Occidente, una cultura obsesionada por la salvación del Yo. Consecuencias y reacciones.
“Nuestra época ya no parece conocer la tétrica sombra del tabú. El énfasis en la libertad de todo vínculo parece haber demolido el respeto hacia el sentido del límite que la existencia del tabú señalaba. Aparece en primer plano una voluntad de autoafirmación que considera oscurantistas todas esas razones que aspiran a imponerle obstáculos. A nuestro tiempo se le escapa el nexo que une la experiencia del límite con la del deseo.”
Los tabúes del mundo. Massimo Recalcati
“Somos una civilización de la Guerra de las Galaxias. Tenemos emociones de la Edad de Piedra. Tenemos instituciones medievales, muy especialmente las iglesias, y tenemos una tecnología divinizada. Y esta tecnología divinizada nos está arrastrando hacia delante de modos que son totalmente impredecibles.”
E.O. Wilson
“Estamos aquí para superar la ilusión de estar separados.”
Thich Nhat Hanh
“La identidad no es una construcción, es un descubrimiento.”
Pablo D’Ors
El desarrollo tecnológico aumenta la separación del hombre con la Tierra.
En un video reciente, vi a una mujer que decía comunicarse mentalmente con los animales, según ella, descubrió este don en un safari fotográfico en África. Comentaba que al pasar con el todoterreno en el que iba, cerca de donde se encontraba un león, se detuvieron y ella mirando fijamente al animal escuchó que éste le decía: “¿y tú quién eres?”, ella sorprendida le contestó mentalmente: “todavía no lo sé…”
Parecería que hoy, la pregunta básica sobre la identidad, sería : ¿qué es “ser humano”, no solamente quién soy o qué me pasa, sino “quiénes somos “ y qué tipo de subjetividad humana y qué Mundo estamos construyendo en la actualidad?
En un mundo que se ha globalizado vertiginosamente, que se ha digitalizado, privatizado, individualizado, pandemizado y que ha entrado en una ecocrisis o ecocidio en donde el cambio climático es un síntoma de los más graves que demanda pensar sobre la dirección que nuestra civilización ha tomado, que nos encamina a la sexta gran extinción del planeta, en donde ya una gran parte de las especies vegetales y animales están desapareciendo, surge la pregunta, ¿quiénes somos y a dónde vamos?
Si el ser humano, si el padecer de nuestros interlocutores llamados pacientes se da siempre en situación, esta es la situación actual donde las subjetividades se desarrollan y padecen, una situación de confusión, de desamparo, de una angustia apocalíptica donde el mal parece que ha triunfado y ha creado un daño muy particular, donde las nuevas tecnologías están teniendo un papel muy importante, generando el ocultamiento de un nos-otros.
La subjetividad hoy, las identidades hoy, oscilan entre un sentimiento narcisístico de ser hijos de nosotros mismos, autosuficientes, omnipotentes, indiferentes y un nuevo solipsismo, el solipsismo “selfi” en donde mi cara es forma y el mundo siempre fondo indiferenciado y separado de mí. Un solipsismo angustioso, enloquecedor, que muestra lo que oculta, un sentimiento de fragilidad, vulnerabilidad y soledad extremos. Los sujetos se sienten solos, ese es el principal Pathos.
“Actuar para huir de cualquier posible percepción de la fragilidad es un mecanismo cada vez más utilizado por los jóvenes, y no tan jóvenes, a quienes el mercado les exige emprender, desplazarse, elaborar currículums variados, no detenerse nunca; la inmovilidad es para ellos sinónimo de angustia, y la pasividad un encuentro con la inhabitable habitación de Pascal, en la que el hombre sólo se encuentra con un vacío de identidad que es imposible de soportar…” Nos dice Lola López Mondéjar en su penúltimo libro, Invulnerables e invertebrados. Mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo.
Asistimos a una crisis civilizatoria innegable. Poco a poco el antropocentrismo se derrumba, nos dice la poeta Chantal Maillard. Sus viejos tópicos —agrega— se vuelven inservibles y se abre la perspectiva de un período un poco más sabio o, simplemente, menos destructivo.
La esperanza es qué efectos constructivos traerá esta cuarta herida narcisística que nos interpela y muestra nuestra verdadera fragilidad y necesidad de vertebración con nuevos valores, con una nueva conciencia de unidad.
Necesitamos salir de las distopías y recrear las utopías, esos no-lugares que se tienen que crear en común, en un nos-otros, comunitario, que tenemos que rescatar.
“El Buda —comenta el monje budista Tich Naht Hanh— logró el despertar individual. Ahora se necesita una iluminación colectiva para detener el curso de la destrucción…” El filósofo Kierkegard hablaba de tres etapas en el proceso de la identidad humana, una, estética, que correspondería a la adolescencia de la humanidad, profundamente egocentrada. Otra, ética, que se acercaría a una primera desnarcisización, en donde el ego se rinde a la idea de pertenecer a una comunidad y no ser único, reconociendo que sus actos repercuten en toda esa comunidad, algo parecido a lo que enunciaba el psicoanalista Enrique Pichón Rivière en relación al liderazgo de la tarea en los grupos operativos. Y una etapa espiritual donde se reconoce la unidad de todo, que permite la salida de la ignorancia y el reconocimiento de la unión de todos los seres vivientes, de toda clase y especie, que abriría inmediatamente el sentimiento de compasión. Un nuevo estado de conciencia en la humanidad, en la “humanimalidad”, palabra acuñada por Marta Segarra, en su libro Humanimales. Abrir las fronteras de lo humano es un estado de conciencia que repercutiría en un nuevo modo de producción, en una nueva organización de la sociedad y fundamentalmente en una nueva relación con la Tierra.
Todo esto implica revoluciones inéditas en el desarrollo de la humanidad que intentan crear nuevas identidades humanas. Los movimientos feministas, ecologistas, animalistas, antiespecistas, veganistas y espirituales laicos, parecen ser la reacción esperanzadora para restituir lo humano, más humano, como lo refiere el filósofo Josep María Esquirol, profundizando e intensificando lo humano. Fomentando la vida en comunidad con el resto del planeta, con los otros no humanos, en una nueva relación entre natura y cultura. Y así salvar la casa-Tierra, nuestro Eco, y no nuestro Ego, nuestro hogar común, que no solo habitamos, sino que es nuestra morada y alimento. Dice el filósofo en su obra Humano, más humano. Una antropología de la herida infinita: “No todo está bien, pero hay una promesa en lo humano, un envío, una utopía (…) la esperanza está vinculada al conocimiento continuado que somos”.
Hoy, el verdadero malestar en la cultura es la tragedia de la cultura misma. Podríamos decir, con Facundo Cabral, que la gente no está hoy deprimida, sino distraída. El yo masivo, se siente sobrepasado con la permanente invasión de información, de vivencias light. No se extrae de la cultura la conciencia de su poder sino, solamente la certeza de su impotencia espiritual. La cultura no ofrece la felicidad como una realización inmediata, pero las nuevas tecnologías sí. Estas no nos ofrecen nada para el futuro, solo distracciones ininterrumpidas, entretenimientos para el presente, una manera fallida de felicidad, pero que la gente identifica como si fuera verdadera. La diversión hoy, no es más que un tedio suspendido, un nos-otros fallido. “A ese mal que enferma y captura la cultura, le gusta lo fácil —dice Antonio Muñoz Molina en En clave, Revista de actualidad y práctica clínica— lo irreflexivo, lo breve, lo simplificado, que no lo simple, rechaza, ataca el silencio, la quietud, lo gratuito, lo inútil, condiciones sine qua non, para poder Amar”.
Freud nos recordaba que la salud mental era la capacidad de Amar y trabajar, dos facultades muy dañadas por la crisis de la sociedad actual. Sobre todo este mal cabalga nuestra cultura tecnológica-digital actual. Para Agamben existen dos clases sociales nuevas, los seres vivos y los dispositivos, una especie de redes que sirven para capturar a las primeras y tiranizarlas. Se genera así una hominización de las tecnologías, como fuente de una felicidad que ni la fe, ni la cultura tradicional han podido dar al ser humano, pervirtiendo el deseo, ya que las nuevas tecnologías usadas como tácticas de seducción totalitaria son el reverso de la cultura, que es una acción creadora basada en una perfección inalcanzable. El slogan de esta cultura tecnológica lo refleja muy bien César Antonio Molina en su libro que titula: ¡Qué bello será vivir sin cultura!
Zapear la realidad, sin observarla, sin atenderla, sin dejarse penetrar por ella. Viajar, viajar, sacar fotos para colgar en Instagram, sin recibir ni fijar una sola experiencia de los lugares… Qué bello será vivir sin cultura, sin libros, sin cines, sin materialidad de cuerpos, sin imaginación, en solitariedad, llenos de likes y vacíos de todo…
En este panorama surge la reacción, el optimista relato de que ya se está generando una nueva identidad del nos-otros, una nueva conciencia que podríamos llamar no-dual, que comienza a sospechar, a vislumbrar destellos de lo sutil. Como antes mencioné, de que cultura y natura no están separados, de que no hemos sido adoptados por la naturaleza sino que somos Naturaleza, de que cultura no es la sublimación de nuestros instintos más destructivos, sino que cultura nos muestra lo trascendente de nuestro ser que es con los demás seres una unidad de sentido. Ese es el sentido del que nos hablaba Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido. El de descubrir en esa nueva identidad que todos somos el actor, sospechar que no soy el que siempre creí ser, volver a tolerar la incertidumbre como fuente de toda creación y vida, y poder “vivir seguro en la intemperie”.
Max Weber dijo: “Cuando racionalizamos demasiado el mundo hay una pérdida de sentido. Cuando el ser humano pierde el sentido de las cosas, los viejos Dioses se levantan de sus tumbas y se genera nihilismo y destrucción, e irracionalismo político”. Así, se pueden transformar esos nuevos y peligrosos descubrimientos y adelantos tecnológicos en luciferes que se mueven con el Mal, el Mundo y la vida… Recomiendo para estudiar este tema el trabajo de Luis Hornstein “Patologías del desvalimiento” que se puede leer en Internet. Agradezco a Lola López Mondéjar que me lo dio a conocer.
Porque, como nos recuerda Nuccio Ordine en su libro La utilidad de lo inútil, sin lo gratuito el don desaparece del mundo, y si somos seducidos por los cantos de sirena del beneficio y del intercambio, la existencia quedará expuesta al vacío.
Una civilización digitalizada, de algoritmos, es una civilización que tiende a la deshumanización, no constituye paisaje interior, fabulación, “intratenimiento”, haciendo predominar lo banal, excluyendo lo sorprendente y prodigioso de la vida.
Nuestra digitalización ha vuelto opaca la rama de muérdago que hizo posible a Eneas franquear las puertas del infierno y abrir el dominio de la imaginación, la que nos permite construir y conocer la realidad del mundo.
Un magacín diario en una cadena televisiva comienza con el presentador diciendo cada noche: “Ya han escuchado las noticias. Ahora, les contaremos la verdad”. Pero se vuelven a contar las noticias en tono de humor. Nada ha cambiado en el discurso. No se cuenta, no se hace literatura, no se hace arte, se banaliza permanentemente la realidad, con un constante ataque al pensamiento, provocando un empobrecimiento identificatorio.
Así, la subjetividad carece de una falta total de soporte cultural frente a las pérdidas y a la muerte, que son precisamente la materia prima de la constitución de esa subjetividad, como nos recuerda Luis Hornstein.
En la sociedad digital, en la sociedad líquida, del cansancio, de la transparencia, de la auto-explotación, el sujeto se encuentra en desamparo. Así se crea una circunstancia óptima para el florecimiento de diferentes tipos de fascismos y de líderes mesiánicos. En un mundo dominado por utensilios digitales, casi sin relaciones intersubjetivas cuerpo a cuerpo, se pierde la materialidad de las cosas, de los cuerpos. Se pierden las singularidades identitarias, todo es permanente novedad, y todo es de una existencia efímera, rompiéndose el equilibrio entre conservar y tirar. Nada es obra, sino sobras que se reciclan hasta el infinito.
Me angustio,
Yo, mi yo, yo-mi-mío
Soy el centro del mundo,
Me empobrezco
Me encuentro fuera de mi hogar
Destruyo mi hogar
Mi eco
Refuerzo mi ego
Me quedo sin morada
Y soy un ser finito
Necesito acogimiento
Casa-eco
Hospitalidad a mi vulnerabilidad,
Necesito ser acogido
a pesar de la luz de mi ordenador
de mi tablet, de mi móvil, de la pantalla del TV.
Ya no recuerdo los cines,
han desaparecido.
Ya no hay libros,
solo esa fría luz
que engaña mi desasosiego.
Me siento aislado,
a pesar de que tengo más de mil amigos virtuales.
El mundo ya no está ahí afuera,
sino dentro de esas pantallas,
donde estás tú.
Pantallas que me devoran en un tiempo que es
permanentemente presente.
Esa angustia no puedo compartirla,
porque no hay comunidad que me sostenga, solo Twitter y Facebook, etc.
Creo que solo yo sufro,
pero sospecho que no.
Me he quedado en mi yo que tanto defendía
y siento que todo es exterior
Un gran vacío en mí, me destruye.
He quedado absorto en el mundo,
perdido en las superficies,
en lo que antes era lo cotidiano.
No puedo pensar más allá,
lo he olvidado.
Me lo han hecho olvidar.
Todo va demasiado rápido.
Deprisa, deprisa.
No dejo de hacerme selfies y mi rostro
no aparece.
Así creo que hablaría y sentiría el sujeto actual. La tecnología mató a la estrella de la radio, mató lo táctil, y si no puedo tocar, si no pasa por mi cuerpo, no puedo terminar de comprender.
“Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo no me encuentro muy bien”. Se leía en alguna pared de París en el Mayo del 68. Pero hoy nacen nuevos ideales por los que luchar.
La identidad demanda mirar, ser mirado, ¿cómo se logra esto en una cultura que se ha arrancado los cuerpos?
Byung-Chul Han, el filósofo coreano-alemán nos habla de una sociedad de la transparencia, refiriéndose a un mundo que se ha convertido en un espacio de exposición y que por ello, el habitar que construye la identidad deja de ser posible. La transparencia va unida a un vacío de sentido, pues el sentido requiere una comunicación menos rápida y más compleja que la información y las imágenes inequívocas. En este sentido el psicoanálisis, como la poesía, son armas cargadas de futuro, creadoras de futuro. Recomiendo que vean la película El círculo, dirigida por James Ponsoldt, basada en la novela homónima de David Egger, y protagonizada, entre otros, por Tom Hanks. Describe muy bien lo que estamos tratando.
Pero existe otra transparencia, la del poeta, que descubre que el agua también es transparente, y nos muestra que, al reflejarnos en ella, a diferencia de Narciso, vemos los colores de todos los ojos que se miraron alguna vez en ella.
No puedo terminar este relato sin mencionar otra vez a la poeta Chantal Maillard que en su último libro, Las venas del dragón, nos dice: “Tal vez sea una utopía. Tal vez no haya tiempo. Pero tal vez también valga la pena pensar que podemos pensar de otro modo para hacer las cosas de otro modo. Vale la pena pensar que podemos aprender a gobernarnos sin gobierno, a vivir sin dioses, a reemplazar la violencia por la compasión, las verdades por la escucha, la idea de la muerte por la de transformación, y entender que ser o no ser no era, finalmente, la cuestión”.
BIBLIOGRAFÍA
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Fischer, M. (2016). Realismo capitalista. Caja Negra.
Frankl, V. (2019). El hombre en busca de sentido. Herder.
Han, Byung-Chul. (2013). La sociedad de la transparencia. Taurus.
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López Mondéjar, L. (2022). Invulnerables e invertebrados: Mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo. Anagrama.
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Molina, C. A. (2021). ¡Qué bello será vivir sin cultura!: La cultura como antídoto frente a los peligros de la idiotización. Destino.
Recalcati, M. (2022). Los tabúes del mundo: Figuras y mitos del sentido del límite y de su violación. Anagrama.
Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Acantilado.
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Sadin, É. (2024). La vida espectral: Pensar la era del metaverso y las inteligencias artificiales generativas. Caja Negra.
Segarra, M. (2022). Humanimales: Abrir las fronteras de lo humano. Galaxia Gutenberg.
Thich Nhat Hanh. (2016). Silencio: El poder de la quietud en un mundo ruidoso. Urano.
Weber, M. (2007). Sociología del poder: Los tipos de dominación (J. Abellán, Ed. y trad.). Alianza.