Ciudadanía e identidad individual

Revista del CPM número 10

Por Pedro Sabando

Señoras y Señores:

Permítanme al tomar la palabra en este marco, a los 75 años de la proclamación de la II República, dos palabras acerca del propio Ateneo y de D. Manuel Azaña.

Azaña en 1913, como secretario de esta casa señalaba “el Ateneo está en auge, creciente el número de socios, en alza los ingresos, rebosante de lectores la Biblioteca, intensos y acalorados los debates, muy copioso el caudal de conferencias, en todo veo las señales de un vigor y de un empuje nuevos. El viejo Ateneo, el de Olózaga, Galiano y Moreno Nieto, el de Castelar no existe. Su época pasó”.

Al nuevo dan vida los herederos del 98 que configuran un grupo potente, Bergamin, Besteiro, Azaña, Falla, Araquistain, Gómez de la Serna, Pérez de Ayala, los Ortega, Rey Pastor, De los Ríos, Recasens, Tapia, Sorolla, Zulueta, son una buena muestra. Estaban movidos fundamentalmente por haber constatado el gran divorcio que la vieja política había creado entre el Estado y el pueblo. Estaban decididos a llenar esa sima.

En esta casa Azaña configura su lenguaje político.

El regeneracionismo encuentra en este Ateneo un centro privilegiado de propaganda, y en esta casa en el decir de Azaña “muere un mundo antiguo y se abre el cauce al movimiento inaugural de una nueva edad” (1930, Discurso Inaugural).

No cabe pues un escenario más adecuado para hablar hoy del ciudadano y de la individualización, muchos años después, inmersos en otra sociedad, con otras coordenadas, con distintos problemas, pero en la que también las personas desarrollan su vida un tanto de espaldas a las instituciones.

Cuando el Dr. Rómulo Aguillaume me invitó a participar en unas jornadas que se ocuparían del ciudadano y de la individualización le dije inmediatamente que sí, no porque yo sea un experto en esta materia, ni siquiera un estudioso monográfico del mismo sino porque nuestra sociedad se ha instalado en la segunda modernidad y bien merece una reflexión.

Los paradigmas ideológicos y estructurales del siglo XX se vocean como no válidos y la estructura social vista a pie de obra se caracteriza por unas formas híbridas, contradictorias, y ambivalentes que percibo desde mis dos atalayas: desde la medicina y desde la política.

Es también del máximo interés detenerse a pensar cómo han dialogado, estos dos términos, estos dos conceptos a lo largo del siglo XX, y uno tiene la sensación de que lo han hecho con dificultad, con gran dificultad, contraponiéndose y sufriendo la erosión.

Tal vez su naturaleza y su diálogo escondan el núcleo de la supuesta pérdida de vigencia del pensamiento tradicional de las izquierdas.

Pero permítanme una serie de consideraciones generales con carácter previo que me ayuden a evitar equívocos y transmitir el pensamiento de la manera más ajustada posible en materias como esta: árida, densa y propicia, sino a los equívocos, si a las variadas interpretaciones.

Algo raro ocurre y tiene que ver con el ser humano, con sus modos de serlo y con sus organizaciones.

Desde Hipócrates decimos que la gran medicina empieza con el reconocimiento de la enfermedad invisible, a partir de identificar los hechos de los que el enfermo no habla o que olvida.

Las enfermedades de la sociedad coinciden con las del cuerpo en que la ausencia de un diagnóstico adecuado es una parte crucial y hasta decisiva de la propia enfermedad.

Es evidente que para vivir de manera activa, sociológicamente hablando, en el mundo de hoy hay que reconocer su funcionamiento y sus claves, que por cierto no se revelan con claridad, sino que en general permanecen parcialmente ocultas, interesadamente ocultas.

Deberemos pues hacer un esfuerzo para no ser voceros de lo obvio, para no ser falsos poetas en el decir de Kundera.

Trabajo, trabajamos por una sociedad mejor más igualitaria, más libre y más autónoma.

No escribimos poemas; pero sino queremos compartir el destino de los falsos poetas. Para aproximarnos a lo oculto hemos de demoler los muros de lo obvio, de lo evidente o de la moda ideológica del momento, o al menos intentarlo, para alcanzar las razones genuinas de nuestra realidad.

El dilema previo que debemos abordar ante nuestros conciudadanos es el que se nos plantea a todos, entre asumir la responsabilidad de cada cual o buscar refugio donde la responsabilidad por las propias acciones no sea la nuestra.

La posibilidad de buscar refugio es seductora y realista. Hace ya demasiados años Alexis de Tocqueville escribió La Democracia en América. Señalaba primero que “el egoísmo secó las semillas de todas las virtudes” y que el individualismo, una aflicción nueva y típicamente moderna, “secó la fuente de las virtudes públicas”.

Decía también que los individuos afectados se ocupan de “cultivar las pequeñas relaciones personales en su propio provecho”, dejando la “gran sociedad” librada en su propia suerte.

La tentación de hacer eso se ha vuelto más grande desde que Tocqueville escribió su libro.

Al pensar y hablar acerca del hecho de la ciudadanía y al proceso de hacerse individuo quisiera abordarlo alejándome tanto del individualismo altruista de la Ilustración, primera modernidad de Beck, que analiza al ser individuo, como del individualismo posesivo y expansivo que alimentaron Thatcher, Reagan y Bush.

En 1996 Stuart Hall señalaba: “ha habido una verdadera explosión en los años recientes en torno al concepto de identidad”.

En la actualidad esa explosión ha alcanzado tal envergadura que además de ocupar la atención de psiquiatras, psicólogos, filósofos y sociólogos, se ha convertido en el paradigma desde el que se busca la comprensión de los elementos esenciales que configuran nuestra vida actual, hasta la propia política cuando se piensa en términos de derechos humanos como consagración de la identidad diferenciada.

Alain Peyrefitte indica que el dinamismo de nuestra sociedad está en función de la confianza en uno mismo, en los demás y en las instituciones construidas entre todos que ofrecen seguridad.

Marx y Engels elogiaron a los burgueses revolucionarios por fundir lo establecido y profanar lo sagrado que históricamente habían detenido la capacidad creativa humana.

Kant entendía que desde la razón configuraríamos nuestras opciones individuales, sin embargo Rousseau sospechaba que quizá fuera preciso obligar a las personas a ser libres.

Zigmunt Bauman reflexiona que la era de las realidades flexibles y de la libertad de elección tenía un horizonte de derechos humanos y de lo que Hannat Arend denominó “tentación totalitaria”.

Debemos a Hegel la idea de que las personas de las capas altas de la sociedad desarrollan una subjetividad más rica. Lo que Hegel no pudo prever es que 175 años después de su muerte, desde la subjetividad en la gestión moderna, hoy, todo el que sube por el escalafón profesional, no solo cree saber mejor lo que quiere sino que sobre todo se olvida de que depende de aquellos a los que ha dejado atrás, viviendo en la ilusión de que sabe y puede hacer el trabajo de todos los que trabajan para él.

En 1977 con la postmodernidad parece terminar el “nosotros” y emerge el “yo” en un nuevo capitalismo que cambia sus características históricas, testimonia que se han acabado los grandes relatos; pero intensifica las desigualdades sociales en todo el mundo.

Marx analizó la necesidad para el capital de la mano de obra barata. Hoy el capital global ha prescindido del trabajo no cualificado y empuja a más gente a un espacio en el qu
e el mercado de trabajo no le necesita, de tal manera que el concepto de clase (en evidente crisis) debería experimentar un renacimiento porque las nuevas desigualdades son una experiencia colectiva.

Esas desigualdades sociales se asientan en la individualización y es la fragmentación de las crecientes desigualdades lo que constituye una experiencia colectiva, que sin vínculos explícitos no podría integrarse en el concepto de clase, al menos en la actualidad, por paradójico que pudiera parecer.

La bibliografía y los tiempos llevan a pensar desde la segunda modernidad o modernidad líquida de Bauman según la cual la individualización consiste en hacer que la identidad humana deje de ser un dato para convertirse en una tarea y en cargar sobre los actores la responsabilidad y las consecuencias de su actuación.

Los seres humanos ya no “nacen para” sus identidades, según la famosa frase de J.P.Sartre: “No basta con nacer burgués, sino que hay que vivir la propia vida como un burgués”.

El otro lado de la individualización parece ser la corrosión y lenta desintegración del concepto de ciudadanía.

Si el individuo es el peor enemigo del ciudadano y la individualización significa problemas para la ciudadanía y la política basada en ésta, se debe, entre otras cosas, a que las preocupaciones de los individuos por lo público están colonizadas y orientadas hacia lo privado, en el sentido de la curiosidad por las vidas privadas de las figuras públicas, a la exhibición pública de sus asuntos privados incluso a las confesiones públicas de los sentimientos íntimos y por tanto privados. Y esto es un gran capitulo de la batalla cultural.

Las cuestiones públicas que se resisten a dicha reducción ofrecen un interés mucho menor, se hacen incomprensibles y para la vida cotidiana, irrelevantes.

Esta situación llega al punto según Richard Sennett que compartir intimidades tiende a ser el único método que queda de construir comunidad. Lógicamente será una comunidad efímera, dispersa y errática a la deriva y siempre a la busca de un sitio seguro, como dice Ulrich Beck “lo que emerge de las marchitas normas sociales es un ego desnudo, asustado, agresivo que busca amor y ayuda… Alguien que está olisqueando en la niebla de su yo ya no es capaz de darse cuenta de que este aislamiento, este confinamiento solitario del ego, es una sentencia o condena masiva”.

Por lo tanto hay que distinguir entre el sentido social científico de la individualización y el sentido neoliberal que descansa en la imagen de un yo humano autárquico presuponiendo que los individuos pueden dominar ellos solos la totalidad de sus vidas.

Los principales maestros de la sociología desde Marx a Habermas pasando por Weber, Durhkeim o Foucault, han trabajado el sentido social de la individualización como producto de una socialización compleja, contingente y por tanto de alto nivel (M.Schroez 2001.). Aunque todos formulan la individualización de manera diferente y aunque algunos la consideran un peligro para la sociedad y para la propia individualidad todos piensan que es una característica estructural de una sociedad altamente diferenciada que la hace posible desde un individualismo institucionalizado y en ese sentido hay que subrayar que las instituciones básicas están orientadas al individuo y no al grupo (derechos civiles, políticos, sociales, empleo, formación, etc.), configurando la estructura social de la segunda sociedad moderna propiamente tal, y están según eso tocando a su fin los colectivismos teóricos.

Pero pese a lo que pudiéramos entender como derrota cultural, hemos de decir que de la misma individualización, emana la cultura cotidiana de la libertad que se halla en abierta contradicción con la victoria global del neoliberalismo. Será pues, una exigencia del propio capitalismo destruir esa cultura de la libertad.

Nuestra individualidad es producida socialmente pero la sociedad que compartimos depende de la manera en que se enmarca la individualización y como se responde ya que la idea de individualización es la emancipación de su carácter social que vendrá a ser el rasgo más definitorio de la sociedad moderna.

Jack Young advertía hace cinco años “justo cuando se derrumba la comunidad se inventa la identidad” y en función, precisamente, de sustituir a la comunidad se genera su espacio de privilegio en el pensamiento.

La “era de la identidad”, dice Z. Bauman, está llena de ruido y furia. Su búsqueda divide y separa; pero la misma precariedad de la construcción solitaria de la identidad obliga a buscar perchas en las que colgar juntos los temores y a realizar los ritos de exorcismos en compañía de otros individuos igualmente atemorizados.

Concordantemente Jonathan Friedman señala que en “nuestro mundo globalizador no están desapareciendo las fronteras sino que se están levantando en todos los rincones de las calles de todos los barrios de nuestro mundo”.

Y las democracias juegan seductoramente la carta de la descentralización. Después de las unificaciones nacionales y la supremacía de las administraciones centrales, es la moda del descompromiso de Estado.

La vida de las sociedades contemporáneas está dirigida por una estrategia que desbanca las relaciones de producción en beneficio de una apoteosis de las relaciones de seducción que ya en 1983 señalaba Lipovestsky. Desde esa ola de seducción democrática se pretende humanizar la nación. El Estado jacobino inicia una reconversión centrífuga acerca de las instancias de decisión a los ciudadanos y promueve una democracia de contacto, a través de una reterritorialización – personalización.

Este proceso que está teniendo lugar en los países desarrollados supone también que el espíritu democrático está enteramente sometido al mercado.

Todo se sacrifica al crecimiento y la racionalidad económica.

En este escenario la persona ha de consumir; pero un consumidor perspicaz no es todavía un ciudadano. Ahorrarse un dinero, conocer las oportunidades, descubrir trampas no nos enseña a tomar distancia respecto a la sociedad. El consumo solo nos forma para sí mismo, su valor moral y pedagógico es muy débil, ocurre como con la diversión.

Ser consumidor significa ocuparse de la defensa exclusiva de los intereses propios, desde la particularidad mientras que ser ciudadano supone tratar de sobrepasar el caso singular de uno mismo, para asociarse con otros en la gestión de la vida pública, tomando en consideración el bien común, para entrar en el espacio público donde las personas se hablan de igual a igual y actúan unos junto a otros.

El mensaje cultural dominante, por el momento, ha hecho que las pasiones del habitante occidental en país desarrollado hayan dejado de ser públicas o políticas, son culturales, comerciales y en todo caso privadas, llegando a preferir, si el dilema se estableciera, el bienestar a la libertad; como si tuviéramos demasiado que perder al defender nuestra independencia en caso de peligro.

Intentaré ahora ver más de cerca el desarrollo de esa identidad individual que en buena medida explica nuestras reflexiones.

Es difícil encontrar actualmente en Occidente un deseo más extendido que el de vivir la “propia vida”, esto es la realización personal en todos los órdenes. Vivimos tiempos que para dar sentido a la cohesión social, es más, para hacerla posible, hay que reconocer antes que el individualismo, que la diversidad y el escepticismo se han instalado en el núcleo de la cultura occidental. Otra cosa seria pensar lo que significa y el alcance que tiene la derrota histórica de nuestra cultura; pero no discutimos esto ahora.

El Estado-nación consolidó la individualización
y el Estado de Bienestar convierte a los individuos y no a los grupos en receptores de beneficios, por tanto las instituciones organizan nuestra vida pero desde la autoorganización de las biografías individuales.

Las crisis sociales casi nunca son percibidas en su dimensión social, pese a que esas mismas personas que con énfasis subrayan vivir su propia vida lo hacen en un mundo que cada vez se les escapa más, aunque esté globalmente interconectado, y que por su propia naturaleza produce identidades y culturas híbridas configurando la individualidad que determina a su vez la integración social.

Por tanto cabe preguntar ¿es aún la igualdad un valor con futuro?

¿Cómo se diferencia esto de los estudios de Emile Durkheim y Max Weber en la primera mitad del siglo XX?, se pregunta Beck, para responder a continuación que la gente ha saltado de las certidumbres religiosas cosmológicas al torbellino transnacional de la sociedad del riesgo mundial.

La individualización significaría, por tanto, una vida vivida conflictivamente entre diferentes culturas. Ni siquiera los temas religiosos evitan el colisionar entre sí chocando con la competencia y estableciendo conflicto público local y global siendo el fundamentalismo una reacción tanto a la individualización como a la globalización.

En sentido contrario hay que decir cómo en la práctica vivir “la propia vida” significa vivir socialmente, por tanto el yo habría de subordinarse al nosotros y reaparecería la igualdad como valor central.

El individuo es el enemigo número uno del ciudadano, sugería De Tocqueville. “El ciudadano es una persona inclinada a procurar su propio bienestar a través del bienestar de su ciudad, mientras que el individuo tiende a la pasividad, el escepticismo y la desconfianza hacia el bien común”.

A lo largo de la historia la conducta individualista se ha considerado desviada o estúpida.

Tanto en Grecia como en la temprana Edad Media se desdeñó la individualidad que persiste hasta el propio J. P. Sartre que en “La náusea” hace decir “Ce type n’a aucune valeur pour la societé, il n’est qu’un individu”.

“Esta es la fórmula más concisa para expresar lo opuesto a la rehabilitación, de la esencia de la individualidad”, dice Frank en 1988.

Tocqueville, que decía cómo los pueblos democráticos mostraban un “amor más ardiente y más duradero por la igualdad que por la libertad”, expresa la dimensión social de la ciudadanía en el ámbito del nosotros teniendo como idea central la igualdad.

Norbert Elias aborda brillantemente este problema central en la teoría social, y quiebra la diatriba de la liberación o la dependencia desde el plano de la concepción recíproca.

En la sociedad moderna el rol del individuo es una marca de origen.

Beck desarrolla el proceso de individualización de manera que así como Elías dio marco histórico a la teoría del “individuo civilizado” de S.Freud, explorando la civilización como un acontecimiento de la historia moderna, Beck lo dio a la explicación de Elías acerca del nacimiento del individuo como un aspecto de la obsesiva y compulsiva modernidad.

El ímpetu individualizador que se advierte en el Estado del Bienestar se entiende mejor acercándonos a las teorías de la desigualdad de Carlos Marx y Max Weber. En Marx está la individualización en el hecho emancipador. Pensaba que el proceso de emancipación de las condiciones de vida de los trabajadores bajo el capitalismo conducía a la transformación de la clase obrera, pasando de una “clase en sí” a una “clase para si”, hasta equiparar la formación de las clases desde los procesos de individualización, de manera que la tesis sobre la individualización de la desigualdad social refleja esa postura marxiana.

Los procesos de autentica individualización solo pueden afianzarse cuando se ha superado la depauperación material y las condiciones estructurales cuentan entre otras cosas con prosperidad económica, Estado de Bienestar, sindicatos, educación etc. etc.

Weber hizo más énfasis en la variedad de estilos de vida modernos olvidando las tendencias individualizadoras intrínsecas a la sociedad mercantil.

Evidentemente el proceso de personalización ha modificado las prioridades generando una explosión de reivindicaciones de libertad que se manifiestan en todos los ámbitos, teniendo como idea central el ámbito del yo, con una dimensión de ciudadanía intima tal como propuso Blummer exigiendo derechos, obligaciones, procesos de reconocimiento y de respeto referentes a las esferas mas intimas de la vida (la educación de los hijos, la gestión del propio cuerpo o como vivir nuestro erotismo).

Pero el predominio de la propia vida conduce a una subpolitización de la sociedad, que se agrupa desde los clubes deportivos, hasta las asociaciones contra el racismo, como consecuencia de la democratización cultural. Pero paradójicamente no se traduce en una activación de la política llegando a desarrollar discursos desde los procesos de individualización que erosionan las condiciones socioestructurales de la democracia representativa. No hay búsqueda del espacio político propio sino que la sociedad esta constituyéndose en espacios conflictuales que están a la vez individualizados y que entienden ser capaces de solucionar su problema. Con frecuencia están en oposición unos con otros, pese incluso a su internacionalización.

Son componentes relevantes que configuran la apatía social. Es la misma apatía que encontramos en el ambiente político con porcentajes de abstención en EE.UU. entre el 40 y el 45%.

Los partidos, las elecciones siguen interesando a los ciudadanos; pero de la misma manera que las apuestas o los resultados deportivos.

La política ha entrado en la era de lo espectacular, liquidando la conciencia rigurosa e ideológica en aras de una curiosidad dispersada, de ahí la importancia de los “mass media”. No hay otro impacto que el vehiculizado por la información a través de fórmulas que tienden a movilizar puntualmente al electorado.

Nuestra sociedad no conoce prelación, codificaciones, sólo estimulaciones en cadena. De ahí proviene la indiferencia postmoderna, indiferencia por exceso, no por privación. La apatía tal vez esté en relación con la plétora de la información, con su velocidad de rotación. Tan pronto como ha sido registrado el acontecimiento se olvida desplazado por otros más espectaculares.

La despolitización y desindicalización crece, la esperanza revolucionaria ha desaparecido, se agota la contracultura, pocas causas son capaces de galvanizar a largo término las energías.

La cosa pública está desvitalizada las grandes cuestiones filosóficas, económicas, políticas o militares despiertan la misma curiosidad que cualquier suceso, todas las “celebridades” se van hundiendo arrastradas por la vasta operación de neutralización y banalización social.

Sólo la esfera privada parece salir victoriosa en el sentido de cuidar la salud, la situación material “los complejos personales,” atentos a las vacaciones, al ocio etc. Esto es, la vida sin ideal, que nace de la deserción de la política. Fin del homo politicus y nacimiento del homo pscologicus preocupado por su ser y por su bienestar.

De este modo la autoconciencia ha sustituido a la conciencia de clase, la conciencia narcisista sustituye a la conciencia política. Ese narcisismo que pone a los individuos de acuerdo con un sistema social pulverizado y para que ese desierto social resulte viable, el yo debe convertirse en la preocupación central.

De la felicidad sólo conocemos el bienestar privado y hemos olvidado obviamente la afición que, entre
otros, los revolucionarios franceses y americanos ponían en la “cosa pública” en el decir de Hannah Arendt.

En este mundo globalizador cuya idea central es el cosmopolitismo, en vez de hablar de identidades, con Bauman, había que hacerlo de identificación como una posición inacabada y abierta en la que participáramos todos, por necesidad o por elección.

La intensa búsqueda de identidad es una de las consecuencias de las presiones simultaneas globalizadoras e individualizadoras y hasta los conflictos de la identificación son compañeros naturales de la globalización.

La individualización en el decir de Ulrich y Elisabeth Beck es una compulsión, a crear y modelar no solo la propia biografía, sino también los lazos y redes que la rodean y a hacerlo entre preferencias cambiantes en las sucesivas fases de la vida, mientras nos vamos adaptando de manera interminable a las condiciones del mercado laboral, al sistema educativo, al Estado de bienestar, etc.

La individualización ha venido para quedarse y trae a un número cada vez mayor de hombres y mujeres una tarea sin precedentes: hacer frente a sus consecuencias.

Nos corresponde por tanto a nuestra generación hacer otro esfuerzo convivencial más, reinventando la idea de ciudadanía en función del mundo actual.

Para avanzar hoy, tenemos entre otras cosas que objetar la idea de que el explotado siempre tiene razón, adoptar siempre el punto de vista de los vencidos no ha de llevar a sacralizarlos.

El sujeto deberá responder de sus deberes, de sus obligaciones, aligerarle de todo ello conduce a que se ocupe en exclusiva de su subjetividad.

Fortalecer al individuo es vincularlo, no aislarlo, es reinsertarle en diversas redes que le hagan participe de un conjunto más amplio, de manera que su conflicto significa su riqueza y no su maldición.

El individualismo no se curará mediante un regreso a la tradición o a una permisividad mayor, sino a través de una definición más exigente del propio ideal.

En último extremo no hay más que un medio de progresar y éste es profundizando incansablemente en los grandes valores de la democracia, de la razón, de la educación, de la responsabilidad, de la prudencia.

A nosotros nos toca demostrar que la democracia con sus armas clásicas del debate y de la argumentación, todavía puede oponerse a sus propias contradicciones. Nos toca probar que el ciudadano quejumbroso o narcisista es capaz de hermosas sorpresas antes de que la propia realidad se encargue de castigarlo con todo el impersonal rigor que le es propio.

 

Por Pedro Sabando
Jefe del Servicio de Reumatología del Hospital Universitario La Princesa (Madrid).
Presidente del PSM. Senador por Madrid.