De la Infelicidad al Malestar

por | Revista del CPM número 25

«EL MALESTAR DEL BIENESTAR. SU REFLEJO EN LA CLINICA» «DE LA INFELICIDAD AL MALESTAR»

Mi aporte a esta mesa pretende ser una indagación y un conjunto de reflexiones sobre el tema del malestar, desde el punto de vista de la teoría psicoanalítica, en los términos en que su creador, Sigmund Freud, lo genera para ser tomado en cuenta en la clínica psicoanalítica.

El malestar, desde el punto de vista psicoanalítico, es un efecto de todo proceso de cultura y condición de subjetividad psíquica. Propongo que pensemos sobre sus relaciones intrateóricas y su lugar peculiar en la concepción del sufrimiento. Según la propuesta que nos convoca, se trata de considerar al malestar y a su antagónico, el bienestar, como estados afectivos padecidos por el Yo y que, por lo tanto, suscitan movimientos defensivos para neutralizar sus efectos. Por la condición de escindido del sujeto psíquico, se extrae la conclusión de que todo malestar incluye una dimensión de bienestar y, viceversa, todo bienestar, un malestar. Consecuencia de la dialéctica instalada por lo inconciente y lo reprimido en él, dialéctica formulada desde los orígenes, descripta en la primera tópica psíquica, en la que se señala que lo que es placer para un sistema, es displacer para otro (conciente-preconciente vs.inconciente). Es a partir de lo inconciente donde el punto de percepción de las problemáticas del placer debe situarse.

Por lo tanto, propongo que nos ubiquemos en el trabajo que centraliza el abordaje de nuestro tema, El malestar en la cultura (Freud, S.;1930) para deslizamos desde allí a indagar la especificidad de malestar que nos interesa.

Este trabajo fue publicado en el tomo 1, nro.4, del número de noviembre­diciembre del Psychoanalytische Beluegung, como primer capítulo, del cual saldría, en 1930, como «Das unbehagen in der Kultur». De acuerdo a comentarios de James Strachey, como traductor al inglés del original alemán, y de Ernest Jones, en su biografía de Freud, el título original era «Das unglück in der Kultur», que solicitaría como más adecuada, la traducción de » La infelicidad en la cultura’ ; pero, luego, por voluntad de su autor, se sustituyó por «Das unbehagen in der Kultur», cuya traducción sería «El malestar en la cultura». Esta sustitución da a luz un nuevo sentido, pues no se trata de «la felicidad», aspecto del cual Freud se ocupa en un comienzo, sentimiento ligado a diversos «raseros» utilizados para evaluarla, sino de un «malestar», que concierne al sujeto psíquico por su condición de «ser en la cultura» y «ser de cultura», por su inmersión social, regulada por la cultura.

El malestar, como trasfondo anímico, apunta al orden vivencia¡ del sujeto y no guarda relación con la felicidad, que se desliza más hacia un grado de exaltación anímica. Este cambio es el que habrá de sostener un enunciado fundamental para concebir en qué consiste la cura psicoanalítica, que en ningún modo hace promesa de felicidad. La cura psicoanalítica transcurre por un trabajo psíquico que, al ser realizado, supondrá una paulatina transformación de las dinámicas, tópicas y economías psíquicas, descriptas metapsicológicamente, como trabajos sobre las «inhibiciones, síntomas y angustias» del sujeto, permitiéndole llevarlo desde diversos grados de su

«miseria neurótica», a la que se encuentra sometido, hasta posiciones de padecimiento de lo que llama «infortunio común», inherente a su condición humana, fundada en su «indefensión originaria».

El «malestar» (– unbehagen) remite a vivencias de «malestar», o «desazón»; mientras que «unglüclt», como «infelicidad», remite a «desventura», «desgracia», «mal», «malaventura», «infelicidad», «infortunio». El ser del sujeto psíquico responde a diferentes tipos de sujeción. Nos interesa, entonces, indagar en cómo concibe Freud a la cultura. Para el psicoanálisis, la cultura es un proceso de incorporación paulatina de un «saber». Se trata de un cierto «saber» y también de un «saber hacer y poder hacer», mediante los cuales se lograría (como objetivo) «gobernar fuerzas de la naturaleza» para «arrancarle» «bienes», que satisfagan sus necesidades. Y, además se trata de una sujeción, así como también de un «saber» de normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres, apuntando a regular, fundamentalmente, la distribución de bienes accesibles. Los seres humanos son, también, constituidos como «bienes» accesibles.

Resulta «valioso» un «saber» sobre la cultura y sus orígenes, en tanto «cultura» equivale a «civilización», para el pensamiento freudiano, y consiste en un modo de «elevarse por sobre la animalidad» de la que forma parte, logrando de tal modo un cierto dominio sobre la naturaleza y sobre los demás hombres para asegurar la convivencia y la supervivencia. La cultura sirve, a su vez, a dos fines, como son la «protección» ante la naturaleza y ante los hombres semejantes. Freud hace una lectura crítica acerca de la pretensión valorativa común, señalando que se suelen buscar «falsos valores», como «falsos raseros» para nombrar los valores de la vida, los que pretenden para sí y admiran en otros. En palabras de Freud : «La cultura humana es todo aquello en lo cual la vida humana se ha elevado por encima de sus condiciones animales y se distingue de esa vida. Muestra dos aspectos. Abarca todo el saber y el poder hacer que los hombres han adquirido, para gobernar las fuerzas de la naturaleza y arrancarles bienes que satisfagan sus necesidades. Y por otro lado, comprende todas las normas necesarias para regular vinculos recíprocos entre los hombres, y en particular, la distribución de los bienes accesibles. «

De esto se desprende que es fundamental la transmisión del saber. Que los vínculos humanos están profundamente influidos por la medida de la satisfacción pulsional que los bienes accesibles hacen posible, incluido el hombre mismo como bien. El aspecto de la distribución de bienes, entre los cuales figura el ser humano, remite a una noción ética y de justicia. También hay una referencia a un interés universal, en

tanto que se deduce que «todo individuo» es un «enemigo» de la cultura en tanto ésta es considerada de mayor valor, como un interés universal al que se debe defender y contribuir. La vida sexual, como pulsionalidad que busca satisfacción, también es sometida a regulación en orden a perpetuar su especie y su cultura (lo que hace al tabú del incesto como fundamento cultural). Toda cultura debe edificarse, entonces, sobre la base de una compulsión y una renuncia de lo pulsional primario. El ser humano está compelido a trabajar, a operar sobre la naturaleza, y los argumentos no suelen poder contra sus pasiones.

El humano está dotado de las más diversas disposiciones pulsionales, cuya orientación definitiva queda señalada por las vivencias de la primera infancia. Es necesario contar con que en todos los seres humanos están presentes tendencias hetero y autodestructivas, antisociales y anticulturales. Este hecho es decisivo para apreciar la función de la cultura humana. Los límites de la «educabilidad» se basan en la eficacia del logro de cambios culturales, dado que se torna necesario un trabajo anímico que permita tolerar la frustración (no se s
atisfacen las pulsiones), soportar la prohibición (sostener el orden edípico y su represión) y también la privación, en diversos grados y en el plano de las series complementarias. Para el logro del trabajo de la cultura, será decisivo que se logre ( y en qué medida se lo haga) aliviar la carga que el sacrificio pulsional impone a los hombres, reconciliarlos con lo que se produce, tarea suficientemente necesaria como para resarcir. Se trata del tema del «gobierno de las masas» que serán «sujetos» de su cultura, y que habrá de descansar en la compulsión al trabajo y en la renuncia a lo pulsional.

Los efectos del trabajo sobre lo pulsional, incluirá, fundamentalmente, el trabajo sobre las «construcciones narcisistas», como una acción «coercitiva» que permite la convivencia en la construcción social y apunta a la supervivencia del conjunto. Por lo tanto, la cultura emerge como un efecto ligado a la convivencia, la cual provee, a su vez, de medios de satisfacciones sustitutivas y sublimatorias. Las perturbaciones consideradas psicopatológicas, resultan también «formaciones de las culturas» y «expresiones de su peculiar malestar». Las patologías expresan y representan sus medios culturales, de los que emergen como portavoces. El malestar anímico, cierta dosis de él, permite incorporar el sufrimiento y la enfermedad como dimensiones de la naturaleza humana y de su precariedad. El registro del malestar, en sus diversas manifestaciones y transformaciones, sostiene una condición ontológica del sujeto humano.

Si organizamos algunas reflexiones, podríamos empezar a decir, por ejemplo, que la creación de la cultura implica un cierto perjuicio. Un cierto rito de iniciación marca la entrada de su recreación con cada sujeto que ingresa. Una suerte de entrada en la comunidad. El proceso civilizatorio transcurre al mismo tiempo sobre el de subjetivación, de inscripción en su medio «edípico» en el cual despertará y organizará su mundo pulsional. La sexualidad del sujeto queda entonces afectada al registro del proceso civilizatorio y al de las satisfacciones pulsionales posibles y accesibles.

Justamente, en palabras freudianas:»La cultura se ha creado bajo el impulso de la necesidad vital, en detrimento de la satisfacción pulsional» (Lecciones introductorias al Psicoanálisis. Conferencia 15. 1916).

Siguiendo la línea de trabajo de Piera Aulagnier, podríamos decir que se procesa una cierta «violencia» sobre el sujeto, no solamente desde la sexualidad parental de sus adultos sobre él, sino también sobre su sexualidad en su proceso civilizatorio. La sociedad habrá de recibir al sujeto e introducirlo en su cultura. Tiene, por lo tanto, una tarea sobre lo psíquico, la de mantener la supervivencia de sus ideales a través del trabajo de cultura.

El hecho de considerar a la cultura como equivalente a proceso civilizatorio se apoya en el progresivo desarrollo de las ideas de Freud, desde su «Sobre la moral sexual cultural y la nerviosidad moderna» (1908) hasta, por ejemplo, «El porvenir de una ilusión» (1927), sin descartar, fundamentalmente, «Tótem y tabú» (1912). En la medida en que hay un «malestar crónico y difuso, desagradable», habría una suerte de síntoma que lo acompaña bajo la forma de angustia susceptible de ser activada y como fondo afectivo del procesamiento psíquico, dispuesta a enlazarse a representaciones significantes. La cultura, como generadora de malestar, implicará entonces algún grado de incomodidad, de acomodación y desacomodación a su sitio de parte del sujeto, afectado al renunciamiento y a los enlaces transaccionales.

En la clínica psicoanalítica, se trata de liberar al sujeto psíquico de sus padecimientos alienantes, y eso coloca al análisis del lado de lo inconciente y del lado, por lo tanto, de hacerse cargo de su deseo. Ello mismo es concebido desde todo aquello que implique ligaduras organizadas e institucionalizadas, como una operación peligrosa, fantaseada como «revolución». Una suerte de «revolución de los esclavos», que serían las pulsiones que han sido trabajadas y reprimidas. Esta metáfora de los «esclavos» implica algo para ser pensado, desde el punto de vista de la fantasía perturbadora que acompaña a la práctica psicoanalítica respecto de los órdenes sociales. Incluido en ello la naturaleza institucional de las asociaciones de formación que, por sus fines de supervivencia, conspiran, como fuertes fuentes resistenciales a la analizabilidad de sus integrantes. La «rebelión de los esclavos», es la metáfora que Freud utiliza para hablar de «el retorno de lo reprimido», lo escamoteado y enmascarado en el síntoma, el sueño, las transferencias, las fantasías, lo inquietante para la institución suprema del Yo del sujeto. La precariedad yoica es resistida, rechazada su fragilidad, su finitud; sus límites, enlazados en las organizaciones del narcisismo.

Algunas ideas de Freud merecen ser consideradas. En su trabajo, «Las resistencias contra el Psicoanálisis», (1925) señala que el papel de la cultura es reinar en un plano de amenaza, y esa amenaza provendría de la eventual «rebelión de los esclavos». Los «esclavos» serían las fuerzas pulsionales que han sido sofocadas y proveen la energía de trabajo psíquico para que «reinen» los procesos «superiores» del pensamiento y las creaciones psíquicas, producto de sublimaciones y formaciones reactivas, como las artes, los rendimientos psíquicos estéticos, éticos, lazos sociales, formaciones de ternura, de amistad, surgidas del coercimiento y transformación pulsionales.

Otra observación, proviene de sus reflexiones sobre la guerra, en un intercambio epistolar con Albert Einstein, al señalar que las pulsiones narcisistas de egoísmo y agresividad requieren de una transformación para dar lugar al lazo social, por lo cual, la agresividad y, en particular, las guerras, en su periódico suceder, serían cuestionadoras de la aptitud humana para llevar a cabo la finalidad de la civilización. Todo egoísmo, todo individualismo, resulta potencialmente un «enemigo» de la tarea civilizadora. «Todo lo que trabaja para la cultura, trabaja en contra de la guerra» («De guerra y de muerte: temas de actualidad», 1915)

Los ideales, como exacerbación de aspiraciones narcisistas, se convierten en motores de impulsos destructivos. Cuando se mencionan los «falsos raseros» que pueden ser representativos de estados de felicidad, éstos resultan representantes de idealizaciones, tales como el poder, el éxito, el dinero, como figuras de exaltación megalómana. Es curioso cómo estos «falsos raseros» dominan el discurso social y, particularmente, en nuestra cultura y en nuestro tiempo. Como simple ejemplo, muchas veces podemos escuchar que, cuando se quiere hablar de la mejoría de un paciente, se suele mencionar a la adquisición de valores o estados que nuestra cultura considera deseables, y que resultan orientadores del narcisismo en su máscara cultural.

Precisamente, es el «desvalimiento infantil» el que encuentra su resguardo y autoprotección en la construcción de la imagen de sí narcisista, que introduce a la vez, los ideales a seguir. Son sus emblemas los que nos prestan cobijo engañoso, pero eficaz, en nuestros signos de pertenencia y de filiación que operan como ins
trumento de reconocimiento. Tendremos que recordar que, para la concepción psicoanalítica freudiana, la vida nos es «gravosa». Dolores, desengaños, frustraciones, decepciones, privaciones, pérdidas, etc., forman parte del vivir, y para soportarlas y preservamos de los efectos del dolor y las angustias necesitamos de «calmantes».

Esos «calmantes», son mencionados como de tres clases de provisiones. La primera, la de contar con «poderosas» distracciones, es decir, distribuciones de la investidura de atención y el pensar que nos llevan a valorar en menos nuestras miserias. En segundo lugar, las satisfacciones sustitutivas, como por ejemplo, producciones anímicas entre las que se encuentran las «soluciones neuróticas». Ilusiones y fantasías que sustituyen y adornan las realidades. En tercer lugar, las sustancias embriagadoras, que son todas aquellas que, tóxicamente, insensibilizan los registros perceptivos de afectos. El ser humano busca alcanzar la dicha mediante la ausencia de dolor y displaceres o por intensos sentimientos de placer. Es el programa del principio del placer el que fija su fin a la vida, aunque sea irrealizable, Sólo se puede tener placer con intensidad mediante el incremento y la descarga. En ese intersticio entre el acúmulo y su contraste con la descarga, se encuentra la «diferencia», ese «instante» de exaltación placentera.

Para las amenazas de sufrimiento (que lo son para el narcisismo), se consideran tres fuentes. En primer lugar, el cuerpo propio, como ser orgánico destinado a la ruina y la disolución. Sede que sostiene la angustia y el dolor. En segundo lugar, el mundo «exterior», con sus fuerzas indominables e hiperpotentes. En tercer lugar, los vínculos que establecemos con los demás seres humanos y sus conflictos, tributarios de las importancias del amor y el odio, y que se revelan con un poder de afección mayor que los anteriores mencionados. Psicoanalíticamente, todos los psicodinamismos de defensa sostienen un aspecto tóxico narcotizante, destinado a morigerar el registro del sufrimiento.

Una técnica frecuente del «arte de vivir», basa la dicha en la obtención de vínculos de sentimientos donde se «aspira apasionadamente a amar y ser amado» Esta estrategia soslaya el hecho de que nunca estamos menos protegidos ante el sufrir que cejando amamos o perdemos el amor del objeto amado- El enamoramiento es un equivalente de narcosis.

Si trasladamos algunas de las consideraciones expuestas en relación a la vida humana, al plano de la experiencia clínica en la labor analítica, pueden señalarse algunos matices a tener en cuenta, para ir en busca de su especificidad compleja- En primer lugar, podemos concebir una suerte de «micro mundo» en el que se despliega la relación entre analista y analizante. y en él no podemos aspirar a hallamos en el registro del “bienestar” sino que, por el contrario, cuando ello nos embriague, habrá que prestar atención a las posibles fuentes del malestar y desmontar los medios por los cuales se enmascaran los síntomas, las inhibiciones y las angustias.

En segundo lugar, la tarea de hacer consciente lo inconsciente transcurrirá en una secuencia de displacer – placer, como consecuencia de la sustitución progresiva de defensas, alternadas con momentos de placer y reposicionamiento subjetivo.

En tercer lugar. El sentimiento de culpabilidad inconsciente, al que no he mencionado hasta aquí, pero que juega un papel primordial en la consideración del “malestar”, tanto del analizante como del analista, estará presto a enlazarse a cualquier tema que lo convoque, para exacerbarse y expresarse en formas de “ necesidad de castigo”.

En cuarto lugar, en el interior del vinculo narcisista que se despliega, el sujeto tanto analizante como analista, ira deslizándose a posiciones objeto”auxiliar”, objeto” a ser agredido en múltiples formas”, objeto” sexual”, objeto a ser “explotado” en su fuerza de trabajo, objeto a “ser desposeído”, objeto”a ser humillado”, objeto al que se le inflinge “dolor”,”martirice” y/o “aniquile” en diversas figuras de sadomasoquismo. La dimensión agresiva ocupa un papel importante a ser tenido en cuenta.

Lo propio del Psicoanálisis en cuanto a la consideración del sentimiento de culpabilidad, es tener en cuenta que en la infancia, la angustia que se activa es ante la pérdida de amor, de «ser amado» por quienes ocupan el lugar de autoridad y de quienes se depende. Esta instancia de «autoridad» es la que deviene «conciencia moral» como consecuencia de identificación. Lo significativo resulta ser que la severidad de la instancia superyoica administradora de la conciencia moral, no resulta idéntica a la que se experimentó en la infancia ante la autoridad, sino que también subroga la agresividad del sujeto infantil contra ella. Esta consideración deviene de subrayar que la instancia superyoica hace también de formación reactiva sofocadora de la agresividad infantil, y puede incrementarse con nuevas sofocaciones. La agresividad vengativa infantil siempre será comandada por la medida en que es vivenciada la agresividad punitoria de la autoridad. Es decir que, la figura superyoica toma su poder incrementado en la fantasía de castigo en función del monto de agresión fantasearla contra ella.

De aquí la importancia de pensar que, en la medida en que la cultura combate la agresividad y propicia la unión, exacerba los conflictos de ambivalencia, y eleva, por lo tanto, el sentimiento de culpabilidad. Este es un nudo conflictivo paradojal en cuanto al desarrollo cultural. Nos permite pensar que, en la «convivencia» que demanda la cultura el sentimiento de culpa inconsciente figura como una variedad tópica de la angustia y hace coincidencia con la angustia ante el Superyo, que puede, entonces. ser proyectado sobre la cultura. Ese sentimiento de culpa proyectado sobre la cultura puede resultar la forma de un constante «descontento» en y hacia la cultura, para el cual pueden buscarse motivaciones bato «racionalizaciones». De ese modo resulta un aspecto clave el de identificar el sentimiento de culpabilidad como una de las fuentes del malestar.

Es importante aclarar que, cuando hablamos de Superyo, nombramos a upa «instancia psíquica» diferenciada del Yo, en posición tópica específica, una de cuyas funciones es la de «conciencia moral». y que para ello cuenta con las funciones adjuntas de «igilar» y «enjuicia?» acciones, propósitos, aspiraciones, etc. como filtro de «censura» Las puniciones fantaseadas resultan formas de adminis lar el retiro del amor y la estimación. La. «necesidad de castigo» es una demanda que se deduce de la compulsión repetidora a propiciarse forma.-, de daño. fracasar en empresas o enfermar, asociada a deseos reprimidos. Este sentimiento de culpabilidad se deriva de la sexualidad infantil y de la constitución originaria de la instancia superyoica, reforzada en la reedición edípica de la adolescencia.

La mera disposición del encuadre para la tarea terapéutica, oficia de situación «cultural» que instala una pauta específica de relación, y por lo tanto, una regulación peculia
r del malestar resultante. De ahí la importancia de atender a las regresiones consecuentes al impedimento de satisfacciones eróticas y agresivas. Los caminos seleccionados por la estrategia defensiva del analizante ante sus conflictos inconscientes tomarán la deriva de la transferencia, de los sueños, síntomas, lapsus, actuaciones, etc. La sofocación de la agresividad es fuente del incremento de la autoagresividad del sujeto analizarte, como fue señalado anteriormente, y desde luego, del sentimiento de culpabilidad, como lo demuestra la clínica de la neurosis obsesiva. En términos del sujeto de la cultura, hablaríamos de un conflicto «doméstico» libidinal, entre las aspiraciones a una fantaseada dicha individual y las de integración en la sociedad y cultura de referencia. En el caso del análisis, la «cultura» del encuentro y la relación analítica, con sus respectivas coerciones.

Puede pensarse que, del mismo modo que en la sociedad, en el micromundo psicoanalítico también habrá producción de instancias superyoicas y modélicas, en tanto modelos de identificación, lo mismo que determinados perfiles éticos y morales. Tanto las diversas orientaciones psicoanaliticas como las singularidades de sus practicantes, asumirán un determinado perfil de construcción cultural, dando lugar a «faltas éticas» o «morales» y a su administración, así como valores de orden, respeto, etc. Es necesario tener en cuenta que el ser humano, en cualquier situación vincular con sus semejantes, mantiene su origen «incestuoso»; por lo tanto, en algún momento se ha sentido portador de «maldad», en su ser descante, en función de su construcción de ideales e instituciones del Yo de la cultura a la que pertenece. Ese origen edípico que lo inviste como «malo» y «culpable», originariamente, ubica al sujeto en «falta», ubicándolo en posición de «deudor», asimilando la deuda de vida con la culpabilidad inherente a la agresividad y al deseo erótico.

«La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se la atacara sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo…»

«…Debido a esta primordial hostilidad entre los hombres, la sociedad civilizada se ve constantemente al borde de la desintegración…» «…las pasiones instintivas son más poderosas que los intereses racionales…» «…la rivalidad no significa necesariamente hostilidad, sólo se abusa de ella para justificar ésta…» «…la cultura se ve obligada a realizar múltiples esfuerzos para poner barreras a las tendencias agresivas del hombre, para dominar sus manifestaciones mediante formaciones reactivas psíquicas. De ahí pues, ese despliegue de métodos destinados a que los hombres se identifiquen y entablen vínculos amorosos coartados en su fin; de ahí las restricciones de la vida sexual y de ahí también el precepto ideal de amar al prójimo como a sí mismo, precepto que, efectivamente se justifica, porque ningún otro es, como él, tan contrario y antagónico a la primitiva naturaleza humana»(El malestar en la cultura; 1930).

Esta cita freudiana pretende oficiar de síntesis de todo lo expuesto en relación al bienestar posible, subrayando la condición del malestar como originaria. Todo sujeto humano, por su original indefensión al nacer, resulta convocado a crecer, desarrollarse y ser, bajo ciertas condiciones que operan como créditos otorgados para sostener su vida y a los cuales se debe la existencia. En cierto sentido, puede decirse que el efecto del proyecto psicoanalítico es el de producir un reordenamiento de las deudas contraídas originariamente como sujeto y un trabajo sobre los significantes de su «mito originario» y su «novela familiar»que le permita una posición como sujeto de un «infortunio común», que no la «dicha» ilusionada.

 


Roberto Fernández Pérez

Madrid; marzo 2012