Entrevista al Dr. Marcelo Viñar

por | Revista del CPM número 17

La presente Entrevista, , fue realizada por miembros del Centro Psicoanalítico de Madrid (MCPM) al Dr. Marcelo Viñar * (MV) en el transcurso del XV Forum Internacional de Psicoanálisis, auspiciado por la IFPS, que tuvo lugar en Santiago de Chile, en el mes de Octubre del año 2008.

En el Contexto de la Ponencia “Los desafíos del Psicoanálisis en el nuevo siglo “el Dr. Viñar hizo su presentación el día 15   de Octubre.

MCPM**.- Dr. Viñar, nos gustaría mucho hablar sobre ese 80% de cosas que dice no haber podido  exponer ayer en su ponencia. Tal vez retomar el concepto de Identidad, pueda ser un buen comienzo.

Empecemos por el término en su acepción corriente, ciudadana. Tomemos el carné de identidad mediante el cual los estados modernos nos identifican: nombre, foto, lugar de nacimiento. Con él saben si somos delincuentes, o no, si podemos entrar a un país o nos estará vedado, o ingresar a un servicio de salud, o tener derecho a un beneficio jubilatorio. Todo eso concentrado en un pequeño papel plastificado de pequeñas dimensiones y pocos gramos, y un número que nos dará identidad político-ciudadana para toda la vida. Hasta aquí, de identidad mucho y contundente, de psicoanálisis casi nada.

En general se adosa el término de identidad a lo que da fijeza y estabilidad a un ente mineral, vegetal o animal. La madera será madera, el metal metal, y la vaca vaca. Este criterio no es útil para definir la identidad humana, incluso puede ser riesgoso en poder de un xenófobo. El hombre será simplemente hombre, pero nunca igual a sí mismo. Por eso para abordar el tema de identidad humana, más que sus cualidades fijas y estables es preferible hablar de procesos dinámicos de producción de sujeto, de sus continuidades pero también, concomitantemente, de sus crisis y rupturas. En verdad son estas últimas las que conciernen al clínico en psicoanálisis. Además, el término identidad alberga la utopía y falacia hegeliana de la coincidencia entre el sujeto y su saber sobre sí mismo. Y esto está en contradicción con el descubrimiento freudiano, los procesos inconscientes y un sujeto escindido y descentrado condenado al inacabamiento, a la incompletad de toda operación de conocimiento. La noción de Identidad humana remite a la problemática de sujeto, que no puede ser concebida como una insularidad, una unidad autoreferida y coherente, sino a una sucesión de cambios en la representación del sí mismo y de su pertenencia grupal, sociopolítica y cultural.

El problema con el término Identidad, desde el momento en qué lingüísticamente siempre le atribuimos este  concepto  a una noción de cierta fijeza, a una referencia estable, asible, como una imagen fotográfica. Yo creo que es ventajoso (tratándose de Identidad Humana), hablar de procesos de producción de sujeto. Esto privilegia una noción más dinámica, más vital o de movimiento; de fisiología y no de anatomía, frente a algo cadavérico como es una foto, y evita caer en la pendiente aristotélica de tener que decir que A es igual a A, y la definición de yo soy yo se convierte en un círculo vicioso o tautológico. Lo que nos interesa en psicoanálisis es la crisis de la identidad o la identidad en movimiento. Este proceso de producción de sujeto le interesa al Psicoanálisis, no su fijeza o estabilidad.

Desde que nace, el sujeto, el ser humano es un productor de significados. Julia Kristeva dice que el sujeto se convierte en tal desde que toma conciencia del significado; significado que siempre es de si mismo, del mundo, o de la relación de si mismo con el mundo. Y ese proceso continuo de ir y venir hacia el mundo de los otros o hacia el mundo propio, es algo que define y configura ese término a la vez tan obvio y tan enigmático de lo que  llamamos psiquismo humano.

MCPM.- ¿Eso querría decir que no estaría de acuerdo con que la identidad estaría en relación con la fijeza de un sentimiento a lo largo del tiempo ¿No le parece esto operativo desde el punto de vista psicoanalítico?

M.V.– No me parece operativo. Me lo parece mas la idea de movimiento, de producción,  de procesos identificatorios de los momentos en los que hay crisis, cuando hay  momentos en los que hay locura, hay arrepentimiento o hay pasión; es ahí donde se produce un movimiento de subversión del sujeto, de reformulación del sí mismo, como cuando respiramos.

Es cierto que también ese sentimiento de continuidad, de movimiento, de itinerancia, de exploración itinerante es algo que caracteriza la vida humana; como creación. Tal como decía el biólogo francés Fancois Jacob: “Me sorprendo cundo me convocan por mi nombre, que a lo largo de mi vida puedo evocar momentos tan dispares, donde ese sentimiento unitario de saber que yo soy yo se puede dispersar en un abanico de situaciones de felicidad, de dolor, de gloria, de desesperación”. Es decir que lo que define la naturaleza humana es esta situación aleteante de movimientos, crisis y rupturas y no la fijeza estable de ser igual a sí mismo.

MCPM:–  que ayer llamaba  itinerancia….

M.V.-….que hoy sigo llamando de la misma manera. Ustedes son españoles, y  el poeta preferido de mi adolescencia fue Antonio Machado, que ahora popularizado  por Serrat dice:” caminante no hay camino, el camino son tus pasos nada mas, se hace camino al andar “… en el fondo los poetas son los que se anticipan y dicen mejor que nosotros lo que hay que decir.

Ahora bien, como esta definición es muy general, muy poético – literaria, lo que puntúa la vertiente psicoanalítica  es siempre la angustia y el malestar. Uno consulta no por lo que le anda bien, sino porque algo se ha desajustado. Algo se transforma en malestar, respecto a si mismo, respecto a sus vínculos, respecto al mundo…. Es el malestar lo que suele organizar el encuentro terapéutico; donde dos se ponen a pensar sobre la subjetividad de uno, y el hilo que subtiende esta situación es lo que en psicoanálisis se llama síntoma, una angustia que impulsa la autointerrogación.

Se puede llamar dolor o se puede llamar malestar; lo que en francés se dice “j’ ai mal”. Es el punto de desesperación…… Un colega argentino, al cual yo quise mucho, Emilio Rodrigué, siempre hablaba de la transferencia primaria. Llamaba así a todo el trabajo intrapsiquico que hace un sujeto consigo mismo, como prólogo a la consulta. Hay algo en el dispositivo el funcionar de la mente humana, que es un dispositivo reflexivo, autoteorizante e interrogativo, de preguntarse quien soy o  que me pasa y  que es propio de la especie humana. Suponemos que los animales viven solo en un tiempo presente. Los hombres vivimos esa recurrencia de vivir la vida transitivamente pero también estar siempre   en un movimiento de interrogación, de recurrencia y de decirnos ¿quién soy?, ¿qué me pasa? ¿a dónde voy o de dónde vengo?. Esas preguntas, no formuladas de este modo, sino a través de variantes pero cuyo común denominador es siempre esa búsqueda reflexiva y autoteorizante que hemos señalado. Es esto lo que creo que especifica el encuentro terapéutico.

De modo que hay un trabajo previo, o habí
a un trabajo previo en la modernidad, en el hombre en introspección, en el hombre en plegaria consigo mismo, donde descubría los desajustes y que le impulsaban a la consulta. Algo de esto se ha modificado en el panorama de la clínica actual. Es como si ese espacio interior, ese espacio de producción de sujeto o ese espacio de recurrencia se hubiera aplanado; como si el fuero interior hubiera perdido espesor, y el hombre está siempre atado al vértigo de sus aconteceres. El niño esta aburrido y le enchufamos un televisor, o a lo sumo le ponemos  frente a un lego o algo para que esté siempre entretenido. Prohibido aburrirse, prohibido detenerse…

Hace más de medio siglo Walter Benjamín hablaba de que el mal de la modernidad consistía en la pérdida de la comunidad de oyentes; ese espacio íntimo donde había otro que nos escuchara no desde una exterioridad impersonal, sino desde una cercanía participante. Es este momento tan humanizante de la interrogación compartida. Por algo yo les pedí que tuviera lugar este encuentro, y no escribirme unas preguntas que pudiera responder y escribir en mi casa…. Algo de los rostros, de la especularidad que se da en la mirada y en el gesto que posibilita un funcionamiento distinto al de la soledad. Siempre hay un otro dentro de nuestra mente, nunca estamos solos; la unidad mínima es dos. Aunque el segundo de esos dos sean múltiples: pueden ser tres,  cinco o un número infinito… siempre hay otro,…. Y vuelvo a Machado: “siempre dialogamos con el hombre que va siempre  conmigo”

Este es otro lastre que traemos de la psicología tradicional: la noción de individuo. La noción de sujeto como una entidad aislada que luego se conecta, como un yo débil que desde un comienzo se va expandiendo y desarrollando en un proceso evolutivo de aprendizaje. Esa noción de psicología evolutiva tampoco le sirve al psicoanálisis. La verdad es lo opuesto, primero hay un nosotros, un grupo humano familiar y social donde la lengua y la tradición nos modelan, nos configuran. La individuación viene más tarde, como por añadidura y es menos importante que el nosotros del que procedemos…

MCPM.- Es decir pensar la subjetividad como en uno, ¿tampoco?

M.V.- La Noción de individuo no es una noción Freudiana. Muchos psicoanalistas postulan (y yo lo repito porque lo comparto) la noción de individuo no existe en Psicoanálisis, siempre hay un otro dentro nuestro, (que como decía Freud hace 100 años en “Psicología de las Masas”), el otro que es un socio, que es un adversario, que es un rival, que es un enemigo, pero estamos siempre amándolo o peleándolo, o discutiendo o conversando. Siempre estamos buscando la relación con otros que nos reconozcan; solo Dios esta solo, y yo no sé si existe….
Nosotros siempre nos buscamos otro, real o ficcional, un otro ausente o presente, un otro encarnado directo o un otro construido por de nuestra imaginación, para mantener un dialogo interior perpetuo.

Yo supongo, y ya vamos entrando en la actualidad o de la contemporaneidad, que algo de esa actividad psíquica, de ese movimiento introspectivo y reflexivo, de plegaria consigo mismo, que practicamos creyentes y ateos; no hay necesidad de ser creyente: Me refiero a la plegaria como esa actitud de ese momento reflexivo mediante el cual uno de desprende del acontecer inmediato. Un humorista uruguayo, Julio Cesar Castro, siempre decía: “Usted va y hace las cosas, después de noche se va al bar con los amigos y se toma un trago, y recién allí se da cuenta de lo que pasó.” Momento transitivo y momento reflexivo del acontecer psíquico.
Es decir que en la mente hay este movimiento pendular entre ese momento en que descubre algo nuevo y ese momento en que se vuelve; esa reverberación, de retorno hacia si mismo donde la experiencia interior va decantando. Yo supongo que hay algo de esto último que se está perdiendo, que está en crisis. Que el tiempo pletórico de acontecernos, la inflación infinita del mundo mediático, de la TV, de ese ritmo que nos impone cada minuto una noticia: el de las bolsas, el del petróleo, el  del calentamiento global, el de la crisis del PP o del PSOE, estamos siempre como volcados a un acontecer, como volcados a la transparencia. Hay como un presente sobrecalentado, que devora al pasado y al futuro. Nosotros,  los que somos viejos como yo, habitamos un mundo mental donde el presente era siempre un momento privilegiado, que articulaba memorias con anhelos, que articulaba pasado con futuro, donde el presente se anudaba en una raíz y en una proyección. Historia y proyecto, memoria y anhelo estaban siempre conjugando una especie de tríptico en la experiencia del tiempo vivencial interiorizado. La noción de tiempo interior que era un tríptico de pasado, presente y futuro.

Hoy hay algo como una compresión de un presente sobrecalentado, que desborda, que es pletórico y que devora al proyecto y al recuerdo. Nuestro acontecer ya no es el hilvanamiento diacrónico de anhelos y proyectos. Nosotros predicábamos para treinta años, nos empeñábamos para treinta años, las esposas y los muebles eran para toda la vida, hoy todo parece provisorio y efímero. La aceleración y una forma de vivir el presente de forma  epiléptica, que devora el proyecto y el recuerdo. La exigencia de un mundo sobrecalentado, donde hay una relación entre un tiempo social sobrecalentado y acelerado al ritmo de los cambios tecnológicos, es decir al ritmo de la sociedad de consumo y de la sucesión de las modas que hace que algo de ese tríptico del tiempo interior se este comprimiendo en ese presente produciendo lo que decimos.

MCPM.- ¿Pero eso implica que el sujeto psíquico no pueda enfrentarse a ello, que no es capaz de elaborarlo, que no puede hacerse cargo de todo ello? Que queda como sobrepasado…

M.V.– …y en ese desborde que nosotros llamábamos conflicto psíquico, un sujeto en contradicción consigo mismo, hacíamos un relato de lo que nos asediaba. Hoy en vez de un relato, el desborde se expresa como crisis de pánico, como bulimia, o como anorexia. No habla la mente, sino que habla el cuerpo y el acto, con un empobrecimiento de un fuero interior reflexivo. Hoy la mayoría de las consultas se dan a través de un síntoma puesto como pantalla; y con una perentoriedad y una exigencia de curación. Una ecuación costo beneficio, en el sentido de “¡tengo este malestar, erradíquemelo!!” Eficacia y urgencia, en contraposición de esa necesidad de tiempo extendido que los psicoanalistas necesitamos. Conversar como lo que ahora estamos haciendo entre nosotros, que antes se daba de forma natural y espontáneamente, ahora tenemos que hacer todo un artificio para reconfigurarlo como un espacio posible y disponible. Incluso hay psiquíatras que dicen “Yo después de quince minutos no se de que hablar con un paciente. No se qué preguntarle, no se qué responder.” Como si esa disposición de ser novelista de si mismo, algunos talentosos, otros son mas pueriles o insignificantes, pero todos teníamos o llevábamos como elaboración de ese trabajo que Rodrigué denominaba transferencia primaria, como prologo a nuestra consulta, una hipótesis de lo que nos pasaba, una fantasía de enfermedad así como una fantasía de curación. Si le preguntábamos al paciente, que espera usted  de mi, no había respuesta directa, pero en la escucha psicoanalítica nos daba una indicación de que lo que esperaba era una disponibilidad de recepción y de acogida. Ahora lo que pide es u
na supresión y a veces la exigencia del síntoma para volver a la situación de ser un estúpido satisfecho.

MCPM.- ¿Y esto no hace posible que el psicoanálisis se adapte a ello, que haya una respuesta psicoanalítica a ello ¿O hay que esperar a que cambie el imaginario social, y volvamos a otra etapa mas …?

M.V.– Buen, yo pienso que nosotros representamos una cultura alternativa; que estamos en resistencia a la moda actual. El psicoanálisis si se adapta a ello, muere como psicoanálisis.

MCPM:- Fonagy se está adaptando…

M.V.– Ah… esto,  yo también pienso que este Señor es poco psicoanalista.
Bueno, las terapéuticas focales, la supresión del síntoma, o todas las terapias alternativas, se proponen, con mucha razón tener  una eficacia  en una ecuación costo beneficio mucho mejor que el psicoanálisis. Lo único es que el psicoanálisis no busca solo la supresión del síntoma sino un cambio psíquico duradero, donde probablemente los éxitos y  las mejorías que exhiben las estadísticas de los terapeutas conductistas o focales, sean curas transitorias ricas  en ilusiones o dadores de felicidad que duran hasta la próxima crisis.

MCPM.- Muchos pacientes vienen tras un recorrido por esas terapias de eficacia, y vuelven al psicoanálisis. Yo tengo esta experiencia….

M.V.-… Yo también; hay un movimiento de ida y de reflujo…

MCPM.- Volviendo a algo mas concreto, el libro “Psicoanalizar hoy”, ¿que referencias tiene, a que publico esta dirigido?  ¿Se refiere a psicoanalizar hoy en la sociedad de hoy o se refiere a como decía ayer, que no hay nuevos paradigmas o hay  nuevos usos de viejos paradigmas?

M.V.– En mi libro trato de decir como concibo al psicoanálisis en la cultura actual. Tuve un itinerario que fue Kleiniano en su comienzo, hice catorce años de residencia en Francia, donde viví mucho de la influencia de Lacan, y de sus escuelas, en el linaje directo o indirecto, porque todo el psicoanálisis francés esta atravesado e influido por el gran aporte teórico de Lacan, aunque yo creo que lo mejor de su herencia está fuera del lacanismo y no en su descendencia directa. Pero el cambio de paradigma y la coherencia de los paradigmas freudianos, kleinianos, lacanianos, winnicottiano o bioniano…. tras un exilio por varias influencias y por varias ortodoxias… “Psicoanalizar  hoy” es un movimiento no original mío, sino tal vez imitativo de lo que decía Octave Mannoni cuando refiere que: “cada analista debe reinventar un análisis original.”

Entonces es un retorno a través de todos los paradigmas que he buscado estudiar; de los  maestros que he leído para tratar de ser yo mismo. Creo que la relación de un psicoanalista con las teorías es una relación necesaria; constituye una relación con los ideales y modelos a los referentes teóricos. Pero no es una relación de obediencia y subordinación como en las leyes de las ciencias naturales donde el caso ilustra la ley sino como en los vínculos de parentesco. No hay una buena teoría como no hay una buena mama o un buen papa; y si se pretende normalizar o dogmatizar definiciones, resulta peor la enmienda que el soneto. Sabemos lo que es una mala madre, por algo Winnicott inventa lo de una madre suficientemente buena, como para permitirle sus fallas. Pero lo fundamental es la reapropropiación del estilo, la apropiación de algo que se pueda asumir como propio, como originario o redescubierto por uno mismo. Ese redescubrimiento uno lo puede hacer con uno o varios autores de referencia. Yo prefiero lo contrario que la pureza de los orígenes. En el espacio político y en la teoría psicoanalítica; prefiero la impureza, la diversidad, la interculturalidad en los paradigmas del psicoanálisis como un modo de impedir un sistema dogmático del saber, ya que la buena teoría se convierte en un catecismo y en fundamentalismo que pretende que hay un modo o una verdad que explica la clínica. Esto nos ahorra algo que a mi me parece esencial en la clínica del psicoanálisis, que es la de soportar los momentos de ignorancia, los momentos de opacidad. Ese momento tan penoso y tan fecundo en que el analista escucha al paciente y dice: no entiendo nada, de qué me estará hablando… Entonces la reapropiación de un encuentro a partir de ese extravío, de esa ignorancia, tiene algo de un encuentro original, que se da allí, en la producción de un momento muy privado de esa pareja. Lo mismo ocurre en una relación de amor o en una relación de padres e hijos… nuestra relación, si tenemos varios hijos en algunas cosas se repite, pero lo más fecundo es cuando resulta original y creativa y diferente para cada uno de ellos. Hay algo de esa multitud, de maestros, de padres y de hijos que debe reproducirse en la originalidad, en la singularidad que hace de ese encuentro algo único, específico, intransferible.

MCPM.- Más que rechazar lo diferente en las diversas  teorías, sería al igual que en lo social, poder reconocerlo…

MV.- Como dice Machado, y lo vuelvo a citar: “Mas que un hombre que sabe su doctrina, quiero ser un hombre simplemente bueno”… es como… buscar lo propio; lo propio que viene desde Adán y Eva y desde los maestros o desde nuestras raíces freudianas o de los autores que hemos cultivado. Hay muchos que leen muchos autores, devoradores de libros; hay otros que leen menos o mas lentamente, dependiendo de la modalidad de cada uno. Uno establece relaciones transferenciales, constituyendo genealogías imaginarias con autores. Ahora mismo en un Congreso como este, se sintoniza con algunos modos de pensar, o se queda perplejo y confuso frente a otros modos de pensar. De modo que la identidad propia del analista, siendo única y singular, también es como la apropiación infinita de diversos discursos, de rasgos fragmentarios, que ha tomado de maestros, de colegas, de libros, de pares o algunos que conocen por referencia.

En consecuencia el hecho de definirse como bionaniano o como lacaniano, me parece empobrecedor, como una declaración de principio de pensar con la mente de otro. Lo cual si bien siempre ocurre porque estamos inmersos en la cultura y en la historia, si bien la originalidad es siempre minúscula, igual es necesario mantener una tensión entre lo propio y lo ajeno para no convertirse en un adepto. Algo de la riqueza y de la diversidad y de una semiosis que si bien no es ilimitada, tiene la riqueza de la diversidad que tienen los poetas. Me parece que la ortodoxia con una escuela o con un autor lleva fatalmente a una dogmatizacion. Prefiero una postura más anarquista, menos ortodoxa, menos sistemática en la apropiación de una identidad analítica. En lo que Octave Mannoni llama la experiencia de rehacer en si mismo y después con cada uno de nuestros pacientes, un momento de análisis original.

MCPM.- El problema es que la identidad a veces, nos la dan desde fuera; nos la otorgan desde fuera aunque no queramos tenerla. Es difícil escaparse al hecho de una  identidad.

M.V.- Lo que Ud. dice es correcto y yo estoy de acuerdo, nadie es tan original como para ser independiente de su cultura; parecerse a los otros es un mal necesario. Los que pretenden ser totalmente diferentes terminan e
n un manicomio, o… en la cárcel. Entonces  los puntos de transacción, entre lo que se nos impone desde fuera, lo que son los caminos de la formación, entre lo que son las influencias… Ahora bien, los modos de apropiación novedosa de un aprendizaje o los modos dogmáticos de trasmitir como ocurre por ejemplo en el lacanismo. Es distinto ser un papagayo, un repetidor de verdades consensuadas, donde hay muchos especialistas en hacerlo y con mucho éxito, a tomarse el trabajo de tener, dentro de lo posible, una palabra propia, que si bien nunca es una palabra original y creadora, es al menos una palabra propia.

Probablemente los seres humanos hayan descubierto  la sexualidad al salir del paraíso con Adán y Eva, y sin embargo cada ser humano debe de redescubrir en si mismo la experiencia del amor y de la sexualidad. Después nos enteramos de que hubo otros padres, abuelos y bisabuelos y podríamos llegar hasta Adán y Eva, para ver que no somos totalmente originales. El hecho de cuanto hay de copia , cuanto hay de creación, y hasta que punto somos conscientes mientras llevamos a cabo esa ilusión creadora, de estar pariendo algo que es específico de ese encuentro y de ese momento, eso no somos capaces de saberlo en el mismo momento. En el mejor de los casos lo sabremos muy a posteriori.

MCPM.- Conectándolo con algo que acaba de decir acerca de la sexualidad, ayer dijo algo muy interesante sobre ella. Comentaba que había algo así como una sexualidad social, una  permisividad, una sociabilidad de los sexual, que parece que estaba arrastrándolo todo, en desmesura pero que no tenía nada que ver con la sexualidad como experiencia íntima e individual, con la sexualidad que vemos en la clínica o en nuestras consultas. Algo así como que son dos experiencias muy distintas. Finalizaba diciendo: “hay algo de la sexualidad que insiste más allá de las modas, más allá de lo social” Lo digo porque parece que lo social lo invade todo y el sujeto psíquico esta indefenso frente a todo ello.

M.V.– Bueno yo en eso soy lacaniano y pienso que lo que especifica a la especie humana, no son las neurociencias, no es nuestra dotación genética sino el hecho de que somos seres hablantes. Y al serlo, al ser todos buenos o malos poetas, malos o buenos novelistas, es la condición hablante lo que nos permite ser a través de nuestras relaciones, ser en la amistad, ser en el vínculo, ser en la sexualidad, ser en el amor. El hablar es el ejercicio de una invalidez, porque la palabra nunca es la cosa en sí, y siempre estamos al borde de lograr todo lo que anhelamos. Pero para bien o para mal la penuria es que la realización plena del deseo no pasa nunca de ser una alucinación. Siempre estamos como queriendo llegar a un desideratum, pero felizmente nunca llegamos porque hay un punto de insatisfacción que nos relanza a un nuevo deseo y que nos permite reanudar la experiencia siempre inconclusa de la vida. Es algo de la penuria de lo no logrado, como fallante, que es algo constitutivo y crucial de la experiencia humana, lo que define la búsqueda permanente.

Para contestar a su pregunta sobre la sexualidad en el mundo de hoy, en contraste al tiempo de hace un par de generaciones, es decir cuando nosotros éramos jóvenes, cuando la moral sexual exigía a la mujer la castidad hasta el matrimonio y jugábamos todos los juegos clandestinos y de evitación del embarazo. Yo siempre sostengo que el hombre se parece más a su tiempo que a sus padres. Los psicoanalistas decimos que el linaje, y también ayer lo dije en la exposición, que necesitábamos tres generaciones para modelar lo que es ser un ser humano: Que desde la perspectiva de donde venimos de nuestros abuelos, y a donde vamos, hijos y nietos, es una de las perspectivas, de las dramáticas humanas que más nos enriquece. Pero además hay la marca de la moda y  de la exigencia de lo social que nos imponen. ¿Cómo se anudan estas dos coordenadas en cada ser humano y en cada momento? Y sobre todo en un momento tan crucial como es el de la juventud o de la adolescencia, a la hora de descubrir el amor y la sexualidad.

Hoy se habla de la libertad sexual; existe junto a esa permisividad que Ud. señalaba dada por cambios en la mentalidad y sin duda por los desarrollos tecnológicos. El logro de la eficacia de los métodos anticonceptivos, el DIU, la píldora del día después, permite disociar la función de goce y de disfrute de la vida erótica, de la función de procreación y embarazo. Ello es mucho mas fácil para las mujeres emancipadas de hoy, que para las abuelas que arriesgaban siempre el fantasma del embarazo, bajo la forma del coitus interruptus. Ya no es una realidad actual. Aún así, y yo celebro la emancipación y el progreso y de aumento de la libertad, hay algo del enigma en el descubrimiento del amor y la poesía, en el modo de amar, donde la libertad es una ventaja, pero no ahorra todos los riesgos y a veces es tan fácil que la misma promiscuidad, el hecho de una sexualidad banalizada y trivializada enfocada a la consecución de un orgasmo homo o heterosexual, y nada más, dando vuelta a la página. No tengo condena moral para eso, pero tengo una sustancial divergencia antropológica y yo veo que los jóvenes que practican esa libertad sexual no son mas felices ni tienen menos conflicto con su sexualidad, que los que tuvimos nosotros con nuestras fobias, temores inhibiciones  y obstáculos. Es decir que en el mundo de hoy, en paralelo no es la razón instrumental sino hay una razón trascendente (no reductible a lo instrumental) que obliga a que cada ser humano descubra el amor y el erotismo.

MCPM.- Nos gustaría saber sobre qué cosas esta trabajando ahora.

MV.- Trabajo ahora en: tratar de comprender como inciden en la clínica y sobre nuestra reflexión los efectos de lo que es un vértigo civilizatorio, que tiene dimensiones, políticas, económicas culturales de una dimensión insospechada. El cambio del mundo, el cambio vertiginoso de los espacios de convivencia debe generar necesariamente nuevas subjetividades, nuevas formas de concebir lo íntimo – y el psicoanálisis es un método privilegiado para describir y comprender estos cambios. Cómo influyen el tamaño de la urbe, una urbe anónima, la velocidad de los medios de comunicación, la anomia del otro. Antes éramos conciudadanos, ahora es la época de crisis de los proyectos colectivos. A mi me gustó de joven compartir pasiones de creaciones en un espacio universitario, donde se configuraron espacios de humanización, de humanidad compartida.

El mundo de hoy es un mundo individualista; la hipercomunicación tiene la paradoja de que lleva al encierro y al individualismo, porque a veces alguien chatea con alguien en Alaska o en Corea pero no sabe que le esta pasando al hermano que esta en el cuatro de al lado. Y una pantalla televisiva para mi, que llegué el mundo de la informática muy tarde en mi vida, no puede ser el equivalente a un rostro humano. Creo que la humanidad del rostro  del prójimo, el ser reconocido por los rostros de quienes nos reconocen, como ustedes me reconocen dejándome hablar u escuchándome, eso es insustituible. Y que esta pérdida de espacios de pertenencia, espacios de afiliaciones donde uno ponga la razón, el alma, la pasión, el cambio, la cosa creativa la reinvención del mundo, como derecho de todo adolescente: reinventar el mundo a su propia escala y medida. Hay algo del derrumbe, de la crisis de los proyectos colectivos. Antes elegíamos, y los que estábamos politizados teníamos  la pasión de la revolución. Hoy
votamos más por imágenes mediáticas. Vea Ud. lo que nos ofrece la caricatura de las elecciones en los Estados Unidos; es asombroso lo poco que se habla de proyectos programáticos. Todavía en España el PSOE y el PP hablan de programas; en USA no se ve ni eso. La indiferencia ante diferentes proyectos políticos, puede llegar hasta ser una crisis en la democracia, ya que se votan a lideres mediáticos y no programáticos. Fuera de la esfera macro, se entra en el anonimato, ya que nuestras ciudades, nuestros barrios, producen vínculos más efímeros o fugaces. Las relaciones antes eran duraderas, y ahora son efímeras y cambiantes. Viajamos mucho, cambiamos con facilidad  de país …

MCPM:- ¿El diagnostico no será quizás exagerado?

M.V.- Tal  vez  siempre uno exagera para poder establecer mejor los contrastes. Es cierto que antes las realidades no eran una sino múltiples, y hay que admitir que no son contrastes de blancos y negros. Tal vez no se haya perdido toda la poesía. Quizás haya poesías que yo no pueda entender… Estamos hablando de procesos que tal vez sean hegemónicos en la cultura de hoy, donde la anomia en la pertenencia es lo que prevalece. Yo sabia el nombre del almacenero, del tendero, hoy uno no tiene relación personalizada con la cajera del supermercado. No hay barrio, no hay calle, no hay lugares queridos…la ciudad se vuelve anónima, solo hay lugares en donde estamos en tránsito, los no-lugares, y hay mucho de trivilaizable y descartable: tire y compre algo nuevo…

MCPM.- Pero los barrios también aprisionaban, se conocía todo el mundo, y contenía la identidad: tenías que ser como tu padre o tu abuelo, estaba todo bastante determinado. Ahora hay la posibilidad de mucha mayor amplitud y  libertad a la hora de la identidad.

M.V.- Usted tiene toda la razón. Todo código claro, funciona como corsé, y que uno busca tener un otro  de referencia sobre el cual desmarcarse, a veces en la sumisión o a veces en la rebeldía, y que el barrio marcaba códigos que uno respetaba, se sometía o bien trasgredía, y surgía  el placer de la trasgresión. El problema es que ahora ese  gran otro que nos constreñía esta multiplicado. Tenemos muchos molinos y antes teníamos como Don Quijote solo algunos molinos de viento para tener que derribar. Ahora son tantos que ni podemos ni queremos derribarlos todos. Ya no es el sujeto constreñido en códigos sino el sujeto que tiene que autoengendrarse. No solo tiene que producirse a favor de ciertos ideales colectivos o contra ciertos códigos, sino que además  tiene que  inventarse a que códigos se adhiere y cuales son los que combate.

En nombre de la libertad tenemos que saber cuales son las alteridades que toleramos y legitimamos y cuales son las alteridades que combatimos. Y esto significa un lío muy grande; algunos son anticlericales, otros son creyentes, cual es la tolerancia, etc. La pulverización de ese gran otro como referencia, la fragmentación y la dispersión de los códigos que anteriormente, como la religión o el estado nación, que definían el marco de lo correcto, de lo sagrado o de lo sacrílego, hoy  tienen otra respuesta.

El hombre, cuando necesita someterse, tiene una fuerza tal esa vocación de sometimiento, que lo inventa. Así inventa las religiones sincréticas, que le ahorran de pensar y le dan todo, o los particularismos identitarios, como las tribus urbanas de muy diversos tipos. Esta noción de tribalizacion constituye algo muy apasionante en el mundo de hoy. Son como código de referencia frente a la fragmentación del estado, nación  y religión que hablábamos anteriormente, y que nos daban antes reglas a través de las cuales dirimíamos nuestras coincidencias y disidencias; nuestras rebeldías y nuestros sometimientos. Volviendo al barrio, en este  era lo que se podía hacer, o lo que no se podía hacer o lo que estaba prohibido. Cada situación tiene un aspecto habilitante y un aspecto empobrecedor.

MCPM.- Doctor Viñar, tenemos que acabar y seguiríamos con este encuentro. Le estamos muy agradecidos por su tiempo y sus respuestas, y queda en pie una invitación en firme para visitar nuestro Centro e Institución  para cuando lo crea conveniente, en nuestro país.

M.V.- Igualmente les digo que nos visiten si viajan a Montevideo.

* Dr. Marcelo Viñar:

Doctor en Medicina, Facultad de Medicina, Universidad de la República, Uruguay.
Psicoanalista, uruguayo. Trabaja como psicoanalista en Educación Médica y en la formación de docentes y atención a la infancia marginal. Publicó (entre otros) en coautoría con su esposa, Maren Ulriksen, “Fracturas de Memoria. Crónicas para una memoria por venir” (Ediciones Trilce); “El prójimo, ¿mi semejante o enemigo?”, (Ediciones Trilce, 1998) y es colaborador del libro “¿Semejante o Enemigo? Entre la tolerancia y la exclusión” (Ed. TRILCE, Colección Impertinencias-Pertenencias, 1998).
Durante su exilio en Francia, trabajó en la clínica de la Chesnaie y dirigió L’Ecole de Psychiatrie Institutionnelle y ha dedicado gran parte de su vida a trabajar el tema de la memoria y la violencia.

 

** Entrevista realizada por miembros del Centro Psicoanalítico de Madrid:
Jorgelina Rodríguez O´Connor, Pilar Revuelta, Rómulo Aguillaume, Fernando Soriano
Trascripción: Fernando Soriano