Entrevista Joan Coderch

por | Revista del CPM número 25

Miguel Ferrández Payo*

 

CITA CON:

El Dr. Joan Coderch, doctor en medicina, psiquiatra y psicoanalista didáctico de la Sociedad Española de Psicoanálisis (Asociación Psicoanalítica Internacional). Ex Profesor Adjunto de Psiquiatría de la Universidad Central de Barcelona; ex Jefe de Servicio de Psicogerontología del Centro Geriátrico municipal de Barcelona. Ha impartido docencia, además, como Profesor de Psiquiatría en la Universidad de Barcelona, en la Fundación Vidal i Barraquer y en la Universidad Ramón Llull de la cual es profesor emérito, además de en sus minuciosos y didácticos libros.

Afirma que ha aprendido de los pacientes “más” que del resto de su formación.

 

TITULAR: “El psicoanálisis es relación y mutua interacción”

 

EL PERFIL

Accesibilidad, atención, flexibilidad, afabilidad, calidez, capacidad de comunicación y didactismo acogedores. Sencillez sin olvido del lugar de cabecera, producto de experiencia y trayectoria. Naturalidad que destila sabiduría en la práctica psicoterápica remedando cultura -lo que queda de lo exhaustivamente aprendido y olvidado. Cualidades beneficio para afortunados pacientes.

 

ENTREVISTA

¿Qué me podría decir de su experiencia propiamente psiquiátrica?

Estuve de Adjunto con Sarró, el cual había conocido a Freud y realizado un breve análisis con Helen Deutsch Sentí interés por el psicoanálisis para comprender a fondo la vida y la mente. En mi primera época casi todos los simpatizantes del psicoanálisis éramos médicos, ahora casi todos son psicólogos.

 

En su primer libro (Psiquiatría Dinámica, Herder 1975), un clásico en la psicodinámica de orientación kleiniana que leí en 1980(2ª edición) y que acaba de reeditarse, en línea con un primer Bleuler, parangonaba al psicoanálisis con “las más sutiles” pruebas de laboratorio respecto a la medicina interna. ¿Le merecen hoy la misma valoración?

Sí, podrían entenderse como aplicar el microscopio pero con unos límites, sin idealizaciones. Con el tiempo soy más modesto y recuerdo más los límites. Se requiere subjetividad, todo el mundo ve distorsionado, se ve lo que se puede.

 

 

Respecto a las psicosis señalaba que “no son” enfermedades distintas sino “variaciones” en la cantidad y cualidad de la profundidad de las regresiones y de los mecanismos de defensa utilizados contra las ansiedades precoces. ¿Existe la enfermedad mental?

Además de la carga genética existen trastornos neurohormonales y de los neurotransmisores en la esquizofrenia y en el trastorno maniaco-depresivo por lo que no son enfermedades puramente psicológicas, lo cual no impide que se aborden conjuntamente con psicoterapia.

 

Asignaba la función del psicoanalista en la institución a reconocer los mecanismos inconscientes subyacentes y “ofrecer un diagnóstico psicodinámico”. En su segundo libro (Teoría y técnica de la Psicoterapia Psicoanalítica, Herder 1987) el “verdadero porvenir” era que se integrara. ¿Sigue pensando que el desempeño por el terapeuta de una “actuación psiquiátrica” le incapacita “irremediablemente” para mantener una verdadera relación psicoterapéutica? ¿Juzga “improcedente” que si ha atendido al paciente en una crisis se haga cargo de su psicoterapia psicoanalítica?

Tengo una visión más amplia y creo que el psiquiatra que le ha atendido puede también tener una verdadera relación psicoterapéutica, ¡ahora bien! no es lo mismo que intentar un tratamiento de psicoterapia psicoanalítica o psicoanálisis “sensu stricto”, más ambicioso y formal.

 

Escribió que en la melancolía se presentaban “los mismos” síntomas que en el resto de las depresiones y que “solo” la evolución permitía comprobar que la tristeza “ha traspasado las fronteras”. ¿Sigue apuntándose a un enfoque cuantitativo?

No solamente, porque sabemos que altera los neurotransmisores lo que es diferente de las tristezas de la vida, como puede ser, por ejemplo, un abandono sentimental, con las que se la confunde.

 

¿Todavía incluye a los pacientes fronterizos dentro del grupo de las psicosis esquizofrénicas?

No. Se trata de fragilidad emocional, diferencias en la relación con los otros, diferencias consigo mismo, inestabilidad emocional… Si bien resulta fácil el paso a una esquizofrenia, nunca es lo mismo. En ambos casos precisan una psicoterapia especial y a veces una intervención global con directivas cognitivistas y matices de comprensión psicodinámica.

 

En su tercer libro (La interpretación en psicoanálisis, Herder 1995) siguiendo la línea clásica privilegiaba “fundamentalmente” la efectuada sobre la relación interpersonal (transferencial).Actualmente la trata como un “medio” para la modificación del conocimiento relacional a través de la interacción, “corazón” de la práctica analítica, a realizar con la verbalización, los gestos o el silencio ¿Qué le ha hecho modificar su criterio?

La experiencia clínica. Para muchos se trata de reserva y anonimato cuando la primera experiencia de la cura es la relación, el diálogo con una persona que te entiende. Un encuentro personal dentro de una igualdad democrática no autoritaria sin que lo comunicado deba entreverse necesariamente distorsionado por la transferencia inconsciente. Sin embargo, en este libro ya me refería a las interpretaciones extratransferenciales y a la función de la interpretación como un acto relacional, que es la que constituye el agente terapéutico.

 

Propone una “segunda función” para la interpretación: transmitir una actitud de acogimiento, tolerancia, empatía y benevolencia. Incluso “algo de amor” se sumaría a la gratificación que el psicoanálisis “en si mismo” portaría. ¿Qué nos puede decir?

Si, antes ya me he referido a esta segunda función. El paciente interpreta rápidamente la actitud del analista para con él. Desde que somos niños aprendemos a interpretar las circunstancias, por tanto interpretamos según las que hayamos vivido. Paciente y analista se interpretan el uno al otro continuamente.

 

En el prólogo a su último libro (La práctica de la psicoterapia relacional), en el que nos centraremos, se le califica de un “buen ejemplo de la profunda evolución del pensamiento psicoanalítico”. ¿Le
han influido los cambios de la neurociencia, o justifican una nueva posición? ¿La edad favorece, o bien autoriza, una mayor flexibilidad?

Las dos cosas. La teoría pulsional de la mente es una concepción cartesiana de la mente totalmente rechazada por toda la ciencia actual. Desde las aportaciones de la moderna neurociencia es insostenible el concepto de fantasías endógenas totalmente independientes de la realidad exterior. El organismo humano es un sistema abierto y, como tal en constante interacción con el medio que le rodea. La mente esta asentada en procesos cerebrales. El complejo de Edipo ni es universal ni es el núcleo crucial para comprender el desarrollo de la mente humana. Esta se desarrolla a partir de las interacciones del niño con el medio sociocultural en el que nace y vive; éste es la matriz social que sucede a la matriz biológica. El ser humano es relación.

Por otra parte existen dos modos de envejecer, uno hacia la rigidez y otro hacia la flexibilidad como enseñan los descubrimientos acerca de la plasticidad cerebral. ¡Yo me siento distinto!

 

Desmenuza los avances de la neurociencia para aplicarlos al psicoanálisis. ¿Sigue con ella una orientación general que pretende basarse en la ciencia a contraponer a otra “anclada” a las pulsiones que buscaría aposento en la filosofía?

No se trata de que el psicoanálisis se haya de basar en la ciencia, sino de que no vaya en contra de ella y de que pueda aprovechar sus aportaciones. Toda palabra es un acto que se centra en las emociones, en la afectividad. El niño precisa que sus necesidades afectivas sean atendidas dado que el ser humano es fundamentalmente emocional. Su patología proviene de como hayan sido atendidas sus necesidades afectivas. Además, aunque existe el factor herencia sabemos que se desarrolla según las circunstancias de la persona.

 

Señala que el psicoanálisis es ante todo una psicoterapia y parece difuminar sus diferencias ¿Existen?

Hasta 1991 Freud se ceñía únicamente a la observación de los abusos sexuales y después sintió que las pacientes histéricas le habían engañado y construyó la teoría de las fantasías inconscientes endógenas, independientes de la realidad como el terreno intrapsíquico propio y exclusivo del psicoanálisis, lo cual fue considerado como el amanecer del verdadero psicoanálisis. Fue un grave error, a partir de aquel momento el psicoanálisis se apartó de la realidad en la que vive el sujeto, lo social y de la ciencia, y la ciencia y la sociedad se han apartado del psicoanálisis. Se consideraron poseedores de una ciencia única y elitista, y se despreció la psicoterapia porque esta se ocupaba de la realidad de las vicisitudes y problemas que vive el paciente en su mundo. Nunca ha habido un acuerdo consensuado y aceptado por todos sobre lo que es el psicoanálisis, lo que es la psicoterapia y las posibles diferencias entre una y otra. El terapeuta es el que ha de elegir entre el empleo de elementos más psicoterapéuticos o más analíticos. Figuras relevantes como Gabbard no encuentran una diferencia radical…

 

Se sabe que Freud, su hija Anna y Ferenczi anduvieron “poco menos” que obsesionados por la transmisión del pensamiento. Se han descubierto las neuronas “espejo”. Al igual que en el simio el contenido de las comunicaciones del paciente debería estimular “inmediatamente” los circuitos correspondientes del terapeuta haciéndole vivir las “mismas” emociones. ¿Encuentra respaldo científico para la empatía?

Indudablemente la respalda. El significado etimológico de la empatía es sufrir con, o gozar con. Introducirse en la mente de lo que piensa y siente, haciendo una lectura de ella. La verdadera empatía es sentir con el otro, sentirse implicado emocionalmente, sentir que amas a tus pacientes.

 

Por otra parte afirma que la neurociencia presenta una “preocupante vocación imperialista”. ¿Teme que la psicoterapia sea desplazada?

Sí, la neurociencia es magnífica y yo me apoyo mucho en ella, pero presenta una amenazadora tendencia imperialista.

 

La ciencia nos demuestra ahora que la memoria no es una biblioteca que guarde las experiencias grabadas y por tanto es un “error grave” creer que durante un proceso analítico se recupere la verdad de los hechos del pasado puesto que se reinscribirían modificándose. ¿Qué importancia tiene la realidad de los mismos?

Es importante, pero nunca llegamos a conocerlos exactamente. Freud, más que tratar de conocerlos efectuaba reconstrucciones del pasado. Hay pacientes que acaban sabiendo que sus padres no se portaron tan bien y llegan a perdonarlos pero en otras ocasiones no es así ¡y tienen todo el derecho a que sea así! lo que les conduce a establecer una relación más verdadera.

 

Afirma que el edificio teórico pulsional freudiano, anclado a la filosofía, se derrumba “como un castillo de arena” ante la demostración por la neurobiología de la inexistencia de la energía psíquica y que la “regulación del afecto” ha pasado a ser el motor de las motivaciones humanas. Sostiene que los pacientes acuden buscando amor. ¿Resulta posible encararlo en una relación profesional sin una contraparte? ¿Es suficiente con estar “emocionalmente implicado”?

No. Si no se siente amor, del paciente saldrán solamente cosas pero sin la experiencia emocional que conlleva el sufrimiento compartido.

 

Se trataría de no ocultar los desprestigiados deseos de ayudar ya que la neutralidad en las relaciones humanas -que Freud nunca nombró- “no existe”, ni disimular la profunda implicación que se siente ya que sin ella no puede existir “verdaderamente” proceso analítico. Sin serlo, resultan propuestas novedosas. ¿Por qué cobran actualidad actualmente?

Desde hace ya muchos años numerosos analistas, Ferenczi, Fairbairn, Winnicott, Balint, Kohut, etc., se percataron de la importancia de la intersubjetividad paciente-analista, y que es a través de este proceso intersubjetivo que conlleva al reconocimiento del propio self a través del reconocimiento del otro como un self equivalente pero diferente, la manera como se produce el crecimiento de la personalidad. La relación mas personal con los pacientes, de persona a persona, mas afectuosa y menos el yo interpreto del inconsciente al consciente. La neurociencia y la observación de bebés han enseñado que somos seres fundamentalmente emocionales.

 

Solo” se logra una “modificación favorable” en la psique del paciente si se consigue que te sienta “como un objeto bueno”, que “ofrece unas buenas relaciones de objeto” y “vive humana y frágilmente” sus vicisitudes logrando sobrevivir. ¿Qué coste personal conlleva?

Lo dijo ya Fairbairn, el paciente sólo se libera de sus objetos malos si siente al analista como un objeto bueno. El analista, en el psicoaná
lisis relacional abandona su trono de experto que sólo interpreta y vive una relación intensa con el paciente.

 

Que el encuadre sea “lo mas natural posible”. La “única” regla a seguir es “ofrecer la mayor ayuda” integrando las intervenciones “que habitualmente no han sido consideradas analíticas”.Su aserto cobra mayor interés pronunciado por un experto en el tema y riguroso y escrupuloso en su observancia…

Se trata de una actitud de no refugiarse en las reglas, lo que implica mayor reflexión y responsabilización.

 

No existe transferencia “puramente” endógena. “Siempre” constituye una respuesta al encuadre y a la personalidad del analista. Más que repetir el pasado es “organizar el presente”. Alcanza a aseverar que la negativa es “primordialmente” un artefacto provocado por un comportamiento distante. ¿Qué nos puede aclarar?

La transferencia no es una entidad que surja en el análisis dado que todos organizamos cualquier situación en la que nos encontramos de acuerdo con la totalidad de nuestros conocimientos, conscientes e inconscientes, aprendizajes, experiencias, deseos; esto y no otra cosa es la transferencia.

 

Reconoce que el psicoanálisis “ni siquiera” ha llegado a una definición de “qué cosa es”. El de tipo relacional, el “verdadero heredero y continuador” de la técnica de Freud, que sitúa a la constante interacción e influencia mutua de “foco primordial” de atención, puede adoptarse “sea cual sea” la escuela o el modelo a seguir. Todos pretenden apoyarse en Freud pero, sin recurrir a Sullivan, Balint, Winnicott, Fairbairn, Bowlby o Kohut, ¿no resurge, sin más, un denostado Ferenczi?

Existen muchas definiciones pero ninguna consensuada, de ahí la proliferación de escuelas que, sin decirlo, se han alimentado de Ferenczi.

 

En la introducción afirma que si bien de curar “ya no se habla” sino “simplemente de ayudar”, el psicoanálisis debe “volver a situar en primer plano” su carácter terapéutico, que “es y debe ser” su meta y que el analista ha de estar movido por un “ferviente” deseo de librar al paciente del sufrimiento. ¿Es una postura arriesgada e incómoda?

Sí sobre todo el tener que preguntarse ¿Qué hago yo para que él se resista? Sentirse responsable de todo lo que sucede en el curso del proceso analítico.

En línea con Wallerstein su impresión al cabo de tantos años es que no hay “ninguna prueba” de que el psicoanálisis “obtenga mejores resultados” que la psicoterapia, sea del tipo que sea, ni que una frecuencia intensiva supere “a tres o dos”.

Así es. No se ha podido demostrar. Lo que está claro es que todas las escuelas tienen en común algo: la relación interpersonal. Es lo que ayuda, como por otro lado demuestran los estudios.

 

Desciende a ras de tierra, para admitir que resultados: “los observables”, los que pueden ser corroborados “también” por el analista y por los que conviven. ¿No resulta una labor desagradecida ante la imposibilidad de que el paciente evidencie el efecto terapéutico mental de cada intervención? ¿Se debe pretender demostrarlo?

Lo más importante es la experiencia subjetiva del paciente. Es él quien puede corroborar si ha recibido una ayuda a través del tratamiento. Se que hay estudios que parecen evidenciar un cambio a través del estudio de los neurotransmisores… Si el examen de los neurotransmisores muestra una modificación, ¡miel sobre hojuelas!

 

(Entrevista realizada el día 14 de Junio de 2011 y publicada en la sección “cita con” en el nº 37 de la revista “Encuentros”, publicación trimestral del Centro Neuropsiquiátrico Nª Sª del Carmen de Zaragoza editada por las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón)

 

 

 

La práctica de la psicoterapia relacional. El modelo interactivo en el campo del psicoanálisis” Joan Coderch, Madrid: Agora Relacional 2011: Colección Pensamiento relacional nº2

El autor expone el resultado de sus dos libros anteriores (La relación paciente-terapeuta, Paidós Ibérica 2001) y (Pluralidad y diálogo en Psicoanálisis, Herder 2006) que testimonian la notable evolución en su pensamiento, si bien, ya al comienzo de su obra, desde una orientación netamente kleiniana, asignara notable importancia al yo al definir a las neurosis por su “fracaso” con el “resultado” de la “incapacidad para resolver adecuadamente los conflictos inconscientes” y manifestara que constituían “fundamentalmente” una patología de las relaciones interpersonales. También entonces apuntaba, en línea con la urdimbre de Rof Carballo, que la herencia no está “ahí” desde la concepción sino que la potencialidad genética se desarrolla relacionalmente.

El cambio más importante hacia la psicoterapia relacional habría sobrevenido hace un par de décadas con la irrupción del relegado pensamiento de Ferenczi y Fairbairn. También de Bowlby, tan reconocido por la O.M.S. pero no desde su propio campo del psicoanálisis y de Loewald. Kohut creador de la psicología del Self, se habría dado cuenta de la importancia de la actitud personal del analista y Winnicott, sin explicitarlo, modificado mucho la teoría y la técnica del psicoanálisis, si bien la eclosión de la teoría relacional –no habla de interpersonal- no llegaría hasta 1990 con Mitchell integrando las relacionales, objetales e interpersonales.

Las contribuciones de la neurociencia mostrando que las impresiones se graban a partir del bebé, no únicamente de forma biológica o bioquímica a modo de árbol frutal sino impregnando a partir de los genes y la plasticidad cerebral habrían dado la razón al enfoque relacional
conduciendo a un determinismo también de índole psicológica que formará parte de la base del comportamiento. Si el psicoanálisis tradicional se basaba en un lenguaje lógico que planteaba un intercambio de palabras en el que todo acto era proscrito, la lingüística y la filosofía del lenguaje habrían aportado que las palabras serían actos y que terapeuta y paciente, al hablar, estarían actuando uno sobre el otro. Por otra parte la biología entroncada con la teoría General de Sistemas de Von Bertalanffy al proclamar que el ser humano, como todo organismo viviente, es un sistema abierto en constante e ininterrumpida interacción con el medio que le rodea, abocaría a plantear la situación analítica, como cualquier otra, como una interacción, un intercambio continuado entre dos personas.

El autor entiende que la mente del psicoanálisis clásico corresponde a la cartesiana de Freud evolucionando a través de unas pulsiones que excitaban unas fantasías endógenas sin relación con la realidad exterior y provocaban conflictos, pulsiones, fantasías y defensas contra esos conflictos. Sin embargo la neurociencia y la biología nos estarían diciendo que el cerebro se integra totalmente con el resto del cuerpo, a través de circuitos neurobioquímicos de manera que todo proceso cerebral y todo acto mental procedería del conjunto del organismo interaccionando con el medio ambiente. Por tanto el pensar, el desear, el temer, el emocionarse y el fantasear se darían con todo nuestro organismo, no con la mente. Habría que procesar y filtrar los estímulos que afluyen que llegarían a nuestra conciencia de forma inconsciente solamente los necesarios hasta un momento en que ante algo que avisaría de un problema a resolver, surgiría la consciencia.

Actualmente para las relaciones humanas nuestro autor prefiere hablar de práctica en lugar de técnica en razón de que el terapeuta debe introducir sus conceptos teóricos, sus conocimientos científicos, sus experiencias, sus hipótesis, pero finalmente el momento de la aplicación es un arte porque no hay dos pacientes iguales, el terapeuta no establece una relación igual con dos pacientes diferentes ni existen dos díadas paciente-terapeuta iguales entre si.

Sigue a Ferenczi y a Fairbairn en que es preciso colocarse como “objeto bueno” ante el paciente, alguien que resuene con sus propias emociones y viva sus vicisitudes como alguien que realmente le tiene afecto para que no se trate de una comprensión intelectual de sus padecimientos de acuerdo con sus propias teorías. Siente extrañeza de que durante tanto tiempo se haya mantenido una dicotomía entre interpretación y relación, siendo que “toda interpretación es un acto relacional”.

En suma, la acostumbrada claridad expositiva del autor facilita el acceso al profesional de la salud mental a la nueva psicoterapia relacional enriquecida con valiosas aportaciones personales.

 

 

 

Realidad, Interacción y Cambio psíquico. La práctica de la psicoterapia relacional-II”, Joan Coderch de Sans, Madrid: Agora relacional 2012: Colección Pensamiento relacional nº 5

El autor ha decidido brindarnos una segunda parte acerca de su visión de la psicoterapia relacional, campo en el que con entusiasmo milita, a partir de la evolución de su pensamiento. Pretende apoyarse en los conocimientos actuales obtenidos por la neuroimagen de los cuales se desprende que el cerebro se forma a través de la potencialidad para la interacción de las redes neuronales cerebrales. Si en la primera parte se centró en describirlos en esta ocasión dialoga con la culturología, rama de la antropología. Su autoreconocida tendencia docente a veces le traiciona en favor de facilitarnos claridad en el complejo mundo mental y de las disciplinas colindantes al psicoanálisis. Define la cultura como “una defensa” contra la ansiedad que los seres humanos crean para relacionarse y observa que con los ritos los hombres se sienten “asegurados en la validez de sus formas de vida”.En la relación terapéutica el encuadre lo es. ¿Analizamos la mente de un paciente o la cultura en la que se ha desarrollado? alcanza a preguntarse cual culturalista de pro.

 

En la introducción asegura que fue un “tremendo” error haber anclado el psicoanálisis en el terreno de lo intrapsíquico dado que no existe el yo individual sino “siempre” el social. Debe darse una vuelta a la realidad que históricamente se halla ligada a la teoría traumática. Entendida como carencias en la díada niño-cuidador, su discípula Angeles Codosero expone su evolución histórica. Para Coderch su abandono habría supuesto un camino “erróneo” y el “crepúsculo” de aquél. Al centrarse su creador, Freud, en el parricidio y en el incesto tergiversó el mito edípico, un filicidio con “infaustas” consecuencias. Una práctica que exige como requisito de curación el arrepentimiento de las pulsiones agresivas e incestuosas. El ejemplo “sobresaliente” lo constituyen los conceptos de culpa (persecutoria y depresiva) y reparación del “erróneo” conjunto de teorías de Melanie Klein, prisionera de unas fantasías endógenas inconscientes representación psíquica de las pulsiones y desconectadas de la realidad sin conceder apenas atención a las relaciones interpersonales. “No hay duda” de que responderían a fallos en la temprana relación niño-madre. Apoyándose en la teoría de los sistemas lo juzga “inconciliable” con los conocimientos científicos actuales. Critica además que desde la mencionada posición se interprete cualquier asociación como una distorsión transferencial.

A pesar de su amistad con Einstein, Freud basó su concepción teórica en el universo newtoniano a base de conceptos metapsicológicos “completamente” obsoletos. Su gran descubrimiento no habría sido el inconsciente reprimido sino la persistencia de formas de funcionamiento psíquico, primario y secundario a los que el autor añade un tercero, producto de su combinación y ligado a la creatividad. El psicoanálisis ha permanecido encerrado en si mismo con “apenas” conexión con la cultura y la ciencia. Si quiere sobrevivir deviene obligado una revisión “a fondo” que integre las directrices actuales la ciencia y de las ciencias afines. Ha existido un temor “reverencial” a no practicar un verdadero psicoanálisis cuando, no existe un psicoanálisis sino “muchos”. El basado en la supuesta represión de unas pulsiones y un conflicto intrapsíquico producto de las fantasías endógenas inconscientes estaría “totalmente” desacreditado.

Cada cultura crea el psicoanálisis “que necesita”. En una sociedad postmoderna caracterizada por pacientes con sentimiento de carencias de raíces, falta de identidad, provisionalidad, temor a vivir a algo o alguien como valioso y necesidad de ídolos y de riesgo: el psicoanálisis relacional, obra de Mitchell “principalmente” y fruto del enriquecimiento de las experiencias clínicas con la neurociencia cognitiva, la filosofía del lenguaje, la teoría de la comunicación y la sociología. El proclamó que todo cambio psíquico proviene de la interacción paciente-analista entendiendo la aceptación de las palabras como actos. Agrupa la noción de Balint de déficit por insufi
ciencia mental sustentada en la inadecuación de redes neuronales y “uno” de sus fundamentos es la teoría del apego de Bowlby. La manera de conducir el análisis deriva “muy directamente” de Winnicott, en línea con ofrecer al paciente en cada momento “lo que es mejor para él” dado que la “identificación con el método” habría ahogado el avance del psicoanálisis. El autor español concuerda con que cada interpretación es una “experiencia de relación”, deberán atenuarse las experiencias negativas y otras nuevas proporcionarán cohesión al self. Elogia el impulso anticartesiano de la teoría de la intersubjetividad de Stolorow y Atwood, su denuncia de la mente como un contenedor y lo que denomina el representacionalismo pero critica su psicologismo.

Cree Coderch que el self no se desarrolla de forma autónoma sino “producto de la interacción” desde el periodo intrauterino por medio de sentírselo a través de la integración de sucesivas identificaciones con sus propios estados proyectados en el rostro materno. Ser un observador distante es una ilusión “sin fundamento” dado que junto al observado forman parte de una totalidad en relación con las realidades materiales circundantes, a saber, un flujo de energía en movimiento. Desde fuera “nadie” puede entender a otro, “lo único” a conocer, por medio de la facultad que proporcionan las neuronas en espejo, es la experiencia subjetiva del paciente. Una empatía que supone sentir con el paciente, “participar en sus sentimientos, sufrir con”, “implicarse profunda y emocionalmente con él”. No puede haber comunicación sin interacción y viceversa. Debe de existir un lenguaje primitivo interno “muy ligado” a la somatosensorialidad en el cual la información interna se transmita al otro subverbalmente, consciente e inconscientemente.

No cree el autor que el paciente emprenda un psicoanálisis con el propósito de luchar contra el analista; si es así será una respuesta a un setting deshumanizado. Juzga una proposición “falsa” y “antiética” que se efectúe “para promover un cambio” que no habrá de ser en las estructuras sino en su organización. Conllevará una “modificación de funciones” traducida en la “forma de estar con los otros” por parte del paciente como expresión del cambio del inconsciente no reprimido. El agente terapéutico, “el encuentro relacional”, creará un vínculo que ejercerá una “función de objeto-sí mismo” que otorgará cohesión al self. Donde estaban los aspectos mas primitivos de la mente pasarían a estar las funciones psíquicas “mas elevadas”, se interiorizarían las funciones analíticas y se buscaría el máximo valor en tanto que persona en línea con al proposición de Benjamin de que donde estaba el objeto ha de estar el sujeto.

 

De eficacia “dudosa” considera Coderch a las interpretaciones transferenciales. En su encuadre evita la impresión de cualquier certeza, no favorece las asociaciones libres, no se permite largos y “cómodos” silencios. Cree que el paciente necesita sentir que sus palabras y sus sentimientos ejercen algún efecto en el analista. Por ello promueve una actitud mentalizadora consistente en que por medio del contenido de sus palabras, tono y ritmo de la voz y expresión facial busca devolver al paciente una representación de “lo que le ha hecho sentir y pensar”. Le pide que diferencie entre pensar y sentir sus pensamientos y sentimientos y que piense en el sentido que tienen para él las palabras del analista. Que se cuestione por qué se relaciona y lo percibe de una forma determinada, que intente verse desde fuera e imagine como le ven. Enfín, cada analista deberá encontrar su camino “propio” de acuerdo con la necesidad de cada paciente.

 

 

 

Joan Coderch: reflexiones acerca de una evolución. ¿Psicoanálisis o psicoterapia relacional?

Si su “Psiquiatría dinámica”, obra escrita mientras trabajaba como docente en la cátedra de psiquiatría de Barcelona aportó al mundo hispánico en su momento una condensación de la teoría kleiniana aplicada a la patología psíquica, sus libros siguientes expusieron con claridad la teoría, la técnica y la interpretación psicoanalíticas siguiendo esta orientación. Como señala en el prólogo Daurella, a pesar de algunos indicios, no daría fe pública de un cambio radical en sus concepciones hasta los publicados en el siglo XXI.

 

Desde fuera parecería que coincidiendo con su cese en la enseñanza teórica oficial de la psiquiatría su práctica se hubiera dirigido hacia un paciente problematizado pero sin patología abierta. Sin embargo en los capítulos añadidos a su primer libro respecto a los trastornos alimentarios por ejemplo, o en el último en su digresión en torno al genuino paciente fronterizo, recuerda con brillantez no haberla olvidado.

Admira que alguien criado en las entrañas de un profundo kleinismo, que tan bien muestra conocer, haya sido capaz de evolucionar hacia otra postura teórico-práctica y además admitirlo. En muchas ocasiones estas derivaciones han nacido -recordemos a Ferenczi y a Kohut- en el descontento hacia el propio análisis, llamado didáctico, aspecto que juzga demasiado personal para abordarlo.

El psicoanálisis relacional aparece contrapuesto al tradicional. ¿Se trata de algo nuevo? Se reconoce su origen en Ferenczi, cuya práctica fue caricaturizada por el propio Freud y acabó relegado y calumniado, entre otros por su antiguo analizante Jones, como siempre con el apoyo implícito del fundador sin cuya conformidad nada se movía. Allí estaba ya, en esencia, el psicoanálisis relacional. En la capacidad autocrítica del analista encauzada a subsanar terapéuticamente las carencias traumáticas sobrevenidas en la relación con la madre y los familiares cercanos. Se ha tendido a soslayar el origen del enfoque dual madre-hijo en el maldito Rank (no es el caso de Codosero), ridiculizado y caricaturizado con saña también por el propio fundador. Carne y uña con Freud desde su omitida colaboración en la Interpretación de los sueños y origen del giro de 180 grados de su teoría de la angustia, que ya preconizara Stekel.

 

Desde la teoría relacional Coderch soslaya el parentesco con la denostada teoría de las relaciones interpersonales norteamericana hacia la que muestra distanciamiento, apenas admite a Sullivan. Sin embargo reconoce como creador al prematuramente desaparecido Mitchell, supervisor del Instituto Alanson White (honor que éste no olvida compartir desde 1883 con Greenberg), el cual entroncaba sin embargo sin pudor la teoría de las relaciones objetales con la teoría de las relaciones interpersonales. El propio Pichon-Rivière, creador de la teoría del vínculo, para nada renegaba de la influencia de Sullivan.

En cuanto al encuadre se aduce que el propio Freud se mostraba más distante del encuadre que lo que pregonaba. Se aprecia en los testimonios de sus analizados. Pero en gran parte se debía al reclamo a impartir enseñanza. De siempre los primeros espadas no se han sentido tan sujetos a los imperativos del encuadre. Quizá el permitirse un menor enco
rsetamiento favorezca sus resultados. Coderch le muestra el debido respeto pero teme su efecto constrictor. Sí, se trata también de un rito reasegurador para el psicoterapeuta, pero encuentro que un requisito fundamental para adentrarse en la intrincada relación interpersonal con asidero protector frente a la agresión retaliativa de origen narcisista o de choque de personalidades. ¿Acaba el paciente por adaptarse a él, como sostiene Coderch, para sobrevivir ante el otro y adaptarse mediante la ferencziana trocada en annafreudiana, identificación con el agresor?

 

El paciente que siempre ha encontrado Coderch, que pretende su curación sin torpedear los esfuerzos del psicoterapeuta, sin destructividad ni envidia puede deberse a la flexibilidad del encuadre, a la disolución de la agresividad por medio de la empatía a la manera de Kohut… ¿No se tratará de un paciente conflictuado pero con ausencia de patología? Se mantienen los mismos interrogantes. ¿Es el mismo narcisista el de Kohut y el de Kernberg? ¿Está más trastornado el de éste último o reacciona airado por la falta de tacto de las interpretaciones? ¿Habrá dejado el insano de acceder a los gabinetes psicoanalíticos?

 

Si Freud y la primitiva escuela de Berlín aconsejaban una formación humanística integral algunas corrientes del psicoanálisis actual muestran fascinación hacia la filosofía y el arte. Coderch descarta que la posea por la ciencia, se trata de estar al día y que no la contravenga. ¿Habrá que estar pendientes de reactualizar al psicoanálisis con respecto a los nuevos descubrimientos que se vayan produciendo? ¿Es el psicoanálisis relacional el único “que se puede fundamentar científicamente? como cree Codosero (2012). O se tratará de olvidar el sustrato subyacente como el literato que teme concebir obras influído por las modas psicológicas imperantes. Cierto es que Freud buscó protección y lustre bajo el manto médico pero después huyó espantado de que el psicoanálisis, y también su poder, fuera absorbido en un capítulo de un texto de psiquiatría.

Acusador del psicoanálisis encerrado en sí mismo y dialogante con la cultura, Coderch no lo es con respecto a Lacan y el lacanismo. Los ignora. ¿Sigue una línea psicoanalítica oficialmente marcada o cree que no se puede discutir con quien no se esfuerza, como él concienzudamente hace, por clarificar sus proposiciones?

Si tal como dice Coderch el paciente busca lo que necesita y, siguiendo a Winnicott, el analista o el psicoterapeuta deben hacer el esfuerzo para suministrárselo, resulta inevitable inquirirse si debiera procederse a la inversa. Que el paciente que desea recrear la díada madre-hijo, mientras un analista empapado de proyecciones (tal era ya, como criticaba Reich, el modo de trabajar de Nunberg, representante oficialista de la práctica freudiana) buscará en su momento la clarificación separadora, precise una confrontación reichiana del carácter. Aunque artefacto egosintónico, le hace consciente desde un primer momento de su unicidad y con ello de su mismidad. Sería un fundamento para la sesión corta lacaniana ¿O tal vez un complemento con una terapia grupal que descoloque de un amparo desmedido en el setting?

 

El antecedente de la crítica a la teoría freudiana del Edipo en base a que se trata de un filicidio ¿no lo anticipó a Kohut, el argentino Arnaldo Raskowsky, rastreando subrepticiamente senderos rankianos?

 

Desestima Coderch, como fuente de la cura, las interpretaciones transferenciales en relación a las fantasías inconscientes y se sitúa en la línea de la empatía fortalecedora del self de Kohut a través de la relación interpersonal y no en base a que el incremento de la yóica favorezca la introspección, el autoenfrentamiento y el insigth. Suele ocurrir que los principales seguidores de una corriente, pretendiendo clarificarla, la adaptan a su propia concepción. Tal pudiera haber sido el caso de Hanna Segal pero también el de Susan Isaacs que fue quién las proclamó representantes de las pulsiones. ¿Habrá sido una ilusión que el cambio terapéutico sobrevenga de la capacidad intelectual del analista para disolver o atravesar una fantasía central fantasmática?

 

Demuestra sinceridad y valentía el admitir desde la órbita del autor catalán, expresidente de la catalana Sociedad Española de Psicoanálisis, que pacientes analizados concienzudamente a base de años de técnicas de corte culpabilizador como las kleinianas pudieran haber mejorado mediante psicoterapias más ligeras y económicas. Desde un primer momento la terapia de corta duración fue atacada de forma furibunda, ante la complacencia del fundador, aunque proviniese de autores con tanto pedigrí como Rank y Ferenczi que se limitaban a exponer la práctica que se acabaría imponiendo. Ya en América fue atacado Alexander, el primer psicoanalista formado oficialmente en Berlín con todas las aquiescencias. Pudo haber influido el temor a la inseguridad económica que se derivaba. Llegaron Gill y otros. En la clínica Menninger, desde la sistemática experimental, Wallerstein relativizó la diferencia entre la psicoterapia psicoanalítica y el psicoanálisis. A cambio, se dilataba el tiempo requerido para la formación de los profesionales. El principal argumento de la expulsión de Lacan fue el tema de las sesiones cortas. ¿Pudo haber sido ése el gérmen de su revolución más que su propia concepción teórica, amparada en el retorno a Freud? ¿Se estaba adaptando Europa a los nuevos tiempos antes que el vilipendiado, por americanizado, Hartmann, el cual esbozó su obra antes del exilio?¿Si Freud comenzó descansando únicamente el domingo, ¿ofrece patente de psicoanálisis una psicoterapia quincenal porque la realice un psicoanalista con avales o debe relegarse de una vez la obsesión por lo que es o no es en aras de la efectividad?


 


 

Bibliografía

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*Miguel Ferrández Payo

Jefe Clínico del Centro Neuropsiquiátrico Nª Sª del Carmen (CNC) de Zaragoza de las Hermanas Hospitalarias (HH)

E-mail: consulta@miguelferrandez.com

Web: www.miguelferrandez.com

Libros Publicados

2010) “Karl Abraham y la sucesión a Freud (En el Comité Secreto, a través de su correspondencia completa) Madrid: Cultivalibros: Colección Autor

 

2010) “De Abraham a Klein: a un siglo de las primeras aportaciones psicoanalíticas a la psicodinámica de la depresión melancólica (1911-1945)” Madrid: Cultivalibros: Colección Autor

 

2012) “La depresión en Castilla del Pino: aportaciones y ecos autobiográficos” Madrid: Cultivalibros: Colección Autor