Adolescencia : el fin de la ingenuidad.

Revista del CPM número 13

Por Luis Kancyper

No resulta cierto el apotegma: “simplex sigillum veri”: la simplicidad es el sello de la verdad.

La adolescencia requiere una explicación de un nivel teórico-clínico de mayor complejidad. En ella se contraponen múltiples juegos de fuerzas dentro de un campo dinámico: los movimientos paradojales del narcisismo en las dimensiones intrasubjetiva e intersubjetiva y las relaciones de dominio entre padres e hijos y entre hermanos.

Lo que caracteriza a la adolescencia es el encuentro del objeto genital exogámico, la elección vocacional más allá de los mandatos parentales y la recomposición de los vínculos sociales y económicos. Y lo que la particulariza metapsicológicamente a este período, es que representa la etapa de la resignificación retroactiva por excelencia.

La instrumentación del concepto de la resignificación, del a-posteriori (nachtraglichkeit), posibilita efectuar fecundas consideraciones clínicas.

En este sentido, el período de la adolescencia sería a la vez un punto de llegada y un punto de partida fundamentales.

Es a partir de la adolescencia como punto de llegada, que podemos colegir retroactivamente las inscripciones y traumas que en un tiempo anterior permanecieron acallados en forma caótica y latente y adquieren, recién en este período, significación y efectos patógenos.

Por eso sostengo que “aquello que se silencia en la infancia suele manifestarse a gritos durante la adolescencia”.

Y como punto de partida, es el tiempo que posibilita la apertura hacia nuevas significaciones y logros a conquistar, dando origen a imprevisibles adquisiciones.

En efecto, la adolescencia representa el “segundo apogeo del desarrollo”(Freud,1926), la etapa privilegiada de la resignificación y de la alternativa en la que el sujeto tiene la opción de poder efectuar transformaciones inéditas en su personalidad.

En esta fase se resignifican por un lado las situaciones de traumas anteriores, y por el otro lado, se desata un recambio estructural en todas las instancias del aparato anímico del adolescente: el reordenamiento identificatorio en el yo, en el superyó, en el ideal del yo y en el yo ideal y la elaboración de intensas angustias que necesariamente deberá tramitar el adolescente y sus padres y hermanos para posibilitar el despliegue de un proceso fundamental para acceder a la plasmación de la identidad: la confrontación generacional y fraterna. (Kancyper,1987).

Esta requiere, como precondición, la admisión de la alteridad, de la mismidad y de la semejanza en la relaciones parento-filiales y entre los hermanos.. Para lo cual, cada uno de estos integrantes necesita atravesar por ineluctables y variados duelos en las dimensiones narcisista, edípica y fraterna.

Resignificación, memoria y confrontación generacional

“Le viene bien al hombre un poco de oposición. Las cometas se levantan contra el viento, no a favor de él”. (Cervantes)

La resignificación activa una memoria particular, aquella relacionada con las escenas traumáticas de la historia críptica del sujeto y a la vez entramada con las historias inconscientes y ocultas de sus progenitores y hermanos.

Historias y memorias entrecruzadas que han participado en la génesis y mantenimiento de ciertos procesos identificatorios alienantes.

La memoria de la resignifcación, «esa centinela del alma «(Shakespeare,El rey Lear) abre, en un momento inesperado, las puertas del olvido y da salida a una volcánica emergencia de un caótico conjunto de escenas traumáticas que han sido largamente suprimidas y no significadas durante años e incluso generaciones.

La resignificación de lo traumático, acontece durante todas las etapas de la vida, -porque el trauma tiene su memoria y la conserva-, pero estalla fundamentalmente durante la adolescencia. Etapa culminante caracterizada por la presencia de caos y de crisis insoslayables. Porque en esta fase del desarrollo, se precipitan la resignificación de lo no significado y traumático de etapas anteriores a la remoción de las identificaciones, para poder acceder al reordenamiento identificatorio y a la confirmación de la identidad.

Es durante la adolescencia, en donde las investiduras narcisistas parento-filiales y fraternales que no fueron resueltas, ni abandonadas, entran en colisión. Estas requieren ser confrontadas con lo depositado por los otros significativos, para que el sujeto logre reordenar su sistema heteróclito de identificaciones que lo alienaron en el proyecto identificatorio originario. Lo identificado (identificación proyectiva para unos, depositación y especularidad para otros) responde siempre a lo desmentido tanto para el depositante como así también para el depositario.

Todo sujeto tendrá que inexorablemente atravesar por el angustioso acto de la confrontación con sus padres y hermanos en las realidades externa y psíquica para desasirse de aquellos aspectos desestructurantes de ciertas identificaciones. Tendrá que afrontar con lo que el otro (madre, padre, hermano) nunca pudo confrontar.

La confrontación coloca al otro (del cual el sujeto depende) en la situación de perder a su depositario, es decir conlleva el peligro de desestructurar su organización narcisista. La desestructuración del vínculo patológico narcisista arrastra y desencadena la desestructuración narcisista del otro. Este proceso, que amenaza con un doble desgarro narcisista, puede ir acompañado de intensos síntomas y angustias de despersonalización o desrealización por ambas partes del vínculo.

Las fantasías de muerte que se disparan antes y durante el acto de la confrontación suelen ser la manifestación de la muerte de estas instalaciones narcisistas y de ciertas idealizaciones e ilusiones, de la caída en definitiva, de sobreinvestiduras maravillosas que suelen subjetivarse como momentos de tragedia en la lógica narcisista.

“Las investiduras narcisistas trastocan los roles en la trama familiar, alterando la configuración del tablero de parentesco.

Los hijos no llegan a ocupar el lugar simbólico de hijo ni de hermano y los progenitores no logran rescatarse del primitivo lugar de hijo o de hermanos, dando lugar a identificaciones alienantes.

El hijo puede llegar a cargar con la sombra de un duelo por un objeto no resuelto en los progenitores. Este objeto es doblemente inconsciente (tanto para el depositario como así también para el depositante) situación que sólo la reconstrucción de la historia (primero en la mente del analista) le puede dar la verdadera representación que tiene.

Lo no confrontado de estas identificaciones alienantes de la adolescencia, permanece escindido y por lo tanto activo en la forma que puede estar lo inconscientemente escindido”. (Aragonés).

La resolución de estas identificaciones alienantes requiere ser aprehendida desde el conjunto del campo dinámico parento-filial y fraterno, hecho que se podría traducir en la teoría de la técnica, en algunos tipos de intervención con los padres y /o hermanos para procesar los efectos de lo escindido y de lo resignicado.

La resignificación no es el descubrimiento de un evento que se ha olvidado, sino un intento por medio de la interpretación, construcción e historización de extraer una comprensión nueva del significado de ese evento enigmático y ocultado.

La memoria de la resignificación “resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción: algo así como la forma que la eternidad puede asumir en el incesante tránsito” ( Sábato).

“El concepto de la resignificación trasciende la polaridad entre la realidad histórica y
la realidad psíquica. Es el momento en que lo traumático del pasado se liga –con la ayuda de las sensaciones, emociones , sentimientos. imágenes y palabras del presente – de este modo lo escindido se integra a la realidad psíquica y puede por lo tanto someterse recién a la represión y al olvido ·(Kunstlicher)
En efecto, es el momento en que el pasado misterioso, repetitivo e incomprensible se torna súbitamente en una realidad más clara y audible y al ser integrado y reordenado en la realidad psíquica permite al adolescente reescribir su propia historia.

Lo importante en nuestro trabajo clínico no es restituir el pasado ni buscarlo para revivirlo sino para reescribirlo en una diferente estructura. Se trata menos de recordar que de reescribir. El acento recae más sobre la reescritura que sobre la reviviscencia. Lo revivido es fundamental pero no suficiente. Es el punto de partida pero no el punto de llegada, que es la reestructuración.

El sujeto se define según cómo se resignifique, es decir, según cómo reestructure su biografía para transformarla en su propia historia.(Kancyper,1985,1990,1991,1992).

Considero que en la situación analítica, el analista requiere posicionarse en un lugar singular, para poder ejercer la función de un “aliado transitorio” del adolescente y de los padres del adolescente. El término transitorio, alude a la función temporal y mediadora que ejerce el analista durante el proceso analítico, como un aliado provisional y perecedero, opuesto a lo perpetuo y perenne. A la vez se refiere a su función de tránsito, como aquel otro significativo que propicia en el analizante: la circulación, movimiento, trayecto y cambio en la relación dinámica entre las realidades intrapsíquica e intersubjetiva.

En efecto, el analista requiere funcionar en la realidad intersubjetiva como un aliado transitorio- y no como un cómplice- tanto del adolescente como así también de sus padres; para que en el eje parento-filial de la vida anímica , padres e hijos se animen a librar la “gran batalla” durante el acto de la confrontación generacional y fraterna.

Al mismo tiempo, el analista requiere operar durante el proceso analítico del adolescente como un “otro auxiliar”(Freud 1921), para favorecer el tránsito entre las realidades material y psíquica. Y en esta última requiere operar además como el yo mismo, como un “ser fronterizo” (Freud 1923); mediando el tránsito del yo con el ello , con la realidad externa y con el ideal del yo, yo ideal y superyo del propio analizante.

Fin de la Ingenuidad

La adolescencia es “el momento más importante y más dramático de la vida; representa un momento trágico: el fin de la ingenuidad” (Balthus). El término ingenuidad denota la inocencia de quien ha nacido en un lugar del cual no se ha movido y, por lo tanto, carente de experiencia.

Ingenuo es: lo primitivo, lo dado, lo heredado y no cuestionado. Deriva de la raíz indoeuropea gn que significa a la vez nacer y conocer.

“Ingenuus era en tiempos de los romanos el ciudadano nativo. Con el tiempo la idea de nativo se confundió con la de lugareño y ésta a su vez tomó la significación de cándido, sujeto capaz de creerse cualquier cosa” (Zimmerman)

La adolescencia representa un momento trágico en el ciclo vital humano, porque en esta etapa se requiere sacrificar la ingenuidad inherente al período de la inocencia de la sexualidad infantil y el azaroso lugar ignorado del juego enigmático de las identificaciones alienantes e impuestas al niño por los otros.

Estas deberían ser develadas y procesadas en esta fase del desarrollo, para que el adolescente alcance a conquistar un conocimiento y un inédito reordenamiento de lo heredado y dar a luz a un propio proyecto desiderativo sexual y vocacional.

Proyecto, que logrado, estructurará y orientará su identidad, y que al ser asumido con responsabilidad por él , pondrá un fin a su otrora posición : la de una ingenua víctima pasiva de la niñez.

Concuerdo absolutamente con Bergeret, en que resulta necesaria la revalorización, aún mucho más de lo que se ha hecho hasta el presente, de la cualidad de flexibilización al cambio psíquico albergado en el período de la adolescencia; porque es en esta nueva etapa libidinal , en donde se producen las transformaciones psíquicas, somáticas y sociales que posibilitan al sujeto la aparición de un mutación psíquica estructural, en medio de un huracán pulsional y conflictual.

“No hay adolescentes sin problemas, sin sufrimientos, este es quizá el período más doloroso de la vida. Pero es, simultáneamente, el período de las alegrías más intensas, pleno de fuerza, de promesas de vida, de expansión” (Dolto).

“Es en las manifestaciones de esta ineludible crisis de sentido, donde se agazapa la posibilidad de resistencia del adolescente y el germen de la alternativa para pensarse distinto” ( Kononovich de Kancyper).

El adolescente posee por un lado -en esta etapa de mayor maduración emocional y cognitiva– nuevas herramientas para reflexionar sobre los enigmas e impresiones del pasado; pero por otro lado, adolece también de períodos de turbulencia, y ésta puede ser una oportunidad imperdible para la construcción e historización de aquello, que desde los tiempos remotos, permaneció oculto, misterioso y escindido. En esta fase ruidosa del desarrollo, tanto el adolescente como también sus padres y hermanos, requieren tropezar con ineluctables y variados escándalos.

El término escándalo, del griego skándalon, significó primitivamente obstáculo, bloque que se interpone en el camino como acto que provoca indignación y sobresalto.(Zimmerman).También quiere decir estrépito, estupefacción y desorientación. Por la idea de algo colocado expresamente para que los demás tropiecen, se sobresalten y pierdan el equilibrio de sus ideas o convicciones.

En ese sentido, la falta de escándalos opera como un indicador clínico elocuente de la psicopatología de la adolescencia; porque esa ausencia devela, precisamente, la presencia del accionar de severas contrainvestiduras y desmentidas que inhiben y hasta paralizan el inexorable acto de la confrontación generacional y fraterna.

En efecto, el adolescente y sus padres atraviesan durante la fase de la adolescencia por frecuentes escándalos desencadenados, entre otros motivos, por el recambio pulsional que se suscita en la adolescencia y menopausia respectivamente. Situación, que resignifica de un modo caótico, el arsenal de las otroras identificaciones, traumas, ideales y creencias.

Al mismo tiempo, tanto el hijo como así también sus progenitores, asisten pasivamente a la irrupción de cambios corporales y sexuales. Tal vez, la pasividad y sufrimiento de estas mutaciones originadas fuera del dominio voluntario en el hijo y en los padres, haya desencadenado la represión del significado inicial del término adolescencia, tomado del latín adolescens: hombre joven, participio activo de adoléscere: crecer y se lo haya oscurecido y homologado a adolecer, como un padecimiento pasivo. Reprimiendo y escindiendo,en cambio, los aspectos cuestionadores y de rebeldía fulgurante inherentes a esta etapa de la vida .

Bordelois sostiene que ”si hacemos un rastreo hasta el origen de las palabras, es muy interesante ver cómo el sentido de las primeras raíces van cambiando, se van oscureciendo y se van reflotando significaciones a través del tiempo. La idea no es mirar lo que nos dice la historia primera de cada palabra para restituir esa verdad, sino adivinar qué pasó en el camino y por qué se perdieron esas verdades. Por eso buscar la etimología de las palabras es hacer la historia de
las represiones.

En un comienzo, las palabras dijeron una cosa y después vinieron las instituciones, la historia, los filósofos, las culturas, nosotros… y los sentidos cambiaron.
Ninguna palabra muta su sentido porque sí. Se dan fenómenos culturales o sociales para que esto ocurra.”

En este sentido me interrogo: ¿si la represión del término adolescencia como crecimiento y su sustitución por padecimiento, no pone de manifiesto una mirada adultomórfica, que devela la historia de las relaciones de poder, macrofísicas y microfísicas, manifiestas y latentes, que se despliegan inexorablemente en el campo intergeneracional entre el hijo que crece y los progenitores que no logran duelar el paso del tiempo y el afán de inmortalidad?

El adulto ante el espejo de la ingenuidad

  1. El adolescente confronta al adulto con una nueva mirada que, en su aparente y candorosa ingenuidad, desnuda al adulto y le hace advertir los absurdos a los que se había acostumbrado.
  2. 2.El adolescente se afana por descorrer los velos que tapizaron la verdad del pasado del mundo de los adultos al que intenta corregir, para asistir al alba de unos tiempos nuevos.
  3. El adulto evita mirarse en el espejo del adolescente, porque al reflejarse en él, requiere deponer el ejercicio de su abusivo poder intergeneracional.
  4. El acto de la confrontación desencadena en el adulto una actitud de oposición, porque le inflige una vejación psicológica: lo enfrenta con su propia vergüenza, culpa y cobardía al comprobar su humillante fracaso ante el incumplimiento de los ideales e ilusiones del antaño adolescente que había sido; y lo fuerza a una revisión cuestionadora del sentimiento de su propia dignidad. ”A los veinte años incendiario y a los cuarenta, bombero».
  5. El adolescente intima a que el adulto se confronte consigo mismo; con lo más íntimo y exiliado de su propio ser, lo cual resulta altamente resistido por el adulto, porque se vive presionado a encarar un trabajo psíquico impuesto, consistente en reflexionar acerca de la validez de sus propias creencias y certezas.
    Dicha situación expone al adulto a poner a prueba y a enfrentar la estabilidad de sus propios sistemas intrapsíquico e interpersonal.
  6. De lo hasta aquí desarrollado podemos colegir que el adolescente en esta nueva fase de su vida, al mismo tiempo que intenta poner fin a su propia ingenuidad, desafía el silencio de la ingenuidad defensiva de los adultos; y al confrontarlos, les aporta una revulsiva oportunidad, para sumar nuevas adquisiciones y modificaciones, en la construcción permanente del interminable proceso de la identidad individual y social.

Dr. Luis Kancyper
Dirección:Guemes 2963 piso 10. Buenos Aires. Argentina
E-mail: kancyper@uolsinectis.com.ar

Bibliografía

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