Entre la fobia y los celos

Revista del CPM número 8

Por Jorge Pernia Ramírez

Este trabajo que, como el título indica, pretende encontrar una conexión entre el campo de la fobia y el de los celos, viene motivado por el trato con un tipo determinado de pacientes, varones todos ellos, que consultan por una larga e insidiosa historia de celos patológicos.

No sé si apellidar los celos de patológicos resulta redundante. Aunque la idea de ‘normalidad’ en psicoanálisis deja un muy estrecho margen para fenómenos psíquicos que impliquen en sí mismos la idea de salud mental –quizá con la excepción de la sublimación, y con reparos-, la universalidad de los celos nos permite a todos situarnos en un continuum, y estos hombres a los que quiero referirme se hallan en uno de los extremos, tanto por la dolorosa tortuosidad en la que se enreda el yo, como por el carácter irracional y repetitivo de los mismos, sea cuales fueren los movimientos del objeto de dependencia, a condición de que escape al control del sujeto.

Convendría resaltar también lo obvio de la dependencia, que aun siendo condición indispensable de todo vínculo, en estos pacientes se hace más perceptible que el yo se enfrentaba a un riesgo de desorganización importante ante la angustia suscitada por la ausencia del objeto y que este aspecto constituía su mayor vulnerabilidad.

Señalaría, no obstante, como característica más relevante, su tendencia a desafectivizar la relación transferencial por implicaciones que atañen precisamente a la dependencia, por la paradójica necesidad de combatirla a pesar de estar inmersos las más de las veces en emociones lindantes con el desvalimiento. Movimiento hacia una desafectivización o desapasionamiento del vínculo contingente a la necesidad de mantener el cara a cara con el terapeuta –la negativa al diván- para evitar que, al atenuarse lo perceptivo y activarse lo representacional, la angustia aflore como afecto desbordante, imprimiendo realmente un inmovilismo transferencial con un fondo de vacuidad en el que la distancia tranferencial se congela, parece agrandarse y, por momentos, acortarse, pero, en realidad, es irreductible al establecerse un vacío insalvable a priori entre ambos en el que el sujeto se hace tan inaprehensible como esquiva su mirada: quiere ver, pero no ser visto, mostrando la contrainvestidura a que somete cualquier esfuerzo introspectivo en ese deseo de no verse a sí mismo que nos recuerda al paranoico.

No fue extraño, por eso, encontrar en la mayoría de estos casos una vida social empobrecida, mermada por la inhibición paralizante que ha ido ganando terreno y ahorrándole al sujeto el trabajo psíquico inherente al conflicto.

Su discurso es sintomático de todo esto, apegado a lo concreto, huye de la abstracción y del juego del pensamiento propio del proceso primario, y puede despertar incluso la sospecha de una limitación intelectual que no es tan real como la resistencia, de nuevo, a dejarse ver y a verse.

Esta tonalidad transferencial de forzada superficialidad constriñe al terapeuta, resignándole a explotar la única vía que deja abierta el paciente, la menos amenazadora para él, la de un trabajo exclusivamente cognitivo, trivial, concretista, como si de un obsesivo se tratara, pero que no hace sino evidenciar aún más, tanto la aparente banalidad a la que pretende reducir el vínculo mediante esa contrainvestidura desafectivizadora, como el sentimiento de aislamiento en la contratransferencia. La relación tranferencial, atrapada como está en una inercia que acaba pasivizando a ambos -aunque uno ya lo estaba-, parecería desvitalizada de no ser por constatar que la enorme cantidad de energía invertida en las contrainvestiduras es lo que hipoteca al yo limitando su autonomía y un mayor despliegue libidinal; es decir, lo que lo empobrece y lo aprisiona, a menudo tras esa tupida cortina de inhibiciones. Y todo ello, para salvaguardar precisamente su libertad frente al objeto. No es propiamente una angustia de intrusión lo que está en juego, en el sentido alienante del psicótico, sino una peligrosa penetración del objeto que debe ser evitada para no ser visto y poder así seguir desconociéndose. Creo que esta es la forma como mejor entiendo el vacío desconcertante que entraña la distancia fóbica.

Creo también que todo ocurre como si en la distancia caracterial que imprime a sus afectos en la transferencia reprodujera con el terapeuta la misma distancia que la instaurada con el padre. Y, a la vez, un espejamiento con la madre que sigue siendo imprescindible y que requiere la percepción visual del terapeuta en el cara a cara del encuadre.

Se trata de individuos cuya vida ha orbitado literalmente alrededor de la madre, atrapados en una dependencia infantil que no se agota en la elección del objeto sustitutivo, pues la presencia de la madre preedípica acaparadora, protectora y asfixiante es permanente, relegando al sujeto a una representación de sí pasivizada que no deja de apuntar el riesgo de fusión con el objeto primario. En esto nos recuerdan lo que dijo Green respecto a la fobia: lo contrario del holding –el bebé, no en brazos de la madre, sino cautivo de su útero[1]. Sin embargo, a pesar del carácter eminentemente fóbico de la dinámica de estos pacientes, de su actitud de alerta anticipatoria y de las tendencias evasivas, ninguno cristalizó una verdadera fobia como síntoma, aunque en muchos casos se podría hablar de una cierta fobia social, a la mirada de los otros, a los espacios abiertos y, sobre todo, a la soledad. En parte, no resulta extraño, ya que no siempre ha tenido un estatuto claro la fobia en psicoanálisis, diferenciándose tradicionalmente entre la fobia como síntoma que puede formar parte de otras entidades clínicas y la neurosis fóbica. En Lacan mismo, tan acomodado al estructuralismo, la fobia no tiene entidad de estructura clínica, sino que es concebida como una vía de acceso, una plataforma giratoria de empalme, a los dos grandes órdenes de la neurosis: a la histeria o a la neurosis obsesiva, con conexiones también con la estructura perversa, dado que el objeto fetiche y el objeto fóbico son, a pesar de las diferencias, sustitutos simbólicos de un elemento que falta.

La clínica infantil pone de relieve constantemente las cualidades de la fobia. Es algo ya sabido que en los niños son constitutivas del desarrollo en la medida en que permiten mentalizar lo extraño, la alteridad. El autismo, la psicosis y los desórdenes psicosomáticos en la infancia muestran el fracaso de estos procesos universales de mentalización. Las fobias ligan la angustia y todos entendemos el exceso de carga pulsional inmanejable para el niño y su necesidad de transferirla sobre un objeto exterior, otorgándole así además una figurabilidad, del mismo modo que las pesadillas harían con los terrores nocturnos, faltos de representación. Cuando esto fracasa, la angustia libre provoca un estado de desazón constante, de temor generalizado en el sujeto que puede llegar a ser desrealizante. Por eso, algunos autores hablan de la fobia como una lucha contra el anonadamiento y la desubjetivación[2], e incluso piensan en una estructura fóbica de paso obligado para la constitución del sujeto y la creación del objeto.

Me resultó significativo que en estos celosos, sin embargo, todo parecía ocurrir en sentido opuesto al de la fobia primaria: si en la angustia ante el extraño del octavo mes, el niño logra salvaguardar el vínculo identitario con la madre en la medida en que evita la percepción insoportable de la ‘diferencia’ que introduce el rostro del extraño[3], en los casos que nos ocupan, sin emba
rgo, parecería que se hace necesaria la inclusión del extraño para promover una presencia separadora del objeto que ejerza la función de corte.

En este sentido, Lacan hace una relectura del caso Juanito en la que rectifica la tesis freudiana acerca de la fobia al sostener que el niño desarrolló la fobia a los caballos debido a que su padre real no intervino como agente de la castración. En ausencia de esta intervención, el niño se ve obligado a encontrar un sustituto en la fobia. Significó un cambio de perspectiva importante porque, lo que para Freud es la angustia de Juanito a ser separado del objeto edípico por la presencia paterna, en Lacan es interpretado, a la inversa, como el terror del pequeño a quedar apresado en una relación narcisista-incestuosa con la madre por inoperancia del padre. Así, la fobia surgiría como consecuencia de una especie de vacío de poder por déficit de una referencia paterna portadora del falo, que resignaría al niño a quedar preso de la madre. De esta forma, lejos de ser un fenómeno meramente nocivo y disruptivo, la fobia, al hacer pensable una situación potencialmente traumática introduciéndola en el orden simbólico, podría decirse que, en Lacan, protege al sujeto cubriendo la falta de esa función paterna; de donde se desprende la equivalencia entre objeto castrador y objeto fóbico.

He aquí cómo la fobia ofrece al sujeto un sustituto de la castración paterna para evitar la castración materna, anterior y mucho más terrorífica. Esto es lo que transmitió Lacan en 1.957 en una conocida cita en la que presenta el temor del niño a ser devorado por una madre insaciable e insatisfecha como causa de la fobia[4].

Si se admite una linea de desarrollo que va desde la histeria de angustia a las fobias circunscritas, que plantean ya una defensa más eficaz al posibilitar la localización de la angustia sobre un objeto exterior bien definido, como ocurre en el ‘caso Juanito’, nuestros pacientes, que no han cristalizado una fobia definida, sino que parecen más propensos a la agorafobia, a la fobia social o a las multitudes, a la soledad… se hallarían más bien en el terreno de la histeria de angustia.

No obstante, Françoise Perrier, en su célebre trabajo[5], asimila la neurosis fóbica a la histeria de angustia y declara que la fobia surge en una situación estructurada histéricamente: el sujeto intenta a través de una identificación heterosexual parcial e inconsciente alcanzar el objeto homosexual de su deseo: el progenitor del mismo sexo, con el cual no puede identificarse directamente […] la angustia fóbica se vincula al peligro de un proceso de reducción a la pasividad. Y añade: se trata de problemas mucho más ligados a relaciones narcisistas que a relaciones objetales. Para este autor, entonces, el fenómeno fóbico es expresión e interrogante de la angustia histérica; cuestión que, referida al hombre, remite a la pregunta: ¿qué es un hombre?

Kestemberg[6], por otra parte, dirá que en el hombre, la histeria de angustia es el destino de la pasividad.

Podría decirse que sólo accediendo al riesgo de pasivización por el padre, puede el varón escapar del riesgo, mucho peor, de pasivización por la madre; mucho peor porque la relación con el padre está abierta a una dialéctica en la que se jugará posteriormente la castración con todas sus vicisitudes (la rivalidad y el asesinato del padre), mientras que la relación con la madre, no. Y en esto estamos de acuerdo con Lacan: puro engullimiento y devoración[7].

Pero, casi 50 años después de que Lacan escribiera esto, existe la sensación de que los desarrollos a que han dado lugar los conceptos de Ley y Función Paterna son insuficientes para explicar todo lo que tiene lugar entre padre e hijo. De otro modo, nos limitaríamos a simplificar todo el juego de las imagos parentales a la conocida ecuación: el padre es a la Ley, lo que la madre al narcisismo[8]. Hay en estos pacientes, sin embargo, un fracaso narcisista que incumbe al padre: ese vacío desconcertante en la distancia transferencial es proporcional al que deja en ellos su débil presencia, su indiferencia por una insuficiente catectización del hijo, que se ve así abandonado a un vínculo agorafóbico con la madre. La historia del vínculo de estos pacientes con el padre es tan aburrida y carente de intensidad, como viscosa la relación con la madre, de cuya presencia abusadora no han podido prescindir desde su infancia para combatir su desvalimiento. Con el padre ni intimidad ni afinidad, ni temor ni competitividad ni hostilidad; objeto borroso de una sexualización desfalleciente y recolocado en todo caso a una distancia prudencial que neutraliza los afectos, revelándose así el nexo entre lo banal del vínculo y la depresión[9], referida aquí a la pérdida del padre en cuanto rostro.

Quisiera resaltar tres aspectos cruciales en juego en la relación padre-hijo en lo que atañe al narcisismo de este último:

 

1º. Que mediante la investidura idealizada de la imago paterna pueda el hijo desasirse de las ataduras del objeto de apego edípico sin que este desasimiento sea vivido como una pérdida que deje al yo sumido en el desvalimiento.

2º. Que mediante esta identificación con la imago paterna idealizada (con el ‘padre bueno’) pueda el hijo apropiarse de aspectos de la identidad masculina que pasan así a formar parte del yo, permitiendo también el posterior abandono del objeto paterno.

3º. Que, como consecuencia de esta apropiación, el yo se identifique con la nueva instancia surgida: el ideal del yo, que así se erigirá en el nuevo regulador del equilibrio narcisista del individuo.

 

Pero lo que me parece clave en todas estas operaciones de reorganización psíquica es que el yo del hijo registre que el padre lo inviste y recubre con un deseo propio, entendiendo la imago idealizada del padre en parte como tributaria de la sobreestimación de que es objeto previamente el hijo. La configuración de esta dupla padre-hijo en tanto constelación narcisista posibilitará el trabajo que efectúe el hijo, mediante un proceso de extracción de libido narcisista del padre, que será absorbida y ligada en la formación del ideal del yo[10], fuente de suministro narcisista en el futuro que debería dar por finiquitada la elección narcisista de objeto.

El ideal del yo se constituirá en el heredero del complejo de edipo negativo[11], una sublimación del amor por el padre que conlleva también la interiorización de un poder fálico al dotar al yo de esa sensación de cierta invulnerabilidad y omnipotencia casi mágicas que tanto se juega en la adolescencia masculina y que ayuda a contrarrestar siempre el temor realista al peligro y a la muerte salvaguardando al yo de la angustia de desvalimiento; y en esto el ideal del yo se revela como una edición más evolucionada del narcisismo primario.

Si en el Complejo de Edipo es donde se juega la ambivalencia hacia el padre por interacción de los componentes heterosexuales y homosexuales, he pensado, tras el tratamiento de estos pacientes celosos patológicos, que el denominador común a todos ellos es que esas investiduras narcisistas homosexuales de objeto no encontraron en la figura paterna a un destinatario adecuado por no prestarse el padre –por no poder acceder él mismo- a esa dualidad no rivalística con el hijo, quedando así libre el componente homosexual de la pulsión. Podría decirse que el hijo no porta la marca del deseo del padr
e, no ha sido suficientemente falizado por él. Sólo una inversión narcisista que incorpore al hijo al circuito del deseo del padre propiciaría un encuentro libidinal suficientemente intenso entre ambos en el que, más allá de la Ley, ofreciéndose como alteridad masculina disponible, se complete la Función Paterna del Padre Simbólico.

Lo que parece incompleto de la aportación del padre al narcisismo de estos sujetos es un trasvase de masculinidad alcanzable mediante un vínculo de complicidad y ternura entre dos varones en el marco de una homosexualidad estructurante cuyo referente encontramos en el Complejo de Edipo negativo.

Nos inclinaríamos a pensar en una defectuosa instalación del edipo negativo en estos pacientes. De ahí, nos parece, la importancia del diálogo del 21 de abril del historial clínico del caso Juanito en el que el niño le exhorta al padre: “tienes celos […] tiene que ser verdad”[12], rescatándolo del anonimato para incluirlo en la escena. Y es aquí también, con la inclusión del rival, cuando, a golpe de pre-sentimientos, cobra intensidad la vida anímica de estos pacientes de la misma forma que se habla de la pasión del celoso, para el que cualquier detalle cobra un valor afectivo extremo. No estamos ya ante la desafectivización neutralizadora del otro, sino frente a la sobreafectivización de cualquier indicio que muestre el rastro de ese rival que reaparece por doquier; objeto de cierta fascinación al estar revestido de atributos tan envidiados como reveladores de la ambivalencia de su creador: mitad odio, mitad atracción. La relación con el rival es pues una relación sexualizada. Pero, ¿qué representa realmente para el sujeto?

Las fantasías de estos pacientes mostraban que todo lo que en ellos era impotencia, desvalimiento, inhibición y pasividad, se transformaba en poder, actuación y deseo atribuidos a un rival empeñado en una afirmación ilimitada de sí, a veces en tal medida que parecía sugerir la proyección en ese objeto rival de un perverso sin escrúpulos cuya única ley es su deseo, reproduciendo también al padre abusador y gozador de la horda que acapara para sí a todas las mujeres[13]. Por otra parte, esta constante en la que el rival, a pesar de ser vivido como un objeto totalmente ajeno al sujeto, parece representar su negativo, es lo que nos hace pensar en su funcionamiento como ‘doble’, como un ‘doble homosexual’ portador de algo de la dupla padre-hijo no inscrito en el narcisismo del sujeto: un fragmento de identidad masculina no apropiada que aglutina tanto al objeto fálico como al objeto castrador. Esta parte queda como un resto no conocido, una falta no simbolizable que sólo puede sentirse como falta de sí.

Si suponíamos que, como consecuencia de una defectuosa cristalización del complejo de edipo negativo, una carga pulsional de libido homosexual quedó libre, en busca de un destinatario que le proporcione una articulación simbólica, esto sería lo que los celos ligan como síntoma allí donde la fobia no ha llegado, a fin de reanudar la unidad narcisista quebrada. Por eso se dice que el celoso, en el control maníaco que ejerce sobre el objeto de deseo, sólo busca su confesión o la prueba de la traición y no la verdad, que nunca le aliviará del todo por devolverle a esa falta de sí, mientras que la confesión tramita la pregunta por el exceso del otro, del rival, portador de aquello que a él le falta.

Que lo que porta el rival pueda ser objeto de envidia por parte del sujeto es algo que ya vislumbró Joan Rivière[14] al plantear que los celos pueden servir de defensa contra la envidia, como fachada que encubre fantasías inconscientes envidiosas al tratarse de un objeto externo idealizado como consecuencia de la proyección sobre él de atributos ideales del yo. Esto permitiría buscar la clave de la tragedia no tanto en lo que representa Desdémona para Otelo, sino en lo que representa Cassio para Iago, que es en quien estarían proyectados los aspectos envidiosos de Otelo.

[1] “La Metapsicología revisitada” (Eudeba, 1.995).

[2] “Eloge de la phobie” (A. Birraux), París: PUF, 1.994.

[3] Para Sami-Ali constituye la primera angustia de despersonalización ligada a la posible pérdida de una identidad que se pone en juego en la diferenciación yo-no yo (“Lo visual y lo táctil”. Amorrortu, 1.988).

[4] En el Seminario 4, “La relación de objeto”: “esta madre insaciable, insatisfecha, a cuyo alrededor se construye toda la ascensión del niño por el camino del narcisismo, es alguien real, ella está ahí, y como todos los seres insaciables, busca qué devorar […] como unas fauces abiertas[…]. He aquí el gran peligro que nos revelan sus fantasmas (los del niño), ser devorado[…] proporciona la forma esencial bajo la cual se presenta la fobia. Lo mismo encontramos en los temores de Juanito.[…] Con ayuda de lo que acabo de aportarles verán mejor las relaciones entre la fobia y la perversión”.

[5] “Fobias e histeria de angustia” (1.956); en “Las Fobias”, de Jorge Saurí (compilador). Nueva Visión, 1.979.

[6] “L’hystérie d’angoisse chez l’homme”, Revista Francesa de Psicoanálisis, nº4 (1.969)

[7] “En Freud, lo siniestro remite al peligro de quedar atrapado en la fusión imaginaria, de sucumbir a la devoración materna. El efecto siniestro se revelaría como un retorno de lo reprimido en el que el deseo omnipotente –la unión imposible- quedaría realizada”, en “El lugar de la muerte en la construcción mítica del sujeto”, Norma Tortosa (Annuario Ibérico IV, 1.996).

[8] El papel de su mirada, la seducción originaria, la alucinación negativa… como hitos fundantes del narcisismo primario. Silvia Bleichmar aborda este aspecto en “Clínica psicoanalítica y neogénesis” (Amorrortu, 1.999).

[9] Sami-Ali sitúa la problemática de ‘lo banal’ en relación con la pérdida: “cuando el razonamiento sustituye al afecto para crear vínculos artificialmente” (“El sueño y el afecto”; Amorrortu, 1.979).

[10] “Grandes montos de una libido en esencia homosexual fueron así convocados para la formación del ideal narcisista del yo”, Freud (“Introducción al narcisismo”, 1.914).

[11] Esta es una de las hipótesis más trabajadas por P. Blos en “La transición adolescente” (Amorrortu, 1.979).

[12] “Análisis de la fobia de un niño de 5 años”, S. Freud (1.909). Biblioteca Nueva.

[13] Advertimos una resonancia de esto en R. Rodulfo, que entiende el núcleo de la fobia como fobia al desear y afirma que a lo que más teme el fóbico es a su potencia: “¿No lo veremos más tarde asimilar orgasmo o cualquier otra intensidad a desborde y locura? Ningún fóbico teme en absoluto la impotencia, antes bien, suele refugiarse en ella”, en “Estudios Clínicos” (Paidós, 1.992).

[14] “Los celos como mecanismo de defensa” (1.932).