkowicz, T Bokanowski y G Pragier. On Freud’s “Constructions in Analysis”. Contemporary Freud. Turning points and critical issues. Londres : Karnac, 2011, págs. 31-43.
  28. Steiner, J. Overcoming obstacles in analysis: It is possible to relinquish omnipotence and accept receptive feminity? [aut. libro] Arundale J (ed). The omnipotent state of mind. Psychoanalytic perspectives. . New York. : Routledge., 2022, págs. 159-173.
  29. Freud, S. Una neurosis demoníaca en el siglo XVII (1923 [1922]). [trad.] José Luis Etcheverry. Obras Completas. Volumen 19. Buenos Aires : Amorrortu, 2013, págs. 67-106.
  30. Freud, S. Análisis terminable e interminable (1937). [trad.] José Luis Etcheverry. Obras Completas. Volumen 23. Buenos Aires : Amorrortu, 2013, págs. 211-254.
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.