Castillos de arena. Sueños y creatividad.

Revista del CPM número 15

Por Lola López Mondéjar

“La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”
Jorge Luis Borges.

“La ficción es una especie de ensueño estructurado”
Joyce Carol Oates.

“Las novelas son los sueños diurnos del escritor. De la misma manera que no se escogen los sueños por las noches, tampoco se seleccionan esas imágenes que se encienden en tu cabeza y te obligan a escribir sobre ellas”
Rosa Montero

 

Hace quince años, en un viaje a México, conocí a un anciano que se había construido un castillo medieval en la periferia de Guadalajara. Rodeado por una antiestética red de autovías que comunica la ciudad con el resto del país, el abuelo había levantado un castillo medieval con su foso, sus almenas, sus murallas, sus armaduras. Un escenario de película que había consumido los ahorros de toda su vida, y en el que invitaba a sus amigos a cenar un menú de exquisiteces mexicanas regadas con cerveza Coronita y refrescantes Coca-colas.

El señor tenía varios hijos e hijas que parecían adorarlo, y ninguno le reprochaba que los ahorros de su papá hubieran ido a parar a la construcción de aquel castillo esperpéntico, no por su factura, de imitación impecable y hollywoodense, sino por el entorno con el que se veía obligado a cohabitar.

La materialización del sueño de aquel mexicano feliz era casi lo contrario de un sueño: pues tenía el antiestético patetismo de lo más kitsch.

Ahora bien, este hombre había soñado, como el protagonista de una novela de Baricco(2), Castelli di rabbia, lo hace con traer el tren hasta su hacienda, con ser dueño de un castillo español, era un sueño que le había acompañado desde siempre y que no se agotó nunca a lo largo de su vida sino que se desarrolló por entero, atrajo hacia sí energías múltiples hasta lograr concretarse, materializarse, en aquel lugar donde comíamos.

En francés, para indicar que alguien es un soñador, que se monta castillos en el aire, se dice faire des chateaux en Espagne . Mi anfitrión mexicano había hecho realidad su castillo en España, y en su comedor medieval nos obsequió con una recepción memorable.

Del niño que jugaba con castillos de arena al hombre maduro que se construye uno auténtico hay una diferencia sustantiva pero también un hilo conductor que nos indica cuál es esta: el juego traspasado al trabajo, el placer de soñar que no se agota en la ensoñación, sino que aumenta en la realización de ese sueño diurno.

Pero el castillo medieval de ciudad de México no es una obra de arte, ni tiene nada de creación, es una burda imitación de los castillos medievales españoles, o mejor, del imaginario platónico de los castillos medievales españoles, una idea resumen del castillo medieval.

Por otra parte, hace unos años recibí a un adolescente de diecisiete que vino a la consulta de la mano de su padre, que se quejaba de una reiterada incapacidad del chico para concentrarse en los estudios, lo que le había conducido a suspensos reiterados y a una falta de atención en clase que había sido objeto de comentarios y preocupación por parte de los profesores. Era un adolescente de apariencia normal, solo que su cabello, largo hasta los hombros, estaba cortado de modo que el flequillo le cubría casi toda la frente, e impedía ver sus ojos, que miraban continuamente al suelo.

Poco a poco, a lo largo de varias entrevistas bastante laboriosas, conseguí que me dijese dónde estaba en realidad su mente. Me contó que pasaba horas sentado en una mecedora, meciéndose, en la penumbra de su habitación, fantaseando. ¿Qué? Fantaseaba que era un guitarrista famoso, famosísimo, que enloquecía a sus fans, quienes acababan rendidas a sus pies, hasta convertirse en novio de Avril Lavigne, una hermosa y joven cantante también muy famosa a la que admira profundamente. En sus ensoñaciones, mi paciente siempre triunfaba de un modo muy vistoso, con público y medios de comunicación de por medio.

Sin embargo, jamás en su vida había tocado la guitarra, se conformaba con columpiarse en una mecedora cubriendo sus ojos de la realidad con su flequillo rebelde, y disfrutando de esas fantasías durante horas. Tenía sólo un par de amigos, con los que raramente salía, se limitaban a escuchar música en casa de uno u otro durante tardes enteras. No tenía ningún conflicto con nadie. Era, por lo demás, un chico modélico.

Había sido criado por su abuela y por su madre, que le adoraban desde niño sin exigirle nada a cambio, incluso el padre, que fue quien lo trajo a la consulta, parecía poco enfadado o irritado por su posición extremadamente narcisista y autoerótica, y entendía la dificultad del chico, era profesor, de forma muy condescendiente, a mi entender. Él, por supuesto, no tenía noción alguna de su pérdida de contacto con la vida, o hacía como si no la tuviera.

Cuando entramos a confrontar su mundo de ensueño con la realidad, a pesar de hacerlo en el interior de una alianza terapéutica consolidada y empática, en un tono agradable para ambos, mi paciente se marchó: su padre vino a decirme que no quería volver. No toleraba una relación en la que alguien le devolviese una imagen no idealizada de él mismo. La perfecta imagen de sus sueños, y la reacción terapéutica negativa se hizo presente con su abandono.

Recuerdo que me impactó profundamente este chico, mi fracaso para ayudarle a reducir su omnipotencia narcisista idealizada, su Yo ideal infantil, sin menoscabo de la construcción de un ideal del Yo acorde con sus recursos personales, y que pasase, como diría Rodulfo, por el trabajo. El trabajo, por la reducción de narcisismo que implica, no estaba hecho para él.

En comparación con el anciano mexicano, mi paciente no tenía ni idea de lo que significaba proyectar, ahorrar, construir; digamos que quería saber tocar la guitarra como Erick Clapton sin pasar por la repetición, el ensayo y el aprendizaje que ello implica. Estaba sumido en un mundo de omnipotencia infantil del que no quería salir, aún a costa del fracaso en su vida. Fracaso que intentaba negar alejándose de todo lo que se le aproximara, tal y como sucedía en la terapia.

Las ensoñaciones diurnas de este paciente eran una creación fantaseada que no toleraba, como sucede en el verdadero proceso de creación, la confrontación con la realidad.

Mi querido anciano mexicano tenía una curiosidad insaciable por el mundo, el adolescente enamorado de Lavigne no conocía ese término. Para tener curiosidad hay que establecer una distancia entre el self y el mundo, una distancia que hace al mundo extraño, generador de preguntas, que lo inviste también. Y entre el mundo de mi paciente y su self no había distancia porque el mundo era todo él, no era ajeno. Su self grandioso lo poblaba por entero, él y sus fantasías.

Mucho más recientemente recibí a otro paciente, un varón de cuarenta y tres años. En realidad fue también su padre quien solicitó cita para él –como si se tratase de un adolescente -, confirmándola obedientemente el paciente, como parecía hacerlo con casi todo.

Era un hombre de aspecto muy convencional, educado y atento, que se
quejaba de una agresividad secreta hacia sus clientes, a los que no sabía detener educadamente cuando le formulaban demandas excesivas. Era gestor de seguros, y sufría enormemente cuando algún cliente que él consideraba “amigo”, fidelizado en base a regalos y atenciones, se hacía un seguro con la competencia, o le negaba alguna petición de abrir una nueva oferta aseguradora con él. En esos casos, evitaba encontrarse con ellos al teléfono y por la calle, sintiendo una profunda agresividad hacia estas personas, tensión y malestar, siempre con conductas evitativas como respuesta a lo que él consideraba agresiones. Una incómoda huida que condicionaba su vida cotidiana, sus paseos, los lugares que frecuentaban, con el consiguiente malestar ocasionado por la presencia constante en su vida mental del cliente incómodo al que pretendía huir.

Este hombre tenía una buena capacidad de introspección y progresivamente fue desgranando sus ilusiones juveniles, su extrema dependencia de la familia y de los deseos de su padre (del que había heredado la agencia y la profesión), así como su sentimiento profundo de haber fracasado en la vida, una vida que se le antojaba fácil, arropado por la familia, y cómoda, pero en la que no era capaz de insertar ninguna de sus más secretas ilusiones y deseos.

Un día, avergonzado de sí mismo por lo que iba a confesar, me contó que él siempre había deseado visitar la tumba de Elvis Presley en Memphis, Arizona. Pertenecía a un club de fans del rockero, por Internet, pero jamás se había atrevido a hacer ese viaje sencillo, pues su mujer no le acompañaba en esta ilusión y él no tenía fuerza suficiente para hacer realidad ese deseo.

Recuerdo que aquella confesión me emocionó, identifiqué en ella la parte más viva de este paciente, por un momento pude ver al joven rockero rebelde que se escondía bajo el convencional aspecto del agente de seguros.

La formulación de aquel recóndito deseo propició el esclarecimiento de otros aspectos de este hombre; sus límites a la hora de sostener sus deseos más genuinos, que claudicaban rápidamente frente a lo que él solía llamar “su comodidad y su pereza”.

Para Ricardo Rodulfo, si algo de las raíces del jugar no pasa inconscientemente al trabajo, si el trabajar no hereda aspectos de lo lúdico, transformándolos, el trabajar y el jugar se separan y el jugar queda confinado a la categoría del ensueño diurno improductivo, como sucede con nuestro paciente.

¿Qué diferencias hay entre los sueños de nuestro adolescente o del fans de Elvis Presley, con los del abuelo mexicano ? En tanto sueños nada hay que los distinga, y sin embargo, su diferencia es radical.

Nuestro anciano mexicano hizo realidad un, vamos a llamarlo, sueño del Ideal del Yo, mientras que el adolescente vivía inmerso en un sueño del Yo ideal, como lo hacía secretamente nuestro agente de seguros.

Los sueños del Yo ideal son construcciones que no marcan una distancia entre la realidad y la materia del sueño, la frontera entre la realidad externa e interna es completamente negada y el sueño se vive intensamente en un territorio de ensoñación narcisista autoerótica, que figurativamente podemos asemejar a algo parecido a la succión (el movimiento cadencioso de vaivén de la mecedora, soporífico y placentero). Constituyen una fantasía de pura realización de deseos omnipotentes, regidos por la inmediatez hedonista. Son lo contrario de la creación, ya que el arte y el juego se diferencian del sueño y la ensoñación al ser los primeros intentos de traducir las fantasías inconscientes en realidad, mientras que la ensoñación del Yo ideal se asemejaría a la fantasía kleiniana, que crea un mundo “como si”, negando la realidad tanto externa como interna.

Segal (3) señala cómo la ensoñación diurna es una actividad que, de faltar, hace a la personalidad pobre y opaca, pero asimismo, al persistir de manera intensa en la adultez, se convierte en sello de una personalidad borderline, esquizoide. Se trata de ensoñaciones patológicas, basadas en importantes escisiones y en un uso intenso de la identificación proyectiva, tal y como podríamos caracterizar a nuestro adolescente.

El fans de Elvis Presley ha disociado los sueños omnipotentes del joven que fue, para desarrollar un yo adaptativo, acomodaticio a los deseos del otro, sin incrementar los recursos personales que hubieran podido hacerle capaz de inscribirse en la vida de un modo menos disociado y más creativo. Vivía repetitivamente una vida que lo agobiaba, y, por otro lado, soñaba, sin hacer nada por unir una esfera y otra. Podríamos decir con Rodulfo, que no integró el jugar con el trabajar, y que este se convierte en su caso en un imperativo superyoico carente de placer.

Nuestro agente de seguros podría muy bien ser una de las salidas de nuestro adolescente de la mecedora, si bien, creemos que, por lo que pudimos observar, esta ya sería una opción bastante exitosa para él.

Por su parte, los que llamaremos sueños del Ideal del Yo nos hablan más del juego , existe una distancia entre el yo y el ideal, contemplan un futuro en el que es posible la materialización del deseo que encierran, tramitan una espera, una aceptación del límite, un reconocimiento de que la realidad no es lo que soñamos, y una energía puesta a disposición del sueño para cambiar esa realidad (adaptación activa que decía Pichon-Riviére) y hacerla semejante a lo soñado.

Se trataría, para Segal de nuevo, del ejercicio de la imaginación, el mundo del “qué pasaría si”, que requiere un interés por el objeto y por el mundo.

Son estos sueños que llamamos del Ideal del Yo los que más tienen en común con el proceso creador.

En “El poeta y los sueños diurnos ” (4) (1.907-1.908) Freud (5) postula que “Todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio , o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un nuevo orden, grato para él…el poeta hace lo mismo que el niño que juega, crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio: esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad”.

Freud vincula más estrechamente el acto creativo con las fantasías o ensoñaciones diurnas, que sustituyen en el adulto el juego de los niños.

Más tarde, en “ El malestar en la cultura”, añadirá que el hombre para luchar contra la infelicidad, “recurre al desplazamiento de la libido …El problema consiste en reorientar los fines instintivos, de manera que eludan la frustración del mundo exterior. La sublimación de los instintos contribuye a ello, y su resultado será óptimo si se sabe acrecentar el placer del trabajo psíquico e intelectual. En tal caso el destino poco puede afectarnos. Las satisfacciones de esta clase, como la que el artista experimenta en la creación, en la encarnación de sus fantasías”.

Para Freud, el fantaseo adulto, es decir, los ensueños o sueños diurnos, lo que comúnmente llamamos hacer castillos en el aire, es una sustitución del juego infantil, así com
o una función del yo, y una fuente de la creatividad
. El deseo insatisfecho es la fuerza impulsora de la fantasía, cuyo contenido apunta a una satisfacción de ese deseo, normalmente de orden narcisista o erótico (aquí Freud hace una diferencia de género atribuyendo los deseos de ambición a los hombres y los eróticos a las mujeres). Estos sueños diurnos enlazan un tiempo pretérito, donde el deseo en cuestión quedó satisfecho, con una satisfacción futura fantaseada. Sueños, fantasías y creación literaria tienen para Freud en común la realización de deseos infantiles satisfechos, activados por un deseo insatisfecho actual, que adquiere su satisfacción en el ensueño o la obra.

Sin embargo, Freud es impreciso al postular si el deseo infantil fue satisfecho o no, es decir, si el retorno a ese punto de fijación es por frustración o por satisfacción pretérita.

Anna Segal (6), siguiendo a Freud, considera que con la instauración del Principio de realidad quedó disociada una cierta actividad mental que permanecía libre de toda confrontación con la realidad y sometida exclusivamente al principio del placer. Esta actividad es la fantasía. Pensamiento y fantasía hacen posible que el aparato psíquico tolere la tensión sin una descarga inmediata. Aunque, “si las circunstancias son tales que el niño no puede soportar la desilusión de la realidad, la omnipotencia de la fantasía aumenta y la percepción de la realidad es negada y aniquilada”, como parece ser el caso de nuestro adolescente.

Cuando la distancia percibida por el yo de su capacidad de alcanzar su ideal es muy grande, se produciría un improductivo regreso a la fantasía omnipotente del Yo ideal, que sólo comporta pasividad y un alejamiento solipsista de la realidad insatisfactoria. Estaríamos aquí en los ensueños del Yo ideal que hemos señalado.

Imbuido de su pesimismo antropológico, emergente tal vez de la situación histórica vivida entre dos guerras, Freud pensaba como Aristóteles que el hombre feliz no fantasea , pues centraba esta actividad en la insatisfacción y la huida de la realidad. Sin embargo, si colocamos la fantasía como producto de una actividad como la que Winnicott describe, podemos poner esta afirmación en entredicho. Para nosotros, el hombre es feliz porque construye sueños del Ideal del Yo , esto es, deviene un adulto capaz de jugar.

Sin embargo, la fantasía puede surgir también como un ejercicio lúdico del principio del placer que busca gratificación por sí solo, heredero del juego y del espacio transicional, en el sentido más activo y creador de una realidad alternativa donde hay dominio. Se trata de la voluntad de dominio de Nietzsche , la capacidad del hombre de actuar, de no someterse simplemente a la realidad sino de transformarla creativamente. Estaríamos aquí en el territorio de los sueños del ideal del Yo. El yo se percibe como capaz de actuar, de aspirar a un ideal y hacerlo efectivo en alguno de sus aspectos. Y la realización de ese sueño trae consigo mayor aporte narcisista que incrementa las futuras posibilidades yoicas.

Winnicott , estima que la creación parte de la capacidad del niño para, al percibir los indicios de separación con el objeto, crear una zona transicional en la que lo recrea. Lo que daría lugar a los fenómenos transicionales que para él son la creación de una zona neutral de experiencia que no será atacada por la realidad.. En la tensión que todo ser humano siente entre su realidad externa y la interna, esta zona intermedia de experiencia que no es objeto de ataques constituye un precioso alivio. Sabemos que esta zona se origina en la capacidad del niño de CREER que es él quien CREA ese objeto de satisfacción, debido al ritmo sincronizado entre sus necesidades y la satisfacción dada por la madre. En este momento el niño siente su actividad como fuente de satisfacción, ampliando su capacidad de dominio y su narcisismo positivo.

Como señala Janine Chassegel-Smirgel, el narcisismo está muy comprometido en la creación tanto de las ensoñaciones como de las obras de arte. Apuntamos (7) en otro lugar una aproximación a una teoría psicoanalítica sobre la creatividad que conduce a la comprensión de un sujeto investido narcisísticamente que sostiene sus faltas creando un mundo reparador. La noción de la falta no comporta para nosotros el dramatismo freudiano; la entendemos como sustantiva al ser humano, en el sentido filosófico, vinculada a la conciencia de la finitud, la muerte, la inadecuación estructural entre el hombre y la naturaleza, entre la realidad y nuestros deseos. Se trata de una falta que no se puede cubrir nunca, ni sanar con ningún tipo de remedio curativo. Una falta cuya gestión tendrá que ver con todos los recursos del sujeto para hacerle frente, entre ellos, la fantasía, el juego, la ilusión, y la creatividad, son los más importantes . De ahí que puede haber seres felices que fantaseen, pues la felicidad , en algún sentido, consiste en asumir esa falta sin precipitarse en ella . La mayoría de los creadores y emprendedores, han sido hombres y mujeres con una fuerza psíquica importante que, no obstante, poseían también enormes déficit en otras áreas de su subjetividad. Aquí entraríamos en una concepción del ser humano como disociado, representado en una gráfica cuyo perfil puede muy bien tener montañas, simas y llanos y un yo que se reconoce incapaz de integrarlas.

La disociación es señalada por Fairbairn (8) como característica del yo cuando sueña, presencia que hemos ya destacado cuando se trata de los sueños diurnos, y por Fiorini (9) como fundamental en el psiquismo creador . De la multiplicidad de las facetas disociadas señalaba Freud que surgían la variedad de personajes del poeta, y la posibilidad de alcanzar cotas de realización junto a parcelas de evidente fijación en la fantasía, que observamos en los pacientes descritos al principio como soñadores del Yo ideal.

Ahora bien, como vimos en otra ocasión, la teoría freudiana es insuficiente a la hora de explicar el proceso creador, al igual que el sueño, como una “formación de compromiso”, resultante de una necesidad de expresión del Ello del creador y del control del su Yo y Super-Yo. Insuficiencia de la que el mismo Freud fue consciente al insistir en la creación como un misterio, “una capacidad específica” (10) de ciertos individuos que permite a una parte de su libido escapar a la represión y sublimar. En sus propias palabras: “la esencia de la función artística nos es inaccesible psicoanalíticamente” (11), afirmación que repitió de otro modo en Dostoievski y el parricidio al afirmar que “El talento artístico no es analizable”. Y creemos que aún hoy debemos suscribir esta afirmación en el sentido de que cualquier explicación no satisface a la pregunta del porqué unos sí crean y otros no.

La atribución al origen de las historias a un lugar indefinido está presente en las afirmaciones de muchos autores; bien puede entenderse así la afirmación de Raymond Carver (12), “Las historias vienen de un lugar no muy bien definido, de un matrimonio entre la fantasía y la realidad, de un pedazo de autobiografía y una gran dosis de imaginación”.

Hanif Kureishi (13) se interroga también sobre de dónde vienen las historias y n
os aporta razones que tienen que ver más con la identificación: la identificación con su padre, “mi padre siempre quiso ser escritor”, con el deseo de su padre y con las costumbres paternas relacionadas con la escritura, señala que escribir, o cualquier acto de la imaginación, es sensual, se siente – o quizás debería de sentirse como un acto corporal, más que uno intelectual”.

El hombre crea y sueña, y las similitudes entre uno y otro son señaladas por Borges y Rosa Montero en las citas que encabezan este artículo. La necesidad de crear realidades ficticias es innata al hombre , son las máscaras que, al decir de Schopenhauer, crea el individuo para poder vivir, los señuelos que Prometeo regala a los hombres para que olviden que son mortales, esto es, para que olviden el dolor de las pérdidas y la finitud.

“Coro: ¿Entre los dones concedidos, tal vez no has ido más allá?
Prometeo: Sí, he impedido a los hombres ver su suerte mortal.
Coro: ¿Y qué remedio has descubierto para esta enfermedad?
Prometeo: He alimentado en ellos ciegas esperanzas.
Coro: Un don de gran utilidad has dado así a los mortales”
Prometeo encadenado, Esquilo

Podríamos decir que el mundo se mueve al ritmo de los soñadores del Ideal del yo. Aquellos que saben llenar su vida con ciegas esperanzas. El sueño de Colón de descubrir una nueva ruta hacia las Indias, hubo de confrontarse con la realidad de la financiación de ese viaje, sin sucumbir a los inconvenientes. En el campo semántico del sueño diurno podríamos incluir el concepto de ilusión de Winnicott , la ilusión de que existe una realidad exterior al niño que corresponde a su propia capacidad de crear, y el de imaginación de Castoriadis.

“La psique humana se caracteriza por la autonomía de la imaginación, por una imaginación radical, la capacidad de dar forma a lo que no está ahí, de ver algo que no está presente. En el psiquismo humano hay un flujo, una facultad espontánea de representación que no está sujeta a un fin predeterminado” (14). La imaginación radical es una fuente de satisfacción del sujeto humano que no nace de una ausencia sino de una capacidad, la capacidad creadora.

Imaginación como flujo permanente, espontáneo e ingobernable de representaciones, deseos y afectos. La imaginación radical crea la primera representación ex nihilo, de una nada, al menos, de representaciones o de lo psíquico.

El paralelismo entre el espacio transicional y el espacio ficcional, es señalado certeramente por Angel Zapata (15), en ambos, se trata de la inmersión en un mundo entre lo externo y lo interno, donde no existe la prueba de realidad, ni de la contradicción, y cuya lógica está sujeta a las leyes del inconsciente y de la coherencia interna, respectivamente.

Podríamos resumir diciendo que del cuerpo pulsional y las primeras experiencias no simbolizables del niño (memoria procedimental de la que toma su materia la imaginación radical –los recorridos de la pulsión-) expresadas en las fantasías inconscientes o representaciones mentales de la pulsión (phantasy para M. Klein) se evoluciona al ensueño diurno, ensoñación o fantasía (fantasy para Klein y Segal), para pasar al ejercicio de la imaginación y al juego creativo en los que hemos llamado soñadores del Idel del Yo, mientras que se paraliza en las ensoñaciones omnipotentes, en el caso de los soñadores del Yo ideal.

Pero crear no es soñar , ni tampoco deslizarse por las ensoñaciones diurnas , por más ricas que estas sean. La creación , como dice Borges, es un sueño dirigido ; un sueño porque en un primer momento la obra no es más que una invención, sin palabras, sin materialidad alguna, como el sueño; dirigido porque en el proceso creador hay un predominio indudable de los procesos conscientes. Digamos que el motor de la creación, aquello que elige el tema en el que nos embarcamos, sea de un cuadro, una novela, un edificio, es algo que liga aspectos de nuestro inconsciente, de ahí que podamos rastrear al autor en su obra, pero podríamos quedarnos ahí, y para que haya una obra debe haber un trabajo de elaboración consciente de los materiales propuestos por nuestro inconsciente , un trabajo lógico del proceso primario, sujeto a las normas culturales que marcan el soporte elegido, aunque hayamos decidido saltárnoslas. Para saltarlas, por cierto, hay que conocerlas muy bien. Sin ese trabajo no hay nada, y, diría más, el trabajo consciente modifica hasta desfigurar el inicial motor de la creación, si bien, podríamos decir, que va enganchando con otros materiales preconscientes e inconscientes que se aportan al primero y que construyen la obra. El creador tiene una regresión al servicio del yo, en palabras de Kris, que recoge en su recorrido materiales de estatutos distintos, y los elabora.

Podríamos objetar que hay artistas que han tomado el material onírico como parte fundamental de su obra , como Dalí o El Bosco, pero en ellos ese material está al servicio de una concepción de la obra que va más allá del sueño. Dalí quería transformar la realidad elaborando una pintura alegórica y absurda, en consonancia con el surrealismo que invadía Europa, y para ello, como otros surrealistas, utilizó las imágenes de sus sueños.

El creador que pretende que su obra sea una mera expresión de sus sueños caerá en un solipsismo expresivo que la alejará del arte, sumándola a la larga lista de trabajos cuyo valor es meramente expresivo, estaríamos en el territorio de la Arteterapia , de lo que podríamos llamar asociación libre en la escritura, la manifestación de un sujeto en su máxima singularidad. Sin embargo el artista, orienta su trabajo, lo dirige hacia conscientemente a que se inserte en el inabarcable fluir de la tradición, su obra debe expresar la singularidad y la universalidad del sujeto humano.

Pero crear tampoco es pensar , sino imaginar de otra manera, con el cuerpo, con los músculos, con todas las memorias sensoriales que tenemos a nuestra disposición, dejándonos llevar por el espacio ficcional con libertad, sin regla alguna, en lo más parecido a lo que sería el proceso primario freudiano, para luego asumir la lógica del secundario.

“Los deseos son la cosa más importante que tenemos y no se pueden tomar demasiado en broma. Así, a veces, vale la pena no dormir por ir detrás de un deseo propio ” asegura Baricco (16).

En “El poeta y los sueños diurnos”, Freud ya afirmaba que el hombre no puede renunciar a nada de lo que ha gozado, que el juego del niño que irremediablemente crece, es sustituido por la fantasía del adulto que “hace castillos en el aire, crea aquello que denominamos ensueños, o sueños diurnos”.

La necesidad de ilusionarnos, de jugar, es tan imperiosa en el hombre que hay quien lo ha definido como “homo ludens” (17): el hombre es un animal que juega, un mono arropado por sus ficciones.

El adulto normópata, hiperadaptado, se avergüenza de sus fantasías pues no sabe insertarlas en el falso self que ha construido obviando la vivacidad de sus deseos, el poeta, por el contrario, las recrea
“con imaginación, intuición y una aparente verdad” (18), como decía Juan Rulfo.

El soñador feliz las realiza, en la medida que sus fuerzas y sus medios se lo permiten, y construye castillos de verdad donde en el origen sólo había castillos en el aire.

La necesidad de imaginar otras vidas está inscrita en el ser humano desde la infancia, con el desarrollo de la fantasía el sujeto humano ensaya reacciones distintas de una vida que se complejiza, lo que le permite comprender al otro mediante la inmersión ficcional, esto es, la vivencia imaginaria en una historia sugerida por otros o creada por uno mismo.

Si la hegemonía del deseo puede llevar a la locura, pues los deseos son anárquicos, la supresión de todos los deseos, la atrofia de la capacidad de soñar y hacer realidad nuestros sueños, nos convierte en normópatas anodinos, sosos y aburridos, como diría Robert Walser del hombre moderno.

La extravagancia está mal vista en la sociedad globalizada, estandarizada y homogénea, y como psicoanalistas , tenemos la posibilidad de alentar a nuestros pacientes a tomarse en serio sus deseos o a prescindir de ellos a favor de un ideal de curación estandarizado que lo sujete más al superyó que a la fuerza creativa del Ideal del Yo. De la muerte del deseo del obsesivo a la creación de castillos en el aire podría ser una indicación aproximada de la dirección de la cura. O ¿acaso un psicoanálisis no comporta para nuestros pacientes la creación de un nuevo proyecto?

Me gustaría que estas reflexiones sobre la creatividad y los sueños diurnos sirvieran para reflexionar sobre el poder transformador de las fantasías (19), cuya fuerza pulsional surge de las experiencias infantiles primarias y conecta, a mi entender, con lo más genuino de un sujeto a menudo sobreadaptado a los requerimientos parentales y sociales.

En el espacio analítico, tan semejante en sus característica al espacio ficcional y al espacio transicional (20), se nos brinda la oportunidad de que el paciente regrese a un ser infantil más genuino, que construya sus castillos en el aire y los recursos personales para empeñarse en llevar a la realidad algo del espacio creativo del niño que juega. Y esto mediante la imaginación puesta en juego también de parte del analista.

Como bien señala el filósofo alemán Odo Marquard (21) los seres humanos estamos constituidos de modo tal que nos anima una continua necesidad de lo extraordinario que el presente de nuestro mundo civil liberal-burgués no satisface en absoluto. Contemplar en nuestros pacientes las vicisitudes de esa necesidad, en lo que tiene también de negativo, pero, sobre todo, de virtual potencia liberadora, es, a mi entender, parte indispensable del trabajo analítico.

Quizás, la constante demanda que hemos constatado en los últimos años hacia actividades creativas no sea más que un modo de sublimar esta necesidad de extraordinario, esta capacidad del ser humano para soñar, pura intuición no formulada de lo que Frédéric Beigbeder (22) explica con esta hermosa frase: “ La utopía actual es el arte porque nos permite esperar un mundo mejor, nos permite soñar, hacernos grandiosos”.

Pensemos qué habría hecho un psicoanalista timorato con el sueño de Colón, o con el de la alpinista ciega que ha conseguido cubrir cuatro de los ocho miles, seguramente intentaría frenarlos a favor del principio de realidad. Por suerte, los soñadores del Ideal del Yo no van demasiado a la consulta, ocupados como están en hacer de su vida lo que desean.

Y para terminar, con la modestia necesaria para abordar este tipo de asuntos, traigo a colación unas palabras de Robert Walser (23) con las que coincido: “No es necesario ir a escrutar detrás de cada secreto. De esto he estado convencido toda la vida. ¿no es lo suficientemente bello que en nuestra existencia permanezca algo de ignoto y extraño, como detrás de un muro cubierto de hiedra? Esto le confiere una fascinación indecible, que se va perdiendo para siempre. Hoy se tiene deseo de todo, se posee todo con brutalidad”.

Pensar el sueño, pensar la creatividad, nos aboca a los límites de nuestra ciencia, a la constancia permanente de que nada está agotado para el conocimiento, pues , como decía Pascal: “ La suprema adquisición de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que le sobrepasan”. Las artes tienen esa labor de explorar los límites de la razón, como Freud, que escuchaba a los poetas, muy bien sabía.

Dolores Lopez Mondejar
Miembro del Centro Psicoanalitico de Madrid

 

 


 

(1) Hacer castillos de arena: tener ilusiones que no podrán hacerse realidad (fuente: Internet. Verbal H). Edificar sobre arena, escribir sobre arena se usa para ponderar la inconsistencia o la poca firmeza o duración. Hacer castillos en el aire: ilusiones excesivas o con poco fundamento (Diccionario del español actual Manuel Seco).

(2) BARICCO, A.: “Castelli di rabbia”, 1.991.

(3) Citada por Virginia Ungar, “Imaginación, fantasía y juego”, Psicoanálisis de APdeBA – Vol XXIII- Nº 3-2001

(4) El término “dichter”, se aplica en alemán tanto al novelista y dramaturgo como al poeta.

(5) FREUD, S.: “El poeta y los sueños diurnos”, Obras Completas, Tomo II, Biblioteca Nueva, Madrid 1.973, 3ª edición.

(6) SPECTOR, P., FONAGY, P. SERVULO, A.: “En torno a Freud. El poeta y los sueños diurnos” Biblioteca Nueva, Madrid, 1.999.

(7)LOPEZ MONDEJAR, L.: “El factor Munchaüsen: psicoanálisis y creatividad” Revista CPM

(8) FAIRBAIN, W.R. : “Todas las figuras que aparecen en el sueño representan: 1) alguna parte de la personalidad del paciente; o 2) un objeto con el que alguna parte de su personalidad tiene una relación, generalmente, basado en la identificación en la realidad externa” en “Estudios Psicoanalíticos de la Personalidad ”

(9) FIORINI, : “El psiquismo creador”, Paidós, Buenos Aires,

(10) FREUD, S.: “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci” (1.910), Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1.975.

(11) Freud insiste en la convivencia de la represión y la sublimación en el artista cuando trata de explicar la obra de Leonardo: “Otra persona no habría conseguido, probablemente, arrebatar a la represión la parte principal de la libido por medio de la sublimación en ansia de saber…El psicoanálisis no consigue darnos la explicación de dos peculiaridades de Leonardo: su especialísima tendencia a la represión de los instintos y su extraordinaria capacidad para sublimar los instintos primitivos”. La primera explicaría para él los síntomas obsesivos, mientras que la segunda su extraordinaria capacidad creadora. La concepción de un psiquismo heterogéneo, con tendencia a la disociación, descentrado, del psicoanálisis actual nos facilita la compresión de la convivencia de ambas tendencias.

(12) CARVER, R.: “Niente trucchi da quattro soldi”, Minumum fax, Roma 2002.

(13) KUREISHI, H.: “Soñar y contar”, Anagrama, Barcelona 2004.

(14) CASTORIADIS, C.: “Figuras de lo pensable”, Frónesis, Cátedra, Madrid, 1.999.

(15) ZAPATA, A.: “La práctica del relato. Manual de estilo literario para narradores”, Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, Madrid, 2003

(16) Baricco, Alejandro. “Castelli di rabbia”, Rizzoli, Milano 1.994, pag. 45.

(17) HUIZINGA, J.: “Homo ludens”, Alianza, Madrid.

(18) RULFO, J.: “El desafío de la creación”, Ciudad Seva,www.ciudadseva.com/textos/teoría/opin/rulfo1.httm.

(19) Desde que era niña el, eurocentristamente llamado descubrimiento de América, siempre llamó la atención. Admiraba a aquellos hombre valientes, aguerridos, que vencían sus temores para ir en busca de El Dorado. Luego mi admiración se deslizó hacia los investigadores constantes y discretos, apenas reconocidos, y, finalmente, por todo aquel que se arriesga a salir de la uniformidad en pro de sus deseos.

(20) BALINT, M.: “ La Falta Básica ”, Paidós, 1.977.

(21) MARQUARD, O.: Filosofía de la compensación. Escritos sobre antropología filosófica. Paidós, Barcelona, 2001.

(22) BEIGBEDER, F.: El relato erótico francés hoy, Universidad de Murcia, Murcia, 2005.

(23) WALSER, R.: Historias de amor. Siruela, Madrid, 2003.