El grupo grande. ¿Herramienta para socializar al individuo o para humanizar la sociedad?

por , | Revista del CPM número 21

El objetivo del presente artículo es reflexionar acerca de la utilidad de los grupos grandes, modalidad grupal con una historia relativamente corta

, poco utilizada o incluso desconocida por muchos psicoterapeutas y que crea, en ocasiones, demasiados recelos tanto en los participantes como en los profesionales.

 

El grupo grande es, sobre todo, un aparato de pensar sumamente sensible del cual el mismo lenguaje es una manifestación típica. Además, el grupo grande crea su propio lenguaje a través de la utilización de la metáfora, que permite que las aportaciones de cada uno de los individuos se conviertan en material grupal.

En los grupos grandes, después de transitar por  las sensaciones de desvalimiento, frustración y agresividad  y antes de lograr la koinonia, se produce  la búsqueda del par, de ese otro con el que compartir opinión o identificarse.

No sabemos si  los grupos por nosotros conducidos a lo largo de estos años han contribuido a humanizar la sociedad pero sí podemos afirmar sin duda alguna que nuestra participación como conductores en estos grupos nos ha hecho más humanos.

Partimos para ello de nuestra experiencia común de 13 años de co-conducción de un grupo mediano/grande en un espacio académico de formación de profesionales en el modelo grupoanalítico dentro del Máster de Psicoterapia  Analítica  Grupal organizado por la Fundación OMIE y la Universidad de Deusto de Bilbao.

Comparados con otras modalidades grupales, los grupos grandes son recientes. Fueron iniciados  por Robin Piper y Patrick de Maré en la práctica grupoanalítica a partir de 1975. Previamente en 1972 y dentro del II Simposium Europeo de Grupoanálisis, celebrado en el Hospital Maudsley de Londres, Maré y Kreeger tuvieron la osadía, como ellos mismos reconocieron, de presentar un grupo grande ante el asombro de los participantes y ante el enfado de Foulkes.

El autor y principal promotor de la conceptualización teórica y práctica de grupo grande  es Patrick de Maré, que junto con Kreeger  analiza dicho grupos desde las similitudes y diferencias que presentan respecto a los principios de Foulkes aplicables al grupo pequeño.  Tal y como señala Hanne Campos, las raíces históricas del trabajo con grupos grandes se encuentran en el movimiento de comunidades terapeúticas de las décadas de los sesenta y setenta, liderado por Main y Jones.

Y como apunta Patrick de Maré, el grupo grande es un instrumento que adquiere relevancia cuando el interés sobre las cuestiones de parentesco necesariamente da paso a los temas de amistad y compañerismo, abriéndose el campo a temas socioculturales. El grupo grande permite que sus miembros exploren los supuestos culturales sobre los que fundamentan toda su relación social.

Realmente no existe una fundamentación teórica explícita sobre los grupos medianos y grandes. Existen reflexiones de los distintos autores que han utilizado este abordaje, acerca de los fenómenos que se movilizan en la situación de grupo mediano/grande. Es precisamente Patrick de Maré quien ha hecho la más amplia  conceptualización teórica, como puede observarse en el libro recientemente publicado en castellano (De Maré, P. 2010).

De igual manera que el paso del psicoanálisis al grupoanálisis supuso la incorporación de una dimensión social en el análisis del individuo que no estuvo exenta de controversia (Garcia Badaracco,J 2000), el grupo mediano y el grande amplían el análisis a  los propios fenómenos sociales. Promueve que los individuos exploren su posición en el campo de las habilidades psicosociales; por tanto, en la teorización sobre estos grupos habrá que incorporar dimensiones de análisis propias de la psicología social.

La psicoterapia fue concebida en el contexto de una relación bipersonal. Freud, pensando que el inconsciente era patógeno por estar reprimido, en particular con respecto a la sexualidad, desarrolló el método psicoanalítico, el cual, al permitir a una persona hacer la experiencia de asociar libremente en presencia del otro, conduce a hacer consciente lo inconsciente y, en consecuencia, alcanzar la “curación”.

Las experiencias grupales tuvieron origen, en gran parte, en esas limitaciones del psicoanálisis individual. En contextos grupales se hizo posible el abordaje de las patologías mentales graves y, en ese sentido, la terapia familiar constituyó una apertura importante. Frente a ciertas dificultades, muchos psicoanalistas intentaron hacer psicoterapia de grupo con un enfoque psicoanalítico.  Algunos otros han considerado que hay que realizar un salto epistemológico para poder pensar en la terapia grupal y en cierto modo reniegan de sus orígenes psicoanalíticos (Lopez-Yarto, 2002). Entre ellos podemos destacar a Bion, Ezriel o al propio Pat de Maré que junto con Foulkes funda en 1952 la Asociación de Grupoanálisis en Londres.

El inicio del trabajo con grupos grandes supuso otro salto conceptual para incorporar además de las dimensiones familiares, las culturales.

Algunos temores  con relación al trabajo con grupos grandes podrían haber surgido de la lectura de la obra de Freud sobre “Psicología de las Masas y Análisis del Yo” en la que el autor destacaba, como ya dijimos, la regresión y la pérdida de identidad individual, con lo cual el temor a enfrentarse con un grupo grande podía incrementarse en la medida en que el terapeuta lo visualizara como una multitud. En ella se perdería la identidad individual por debilitamiento de las funciones racionales y la tendencia a expresar emociones primitivas en el seno de la masa, a favor de la delegación de decisiones en el líder idealizado.

La tarea del grupo grande es fomentar el diálogo que permita explorar los supuestos culturales de cada participante. En estos grupos el objetivo es aprender a expresar los pensamientos, dado que se circunscriben a una esfera más racional que los grupos pequeños en los que el sentimiento y la emoción son los protagonistas. En el grupo grande opera el principio del significado distinto de los principios de realidad y de placer de Freud. Este tercer principio que introduce De Maré  es definido por Osar Martínez Azurmendi de la siguiente manera: “no guiaría nuestro pensamiento ni hacia la satisfacción de necesidades internas, ni hacia el conocimiento último y objetivo de la realidad externa Se desarrollaría en la mediad que aprendemos a entendernos como algo más que meros organismos y podamos vernos como miembros de una comunidad. El principio del significado se deriva directamente del diálogo” De Maré, op. cit. pág 283)

El grupo grande permite analizar los conceptos que utilizamos en la vida cotidiana. Como apunta Alain Finkielkraut en su obra La derrota del pensamiento, manejamos conceptos considerados universales como si tuvieran significados universales (por ejemplo la belleza, la razón, la justicia, la verdad….). Pero el concepto que está detrás para cada individuo es único. (Finkielkraut A., 1994)

Los contenidos que habitualmente aparecen  y se analizan están relacionados con ritos y convencionalismos sociales, prejuicios, estereotipos propios del género, temores a hablar en público, al rechazo social, conflictos intergeneracionales y  necesidad de normativización, entre otros.

En la medida en qu
e es un instrumento científico de terapia, habrá que considerar que el grupo grande es más complejo que lo que pueden ser los grupos pequeños o la práctica analítica individual. (García Badaracco, Artículos escogidos )

En el psicoanálisis la transferencia se interpreta sobre la realidad representada por la figura del analista, mientras que en el grupo grande es lo cultural lo que  desempeña la función central.

El grupo grande es, sobre todo, un aparato de pensar sumamente sensible del cual el mismo lenguaje es una manifestación típica. Además, el grupo grande crea su propio lenguaje a través de la utilización de la metáfora, que permite que las aportaciones de cada uno de los individuos se conviertan en material grupal. Ello hace que las personas que se incorporan a la experiencia se sientan inicialmente desconcertadas, como si los parámetros de entendimiento desde los que se sitúan no les sirvieran para entender los que acontece en el grupo. En este sentido y haciendo una similitud con lo expresado por Finkielkraut “la sociedad (grupo) no nace del hombre, él es quien nace en una sociedad (grupo) determinada. Se ve obligado, de entrada, a insertar en ella su acción de la misma manera que aloja su palabra y su pensamiento en el interior de un lenguaje que se ha formado sin él y que escapa a su poder” (Finkielkraut, op. cit. pag. 17 )

Lo que ocurre al comienzo de cualquier grupo grande, es la búsqueda del otro para formar una sub-cultura dentro del efecto que supone compartir espacio con tantos individuos, inicial y potencialmente percibidos como peligrosos para cada uno. Ya que lo que cada participante proyecta en los otros son los propios supuestos culturales (a veces considerados únicos), de igual manera que en los grupos pequeños cada persona trae su “bagaje” familiar.

Conviene definir de qué hablamos cuando nos referimos a los grupos grandes. De hecho con frecuencia se utiliza indistintamente la terminología mediano/grande para referirse a los mismos. Patrik de Maré inicialmente consideró que  grupo grande era el que tenía más de 20 personas, pero con la experiencia pasó a denominar medianos a los que tenían un número comprendido entre 20 y 40 personas y utilizó la denominación de grande para los de un número superior. La modalidad con la que nosotros trabajamos es la de grupo mediano.

La cuestión referida al número de participantes tiene gran importancia, dado que muchos de los efectos que se producen en el grupo grande se amortiguan y minimizan  en lo medianos.

Así, la pequeñez más absoluta, que es uno de los sentimientos más repetidos por los participantes en este tipo de experiencias, es común a ambas modalidades. Sin embargo el odio, que era considerado por De Maré como el motor que promueve al diálogo en los grupos medianos, en nuestra experiencia sería más una expresión que se da en los grupos grandes. En este sentido coincidimos con  De Maré en que el grupo mediano/grande es  frustrante en sus comienzos, pero en la medida en  que se reduce el  número de participantes hasta el tamaño mediano, lo que se  genera e induce a la participación es el  desconcierto y en ocasiones  la agresividad expresada como enfado.

Frustración por no saber qué hacer, decir, cómo comportarse, por no conocer la forma de respuesta. El odio puede generar aversión, sentimientos de destrucción, destrucción del equilibrio armónico y ocasionalmente autodestrucción. Se entiende que el odio es lo contrario al amor, y cabe plantearse: ¿cómo llega un individuo a este sentimiento por el hecho de estar en un grupo grande? ¿De dónde surge?

Pensamos que los participantes en el grupo grande sienten el horror del vacío que se presenta delante de ellos en forma de un gran círculo donde reina la nada. El vacío es un concepto que ha sido estudiado tanto desde la filosofía como desde la exploración artística, por lo que vamos a remitirnos a algunas aportaciones desde estos ámbitos. Para Chillida: “El vacío es lo que nos inquieta y nos protege, a la vez, lanzándonos a nuestra pequeñez primigenia, montándonos como demonio lacerante, soplando dentro nuestro como sólo Dios sabe.” (Martín de Ugalde, 2002 pág. 78).  El vacío aparece a menudo tan sólo como una carencia. Según Heidegger el vacío sería entonces como la carencia por colmar espacios huecos.
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Otro escultor, Oteiza, quería mostrarnos que  la forma más simple y directa posible era la desocupación, el «vaciamiento» del espacio. Para conseguir un espacio vacío es necesario proceder al trabajo de eliminar de él la materia que lo ocupa.

Lo mismo ocurre en el grupo grande, primero hay que eliminar la materia, lo sabido, la cultura y sus mitos y solo desde la sensación de indefensión podremos sentir el vacío y encontrarnos con nosotros mismos. El hecho de que esta sensación se produzca  entre una multitud de desconocidos o de posibles “enemigos” hace que  se genera el odio al otro, al grupo, pero principalmente hacia uno mismo.

El Uno (el YO) en Chillida está severamente cuestionado. La unidad tiene una fractura que permite a su vez la cohabitación del Dos. Esa fractura o esa línea es el emblema de la división del ser y es a la vez la única posibilidad del amor, o lo que es lo mismo la iniciación del diálogo, que permitirá la superación del odio, no para lograr el amor “entre” sino para lograr el compañerismo no personalizado que De Maré llamó koinonia, término helénico que definió como  “ una atmósfera  de camaradería impersonal más que de amistad personal, de participación espiritual y humana en la cual las personas podían hablar, oír, ver y pensar libremente, una forma de unión y concordia que lleva a compartir los bienes materiales, lo que ocurría por ejemplo, en el partir del pan” ( De Maré ,2010 pag.278).  Según relata Oscar Martínez, todavía en nuestros días para la Iglesia Ortodoxa griega, koinonia significa comunión.

Los miembros del grupo grande pueden elegir dialogar con los demás o recibir estímulos para hacerlo, en lugar de ser violentos.

El poeta francés Jacques Dupin ya plantea que «el vacío no es la nada, sino la matriz del espacio. No se define más que por lo que excluye o ignora». (Dupin, 1974))

De este modo, el vacío viene a corresponder con esa emocionante potencialidad inicial que existe entre dos notas, entre dos sonidos; desde el silencio tenso hasta la plenitud sonora, y también por dos personas, estableciendo lo que De Maré llama el duólogo (diálogo entre dos personas) Para este autor primero se produce el monólogo entendido como un diálogo interno, que da paso al diáogo entre dos personas y como paso previo para llegar al polílogo (diálogo entre varias personas). De Maré aporta, por tanto, un significado diferente para estos conceptos que los definidos por la semántica… Así, éste polílogo tiene forma isomórfica bajo la influencia de las tres instancias psíquicas, yo, super yo y  ello que presentan las tres culturas características. Una persona puede ser tan  inconsciente de sus supuestos culturales como de su inconsciente.

En la ponencia “Diálogo y discurso” que presentó Hanne Campos en 1984 en el VI Symposium Europeo de Grupoanálisis y haciendo referencia a Lacan, habla de las tres culturas, que provienen de los tres nacimientos del ser humano. “Estará la biocultura que crea una subcultura
de la mente inconsciente relacionado con la sexualidad infantil, la moralidad de los esfínteres y el superyó parental y familiar gobernado todo por le principio del placer.
La sociocultura que crea una macrocultura que relaciona la jerarquía, el ideal del yo y aspectos de la realidad social del superyó con los derivados sociales simples, mitos que son los equivalentes a sueños sociales. Y la koinónico-ético o idiocultura  trampolín macrocultural del grupo grande donde puede tener lugar la nivelación y simbolización del diálogo, donde el discurso se convierte en diálogo, donde la koinonia y las culturas éticas legítimas se originan en la frustración resultante del choque entre la subcultura y la sociocultura. Se genera el odio y el diálogo se transforma en energía mental, con modificaciones en la estructura del superyo hacia el ideal del yo sintónico del yo, un cultivo de cultura.”  (De Maré 2010, pag.118)

Es la generación de esta idiocultura el objetivo último del grupo grande/mediano y, como señalábamos anteriormente, donde funciona el principio del significado.

En el acervo popular tenemos la frase “hablando se entiende la gente”, pero el lenguaje, en la medida en que es una construcción simbólica arbitraria, puede estar imbuido a veces de significados tan diferentes como los que aporte la mente de cada individuo dentro del grupo. Por ello no bastará simplemente con hablar, sino que el grupo deberá aprender, como dice Aldous Huxley  en “La importancia del Lenguaje”, a emplear las palabras correctamente, es decir aprender el arte de renunciar al entusiasmo y al triunfo personal inmediato. Ardua tarea, la del grupo grande, en conseguir un lenguaje común para todos. Con frecuencia observamos el esfuerzo de las personas participantes porque su palabra sea correctamente interpretada recurriendo para ello a permanentes matizaciones que no modifiquen el significado de lo  que quieren transmitir, sin reparar en que lo que permite el diálogo es precisamente la formulación en palabras del pensamiento que en cada uno evoca y representa, independientemente de su significado inicial.

Ello nos puede dar la idea del tiempo que requiere la aplicación del método para la realización de los grupos medianos a un nivel general. Hasta el momento son pocas las experiencias que han dotado al grupo mediano de espacio-tiempo suficiente para que surja la matrix grupal, como si su propia puesta en marcha llevara ya asociada la expectativa de profecía autocumplida de que no tienen validez científica.

Hay que tener presente que la situación de grupo grande constituye inicialmente una situación de aprendizaje y no una situación instintiva como la de los grupos pequeños, más cercanos a otras situaciones más familiares para los componentes. Es aquí donde el número de participantes es de crucial importancia, ya que la suma de miembros incide de manera primordial en el comportamiento del grupo. Como escribía Foulkes, si en los grupos pequeños el individuo es el objeto de tratamiento y el grupo el agente terapeútico, en el grupo grande es el propio grupo el objeto del tratamiento, mientras que el individuo sólo es el agente.

Todo lo nuevo y desconocido causa miedo y ante el miedo caben respuestas diversas, que van desde  la evitación hasta el afrontamiento. En la medida en que se aprende a afrontar y por tanto a esperar, surge un diálogo nuevo para todos.

Uno de los cuestionamientos que reiteradamente se hacen a esta modalidad grupal se refiere a su utilidad. Y en este punto quizá convenga matizar que la cuestión a dirimir no es si los grupos grandes son más útiles que los pequeños o viceversa. Al igual que en los grupos pequeños el número  no es más que una de sus características , en los grupos medianos/grandes habrá que definir el resto del encuadre para avanzar y valorar su utilidad. En este sentido podemos distinguir diversas aplicaciones grupales en las que se utilizan grupos grandes:

Formación : en programas de formación de conductores grupales.
Workshop: con una función exploratoria y/o de investigación. Los grupos grandes en formato de workshops son espacios para la creatividad y la producción intelectual.
Psicoeducativos: se utilizan en dispositivos como los Centros de Día, Unidades Hospitalarias de Agudos y en las Comunidades Terapéuticas, para resolver y manejar elementos de convivencia.
Psicoterapéuticos: los grupos multifamiliares por tamaño son los mayores que se utilizan en clínica.

Se puede entender la utilidad dependiendo desde dónde se enfoque. No es lo mismo la conceptualización de García Badaracco, que piensa que este dispositivo ha probado ser un muy efectivo método terapéutico que puede contribuir a “des-manicomializar” a la psiquiatría y re-humanizar el tratamiento de la enfermedad mental, que la conceptualización de De Maré entendiendo los grupos grandes como una manera de humanizar la sociedad. El primero defiende un enfoque clínico, mientras que el segundo hace un enfoque de utopía social. Recogiendo las palabras pronunciadas por Pat de Maré en las jornadas de la APAG celebradas en Getxo (1995) “si cada uno de ustedes fuera capaz de convocar un grupo grande en sus respectivas ciudades, y a la vez esos mismos participantes se convirtieran en nuevos convocantes, es seguro que la sociedad, el mundo, a lo largo de unas pocas décadas sería de una manera muy distinta”.

En nuestra práctica, observamos que uno de los efectos del grupo mediano sobre los participantes es que dicen resolver con menor tensión las reuniones en las que hay mucha gente y que sobre todo les sirven para saber cómo es su comportamiento, a la vez que pueden relativizar los discursos propios y los de los demás, tratando de no juzgar ni de fiarse de las intuiciones primarias. Por tanto, parece un buen ejercicio de autoconocimiento que elimina censura y rigidez y potencia la tolerancia. Nuestros alumnos extraen aprendizajes sobre sí mismos que posteriormente aplican y generalizan a otros espacios de grupos grandes presentes en sus vidas; hablar en público, manejarse en asambleas de padres, trabajadores o reuniones de comunidad serían algunos de los ejemplos.

Visto esto nos surgen las primeras dudas: ¿por qué no se ha desarrollado ésta técnica? ¿Hay intereses de la propia sociedad para ello?

Conviene analizar qué resistencias han influido en el hecho de que esta técnica no haya tenido un mayor desarrollo, dado que no requiere de ningún aparataje técnico sofisticado, sino más  bien una motivación, ilusión, persistencia y por supuesto el adecuado training en la materia.

Quizá enfrentarnos al concepto de koinonia al que alude De Maré signifique renunciar a las luchas de poder y a los intentos de  control del grupo. Nos movemos en una sociedad (y los grupos grandes son un reflejo de la misma) en la que la defensa de las diferencias entre los individuos parece más importante que la búsqueda de nexos de unión y en la que las luchas, las descalificaciones, la dualidad de los unos contra los otros, el aniquilamiento del otro convertido previamente en enemigo forma parte de los modelos de relación que hemos ido creando en este mundo cada vez más globalizado. Por ello recuperar la esperanza en el poder sanador de la sociedad de los grupos medianos y grandes supondría ya el paso para salir del individualismo actual a una conciencia colectiva. Sólo el hecho de poder pensar en ello como posibilidad, debería ser acic
ate suficiente para que los profesionales de los grupos se animaran a poner en marcha más experiencias de estas características.

¿Es una ilusión pensar en que el diálogo entre miembros de un grupo sirva para mejorar nuestra sociedad? ¿Es realmente el grupo grande un avance en el tratamiento de la mente de los seres humanos? ¿Es el ser humano verdaderamente un ser gregario o esto es tan sólo es una ilusión para que haya individuos  que se aprovechen de ello y dirijan y controlen el mundo de los otros?

Cuando hablamos de nuestros grupos, tenemos que partir del hecho de que no son del todo representativos de la sociedad; están sesgados, dado que las experiencias realizadas se han hecho  en su mayoría con profesionales de la salud o con personas relacionadas o interesadas por el tema, pero nunca con un abanico lo suficientemente amplio para abarcar  todos los extractos sociales.

Sería por tanto una ilusión la pretensión de  De Maré de que si cada participante en un grupo grande fuera capaz a su vez de convocar otro, produciendo así un efecto bola de nieve, el sentir del mundo podría cambiar en unas décadas. Por ahora la cultura del líder sobre las masas o sobre los grupos es la que prima y estamos lejos de dar el paso a una sociedad sin líderes donde cada individuo fuera capaz de asumir su  propia cuota de liderazgo y de responsabilidad. Es decir, de abandonar  el funcionamiento infantil en el que la madre (institución, sociedad) esté amamantando de manera permanente.

Quizá estemos hablando de que la sociedad actual todavía se encuentra en el estadio de la primera infancia. Pero la cuestión sería saber cuándo habrá llegado a la edad adulta, o si llegará algún día. De Maré  dice que el diálogo utiliza el lenguaje y lo transforma, de la misma forma “el diálogo del grupo grande puede hacer lo mismo con la cultura si se le brinda la oportunidad” (De Maré, 2010 pág.75). Las culturas pueden modificarse sólo al evolucionar o generarse otras culturas, engendrándose nuevas microculturas por el diálogo en grupos grandes. Añade P.de Maré  “el diálogo debería ser el sine qua non de la lingüística, la praxis real del lenguaje; sin embargo la gente ha de aprender a hablar a diferencia de aprender  un lenguaje. Hemos desarrollado el habla, pero no la podemos emplear; ya que por lo general el diálogo grupal aparece boicoteado”. (pag.145)

El filósofo francés Gilles Lipovetsky, nos habla del individualismo irresponsable  expresado en  la frase “después de mi, el diluvio”. Este tipo de cultura crea un terreno que permite saltarse las barreras morales, promueve la tendencia a la trivialización y a la desculpabilización de ciertos fraudes. Frente a esto sitúa el individualismo responsable, basado en la tolerancia, en el respeto a los demás, en la exigencia de límites, en el voluntariado, la lucha contra la corrupción y los comités de ética. Este autor nos habla del alejamiento de los individuos  y por ende de la sociedad de lo comunitario, del sacrificio por los demás, de la lucha por la nación, hasta por el mundo, ahora en esta fase postmoralista en la que se exalta  el deseo, el ego, la felicidad y el bienestar individual en mayor medida que el ideal de la abnegación o del sacrificio por el grupo.

Decimos que el individuo es un ser social porque  nace y necesita del grupo (familia) y que todo su proceso de socialización posterior va jalonado por un continuo paso de grupo en grupo (escuela, amigos, trabajo, etc.…) estando por tanto lo grupal presente desde el nacimiento hasta la muerte. Pero a la vez la soledad más intrínseca va unida a su vida. En los grupos grandes es más fácil observar y sentir esa soledad interna que se asemeja al sentimiento de pequeñez,  el que quiso plasmar el escultor Chillida en el proyecto de vaciado de la montaña Tindaya, con la pretensión de que al penetrar en la parte horadada el individuo experimentara ese sentir de pequeñez ante la naturaleza.

En los grupos medianos, después de transitar por  las sensaciones de desvalimiento, frustración y agresividad  y antes de lograr la koinonia, se produce  la búsqueda del par, de ese otro con el que compartir opinión o identificarse. Se trata de buscar a alguien que permita soportar la  soledad, alguien con el que sentirse par por la afinidad en aspectos tan dispares como pueden ser   edad, procedencia, profesión o color del pelo.

De ahí se pasa a la sensación de formar subgrupos que están en pugna unos contra otros. En este momento existe una cierta semejanza con la pertenencia a diferentes clanes que describe Badaracco en los grupos multifamiliares, donde se da  una lucha por sustentar el poder similar a lo que ocurría en la horda primitiva.

Estaríamos hablando de un duólogo entre subgrupos o familias, pero que lleva al segundo tiempo de la frustración, ya que el grupo como tal devuelve que la lucha es estéril, que no conduce a ninguna parte y que reproduce el sistema social actual de nuestra sociedad, basado en la ostentación del poder para manejar a los otros. Con la salvedad de que el sistema se ampara en la democracia y los subgrupos del grupo grande en su mayor cuota de saber y/o experiencia.

De nuevo vemos que si los participantes se dan otra oportunidad al vencer esta segunda frustración, es cuando pueden aspirar al polílogo del que habla De Maré, en el que se va gestando una comunicación de unos con otros, no unos contra otros, tratando de establecer unos mínimos de acuerdo que generan la microcultura grupal. Es en ese momento cuando el grupo es capaz de alcanzar su dimensión creadora y potenciar el diálogo que favorece que las personas participantes perciban los beneficios de la experiencia.

Para terminar y volviendo al título que ponía en interrogación una afirmación de Pat de Maré, no sabemos si  los grupos por nosotros conducidos a lo largo de estos años han contribuido a humanizar la sociedad pero sí podemos afirmar sin duda alguna que nuestra participación como conductores en estos grupos nos ha hecho más humanos.

 

Todas las teorías son legítimas
y ninguna tiene importancia.
Lo que importa es lo que se hace con ellas.

Jorge Luis Borges

BIBLIOGRAFÍA

DE MARÉ, Patrick.   Textos escogidos . Cegaop Press. Barcelona 2010.

DUPIN, Jaques. “Chillida.Galería Iolas-Velasco”. Madrid 1972

FINKIELKRAUT, Alain.  La sabiduría del Amor. Generosidad y posesión. Gedisa. Barcelona 1993.

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FREUD, Sigmund.  Psicologia de las Masas y Analisis del Yo”. Biblioteca Nueva. Madrid 1974.

GARCÍA  BADARACCO, Jorge. Artículos escogidos 1989-2006 . Editorial G.B .Buenos Aires 2009.

LOPEZ-YARTO, Luis.   Terapia de grupo o terapia en grupo. Aperturas Psicoanalíticas nº10 .Madrid 2002

LIPOVETSKY, Gilles. La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo.  Anagrama. Barcelona 2003.

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UGALDE, Martín de. Hablando con Chillida. Vida y Obra. Ed. Txertoa. Donostia-San Sebastián 2002.

UTRILLA, Manuela. Son posibles las terapias en las instituciones. Estudio Situacional. Biblioteca Nueva. Madrid 1998.

 

Ernesto González de Mendibil Alcorta
Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta individual y grupal. Grupoanalista. Docente de la Fundación OMIE. Práctica privada e institucional.
ERNESTOGMENDIVI@terra.es

Estíbaliz Barrón Pardo
Psicóloga Clínica. Grupoanalista. Docente de la Fundación OMIE. Directora de la Fundación Gizakia.
ebarron@gizakia.org