ARTÍCULO – El enactment en la clínica

por | Revista del CPM número 31

REVISTA DEL CENTRO PSICOANALÍTICO DE MADRID – Nº 31

 

 

El enactment en la clínica psicoanalítica.

Cristina Martínez[1]. Esteban Ferrández[2]

 

1. De la contratransferencia al enactment.

Muchos autores han sido los que se han interesado por el concepto de enactment, desde que fuese introducido en el campo psicoanalítico por Theodore Jacobs en 1986. Algunos cuestionándose los nuevos matices que aportaría su validez frente a términos que ya existían y que se venían usando como transferencia y contratransferencia. Otros, reflexionando sobre el origen del mismo, los mecanismos implicados en su aparición y las distintas formas de presentación. Cuestiones todas ellas, que permanecen todavía abiertas al debate generando diversas controversias.

El objetivo de este trabajo no es discutir sobre las mismas, pero si hacer un recorrido por los diferentes aspectos del concepto para tratar de enmarcarlo en una definición que nos permita saber a qué nos referimos con este concepto cuando hablamos de él. En la segunda parte, a partir de un caso clínico mostramos cómo puede aparecer el enactment y qué lugar puede ocupar en la relación terapéutica.

Como ya se ha dicho, fue Jacobs el primero en introducir el término enactment en el campo del psicoanálisis, considerándolo como una forma de comunicación inconsciente entre paciente y analista, donde enfatiza el aspecto expresivo del mismo. De este modo lo ha diferenciado del «acting out» freudiano, que se caracteriza por manifestarse a través de conductas burdas o impulsivas, en contraposición con las sutiles actividades interpersonales que definen los enactment.

La idea, sin embargo, en opinión de Enrique Moreno*, fue introducida por Joseph Sandler en un artículo de 1976, publicado en el IJP en el cual proponía lo opuesto a la teoría clásica de la contratransferencia, es decir, responder al paciente desde el rol que nos asigna, actuar el rol, una idea que parece más bien provenir del campo psicodramático. La idea de Sandler en resumen era, responder espontáneamente tratando de salvaguardar en tanto que posible la neutralidad, y posteriormente averiguar de qué se trata.

Abriendo una ponencia en la Reunión anual de la American Psychoanalytical Asociation celebrada en San Diego – California -, en 1984. Jacobs cuenta el caso de un compañero analista a quien, al abrir un día la puerta de su despacho para recibir por vez primera a un hombre de imagen imponente, dos metros de altura y 120 kilos, que debieron impactarle, se le coló en su saludo un «pase de todos modos». Jacobs quería resaltar el hecho de que, desde el minuto uno del tratamiento ya aparecen transferencias, tanto en el analista como en el paciente y que las transferencias del analista «pueden ejercer una influencia significativa, no sólo en sus percepciones y su comprensión, sino en la manera en la que emergen las transferencias del paciente». En este ejemplo, las mismas palabras escuchadas, le pueden ayudar al analista a darse cuenta de su propia reacción emocional, las respuestas que conlleva y considerarlas. Pero otras veces, dice Jacobs, no es tan fácil y señala que «son precisamente las sutiles y a menudo, apenas visibles reacciones contratransferenciales, fácilmente racionalizadas como partes de nuestros procedimientos de funcionamiento standard y tan fácilmente pasadas por alto, las que al final pueden tener el mayor impacto en nuestro trabajo analítico» (Jacobs, 1984). Entre éstas, se encuentran los enactment en forma de silencio, o de una aparente actitud de neutralidad, hasta los enactment de repetición para la elaboración, que acaban en una batalla por tener razón; o los enactment en la propuesta de terminación o los de interpretación.

2. Recorrido brevísimo por la panorámica del enactment.

“Pero ¿qué entendemos por enactment? Según Rodriguez Sutil* se diría que es una escena en la que el paciente «arrastra» al analista a actuaciones que hacen posible que, tanto paciente como analista vivan una experiencia de actualización intersubjetiva de las relaciones de objeto. Es una actuación, por ambas partes, espontánea y favorecedora del crecimiento. Es una escena breve y de intensa carga emocional, en la que ambos actúan, y que a posteriori adquiere un valor y sentido funcional al vínculo terapéutico y al proceso de cambio, sobre todo en la medida en que es reconocido y explorado por ambos en la mutualidad de experiencia que ha implicado.

Ya antes de Jacobs, otros autores se interesaron en ciertas reacciones contratransferenciales que podían influir en el proceso analítico. Así por ejemplo, Lang en 1975, señala cómo la manera en que un analista maneje el encuadre transmite al paciente su propio estado subjetivo. Wolf (1979) habla de que inevitablemente aparecen fallos de empatía y comprensión por parte del analista como efecto de minicontratransferencias y que dan la oportunidad al paciente y al analista de conocer cuestiones sobre la transferencia y la naturaleza de los trastornos que están en juego.

Otra autora, posterior a Jacobs, Teicholz (2006), también se ha ocupado del concepto de enactment, pensando en qué lo identificaría; y concluye que lo que nos puede hacer saltar la alarma de que estamos ante un enactment, ocurre cuando una acción «es una respuesta a una presión inusual que recae sobre el analista y que involucra un área de contenidos o una intensidad de comunicación que no es característica de ese analista en particular».

Tanto Jacobs como Teicholz en sus definiciones, ponen un peso especial en cómo es el paciente el que hace reaccionar al analista a través de la transferencia, acercándose a una visión clásica y equiparando el término de enactment al de enactment contratransferencial.

En este sentido, como nos lo recuerda Alejandra Rubio (Aperturas 29) la APA define el enactment en 1992 como una actualización de la transferencia, en la que el analista se ve comprometido sin darse cuenta.

Otros autores que van en esta línea son Brown y Lane (2000) que se refieren al enactment «como un evento transferencial interpersonal en el cual el paciente logra exitosamente actualizar percepciones y fantasías transferenciales».

Otro grupo de definiciones toman posiciones más intermedias entre la visión clásica y las definiciones relacionales más actuales. Así Chused (2003) dice que se ha producido un enactment cuando «la conducta o las palabras de un paciente estimulan un conflicto inconsciente en el analista conduciendo a una interacción que porta un significado inconsciente para ambos». Señala que puede ocurrir lo mismo al revés, por lo que unas veces será el paciente el que arranque la maquinaria del enactment y otras el analista, cayendo la responsabilidad del mismo en uno u otro lado.

De forma similar, poniendo el énfasis en la disociación, encontramos a Ginot (2007, 2009) quién considera el enactment como una interacción no verbal que tiene como ingredientes esquemas relacionales implícitos inconscientes, tanto del analista como del paciente, que se dan de forma encadenada. Este autor pone el acento en que estas formas de relación que tendrían que ver con la memoria implícita, no son experiencias que pasaron a la conciencia y después se disociaron como forma defensiva, sino que debieron de ser experiencias que se codificaron en forma de memoria emocional motriz o somática, no verbal, y es de esta forma en la que se van a hacer visibles. Esta manera de conceptualizarlo, no relega a una posición inferior a los enactments, a la acción frente a la verbalización o la ideación (como la visión más clásica freudiana), ya que como dice Bromberg (2008), “las experiencias y los estados del self que están disociados solo pueden conocerse por medio de la escenificación relacional” y por lo tanto “la puesta en escena se convierte en una forma privilegiada de acceso a lo inconsciente” (Brown y Lane, 2000).

Levenkron (2006) por su parte, hace un apunte en el que añade que los contenidos de los enactments pueden incluir elementos conscientes, y no solo inconscientes, ya que son desde los primeros desde donde emergerían los contenidos inconscientes.

Y finalmente están los teóricos relacionales. Es con éstos con los que el concepto ha tenido el mayor desarrollo conceptual y de reflexión en torno a las implicaciones en la clínica. Tanto los analistas relacionales como los de otras corrientes: interpersonalistas, neokleinianos y otros, se plantean de nuevo cual es el factor terapéutico principal, es decir, qué es lo que cura y cómo. Para ellos, en el enactment, al igual que en otros fenómenos que se dan en el vínculo terapéutico, participan de forma simultánea paciente y analista, sin que se pueda asignar el rol del iniciador a ninguno de los dos en especial, considerando a ambos con roles más mutuos que complementarios, y asumiendo que lo que tendrá lugar durante las sesiones será «una puesta en escena de acuerdo a sus conflictos y fantasías inconscientes de modo continuado» (Ivey, 2008).

Entre los autores con esta visión se encuentra Stern (2008), quién hace especial hincapié en cómo es la disociación de los estados del self la que está detrás de los enactments. Para este autor «uno comprende la conducta cuando es capaz de imaginar el estado del self del cual ésta surgió y entonces comprenderla desde ese contexto», valiéndose de ciertos prejuicios que cada uno tiene y que son fundamentales para acercarse a cualquier experiencia nueva, como una manera de aprehenderla desde lo ya mínimamente conocido. Según esto, dice que «los principales episodios de malentendidos en la situación analítica pueden atribuirse, con frecuencia, a una separación o disociación de los estados del self relevantes del analista”. La disociación vendría a producir una «deprivación en los participantes de la relación analítica» impidiendo que cada cual pueda colocarse en los lugares «contextos emocionales e intelectuales», desde donde uno se tiene que situar para entender lo que está pasando en la clínica, y que en el caso del analista, le hace imposible construir la experiencia del analizando. Dice Stern que solo se podrá salir de ahí, «cuando uno u otro de los miembros de la pareja analítica restablezca el diálogo al tomar conciencia explícita de que el contexto que está proporcionando en ese momento es inapropiado para el otro»; pero añade que “precisamente es esta conciencia explícita crucial la que por definición no está disponible para ninguno de los dos”. Es como si se produjese un fracaso en la capacidad no solo de pensar sino de jugar libremente, asociando el enactment con «el colapso del espacio transicional» de Winnicot.

En una posición cercana encontramos la tesis de Benjamin, para quien el enactment es una falla en la relación, pero no necesariamente peligrosa, incluso puede contribuir a la construcción de un tercero compartido, porque para Benjamin la ruptura en la relación es un hecho habitual, del cual a menudo el terapeuta tiene miedo provocado por su ideal excesivo. De hecho, es una opinión compartida no sólo por Benjamin, sino también por Stern, Bromberg y otros, que el enactment a menudo da pie a la posibilidad de recuperar aquellos aspectos disociados del self, más refractarios a la terapia.

En su profundo estudio Meeting of minds –Encuentro de mentes, Aron nos recuerda que el término enactment es empleado en el campo psicoanalítico a partir de su introducción por Jacobs, y lo usa para describir la interacción entre el analista y el analizante, los cuales actúan bajo influencia mutua, tanto en la dimensión verbal como en la dimensión actuante.

3. Coda

Este breve parcours a lo largo de las principales posiciones respecto del sentido y el valor del enactment en la clínica psicoanalítica contemporánea nos parece de gran valor, sobre todo en cuanto que contribuya a ir superando otra de las antinomias binarias en las cuales el psicoanálisis se ha enredado largo tiempo, como es en este caso, el prejuicio que opone la idea a la acción. Deconstrucción necesaria si queremos rescatar la idea del descentramiento freudiano, en este caso también de la supuesta superioridad terapéutica de la palabra sobre el gesto, de la idea sobre el acto, del pensamiento sobre la acción. Aumentar las dimensiones a considerar en la relación terapéutica, superando viejas antinomias, no puede sino multiplicar los recursos terapéuticos, en una clínica que no puede descabalgarse de los tiempos. Aspectos disociados de la relación terapéutica pueden ser reconducidos al campo analítico, la subjetividad del analista deja de ser un hecho molesto para formar parte de los recursos terapéuticos susceptibles de ser tomados en cuenta.

4. El caso Valentín.

Valentín, de 40 años, viene derivado a la consulta de psicología clínica del CSM donde trabajo, por una compañera psiquiatra del mismo centro. Le recibo en la primera entrevista y tras las presentaciones oportunas le pregunto qué le trae por aquí.

“Me entró una crisis de ansiedad, empecé a tener miedo a todo…no doy pie con bola; Todo el mundo me mira” Sitúa el inicio de su malestar hace 7 u 8 meses, sufriendo la primera crisis de ansiedad mientras trabajaba “Estaba trabajando con el camión, no sabía a donde iba” Relata sensaciones corporales de presión en el pecho, dificultad para respirar así como un miedo intenso sin saber especificar a qué. “Miedo a no sé, a todo… no sé lo que quiero, si voy para aquí o para allá”. La última crisis fue hace 15 días, mientras dormía. Duerme mal, a pesar de la medicación que toma. Se queja de ánimo bajo, irritabilidad y un miedo intenso a la gente: «Todo el mundo me mira sin parar, se ríen y hablan de mi…ellos sabrán lo que dicen” Habla también de sentimientos de culpa difusos, sin poder concretar el motivo. “Me equivoco un montón, en el trabajo, en mi familia…en todo lo que hago”. Resalta también una tartamudez que aparece entorpeciendo su discurso, efecto de los nervios, supongo. Valentín no tiene contacto a penas con nadie fuera de su familia desde hace años, ya que según dice el trabajo de camionero que ejercía, se lo impedía, ya que pasaba temporadas fuera de su pueblo. Ahora se encuentra de baja desde hace 6 meses.

Valentín es el segundo de seis hermanos. Su madre vive pero su padre falleció hace unos 3 años de un derrame cerebral. Convive con su mujer con la que lleva casado 12 ó 13 años, y tiene dos hijos, el mayor de 12 y la pequeña de 4. Durante su relato se aprecia que tiene muchas dificultades para concretar las fechas de sucesos importantes de su vida, y es solamente tras una gran insistencia por mi parte que responde con unas fechas aproximadas.

A medida que va transcurriendo la entrevista aumenta la angustia de Valentín hasta que llega un momento en que es tan intensa que no es capaz de seguir con la sesión y me pide abrir la puerta de la consulta porque no puede aguantar con ella cerrada. Inquieto y sudoroso, parece muy asustado y desconfiado. Intento tranquilizarlo y poner palabras a lo que le puede estar pasando, pero no cede la angustia. Su actitud durante la entrevista, desembocando en esta reacción de angustia intensa, junto con las ideas de perjuicio que me acaba de relatar me hacen pensar que es un cuadro más grave del que ha diagnosticado la psiquiatra (Trastorno de ansiedad generalizada) y decido ponerme en contacto con ella para que pueda valorarlo por su parte de nuevo para una posible contención con psicofármacos más acorde a lo que yo he visto. Me fijo también en la fecha de la próxima revisión con psiquiatría que no tiene hasta tres meses después y pienso que necesitaría un seguimiento más frecuente, al menos en este momento. Yo, por mi parte, le cito para la semana siguiente para continuar la entrevista.

A la siguiente sesión acude con aspecto descuidado, sin afeitar, pelo grasiento, uñas sucias y largas, y con un fuerte olor corporal, pero para mi sorpresa, bastante más tranquilo. Con el rostro más relajado y con un discurso mucho menos entrecortado y calmado dice que se encuentra mejor. La ansiedad ha disminuido bastante y con ella las ideas sobre que la gente hablaba de él y que no valía nada, que todo lo hacía mal. Relaciona la mejoría con la medicación y refiere haber estado pensando en qué cosas son las que le estaban poniendo así. “Yo sé que todo el mundo tiene problemas, que a todo el mundo se le rompe el coche, que tiene problemas de dinero…yo no estaba viendo las cosas que tengo buenas”.

La diferencia en su actitud y su discurso en comparación con la primera vez que nos vimos es drástica. Me sorprende y a la vez me tranquiliza un poco. Esto, junto con su negativa a pensar sobre lo que le ha pasado y junto con la presión asistencial que hay en mi centro que me hace estar atenta para gestionar de la mejor manera los recursos dedicados a la psicoterapia (en este caso mi tiempo) hacen que me decida a proponerle una cita más en diez días en la cual, por una parte, yo le daría el alta previsiblemente, y por otra me serviría para hacerle un seguimiento hasta que llegue la cita con su psiquiatra y dejarle en sus manos. Pero no acude.

Sin embargo, unos días después llama al centro pidiendo otra cita conmigo.

Esta vez si acude y explica su falta diciendo que había un error en la cita; no especifica y yo tampoco pregunto más. Dice que estuvo bien durante unos días pero que luego volvió a estar mal: “No quiero ver el mundo, no tengo ganas de luchar por algo. Intento dormir y pasar todo el día. Ahora pienso, ¿para qué voy a coger el coche si se me va a romper? ¿para qué voy a cocinar si luego me va a sobrar?”. Me fijo en el miedo que intuyo en sus palabras e intento devolverle que quizá ese miedo lo paraliza, como si mediante la inhibición puede estar a salvo de lo que teme. “Hace 6 ó 7 meses yo estaba más agresivo de lo normal. Todo era enfado, todo agobio; estaba conduciendo un camión y no podía ver que alguien se equivocase. Era subirme al camión y me transformaba. Ese enfado, luego, como que se me volvía”. Hablamos de que quizá tuviese la sensación de que como él estaba enfadado, los demás también lo iban a estar con él y le iban a hacer algo malo, como un mecanismo proyectivo, de ahí el miedo a la gente. En relación al enfado dice: “No es una cosa que aparece de la noche a la mañana. Cosas que no te gustan, que no las puedes cambiar y las vas aguantando. Si se te rompe algo y tienes ya otra cosa rota ya son dos cosas…y te vas a volver loco del todo.” Enfado y miedo están muy enlazados en su discurso. Le pregunto por el miedo. Siempre que le pregunto, siento que tiene que hacer un esfuerzo enorme para contestar, y se muestra con cierta agresividad en el tono de voz por la molestia que le suponen mis insistencias para que me aclare lo que piensa y siente en diferentes momentos. Cuando habla, tartamudea también. “No es miedo, soy un hombre y no me van a violar, pero ¡no lo sé!…Perdona por hablarte así, cielo. Es que hablo así.” Le señalo que justamente “cielo” es, en si, una palabra nada agresiva, pensando en que suaviza su irritación hacia mi con estas palabras de cuidado. Esto es algo que hace desde la primera consulta, usando mi nombre con diminutivos y otras palabras cariñosas.

Valentín en el pasado, se recuerda diferente: “Antes era más alegre, valiente, más feliz. Me gustaba salir mucho”. Le pregunto que desde cuando siente que no es así e intento explorar si la muerte de su padre tiene que ver con estos cambios que ha visto en él. Al nombrar a su padre parece que se emociona: “Fue un palo, la verdad. Yo subía para Madrid y me llamó mi hermana… La muerte de mi padre yo no lo ASIMILO con esto”. Al oír esto, me sorprendo. Creo que puede tratarse de un lapsus, por el que en vez de , decir “ASOCIO” dice “ASIMILO” expresando de esa manera precisamente lo que quizá no haya podido hacer con respecto a la muerte de su padre. Pero no le señalo nada; al ver su actitud con cierto recelo a cuestionarse algunas cosas, siento que no serviría de nada en este momento.

Termina la sesión y le propongo que nos veamos de una manera regular, semanalmente, durante un tiempo. Hago hincapié en el compromiso por su parte que requiere el tratamiento y enuncio de alguna manera la asociación libre. Siento que hay cosas que se pueden trabajar y que aunque le cuesta, él está dispuesto. Creo que es importante describir el contexto de la institución donde se le atiende a Valentín, ya que en el CSM público donde trabajo, si bien es un CSM donde se tiene en consideración los beneficios de la psicoterapia, no se disponen de muchos recursos para la misma y de alguna manera hacer una propuesta para vernos semanalmente supone una especie de apuesta importante por mi parte en que pueda servirle, ya que hay un número de pacientes nuevos que se espera que vea mensualmente, y una frecuencia semanal en sus sesiones me dejaría con menos tiempo para ello.

Una semana después nos volvemos a ver. Se siente solo y le cuesta salir de la cama; dice además no identificar ningún pensamiento asociado a esos momentos de malestar. “Solo es “miedo a los problemas, a la vida…En el camión yo me enfadaba con el mundo, con la gente que se equivocaba, ahora ¿Por qué no disfruto con mis hijos? Me enfado conmigo mismo. Estoy muy cansado, no sé lo que necesito”. Por mi parte, tengo muy presente la muerte de su padre y le pregunto si cree que tendría que ver con esto parte de su malestar. “Era muy bueno, todo lo que pedías te lo daba, nunca nos ha pegado, pero… yo no lo asimilo con eso”. Vuelve con el lapsus y esta vez si que se lo señalo, pero sin efecto aparente ya que, se excusa y explica lo que quería decir de otra manera, sin reconocerse en él. Su discurso sigue muy centrado en el miedo: “A lo mejor un día te caes cinco veces y luego crees que te vas a caer siempre; tengo miedo a andar porque me puedo caer; Antes no veía a mi hija…estaba en el camión, venía algunos días solo…Ahora que puedo no lo hago. Es como algo que tengo que hacer por obligación. No tengo ganas de pasarlo bien, tengo ganas pero no quiero”. En este momento, cuando enlaza con el tema de su hija, me doy cuenta de que el año del nacimiento de su niña y de la muerte de su padre es el mismo y le pregunto qué es lo que sucedió primero: “Se llevaban 4 ó 5 días, bueno, no, espera…Mi padre murió en septiembre y mi hija nació en noviembre. La tristeza de una cosa y la alegría de la otra”. Parece que estos dos hechos están muy solapados en Valentín, y le puede resultar difícil hacer convivir las dos emociones asociadas a los mismos, tan intensas.

En la siguiente cita continuamos con esa sensación de miedo tan intensa “no sé explicarlo…necesidad quizá de que me den una buena noticia…mi mujer solo me llama cuando se ha roto algo o ha pasado algo. A lo mejor que no estoy contento conmigo mismo, que soy yo el culpable”. Cuenta que la primera vez que sintió ese miedo fue trabajando “me puse a llorar y no quería seguir para adelante”. Describe ejemplos en los que está entre dos opciones y acaba por no hacer nada: “chillar o no chillar; hacer lo que dice el jefe o lo que yo creo… Alguien me tiene que decir porque si no, yo no lo hago”. En un intento por concretar un poco más ese miedo difuso del que habla y que tanto lo paraliza, señalo que quizá tenga que ver con el miedo a equivocarse o a que le reprochen.

Y llega la sesión siguiente, a la que no acude. Cuando llamo para interesarme por su falta veo que los números de teléfono que ha facilitado en el centro no están disponibles, por lo que no consigo contactar con él. Me preocupa porque creo que no se encuentra bien y que no le resulta fácil pedir ayuda, sobre todo por las dificultades que tiene al expresarse, que le pueden generar mucha frustración (frustración que al menos a mi me genera en las sesiones) y abandonar el tratamiento. Se lo comento a su psiquiatra para que en la próxima cita que tenga con él pueda pedirle un número de teléfono que esté disponible para poder localizarle y ofrecerle vernos de nuevo. Pero pasadas unas semanas vuelve por mi consulta él solo, pidiendo otra cita; y se la doy.

Nos volvemos a ver un mes después de la última sesión, y cuando viene se disculpa por las faltas, alegando que una vez estuvo enfermo y que en otra ocasión le coincidió la cita que tenía conmigo con otra cita. Yo insisto en la importancia de vernos con una cierta frecuencia para poder trabajar, pensando también, sin llegar a decírselo, que la posibilidad que le estoy ofreciendo de vernos semanalmente es una especie de “lujo” en el centro público donde trabajo y que él no lo está aprovechando.

En esta sesión manifiesta un empeoramiento: “Siempre enfadado, siempre con mucho miedo. Tomo pastillas pero no duermo, no levanto cabeza, no salgo a la calle…porque no quiero salir, estoy más a gusto en mi casa. No me gusta la gente, odio a la gente. Antes me daba miedo lo que decían pero yo estaba más fuerte…ahora estoy como un perro al que le han dado dos patadas, que piensa que le van a hacer algo. En casa estoy a gusto, porque la gente nada más que hace daño”.

“Yo creo que a mi me ha cambiado la vida, y no es una cosa concreta” Habla de que su suegra está viviendo en su casa desde hace 8 ó 9 meses y que esto ha provocado una reorganización en la distribución de la familia a la hora de dormir, teniendo que dormir él en la habitación de su hija: “yo no la puedo ver, si yo le digo a mi mujer que no quiero tengo problemas, y si no le digo nada me enfado”.

Cuenta que hace años que le ha cambiado la vida, que el hecho de que su suegra se haya mudado tiene parte de culpa, pero que no es solo eso. Intentamos ver cuando siente que se produjo el cambio: “cuando conocí a mi mujer puede ser, hace 14 años o así. Hay cosas de su forma de ser que me sacan de quicio. No he dicho que sea mala pero la odio; su manera de ser…es muy buena pero no es cariñosa, ni pregunta qué tal, ni caricias, ni abrazos. Ella es muy distinta a mi…no lo sé, es buena”. Cuando estamos terminando la consulta le llama su mujer por teléfono para preguntarle si está todavía en la consulta o si está tomándose un café en un bar cercano al centro. La forma de hablarle es brusca. Cuando cuelga admite que le molesta que su mujer le haga esa pregunta y que no sepa de sus cosas, que no suponga que seguía en la consulta.

Valentín transmite muchísima rabia, una rabia que no puede manejar y que proyecta de forma difusa en el mundo.

En la siguiente sesión viene de nuevo con una queja de empeoramiento, sin ganas de nada y enfadado con el mundo entero. Habla de que siente mucha rabia con cosas que ve dentro de si mismo, de su vida y que no puede cambiar. Hago referencia a la muerte de su padre, como algo doloroso que no puede cambiar, y continua: “Odio a mi familia y a mis hijos”. Dice no poder dormir y al preguntarle por las cosas que le pasan por la cabeza cuando no puede hacerlo me habla por primera vez de las cosas que piensa, (por fin puede pensar!): “Recuerdo que de crío se rompía un jarrón o lo que sea…y siempre era yo el culpable. En mi casa siempre he dicho las cosas bien dichas, pero no me escuchan. Yo quiero decir las cosas bien pero no me hacen caso si no chillo; Aún sigo en las mismas porque todo lo que pasa en el mundo es por mi culpa” Vemos como esa imagen de malo que tiene en su cabeza es la que proyecta en los demás, como si ellos pensasen lo mismo que él siente de sí mismo. Lo veo muy angustiado y me saltan dudas de si podrá controlar esa rabia que transmite. Me preocupa y pensando en una contención farmacológica le ofrezco la posibilidad de hablar con su psiquiatra para adelantar la cita y que pueda ver con ella algo que baje su intensa ansiedad. Pero lo rechaza.

Acude a la siguiente cita y continua relatando la sensación de miedo a que la gente le haga daño. Cuenta que por la noche oye la alarma del coche y que baja al garaje para comprobar que no sea la suya. Le pregunto por qué querrían hacerle daño: “No se castiga al que hace daño pero tú te quedas con el daño. Pienso que la gente es más mala que todo. Yo he sido la oveja negra de mi familia. El Valentín es no sé qué…luego en el trabajo mi jefe también” Intento poner palabras a lo que puede estar sintiendo y le devuelvo que parece que siente que el mundo le ha tratado muy mal y que está muy enfadado. “Yo no puedo pedir un café en la barra si no vienen donde estoy yo. Me enfado si alguien que ha llegado después lo pide y se lo dan. Sé que tengo que pedirlo, pero a lo mejor si chillo, se darían la vuelta y pensarían: ¡Mira éste!”. “A mí me ha cambiado el metabolismo. Mi mujer me dice: deja de fumar en el salón, me fastidia y no lo hago pero… ¿por qué no puedo hacerlo?”. Valentín habla enfadado, describiendo situaciones que considera injustas y que le producen mucha rabia que desde hace un tiempo no puede digerir. Lo más curioso es que al preguntarle si de pequeño solía enfadarse también, lo niega rotundamente y dice que de pequeño no se enfadaba nunca. “Yo prefiero un petardo fuerte a muchos pequeños”.

Una semana más tarde viene con un retraso de 20 minutos, excusándose, diciendo que se le ha hecho tarde. Se encuentra algo mejor y me cuenta algo que no me ha contado antes y que cree que es lo que le está haciendo estar así. Dice que su jefe le trataba muy mal y que hace 6 u 8 meses le despidieron sin pagarle indemnización por lo que comenzó un proceso judicial siendo este el motivo. La semana pasada salió la sentencia por la cual tenían o que pagarle o recontratarle. El jefe decidió recontratarle y él ahora, no quiere por nada del mundo volver al trabajo porque no puede aguantar el maltrato al que le somete su jefe. Es significativo cómo ni su abogado ni el juez tienen la información relacionada con esas agresiones del jefe porque él no se lo ha dicho. Dice que no lo cuenta porque le da vergüenza que un hombre esté así por eso. A su psiquiatra tampoco se lo ha contado y tardará mucho en hacerlo por la misma razón.

Se siente injustamente tratado y se queja de que no tiene testigos, a pesar de que sus compañeros muchas veces han hecho comentarios en relación a lo que Valentín tiene que aguantar.

A la cita siguiente no acude pero se pasa por mi consulta dos días después y me pide una nueva cita. Se la doy para dos semanas después.

Y vuelve a llegar tarde, 20 minutos de retraso que a mí me enfadan. Miro en el ordenador el número de faltas y retrasos que lleva Valentín para confrontarle con eso y volver a hablar del compromiso con el tratamiento, y al revisar la última cita con psiquiatría, veo una nota de su psiquiatra “no acude ni avisa”. Al ver esto cuando Valentín llega comienzo la sesión con el tema de los retrasos y las faltas, señalando el poco compromiso que muestra con su tratamiento, con la psicoterapia, y con el farmacológico, ya que, como le digo, he visto que también ha faltado a su cita con la psiquiatra. Él me dice que no es así, que es verdad que ha llegado tarde varios días a mi consulta y que en otros momentos no ha venido pero que con su psiquiatra siempre ha acudido. Yo no sé qué pensar y vuelvo a mirar en los datos registrados en el ordenador en busca de fechas concretas con las que probar lo que digo y para mi sorpresa me doy cuenta de que tras la nota de: “no acude no avisa”, de su psiquiatra, había una nueva entrada de ese mismo día, horas más tarde, donde se resumía la cita psiquiátrica.

Me siento avergonzada y culpable por haberlo acusado injustamente; le digo que ha sido un error y me disculpo. Él no muestra enfado e incluso cuando le pido perdón dice que no es necesario que lo haga, que no pasa nada. Continuamos la sesión pero yo noto que hay algo que se ha roto en la relación; siento que estamos muy separados, como si ambos estuviésemos planeando sobre la superficie de lo que estamos hablando en la sesión, sin bajar y colocarnos uno frente al otro para hablar en profundidad de lo que va saliendo. Como dos bailarines que no van al compás a partir del pisotón de uno a otro. Siento que hemos descarrilado pero continuo con la sesión. Volvemos a hablar de todo el enfado que siente por dentro y que a veces saca, sin poder remediarlo, sintiéndose después muy culpable y haciendo intentos de repararlo, como cuando tiene palabras cariñosas conmigo en la consulta. Hablamos también de que es raro que no se enfadase de pequeño nunca y cómo las culpas siempre eran para él. Y entonces me doy cuenta. Yo estoy repitiendo, diciéndole que ha faltado a una cita cuando no es así, culpándole de algo que no ha hecho, como siente que hacía siempre su madre. Pongo sobre la mesa este hecho, cómo en la consulta ha debido de sentirse de manera parecida a cómo se pudo sentir de niño en las ocasiones en las que sentía que le hacían culpable de todo, sin razón. Valentín se sincera y podemos hablar del enfado que le he provocado con mi acusación y que minutos antes no se había permitido. Aquel aspecto, generalmente disociado, del paciente, puede ser reintroducido en la relación. Más aún, ello le puede hacer salir de la repetición del fracaso, a cambio de tolerar su agresividad frente al otro.

Una semana después viene contando que aunque se mantiene el miedo, se siente algo más relajado. Algo más reflexivo también en consulta. “Puede ser algo del pasado que no sé lo que es. Me he creído que era malo. No confío en la gente, porque creo que se van a meter conmigo. Últimamente no aguantaba ni pisar una piedra…las cabezas cuando se bloquean es como una defensa. Cuando uno está muy enfadado chilla y se relaja. Las personas que no se descargan lo llevan todo dentro”. Hablamos del miedo a decir lo que le molestaba y cuenta que una profesora del colegio le decía que él sabía las cosas pero que al final no decía nada. “No decía nada porque nunca me creían”.

Su padre trabajaba con un camión: “Él nunca se ha metido conmigo”. Pero su madre y la gente del pueblo donde vivía si y cuenta un episodio en el que unos niños con los que jugaba rompieron un melocotonero y acabaron culpándole a él: “Yo no corría porque no había sido, pero luego me cogían de las orejas y me llevaban a casa. Mi madre no preguntaba. Me he comido muchas sin ser, y luego que nadie me ha escuchado. Después el jefe…y el juez no me ha preguntado”. Yo saco el tema de que aquí también se repitió lo mismo la semana pasada “El venir aquí, al principio no quería, porque no sabía si me ibas a escuchar… pero me escuchas, a mi me vale”.

Este momento particular de la relación, produce un giro evidente en la misma, posibilitado muy probablemente por el gesto de la terapeuta al asumir su error e introducirlo en el campo terapéutico. Esto le permite al paciente salir de la repetición a la que está sometido sin poder evitarlo. Ese enactment de la terapeuta cuando se deja llevar por la tendencia acusatoria, síntoma vital del paciente, que repite inconscientemente su fantasma, es precisamente el que le va a permitir romper con la tónica de fracaso a la que el tratamiento parece abocado, como otras relaciones del paciente.

Valentín siente que no puede defenderse cuando es la palabra de otro contra la suya: “Me las comía todas. Es como un bulo que se me ha creado…yo estaba condenado, rompía mis juguetes. Hasta cuando no estaba presente, si pasaba algo era yo”. Continua expresando el deseo de que le gustaría que hubiese un testigo de lo que pasa en la vida para que las cosas injustas no pasen. Le pregunto si le gustaría que ese testigo hubiese sido su padre: “Si. ¡Era más bueno!… ¡lo quería más!… No me dormía hasta que no venía. Me veía bien, seguro”. Al final de esta sesión, cuando le estoy dando la cita para dos semanas después, ya que coinciden días de fiesta, me enseña una foto de su cartera “Mira qué cara tenía cuando era pequeño”. Cara de bueno, le digo yo. “Era bueno y me han hecho malo” – responde.

En otra sesión posterior Valentín describirá a su padre como “un hombre tranquilo, nunca se ha pegado, a nosotros tampoco…era mi protector, era muy especial. Yo tenía una “camica” buena. Si le decías que esto era amarillo, no te decía ¡pero qué dices!. Te dejaba hablar. Era un cielo. Cuando se va esa persona…”. Pienso en la figura de testigo que tanto echa de menos ahora en su vida y que su padre pudo representar en muchos momentos. Alguien que le crea, que pueda dejar a un lado las acusaciones injustas y ver a ese “niño con cara de bueno”, que a veces puede equivocarse o enfadarse sin que se pongan en riesgo los vínculos.

Las sesiones con Valentín continuaron durante un tiempo más, hasta que tuvo que incorporarse a su puesto de trabajo, no sin angustia. Y dada las condiciones del mismo, con viajes que le mantenían fuera de la provincia durante temporadas más o menos largas, no pudimos continuar con el tratamiento.

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[1]. Cristina Martínez. Psicóloga clínica. Centro de Salud Mental Vicente Campillo de Molina de Segura, Murcia. Miembro en formación del Centro Psicoanalítico de Madrid.

[2]. Esteban Ferrández. Psicoanalista. Miembro didacta del Centro Psicoanalítico de Madrid.