EDIPO NO ESCAPA A SU DESTINO
“El hombre cree dirigir su propia vida,
pero en realidad es vivido por fuerzas
desconocidas e irresistibles.”
Grodeck citado por
Freud en El yo y el ello
El oráculo de Delfos predice que el hijo de los reyes de Tebas, Layo y Yocasta, asesinará a su padre y se casará con su madre. Por eso, cuando nace, Edipo es entregado a un criado para que lo mate. El criado se apiada de él y se lo entrega a un pastor. Pólibo, el rey de Corinto y su mujer, Mérope, acaban adoptando al bebé y lo crían como si fuera hijo suyo. Edipo significa «pies hinchados», pues «Oidipous» (Οἰδίπους) proviene de las palabras griegas «oido» (hinchado) y «pous» (pie). Según la leyenda, sus pies fueron perforados por Layo con un clavo y atados con una cuerda cuando el bebé fue entregado al criado, lo que le dejó secuelas visibles en los pies. Al crecer, Edipo, como todos los jóvenes, está atormentado por su origen y va al oráculo y le dice lo mismo, que matará a su padre y se casará con su madre. Por eso, y porque ama a sus padres que no sabe que son adoptivos, decide abandonar Corinto. En un cruce de caminos, por una tonta disputa de tráfico, Edipo mata al jefe de una comitiva que resulta ser Layo, aunque Edipo no lo sabe. Edipo va a Tebas y se encuentra con que la ciudad está atemorizada por la esfinge. Edipo la vence en el monte Ficio al descubrir su acertijo y libera la ciudad porque la esfinge, frustrada, se suicida tirándose por un precipicio. En Tebas, donde están sin rey, nombran rey a Edipo y se tiene que casar con Yocasta con quien es muy feliz. La obra Edipo rey comienza cuando Edipo, ya rey de Tebas, habla a la muchedumbre que le pide una solución a la peste que arrasa la ciudad. Edipo ha enviado a su cuñado Creonte al oráculo y la respuesta que trae es que la peste se debe a la contaminación religiosa, puesto que el asesinato del anterior rey, Layo, no ha sido aclarado. Edipo se compromete a investigar la muerte de Layo y acaba descubriendo todo lo anterior: que el niño no fue asesinado por el criado, que Layo no fue asesinado por bandidos, sino por un hombre solo que resulta ser el propio Edipo. Por tanto, su investigación concluye así: Edipo ha matado a su padre y se ha casado con su madre. Entonces, Yocasta comprende todo, va a su habitación y se ahorca. Cuando Edipo la encuentra ya está muerta. La descuelga y, con las agujas de oro de su vestido, se atraviesa los ojos. Edipo pide a Creonte, el futuro rey, ser desterrado y que se encargue de cuidar de sus dos hijas, Antígona e Ismene, que por todo lo relatado, resultan ser también sus hermanas.
Los últimos versos de la obra son los del corifeo: «…ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso».
El corifeo viene a recordarnos que no nos fiemos, que hasta el rabo todo es toro, algo bastante contradictorio si creemos en el destino, pero para los creyentes añadiría que siempre se puede leer lo ocurrido como una tragedia predecible o predicha por algún oráculo.
Según el relato de Sófocles, Edipo no tiene escapatoria. ¿Es esto motivo suficiente para creer en el destino? Los humanos necesitamos confiar en que hay un orden en el caos para no temer todo el rato que algo nos va a arrollar, que vamos a desaparecer sin dejar rastro en un instante. Pero la única verdad es la finitud. Todo se puede acabar ahora mismo, lo contemos como lo contemos. Los humanos tenemos la necesidad de que las piezas encajen, de que haya un sentido en nuestra vida, aunque sea subjetivo. Por eso los cuentos sobre el destino nos gustan tanto, porque todo cuadra. Esto me lleva a pensar que los racionalistas son unos ingenuos por creer en que todo tiene sentido, pero tienen su parte de razón, porque cuanto más estudiemos, más controlaremos nosotros y no nuestras tripas. Lo que pasa, es que el extremo no creo que sea válido. El racionalista jefe, Sapolsky, opina que nuestras decisiones están determinadas por factores biológicos y ambientales que escapan a nuestro control. Según él, lo que pensamos que son «elecciones libres» son en realidad el resultado inevitable de procesos cerebrales y circunstancias previas1. Qué alguien le hable a este señor de mecánica cuántica y de lo imprevisibles que son los resultados de cualquier experimento no ya con humanos, sino con partículas. ¿Si no sabemos dónde está un solo electrón, cómo vamos a saber dónde vamos a estar Sapolsky o yo dentro de un rato?
El límite de lo que podemos aprender o saber no existe, por mucho que los racionalistas imaginen uno. Mientras estamos aquí, pensando lo que acabo de sugerir, la pantalla multisensorial de nuestra conciencia recibe inputs desde fuera y desde dentro de nuestro cuerpo a la vez que los compara con nuestros recuerdos y genera un modelo del mundo con el que poder anticiparse al futuro como nos cuenta Rafael Yuste en su obra El cerebro, el teatro del mundo2. Ni siquiera es suficiente lo que dice Yuste de que nuestra conciencia construye una especie de simulación interna de la realidad, puesto que eso es la única realidad que podemos conocer, la simulación que fabricamos dentro de nosotros. Esta simulación, este «teatro del mundo» de Yuste, o este «cine multisensorial» del que llevo años escribiendo sin terminar algo publicable, es a la vez la narración y la casa del humano que cuenta su historia. Esta casa está sostenida por los pilares del lenguaje que es el archivo de todo lo que no es inmediato, de todo lo que contiene muchas capas de información codificada en poco espacio. El lenguaje, en interacción con la memoria, nos permite una conciencia y una comunicación mucho más profunda que la del resto de los animales. Así podemos comunicarnos conocimientos complejos que pasan de generación en generación dentro de nuestra oralidad. Y en un momento dado esos conocimientos complejos, junto con nuestra conciencia, se preguntan por sí mismos y ahí nace algo nuevo: la filosofia y con ella, la ciencia y sus trucos cuantitativos con los que cree que puede llegar a todo, pero no. Porque, con Ferenczi, vemos sus costuras y pensamos algo así: «la ciencia es, en efecto, una desilusión progresiva: el lugar de lo místico y singular, coloca de continuo y por doquier esa legalidad inamovible que, debido a su uniformidad, provoca fácilmente el aburrimiento y, debido a su trayectoria coercitiva, el desagrado»3. ¿Ocurrirá algo así con la IA? ¿No podrá llegar donde dicen que puede llegar? ¿Nos aburrirá y tendremos otra vez que ir atrás y seguir contando nuestra historia de viva voz?
Mientras, según cuenta Harari en Nexus, los humanos estamos cada vez más controlados con recompensas dopaminérgicas por la ciencia de los algoritmos y el big data4. Así, nos volvemos distraídos y ansiosos y, por lo tanto, influenciables. Si en la antigua Grecia los humanos estaban controlados por la cultura a través de las historias orales, los dioses y los oráculos, ahora estamos vigilados 24 horas por las plataformas de los señores feudales de la información que saben de nosotros cosas que nosotros ignoramos y nos desvían de nuestro deseo. Dándole la vuelta a la frase de Facundo Cabral: «no estás deprimido, estás distraído», podríamos decir que, de puro distraídos, nos dan el cambiazo, dejamos poco a poco de vivir y es casi inevitable que acabemos en manos de un destino que otros han escrito, y deprimidos. También, deprimidos.
Todo lo que nos gusta a los humanos aumenta la producción de dopamina en el núcleo accumbens y aumenta la probabilidad de que se repitan las conductas relacionadas. Este es el mecanismo básico del aprendizaje, algo en lo que nuestra especie es especial. Si el resto de nuestra programación está equilibrada, seremos más bien epicúreos o estoicos de los de verdad: buscaremos el placer sin pasarnos, sin saltar a la región donde ya sería una inversión en dolor a medio y largo plazo. Pero nuestra programación pasa por muchas vicisitudes que pueden ser incluso traumáticas y en ella desembocan muchos intereses, como acabamos de ver.
En la promoción de la obra El golem de Juan Mayorga5 se destacaban estas palabras del autor: «Somos lo que decimos, somos lo que leemos, somos lo que aprendemos. Nunca como ahora habíamos sufrido el poder descontrolado de la palabra. Esta historia habla del poder que tienen las palabras para construir lo que somos. ¿Son solo palabras?». El gólem fue fabricado con barro y animado con el poder de la palabra, como los humanos. Ese lenguaje que nos da la vida al transportar nuestra historia puede ser usado también para sustraérnosla. En la obra de Mayorga, el Estado, como en una pesadilla neoliberal, está echando de los hospitales a los pacientes que no pueden pagarse el tratamiento. A la protagonista, Felicia, que tiene a su marido ingresado, una mujer le ofrece un trato para evitar la expulsión: debe memorizar unas palabras. «Si solo se trata de palabras, no puede ser peligroso», reflexiona Felicia. La mujer le responde: «Tratándose de palabras, puede ser muy peligroso.» En situaciones de peligro, toda cultura necesita un cuerpo que la proteja, un golem lleno de palabras que haga de parapeto y unión para todos, algo que narre su historia y le dé unidad. Según nos cuenta Mayorga, para poder independizarnos, hay que llegar a decir «no», me temo que muchas veces. En el libro de Mayorga se incluye un ensayo de Santiago Alba Rico, «Las palabras y las cosas» en el que dice: «Toda criatura que funciona con palabras es ser y libertad al mismo tiempo. Cura y mata. Es Sherazade que hechiza y Sherazade que envenena. Es el tirano que asesina y el nombre tatuado que salva. Necesitamos un nuevo Golem, no porque necesitemos un salvador o un retorno al mundo antiguo, sino porque necesitamos un campo de batalla. Necesitamos volver al campo de batalla: la palabra reñida y el cuerpo común».
Es raro que para afirmarse haya que decir que no muchas veces. Es extraño que este sea el único camino para que se genere un «yo». El «no» ahorra mucho tiempo al trabajo de pensamiento, aunque la negación indiscriminada traiga otros problemas. Hay pacientes y culturas incapaces de decir «no», «no estoy de acuerdo», por lo que para llegar al mismo sitio tendrán que poner en escena un acto, un síntoma o una movilización de su energía psíquica que se ahorrarían si dijeran simplemente que no. Freud dice que la adquisición del símbolo de la negación permite un primer grado de independencia con relación a la represión6. Así, con el «no», no solo vemos la marca de algo que viene del inconsciente y que así puede escapar a la represión, sino que también vemos que el individuo empieza a contar su propia historia, la que solo puede empezar por no aceptar lo dado. Así que, negar es un grandísimo avance, aunque parezca algo muy pequeño.
Linneo nos llamó Homo sapiens en la décima edición de su Systema Naturae7. Así nos incluía como un ser vivo más en su clasificación, enfrentándose a la tradición religiosa que nos separaba del resto de los animales, aunque nos puso al lado el lema «Nosce te ipsum». Eso es lo que ponía en algún lugar del templo de Apolo de Delfos. Aquella frase era una de las sugerencias o imperativos de su oráculo: «Conócete a ti mismo». Somos un ser vivo que busca conocerse a sí mismo y por eso un ser de nuestra especie nos clasificó en 1758 dentro del reino animal y nos puso este lema y este apelativo, Homo sapiens. Ese debería ser el principio epistemológico básico de nuestra ciencia y nuestra filosofía: pregunta, pregunta, pregunta y cuando creas tener la respuesta sigue preguntando, no olvides que Linneo no te bautizó «Homo nosce te ipsum» por falta de espacio. Todo esto para intentar escapar de la soberbia de la hibris, término griego que se refiere a la propensión que tienen los humanos, en su arrogancia, a pensar que son mejores de lo que son. Por esto también se podía leer en el Templo de Apolo: «¡Nada de excesos!». Heráclito el oscuro, dejó escrito bien claro por una vez: «Urge más extinguir la hibris que un gran incendio». Y ahora, en el siglo XXI, la hibris o desmesura de los muy ricos hace que nos acordemos de aquella famosa frase atribuida a Rousseau: «Cuando el pueblo no tenga nada más que comer, comerá a los ricos». «Eat the rich» no es una buena solución, pero al paso que vamos, va a ser eso o mandarlos con sus cohetes a Marte.
Y así venimos los humanos, caminando sobre la Tierra desde hace unos 300.000 años, entre la mirada torva del oráculo que amargó la vida a Edipo y la seducción de la narrativa del exceso, del mérito, de la búsqueda del éxito material como única posibilidad digna y admirable; nuevos dioses que son siempre el mismo. Los griegos daban mucha importancia a un autoconocimiento profundo, no ciego, del que se derivaría lógicamente una conducta ética. Así habría alguna opción para la felicidad, aunque a Sócrates, el apóstol del autoconocimiento, de quien la sacerdotisa del Templo de Apolo dijo que no había nadie más sabio, fue condenado a muerte por el sistema cuando le dijo que no. Platón, más listo, se salvó y nos regaló el mito de la caverna para recordarnos que entre lo que vemos y lo que sea la realidad, puede haber mucha diferencia.
Esta es nuestra pelea, intentar salvar la distancia insalvable que hay entre la realidad y lo que sabemos de ella. ¿Afán inútil? No, más bien ese es el afán de cada día. Lo imposible funciona como punto de partida para alcanzar lo posible. Y así los humanos nos contamos nuestras historias, nuestra realidad y no nos alcanza nunca porque tenemos que seguir contando. Contar, narrarnos nuestra vida, no es nada fácil, porque lo debemos hacer esquivando las trampas de nuestro egocentrismo narcisista y relativista que es el mismo de los sofistas que tanto odiaba Sócrates. El amor a esta búsqueda, a esta narración interminable, es lo que nos hace humanos y no el ego que se encadena a la verdad y se coloca por encima.

Figura 1. Restos del templo de Apolo en el enclave privilegiado de Delfos (imagen del autor).
El ser humano se distingue de otras especies no solo por el lenguaje o la capacidad de razonar, sino por su capacidad de contar historias. El folklorista alemán Kurt Ranke fue el primero en denominarnos «Homo narrans», la especie que dispone de la narración como herramienta fundamental para construir sentido y dar coherencia a su experiencia vital8. Ranke superaba la idea del Homo sapiens y Homo faber añadiendo la del Homo narrans. Para él, como para nosotros, contar historias es una necesidad antropológica que nos permite dar sentido al mundo y transmitir aprendizajes al grupo. Walter R. Fisher desarrolló esta idea formulando el llamado «paradigma narrativo», según el cual los humanos somos seres cuya comunicación esencialmente ocurre a través de historias9. Para él, todas las formas de comunicación humana son narrativas y se basan en lo que él llama «lógica narrativa» (narrative rationality), distinta de la lógica formal. La lógica narrativa de Fischer se basa en dos principios: la coherencia de la historia, que debe tener sentido internamente, y la fidelidad, es decir, que la historia debe ser compatible con lo que consideramos verdadero en nuestra experiencia cultural. Como sabemos, a los humanos se nos puede vender casi cualquier moto con una buena historia.
Paul Ricoeur profundiza la intuición de Fisher al sostener que el Homo narrans no solo se comunica mediante relatos, sino que constituye su identidad a través de la narración, articulándose esta entre la permanencia y el cambio que impone el tiempo. Esta identidad narrativa es de la que nos habla Lola López Mondéjar en su obra Sin Relato10, desde la preocupación por la desaparición de esta característica definitivamente humana.
Tal vez no exista el destino, pero hay mucha gente interesada en que creamos en él y seamos tan fácilmente manipulables como Edipo. Porque el problema de Edipo es que, mientras se constituye narrando su historia, es muy frágil, porque es humano. Los humanos necesitamos a los demás. Necesitamos alguien que nos haga de madre y de padre, pero esa madre y ese padre son deficitarios. Nunca lo van a hacer bien del todo, ni siquiera suficientemente bien todos los días. En un descuido, la esfinge interrumpe nuestra búsqueda y nos tiene entretenidos al borde del camino poniéndonos acertijos y enigmas que le interesan a ella. Pero la esfinge no es lo peor. Al menos en las representaciones que hay de ella no parece tan terrible. El problema es que las narrativas que nos impone no dejan espacio a narrativas más abiertas que nos permitirían criticar, crecer, crear. El problema es que la esfinge nos mete en el bucle de la repetición y así podemos pasar la vida repitiendo y caminando en círculos como Edipo. El pobre Edipo teme ser atrapado por lo que está escrito cuando en realidad es él quien camina en círculos persiguiendo su destino.

Figura 2. Edipo y la esfinge de Ingres (1808). Como en otras muchas representaciones de la escena, la esfinge no parece tan aterradora (dominio público).
Edipo podría renunciar a la ficción para huir de su destino, pero entonces dejaría de ser humano. Si Edipo dejara de preguntar, de preguntarse, de fabular, entonces sí que estaría atrapado del todo. Por lo menos, él sabe que va a morir y narra historias cada noche para intentar despistar a la parca, pero ni Sherezade es capaz de conseguir eso.
Ana Cristina Herreros, en su obra Cuentos de la Madre Muerte, nos recuerda que nuestra cultura nos ha alejado de la muerte11. A diferencia de tradiciones anteriores, la oculta y la convierte en tabú. Herreros propone recuperar la narración oral para devolver a la muerte un lugar simbólico y humano, que nos permita pensarla sin horror y volver a integrarla en nuestra vida. La finitud da sentido y silenciarla solo puede conseguir que nos olvidemos de lo importante. Además, la figura popular de la muerte no es solo terrorífica, también es justa, cercana y hasta protectora, un acompañante perpetuo que no va a dejar de estar.
La lógica narrativa de Fischer o cualquier otra dibujan arcos narrativos que van desde un principio hasta un final y nosotros vivimos montados en ellos. Los necesitamos para saber más o menos lo que podemos esperar y lo que podemos hacer, los necesitamos para sobrevivir. Por eso somos La especie fabuladora de la que habló la canadiense Nancy Huston en su libro del mismo título12. Como nos cuenta en su obra, la ficción es anterior al fuego, porque es más necesaria aún ya que nuestra vida es dura y tenemos miedo. Es el precio a pagar cuando tienes una identidad, que tienes miedo a morir, y eso te lleva a sobrepensar, sobreinterpretar y a vivir en un mundo paranoide. Si encuentras el porqué de las cosas crees que estarás protegido, por eso los humanos buscamos explicaciones, por eso nuestras culturas están llenas de ideas religiosas y mágicas en torno al destino, por eso creemos en manos invisibles, Huston dice que el lema «No creo en el azar» es un excelente resumen de la historia de nuestra especie. Los humanos lo interpretan todo y la interpretación favorita de este animal hermenéutico es: si tengo un problema es que alguien ha querido hacerme daño, una especie de autorreferencialidad básica que genera identidad individual y grupal. Según Huston en muchos lugares del mundo se transmite este mensaje a los niños: «Sólo nosotros somos humanos, hablamos una auténtica lengua y tenemos una auténtica historia. En otros sitios cuentan otras historias, pero son pamplinas, blasfemias, etc., en otras lenguas, pero son galimatías». Las culturas tienden a la inmovilidad y a contar la mejor versión para sus intereses. Si una cultura tiene un «storytelling eficaz» tiene la mitad del trabajo hecho pues como dijo Bryan Eisenberg: «Los hechos hablan, pero las historias venden». Lo que nos enseña nuestra familia o nuestra cultura son ficciones. Y por desgracia, como resume Huston sobre las ficciones empleadas para el genocidio en el pasado en la Alemania nazi y actualmente en Palestina: «Seis millones de judíos murieron realmente en los campos de concentración nazis, pero murieron a consecuencia de una mala ficción: la superioridad natural de la raza aria sobre las demás. Una vez muertos, pudieron reinsertarlos en otras ficciones malas, por ejemplo, la de una tierra sin pueblo y un pueblo sin tierra, o la del Regreso».
Edipo está perdido en esta maraña, inventa su historia a cada paso, pero su sed de conocer mal dirigida lo lleva, cargado de dogmas, hacia su perdición. Edipo no puede escapar a su destino.

Figura 3. Edipo rey de Sófocles se sigue representado en 2026 (imagen del autor).
EDIPO SÍ ESCAPA A SU DESTINO
“El trauma no recordado se repite en
lugar de recordarse.”
Sándor Ferenczi en su Diario clínico de 1932
Dentro de las fantasías psicoanalíticas están la de la interpretación perfecta o la de la resolución exitosa del complejo de Edipo. Pero esto último quizá tenga mucho más que ver con adquirir una nueva subjetividad abierta al mundo que con dejar atrás el triángulo amoroso con los padres. El humano que supera el complejo de Edipo se acerca a la realidad, al horror de lo real o, dicho de otro modo, accede al principio de realidad, pues toma conciencia de sus límites. Antes se decía que incorpora la ley paterna, o de forma más poética y lacaniana, que interioriza el nombre del padre, pero lo más importante es lo de la realidad. El niño que supera el Edipo se abre al mundo y a los otros y puede empezar a contar su historia y a constituir un yo y un superyo en la comunidad. O como decía Lévi-Strauss, superar el Edipo, o más bien, según él, aceptar su prohibición, es entrar en la cultura y dejar atrás la ley de la naturaleza.
Quedarte en el mundo preedípico es un desastre, porque permaneces en un mundo arcaico, cerrado, imaginativo, sí, pero sin contrastar con la realidad. Lo edípico es un gran avance, porque aceptamos que no estamos completos, que existe una ley de la realidad y de los hombres que tenemos que obedecer casi siempre y, precisamente por esa aceptación y ese límite, alcanzamos la posibilidad de desear y de amar. Edipo busca, pero para darse cuenta de que no puede escapar del todo. Y Freud, al descubrir su ley, abre las puertas a convertir al psicoanálisis en la gran herramienta o en una nueva religión.
Ahí es donde Deleuze y Guattari se vieron en la necesidad de escribir El Anti-Edipo en 197213. La normalización que ellos critican en el concepto del Edipo psicoanalítico es la misma que mata al Edipo de Sófocles, que es un hombre sin capacidad de elegir, gobernado por su destino. Los dos Edipos están obligados por su institución, la cultura griega y la ortodoxia psicoanalítica que no les permiten avanzar, vivir, y se quedan atrapados en el mito. El triángulo padre-madre-hijo doméstica al deseo y es una segunda represión que lo pone a producir para su patrón cultural, en este caso, el capitalismo. ¿Qué hacemos entonces los psicoanalistas si nos consulta Edipo? Imaginemos que Edipo aparece y nos cuenta su maldición ¿Qué podemos decirle? ¿Que para salir del mito está el logos? Sí, bueno, tras el mito puede venir el logos, pero no viene solo, de forma natural, hay que moderar al superyo y a la cultura entera y hay que plantarse y decir que no. Edipo, no te saques los ojos. En realidad tú no sabías. Layo se merecía morir porque se puso demasiado tremendo en un cruce y tuviste que defenderte. Y, sobre todo, porque te quiso matar a ti debido a un tonto presagio y Yocasta no protestó, no lo olvides. Pero bueno, siendo buen chico como eres, gracias a los reyes de Corinto, no a los de Tebas, te enamoraste y viviste feliz durante años con ella. ¿De qué tienes culpa tú?
Según Deleuze y Guattari, D&G para los amigos, el capitalismo descodifica y libera los flujos deseantes para luego volver a recodificarlos y canalizarlos en formas controlables y productivas. La figura limitante del proceso sería la esquizofrenia, una especie de desbordamiento del deseo que refleja la violencia del dispositivo represor. Tenemos que suponer que entre la represión infalible y la esquizofrenia debe haber algún espacio para la subjetividad, para una identidad no totalmente adaptada al esquema cultural; una identidad que no esté destinada siempre a ser aplastada como la de Edipo. Pobre Edipo, pues cada vez que se representa la tragedia, no tiene elección y cae bajo las fuerzas del destino.
La teoría del psicoanálisis es poderosa, pero no infalible. De lo que se quejan en el Anti-Edipo es de que los psicoanalistas, una vez se convierten en psicoanalistas, quieren dominar a los humanos haciéndonos transitar adecuadamente el complejo de Edipo, como si hubiera una forma correcta. El Anti-Edipo es hermano de Foucault, pues ve imprescindible cargarse la norma. La normalidad, ya sea psicoanalítica o cultural, implica una relación de poder y, por tanto, un control. Y bueno, luego se pelean con la idea freudiana de que el deseo proviene de una falta. Ellos son optimistas y ven el deseo como algo productivo, aunque no en el sentido capitalista. Digo yo que ambos aspectos son compatibles.
Cuando D&G hablan es porque sienten que el psicoanálisis es un dispositivo disciplinario, aliado del Estado y de la cultura. Algo que ellos ven muy claro en la IPA y en el lacanismo de esa época. El Anti-Edipo, a quien le costó escapar de la estructura familiar, ve la interpretación como algo que captura el deseo, no como algo que lo libera y en la relación terapéutica ven una dependencia, una repetición de lo que ya pasó antes. El personaje Edipo está igual, pero no lo sabe. Está entregado a su papel de personaje de tragedia.
El tema Edípico, no lo olvidemos, era algo conflictivo en la casa de Freud. Hay autores que opinan que su visión del complejo de Edipo podría haberse constituido para encubrir su propia agresividad hacia el padre, ese padre que se dejó humillar por ser judío. Marie Balmary cree que Freud construyó la teoría del complejo de Edipo tras haber abandonado una hipótesis anterior en que el padre podía aparecer como culpable o con una “falta” original. Esta omisión reflejaría motivaciones inconscientes y una relación problemática con la figura paterna14. Por otro lado, Florence Rush opinaba algo que sería difundido por Jeffrey Moussaieff Masson, en el sentido de que Freud desplazó las narrativas de abuso familiar real hacia fantasías infantiles. Esto representaría una forma de negación o defensa que protegería simbólicamente al padre y a la cultura patriarcal15.
Freud, por motivos fundacionales, es un hombre que no se analizó, y aunque hizo brillantes descubrimientos, puede que algo se le escapara. Freud descubre la llave de la realidad, pero no le gusta que se use más allá de lo que él la usaría. Aún así se va de viaje con Jung y Ferenczi a los EEUU en 1909. Seguramente, ese viaje se lo podríamos convalidar como un análisis. Ya me gustaría tener grabada la conversación en la que se dijo aquello de: “No saben que les traemos la peste”, que se supone que le dijo a Jung y que se transmitió oralmente. Pero es que Freud repitió algo cuando sus discípulos querían independizarse y tenía conflictos con ellos. En la escuela freudiana inicial se actualizó, no digamos la tragedia, pero sí el drama edípico, pues los hijos más queridos de Freud, Jung y Ferenczi, no pudieron crecer en ella, sino que tuvieron que marcharse. Jung era el «príncipe heredero», pero cuando llegó el momento de hacer la escena estructural del hijo que empieza a tener vida y pensamiento propios fuera del dominio del padre, Freud vio una amenaza a la unidad de su escuela. Algo similar ocurrió con Ferenczi, cuya supuesta radicalización clínica en torno al trauma real y no fantaseado y la crítica a la autoridad analítica fue recibida por Freud con desconfianza. El hijo Edipo, para convertirse en sujeto, necesita salir de la casa del padre. A esto ayuda que el padre acepte perder su control, pero no siempre ocurre así y a veces se acaba en un doloroso distanciamiento. No es que el hijo tenga que matar al padre, pero el padre tiene que apartarse de la puerta. Edipo huye para no matar a su padre con espantoso resultado. En la historia del psicoanálisis, Jung y Ferenczi se alejaron para poder pensar por sí mismos.
Todos sabemos que el complejo de Edipo no se puede explicar solamente como un asunto de deseo sexual infantil, pues, como ya hemos dicho, lo rodea un conflicto en torno a la autoridad paterna y la posibilidad de tener una vida propia. En cierto sentido, la pelea de Edipo no concluye nunca, porque siempre se debate entre fuerzas opuestas que tiran de él hacia la aceptación y hacia el descubrimiento. No hay salida buena para Edipo si su padre no tiene un narcisismo suficientemente saneado y no deja lugar al hijo. En las instituciones psicoanalíticas, empezando por el círculo freudiano, ocurre lo mismo. En Palermo, 1910, Ferenczi le dice a Freud que no es un trabajo en común si solo le dicta. Si solo quiere que le haga de secretario, escribiendo el caso Schereber, no le apetece colaborar con el maestro16. A veces el conflicto es tan grande que no queda otra salida que la ruptura o el análisis institucional. Cuando cortamos un vínculo duradero sabemos que nos va a costar, pero no somos capaces de anticipar cuánto, porque este tipo de separaciones son algo muy difícil de simbolizar. No se puede encontrar padre o hijo sustituto rápidamente. De hecho, la verdad es que no se van a encontrar algo que los sustituya nunca y Edipo pierde así a su padre para siempre, como cuenta Bajani en su novela autobiográfica El aniversario17.
Un psicoanalista de 2026 les diría a D&G que tenían toda la razón al criticar a ese psicoanálisis, pero que no toda relación terapéutica es captura o dominación. La repetición no es lo peor, porque todos repetimos todo el rato, aún sin querer. Hay que hacer como Beckett, repetir de nuevo, pero repetir mejor o al menos distinto. El problema estaría en repetir porque el sistema no permite otra respuesta. Si Edipo queda atrapado en el dispositivo psicoanalítico es que algo va mal. El deseo de Edipo debería trascenderlo y también el triángulo familiar, porque si no se puede convertir en una prisión. El psicoanálisis actual, más o menos relacional, puede ofrecerle a Edipo un espacio donde su deseo pueda existir sin ser reprimido o normalizado del todo. Porque la interpretación va detrás de la experiencia y por eso Edipo debe salir a la calle y relacionarse con otros. Es imposible no vincularse. Los humanos no sabemos vivir de otro modo. El ideal de escapar de los vínculos dependientes y llegar a un perfecto individualismo no es humano. Es más bien un ideal transhumano, pero ese idealismo no lo queremos. ¿Quién querría una existencia sin rozarnos con los demás, sin depender de los demás? Afirmar que la técnica nos va a permitir un individualismo productivo y libre es ignorancia. Desde el psicoanálisis podemos ofrecer una opción sana: el deseo no se libera rompiendo la relación, sino pudiendo depender sin sentir que eres destruido por ella.
Dicho como si estuviéramos hablando con Ferenczi o con Winnicott, negar o desmentir la realidad es fuente de trauma pues nos coloca en una posición de extrema vulnerabilidad desde la que podemos acabar comprando ideales de huída o utopías de escape. Pero eso no serviría, porque la única salida es volver al cuerpo y al vínculo, un vínculo suficientemente bueno que nos permita desarrollar la capacidad estar solos en presencia del otro. Sin dependencia de la realidad, no hay deseo, solo adaptación o fuga. El deseo no se da en el aire. Edipo necesita más opciones que la captura por la norma o la fuga. Hay que proponerle encontrar una vía de transformación dentro de la relación para que pueda darse ahí el deseo y no caer víctima de la fantasía de huída.
Me gustaría dejarle un mensaje a Edipo en el contestador que dijera: «Querido Edipo, el famoso complejo que lleva tu nombre no es nada complicado. Mira, el primer amor es la madre y hay que aprender poco a poco a no estar pegado a ella y a compartirla con el padre y con la realidad. Si ese trabajo se hace bien, todo funcionará, en general, bien, pero este proceso se da a lo largo de muchos años y es largo y duro». La transición del Edipo se puede plantear como un paso de la psicología psicoanalítica clásica a la psicología del yo; del primer Freud a Hartmann o Erikson. Se pasaría de poner el énfasis en los conflictos inconscientes y en los impulsos reprimidos de un protoedipo que no se quiere soltar de su madre, a un Edipo mayor que quiere tener su propia individualidad, su yo independiente pero que reconoce al otro. Un yo que poco a poco es capaz de tomar decisiones propias con respecto al mundo que le rodea y de resolver sus conflictos. Este proceso consiste en pasar de un Edipo-ello a un Edipo-yo siempre bombardeado o limitado por el superyo o la realidad, eso sí, sin permitir que el superyo se convierta en una bestia feroz y aplaste al yo o a Edipo.
El humano Edipo va adquiriendo la capacidad de contar su historia mientras es narrado por la cultura. Hace el tránsito que consiste en escapar de las cuatro paredes del mito familiar y salir afuera. Así, cuando el humano supera este trance y empieza a ser Edipo, es un sujeto que puede tener una historia propia. Pero eso no es suficiente. Hay que salir a narrarla, hay que empezar a escribir una biografía personal peleándose, siempre peleando, esta vez con el mito de la cultura. Edipo, ya que has salido de casa de tus padres, no te quedes en la puerta. Hay mucha gente que no sale de la casa o el barrio, pero la única vía sana para Edipo es alejarse y ser Ulises, o Telémaco.
Ojo, que salir es muy costoso y ni el propio Ulises quería. Y su hijo, tampoco, pero es que no hay otra. Cuando los griegos fueron a buscar a Ulises a su pequeña Ítaca para que se uniera en la disputa de honor que originó la guerra de Troya se hizo el loco. Todos sabemos que Ulises era muy listo, no en vano fue el de la idea del famoso caballo de madera, y él sabía que la guerra duraría mucho tiempo y no quería abandonar a su mujer y a su hijo. Ulises, para hacer creer a los que le fueron a llevárselo a la guerra que no estaba en sus cabales, empezó a hacer cosas extrañas como arar la playa o sembrar sal en vez de semillas. Palamedes, el enviado a reclutarlo, sospechó de su enfermedad y colocó a su hijo delante del arado. Ulises se detuvo para no matarlo con lo que fue desenmascarado y tuvo que ir a Troya en contra de su voluntad18. Muchos años después, cuando Telémaco, su hijo, está esperando al padre que nunca regresa, llega a un punto en su vida en que tiene que salir a buscarlo. La tesis psicoanalítica de Recalcati en su obra El complejo de Telémaco es que el hijo necesita al padre para que le transmita el deseo, que el padre le dé permiso para vivir y para desear19. Según él, lo de matar al padre no es la solución adecuada para los hijos, sino que lo que necesitan es poder encontrar un padre que funcione como tal y que pueda ser encontrado.
Edipo quiere ser el padre hasta que supera el complejo de Edipo. Después ya no tiene sentido matar o sustituir al padre. Telémaco solo quiere reconocer a su padre y que Ulises lo reconozca a él y le entregue un legado, una manera de vivir. Pero Telémaco es más el hombre moderno que no tiene padre, no tiene herencia simbólica que heredar ni un padre contra el que pelearse. El humano del siglo XXI tiene que agarrarse con frecuencia al factor Munchausen20. Edipo necesita salir de su ciénaga tirando él mismo de su coleta como el barón Munchausen. Pero ser Edipo no es suficiente, hay que salir más afuera y detenerse a mirar, a pensar, a cuestionar.
El oráculo que aconsejó a Edipo y lo destruyó se ha disfrazado ahora de libro de autoayuda o de red social o de nueva religión. Estos heraldos nos hacen creer que hay un destino deseable que podemos ganarnos, pero no lo hay. Liv Strömquist dice que tenemos una obsesión colectiva por encajar en el esquema cultural y a eso lo llamamos destino21. Esta autora plantea cuestionar a los supuestos expertos, empezando por el oráculo y recuperar un pensamiento propio desconectando del bombardeo digital.
En la vida esto resulta complejo, pero en el psicoanálisis también, porque cada Edipo que ha salido de la casa a tomar el aire se ha encontrado con problemas. Otto Rank y Jung fueron alejados tras una disputa con Freud, Ferenczi cancelado durante décadas por el círculo freudiano, Fairbairn aislado de la British Psychoanalitical Society, Kohut apartado por la IPA, Lacan expulsado también por la IPA como didacta. Los expulsados fundaron sus propios grupos, como Lacan que fundó la École Freudienne de Paris, entre otros, con Laplanche. Y la historia se repite todo el rato porque Laplanche, a su vez, se alejó cada vez más de Lacan por el dogmatismo y el personalismo de su escuela y acabó fundando la Association Psychanalytique de France (APF) que posteriormente se reintegró con la IPA que, por cierto, se fundó en 1910 en Núremberg a partir de la Sociedad psicológica de los miércoles, ocho años más antigua. La IFPS es muy posterior, pues se fundó en Roma en 1962, nueve años después del famoso discurso de Lacan que preconizaba una vuelta a Freud a través del lenguaje. La IFPS surgió como respuesta a la rigidez de la IPA. Los disidentes de la IPA que prefieren el diálogo y la acogida de distintos modelos a la ortodoxia, las expulsiones y el centralismo normativo. La IFPS no es la panacea, supongo que como la democracia no es una forma de gobierno óptima, pero es lo mejor que hemos encontrado.
A los Edipos se nos vendió el destino para tener algo que explicara nuestros sufrimientos humanos y nos diera una estructura más o menos sólida, pero eso no es gratis. A cambio de estar inscrito en un precioso drama familiar de tres personajes, tuvimos que poner límites a nuestra subjetividad y a nuestra creatividad. Todo el que pregunta es acusado de anti: anticlerical , antifreudiano o incluso, antifa, y tendrá que escuchar y ser amenazado con el poderoso argumento de que siempre se ha hecho así, aunque ni siquiera eso sea verdad.
Podríamos resumir que todo psicoanalista original tiene un gran riesgo de ser expulsado de forma más o menos explícita por su escuela. Pero, por desgracia, esto no ocurre solo en el psicoanálisis. Esta es la vida misma de Edipo cada vez que se atreve a alejarse de la nave nodriza.
Necesitamos para nosotros como psicoanalistas y como ciudadanos lo mismo que necesitan nuestros pacientes y todos los demás ciudadanos. Edipo y el resto precisamos un espacio donde podamos pensar y hablar sin miedo. Porque si hay algo indecible, la cosa no va a funcionar. Porque si en las relaciones o en la terapia repetimos el trauma sufrido, la cosa no va a funcionar. Cada Edipo tiene una historia propia y esa historia tiene un ritmo que hay que respetar. La única comprensión posible viene cuando aceptamos que no sabemos cuándo vamos a llegar. Edipo busca la verdad, pero la verdad no existe. El psicoanálisis, en su búsqueda de la verdad, sabe que no hay garantía de alcanzarla, de llegar a una «curación total», como ya dijo Freud en Análisis terminable e interminable22. Con lo cual somos también Kavafis cuando le dice a Ulises: «Pide que el camino sea largo»23. Lo pidas o no lo pidas, el camino siempre es largo, porque no acaba.
Edipo, no huyas, gírate y mira a tu destino a los ojos si es que aún conservas los tuyos. Y nuestro camino, como individuos y como grupos o instituciones tiene parada en casa de los Edipos y los Anti-Edipos. Allí, debemos contar que el complejo de Edipo no es el centro de todo, que solo es la vía para abrir un espacio al juego, para alcanzar un deseo propio que se crea en la relación, en la fabricación misma del complejo de Edipo. Al mito del complejo de Edipo le pasa lo que a todos los mitos, que no son totalmente verdad y que nadie es dueño de ellos, ni siquiera la mejor institución, la más sabia y menos dogmática, si es que eso existe.
Queridos D&G, no queremos capturar el deseo en una estructura jerárquica, no queremos normalizar. Buscamos un psicoanálisis que no tenga el complejo de Edipo como ley. No queremos servir al sistema, queremos vivir y acompañar a nuestros pacientes para que ellos también vivan.
Querido Edipo, no pienses que todo es libre albedrío o determinismo. El que se ha atrevido a salir al mundo sabe que no es tan simple. Pero, eso sí, creo que ya sabes que huir no sirve. Gírate e interroga al destino. Es la única forma de que tu yo aprenda a no temer tanto a los dioses y a amar al objeto amado, perdido o no. La única forma de que prefieras que el objeto amado se convierta en sujeto.
En la tragedia griega nos colocan su storytelling que sirve para vender los servicios oscuros del oráculo y el status quo de Grecia, y Edipo se lo tragó. El problema es que si Edipo no se da la vuelta y se encara a su destino, la tragedia sigue hasta Antígona. Si miramos con cuidado, todo son señales de que algo va a acabar mal. Si buscamos siempre encontraremos signos de la ira divina. Siempre habrá pájaros que se maten entre sí y sacerdotes que no puedan encender el fuego sagrado.
Unamuno le diría a Edipo que acepte la contradicción que oculta su destino trágico. Que ya que va a morir, que no muera engañándose, que viva plenamente su agonía. Un poco lo mismo que le lanzaría Nietzsche, que le pondría a Edipo a surfear entre lo dionisiaco y lo apolíneo hasta amar su destino o mejor dicho, hasta aceptar todo lo que acontece.
¿Podría Edipo dejar de repetir y no meterse siempre en las fauces del destino? ¿Podremos como psicoanalistas adaptarnos a la singularidad del paciente? ¿Seremos capaces como institución de crecer sin todos los defectos más feos de las instituciones humanas? ¿Cómo hacer para no caer en la inercia burocrática, en la deshumanización del poder, en el narcisismo patológico? A Edipo, como a nosotros, le resulta atractivo el dogmatismo, pero tiene que aprender a sospechar. Si no es por él mismo, por sus pacientes, por sus amigos, por sus hijos. El defecto de Edipo rey es su arrogancia intelectual, pues cree que al resolver el enigma de la esfinge tiene el trabajo hecho, pero qué va. El defecto del Edipo del psicoanálisis es que en ocasiones se ha utilizado como herramienta de obediencia que crea una ley que debemos acatar. Pero el hijo debe escapar de la obediencia, debe crecer y abandonar la infancia eterna y, como hemos dicho, en ese punto, Edipo debe ser Ulises o Telémaco.
Edipo rey pasa de la arrogancia a la responsabilidad y al buscar culpables, caiga quien caiga, cae él y todo el edificio. Las tragedias son así. En un gesto que le honra, Edipo abandona el poder para salvar el bien común. Por echar mano de una frase de Machado que suena a griego: «La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». Edipo deja de ser Edipo rey y empieza a ser Edipo en Colono, alguien humilde que ha abandonado la arrogancia y no sabe ni cómo volver a ítaca ni dónde está siquiera.
Nuestra tarea es acompañar a Edipo a no ser Edipo, porque Edipo sale de la casa y empieza a caminar y podría parecer que ha encontrado el camino, pero no, solo lo está haciendo. Mientras narra su historia, Edipo va a caer en la repetición e incluso va a creer en el destino y le va a costar mucho ver que solo es un apoyo para superar el miedo diario a la finitud. Pero algunas veces, como Freud ya le dijo, en vez de repetir, recordará y contará una historia propia. Esa es nuestra tarea, que Edipo siga contando su historia, que nosotros sigamos contando nuestra historia.
Para terminar, volvamos a Delfos. En el templo de Apolo, aparte de lo que dijimos, había otras muchas sentencias morales inscritas, entre las que estaba: «Una promesa trae problemas». Pero no comprometerse es peor que tener problemas. Marina Garcés, en El tiempo de la promesa nos dice que la promesa no debe ser algo rígido, como si viviéramos en un mundo persecutorio, sino una apuesta contra la incertidumbre24. Algo así como un acto de insurgencia contra el destino.
Edipo rey quiere escapar a su destino, pero darse a la fuga no es comprometerse por más que lo dijera Sabina en una canción. La promesa hace que uno se ponga en riesgo, pero también en juego. La promesa crea comunidad y hasta nos puede sobrevivir. El camino de Edipo es el mismo que el nuestro, aprender a ser «Edipo narrans». Contar primero nuestro destino para poder contarlo después de otro modo y entretanto disfrutar, reír, estar juntos, inventar algo nuevo en grupo. Aceptar que no se puede ir todo el rato sin memoria ni deseo, pero que se puede intentar y que muchas veces tocará perder.

Figura 4. Representación esquemática de Edipo y la esfinge a partir de una cerámica griega del 470 a C. (dominio público).
- Sapolsky, R. M. (2024). Decidido: Una ciencia de la vida sin libre albedrío (M. Guirao, Trad.). Capitán Swing. ↩︎
- Yuste, R. (2024). El cerebro, el teatro del mundo: descubre cómo funciona y cómo crea nuestra realidad. Paidós. ↩︎
- Ferenczi, S. (1928). «Elasticidad de la técnica psicoanalítica» en S. Ferenczi, Psicoanálisis, Tomo IV. Espasa Calpe. ↩︎
- Harari, Y. N. (2024). Nexus: Una breve guía para el futuro digital. Debate. ↩︎
- Mayorga, J. (2022). El Golem (S. Alba Rico, Ensayo). Ediciones La Uña Rota. ↩︎
- Freud, S. (1925). La negación. En S. Freud, Obras completas. Biblioteca Nueva. ↩︎
- Linnaeus, C. (1758). Systema Naturae (10th ed.). Stockholm: Salvii. ↩︎
- Ranke, K. (1967). Homo narrans. In Fabula: Journal of Folklore Studies, 8(1), 1–11. Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht. ↩︎
- Fisher, W. R. (1987). Human communication as narration: Toward a philosophy of reason, value, and action. Columbia, SC: University of South Carolina Press. ↩︎
- López Mondéjar, L. (2022). Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad. Anagrama. ↩︎
- Herreros, A. C. (2024). Cuentos de la Madre Muerte. Libros de las Malas Compañías. ↩︎
- Huston, N. (2010). La especie fabuladora. Galaxia Gutenberg. ↩︎
- Deleuze, G., & Guattari, F. (2004). El Anti-Edipo: Capitalismo y esquizofrenia (J. Vázquez Pérez, Trad.). Paidós. ↩︎
- Balmary, M. (1979). L’homme aux statues: Freud et la faute cachée du père. Grasset. ↩︎
- Masson, J. M. (1984). The assault on truth: Freud’s suppression of the seduction theory. Farrar, Straus and Giroux. ↩︎
- Jiménez Avello, J. (2024). La isla de sueños de Sándor Ferenczi. Nada más que pulsión de vida. Editorial Psimática. ↩︎
- Bajani, A. (2025). El aniversario. Editorial Anagrama. ↩︎
- Apollodoro. (1997). Biblioteca mitológica (A. Pérez Jiménez & G. Cruz Andreotti, Trads.). Alianza Editorial. ↩︎
- Recalcati, M. (2013). El complejo de Telémaco: Padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama. ↩︎
- López Mondéjar, L. (2009). El factor Munchausen. Psicoanálisis y creatividad. CENDEAC. ↩︎
- Strömquist, L. (2024). La voz del oráculo. Reservoir Books ↩︎
- Freud, S. (1996). Análisis terminable e interminable. En L. López-Ballesteros (Trad.), Obras completas: Sigmund Freud (Vol. 3, pp. 3339-3365). Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1937). ↩︎
- Kavafis, C. P. (2003). Poesía completa (V. Fernández González, Trad.; 2.ª ed.). Hiperión. ↩︎
- Garcés, M. (2023). El tiempo de la promesa. Editorial Anagrama. ↩︎