RESUMEN
Según la perspectiva psicoanalítica, el peligro es el origen tanto de la angustia, como del intento de escapar mediante las acciones adecuadas. La angustia climática se corresponde a una “angustia realista”, motivada por vivencias de desvalimiento alimentadas por la desatención del sistema al problema, y porque hace entrar en crisis la seguridad en el objeto primordial “madre naturaleza”.
Se hacen necesarios mecanismos defensivos y síntomas para tramitar la herida narcisista que abre la emergencia. Múltiples factores personales y sociales conducen según individuos y grupos a diferentes modalidades que pueden también presentarse superpuestas.
Un psicoanálisis de fronteras porosas, abierto a nuevas realidades, necesita integrar en la teoría y la clínica la problemática derivada de lo climático entre otras. En la “teorización flotante” del terapeuta tiene que caber lo relativo a la patología climática.
Palabras clave: Angustia, defensas, desmentido, escisión, identificación con el agresor, teorización flotante.
De los árboles tengo envidia.
De ver cómo los mueve el aire.
De los niños que van riendo.
De ver cómo se mueven, aire.
Blas de Otero. “En el principio”. 1964
La expresión eco-ansiedad hace referencia a la motivada por causas ambientales que abarcan el clima y otros factores, aunque siempre imbricados con él. Dudé si titular así —como eco-ansiedad— esta comunicación, pero la presencia del clima en lo “eco”, aunque abrumadora no es única y, sobre todo, porque si lo que se intenta, como aquí hago, es una aproximación de los fenómenos deletéreos climáticos a la perspectiva psicoanalítica, desde ella estamos acostumbrados a transitar primero si es posible por el origen, y después por las defensas y síntomas que se originan.
La ansiedad es un síntoma. En el caso de la “eco”, uno de los más habituales frente al malestar generado por la vivencia del ambiente global como un peligro. Y tanto éste como cualquier otro síntoma por esta causa, son la manifestación de la respuesta psicodinámica frente al peligro, que es la angustia.
Según Freud (1926b y 1933a), frente al peligro externo o interno, surgen la respuesta motriz de huida y la angustia en forma inversamente proporcional (a menor capacidad de huida más angustia y viceversa). Ello le lleva a concluir que, dado que del peligro externo siempre se puede huir, el auténtico “factor traumático” procede de dentro, pues del interior de uno mismo no se puede escapar.
Este argumento adolece a mi entender de una tendencia a simplificar lo intersubjetivo en aras de primar lo intrasubjetivo. De lo exterior no siempre es claro que se pueda huir: precisamente la situación de “identificación con el agresor” que describe Ferenczi (1933 IX), se produce cuando no hay posibilidad de huida frente a un “factor traumático”, pongamos una violación, cuando se trata de “identificarse o morir” (Ferenczi 1985). ¿Cómo se huye de un clima globalmente dañado? Estamos tan inmersos en el malestar climático como en las exigencias pulsionales.
Freud en los escritos citados, hace recuento de los peligros de origen interno que amenazan al ser humano y generan angustia: entre ellos están el desvalimiento, y la amenaza de pérdida del objeto significativo. Pero tales amenazas no son sólo intrapsíquicas. No puede haber objeto más significativo e inevitable que la naturaleza por la cual nos sentimos amenazados, dada su “hiperpotencia” intrínseca (como él lo señala en El malestar en la cultura [1930a]), pero además, desde el siglo XX, porque hemos vivido otro tipo de catástrofes que podemos llamar retaliativas, consecuencia de la acción humana. La naturaleza no parece ser una madre winnicottiana, comenta Jô Gondar, sino que contesta a los ataques. En cuanto a la angustia de desvalimiento que despierta, se hace manifiesta en el sentimiento doloroso de que “nada se puede hacer”.
La angustia climática es pues una respuesta frente al peligro, que moviliza vivencias de desvalimiento y de pérdida de seguridad en la constancia del objeto “madre naturaleza”. Se trata de una “angustia realista” (Freud 1926b), (al menos en cuanto a su desencadenante), pero en un sentido que va más allá de lo que esta expresión señala en Freud. Emparenta más con la “realidad traumática”1 que Ferenczi considera. Una realidad que provoca el “terrorismo del sufrimiento” (Ferenczi 1933 IX) causado por el daño al clima. Una realidad pertinaz, que en las grandes ciudades o en los núcleos industriales, por ejemplo, nos aplasta bajo una irrespirable boina de contaminación.
Freud no considera lo retaliativo de ciertas catástrofes llamadas naturales, pero provocadas o engrandecidas por los humanos, sólo, como quedó dicho, la “hiperpotencia de la naturaleza”. Ferenczi da muestras por el contrario en diversos momentos de su interés por la acción humana sobre el medio ambiente. Así, en una nota de su Diario Clínico (1985) titulada “Utopía”2, piensa lo que tendría que cambiar para llegar a tal estadio, y uno de tres cambios esenciales que propone lo denomina, “amaestramiento progresivo de toda la naturaleza”, formulación que a día de hoy puede ser vista como afecta de antropocentrismo, pero que apunta ya, no a una mera pasividad frente a la “hiperpotencia” de la naturaleza, sino a un trabajo sobre y con ella.
Un mundo utópico no es concebible para él sin un cuidado exquisito de la misma. El clima forma parte de la utopía de un ser humano saludable en un mundo habitable.
Según la teoría clásica, la angustia frente al peligro se tramita mediante inhibición, y de no ser esto suficiente, mediante mecanismos de defensa más complejos y síntomas asociados. Cabe preguntarse si para dominar la angustia climática, bastaría con ese primer tiempo de inhibición. La inhibición, que en Freud es lo que realiza la represión, viene a ser una suerte de salida exitosa para la angustia, de represión lograda. El contenido reprimido permanece estable sin afectar a la vida consciente. ¿Es posible tal salida cuasi exitosa y desde luego acomodaticia para la angustia climática? ¿Se reprime exitosamente y punto final? No es imposible pensarlo para algún lugar relativamente indemne y culturalmente aislado.
Más allá de esta posible excepción, la angustia ha calado en buena parte de los humanos y tiende a ser tramitada mediante mecanismos de defensa. El más dañino de ellos, el desconocimiento de tal angustia practicado por los llamados “negacionistas”. Tal defensa manifiesta el absoluto fracaso de la elaboración de la angustia por factores de orden social (capitalismo consumista) y por una patología narcisista, anclada a un estadio de self grandioso que “arroja fuera de si todo lo malo” (Freud 1925h). Lo que hay debajo es parálisis angustiada. Lo que se niega en último extremo es esa parálisis incapacitante.
Tal negación, va en muchas ocasiones más allá de lo que entendemos por negación (denegación), para convertirse en renegación, en desmentido activo de un peligro real. El desmentido se puede formular así: “no es que me paralice la angustia sino que esas cosas del clima son inventos mentirosos”. Renegación es la del presidente de la Comunidad Valenciana, quien tras haber sufrido la región las devastadoras consecuencias de las inundaciones del otoño de 2024, unos meses después, presenta un programa de gobierno denunciando el “dogmatismo climático” que achaca, no a alguna propuesta supuestamente radical, sino al conservador y mínimo “Pacto Verde Europeo”.
El negacionismo contiene una buena dosis de sadismo, que se manifiesta, por ejemplo, en el sarcasmo hacia los preocupados por el clima, y en acciones contra el medio ambiente propuestas con un tono festivo (“perfora, baby, perfora”, es el simpático lema de Trump para no sólo mantener la extracción de combustibles fósiles que están envenenando la atmósfera, sino aumentarla). La definición por Ferenczi del sadismo, más amplia que la de Freud, encaja aquí: “no tener en cuenta el sufrimiento del otro” (Ferenczi 1985).
Este tinte sádico del negacionismo se manifiesta claramente en el rechazo y desprecio a la ciencia. Valladares, eminente climatólogo, osó emitir su punto de vista sobre las grandes inundaciones en Valencia ya aludidas; según él, no podemos seguir llamando “dana” o “gota fría” a lo que causó tal desastre humano y no humano, sino que se trata de un fenómeno nuevo generado por el calentamiento del Mar Mediterráneo, que es superior incluso al de la media de los océanos. Pues bien: todo tipo de ataques, insultos, descalificaciones personales y profesionales, cayeron sobre él. Valladares estaba dando el mensaje: algo hay que hacer. El negacionismo respondiendo: no estoy dispuesto a luchar con mi parálisis, ni siquiera estoy dispuesto a reconocerla, mejor vegeto en mi delirio de grandiosidad según el cual nada debo a la naturaleza ni nada tengo que darle.
Parte del background de los negacionistas puede ser distinto según a quien nos refiramos, si a quien obtiene beneficios directos de ello, o a quien lo acepta pasivamente, aunque esta cuestión del beneficio se encuentra en mayor o menor grado siempre (“la gasolina está más barata, viajo más”). Quien acepta pasivamente el negacionismo, no fundamentalmente por lo que le reporta, está además afectado por la ya citada identificación con el agresor que Ferenczi conceptualizó. Desde su impotencia, su parálisis, se pliega al placer (ligado casi siempre al beneficio económico) que obtienen las grandes multinacionales o la banca de esquilmar la naturaleza.
Quien tome en consideración la acción de la pulsión de muerte puede recurrir además a ella para explicar el negacionismo. En mi opción, creo que esta destructividad ejercida o pasivamente aceptada, se relaciona más bien con el déficit de altruismo en las relaciones humanas y con lo no humano. El problema es una sociedad que alzaprima el individualismo y procura derivar hacia los intereses de los poderosos, depravándolas, las tendencias altruistas3, las pulsiones altruistas de las que habla Ferenczi (1985).
Yendo ahora a la angustia que moviliza el clima, entre aquellos con conciencia del progresivo deterioro del mismo, hay una variante que bien merece también ser agrupada junto con el negacionismo: el posicionamiento que refleja la defensa de “no hay salida”, o por mejor decir, “yo no puedo hacer nada por la salida”. El Excepcionalismo delega la capacidad de acción sobre los poderosos, o sobre los proyectos grandiosos, sesgados, y aislados del necesario abordaje del resto de las acciones destructivas del depredador. Muestra una dificultad o impotencia para valorar la acción propia, envuelta en la expectativa mágica de que un gran otro va a resolver la cuestión (pongamos, la ecoingeniería). Aquí la negación es de otro tipo: niego mi capacidad de acción y la proyectó sobre una imagen idealizada. Déficit narcisista e idealización consecuente. Dado que la idealización es muchas veces precisamente de los poderes que están arruinando el medio ambiente, conlleva también, como en el negacionismo pasivo, un componente de identificación con el agresor. Ferenczi concreta más este mecanismo dinámico, nombrándolo como “identificación ansiosa con el agresor”, que en lo que estamos tratando es, identificación ecoansiosa con el agresor.
Y entre los que sí respetamos la evidencia de la emergencia climática, y además la necesidad de enfrentarla, sucede que todos los días le damos la espalda al clima en mayor o menor medida, predominantemente por un procedimiento que evoca, al menos grosso modo, la “bi-escisión” que Freud entiende ocurre en el fetichismo (1927e): el yo siente la angustia, el yo toma un fetiche mediante el cual la niega. Solo que en el caso del clima, el fetiche que se elige es difuso: comodonería, facilidad, holganza, dinero, etc. El yo (self) se escinde en dos entre la conciencia climática y el fetichismo, que es en último extremo fetichismo capitalista.
Por esta defensa disociativa es, que cuando viajo a París, podría hacerlo por tren, pero son muchas más horas, así que vuelo, colaborando a gastar combustibles fósiles a raudales. Por cierto, que en uno de esos viajes iba leyendo a Searles sobre el “ambiente no humano” (Searles 1960). Un fragmento mío disfrutaba de un corto viaje en avión regando la atmósfera de contaminantes, otro trataba de encontrar ideas para contrarrestar la destrucción llegada con el Antropoceno.
Contextualizada, la bi-escisión frente a lo climático se enmarca dentro de una multiescisión frente a lo ecológico, una fragmentación del yo, puesto que el clima es una dimensión mayor a la hora de hacer un mundo habitable, pero no la única. Alguien se asea correctamente gastando sólo el agua necesaria por su preocupación climática, pero su medio de vida está en la construcción de pisos que mejor deberían denominarse jaulas. Nuestro “alguien” gasta además compulsivamente dinero online, y come un mínimo de carne para no contribuir al aumento del CO2. atmosférico. Ni el problema habitacional, ni en sí mismo el gasto superfluo, son cuestiones climáticas, pero son fragmentos existentes en una misma persona. Fragmentos que coexisten negándose entre sí.
En la clínica, estos procesos disociativos no siempre viven en la conciencia, sino que se hacen visibles en los síntomas que de ellos derivan, que vendrán marcados además por los rasgos y defensas específicos de cada persona y cada cultura. Es posible que en unas ocasiones se trate de procesos disociativos neuróticos en la línea de la histeria, y en otras de un “terror sin nombre” que afecta al inconsciente que llamamos escindido o clivado.
Tras haber tratado de hacer hasta aquí un somero abordaje de la angustia y de la inhibición –y su insuficiencia, que se hace patente en distintas formas defensivas–, para completar el abordaje de la triada que presenta el artículo freudiano (“Inhibición, síntoma y angustia”, 1926b), falta un esbozo de reflexión sobre las consecuencias clínicas del fracaso de la inhibición, sobre la sintomatología de la/las enfermedades climáticas si tal asunto es conceptualizable.
¿Existen síntomas característicos de la angustia climática? Algunos tienen ya una entidad propia, como la mentada eco-ansiedad, o como el que ilustro con la siguiente viñeta:
Se trata de un paciente en el que uno de los síntomas dominantes es la facilidad con que cualquier pequeño percance en su vida genera una cantidad desmesurada de ansiedad. En cierta sesión el paciente trae un sueño que se desarrolla en un balcón de la casa en la que sigue viviendo ahora, pero en la forma y con el entorno que tenía en su infancia. El sueño alude a los avatares con sus vínculos significativos en el sentido clásico, pero además trae una amarga añoranza de la casa cuando era la casa familiar, asomada a una tranquila placita, y por el costado a una pendiente verde. Siendo la misma casa la que habita, ya no hay pendiente verde sino una torre de gran altura, de la placita han desaparecido los dos árboles que tenía, y hay ahora dos ruidosos e insalubres bares de copas. La situación en sesión cobra un intenso tono emocional, el paciente llora evocando este panorama de su infancia en contraste con la degradación del actual. Vive la pérdida del entorno “objeto bueno” al que ha sucedido un entorno ingrato. Cuando llega el momento adecuado para elaborar tal duelo, el propio paciente se muestra sorprendido de lo profundo de su afectación.
He sabido (Tres Coca 2024) que ese malestar por la destrucción de un entorno de referencia se denomina solastalgia (Albrecht 2019): dolor por el solar perdido. Eco-ansiedad, solastalgia… nociones fruto del trabajo sobre el clima, que van delimitando la clínica a la que nos enfrenta.
Pero da la sensación de que la identificación y el abordaje de enfermedades y síndromes con un componente climático al menos, está todavía en mantillas. Leyendo bibliografía al respecto, se observa que la referencia suele ser a cuadros inespecíficos de cefaleas, trastornos digestivos, astenia, insomnio, irritabilidad, somatizaciones erráticas, etc., lo que induce a pensar que tal vez aún no hemos profundizado y experienciado como para poder definir e independizar estos cuadros.
Me permito especular acerca de que en ese déficit de rasgos patognomónicos, juega cierto papel un “desmentido social previo” ligado al negacionismo, que descarta la existencia de tales enfermedades (“¡memeces!”), eliminando así el componente que los síntomas psicopatológicos suelen tener de contagio. Las “neurosis traumáticas” que aparecieron en soldados retornados del frente en la Gran Guerra, también manifestaban una patología extraña y polimorfa, pero con su reconocimiento, evolucionaron hacia cuadros con características más similares entre sí, como por ejemplo, se generalizaron entre los afectados accesos de temblor generalizado, hasta el punto de que entre la población en general los traumatizados de guerra eran llamados “los hombres temblorosos”. Una denominación así, aunque a veces fuera con ánimo de insulto, indica también un reconocimiento social de la existencia de tal patología, estatus que el negacionismo no concede al daño climático.
Hasta aquí mi recorrido por algunos aspectos de la angustia frente a la emergencia climática, enfocados desde una perspectiva de fronteras porosas con otros saberes y otras vivencias. Se trata de ensanchar y enriquecer el territorio del psicoanálisis integrando en él la comprensión de las repercusiones psíquicas de lo climático. Sobre todo, para que tal comprensión me permita integrar esta patología en mi práctica cotidiana como psicoterapeuta.
Piera Aulagnier parafrasea la noción freudiana de “atención flotante” refiriéndose a la mente del analista en “teorización flotante” (Castoridadis-Aulagner 1975). Si el analista está sensibilizado a la angustia climática, ésta quedará incluida en su bagaje mental, en lo que también podríamos llamar “vivenciación flotante”, para realzar así el componente de implicación emocional. Así como en un psicoanalista pluralista -según la expresión de C. Bollas (2018)-, “flotarán” las aportaciones de Klein o de Winnicott según lo que convoque más su paciente, también debe de “flotar” la posibilidad de encontrar cuadros que total o parcialmente respondan a angustia climática.
Como se debe actuar en lo concreto, entra en lo inefable de la sesión. Decía Lacan (1999) que el psicoanalista en su táctica es libre. Pero sin olvidar que se trata de una angustia que, aunque tramitada según la propia personalidad, es en su origen una “angustia realista”, por lo que la finalidad del abordaje no puede ser disolverla y eliminarla, sino procurar por un manejo menos defensivo de la misma validándola, legitimándola como inevitable. Escribe Donna Orange (2017): “El terror climático no es una fantasía neurótica, sino la sombra de un futuro que ya llegó”.
Y démosle la razón hasta cierto punto a Freud en cuanto a la posibilidad de emprender una “respuesta motriz” para enfrentar el peligro, si por ello entendemos la capacidad de acción personal y social, que probablemente gane empuje al disminuir y legitimar la angustia. Así abordados, legitimación de la angustia y acción climática se realimentan, conformando una sublimación saludable que invita al optimismo, sea éste fundado o “desesperadamente optimista” (como según J. Dupont lo era Ferenczi). Se puede luchar, como terapeutas también, por un mundo mejor, se puede aspirar a un saludable mundo utópico.
BIBLIOGRAFÍA
Albrecht, G.A. Earth Emotions: New Words for a New World. New York: Cornell University Press. 2019.
Bollas, C. El momento freudiano. Londres: Routledge, 2015.
Castoriadis-Aulagnier, P. La violencia de la interpretación. Buenos Aires: Amorrortu, 1975.
Ferenczi, S. “Confusión de lengua entre los adultos y el niño” (1933 IX) Obras IV. Madrid: Espasa Calpe, 1984.
—Journal Clinique janvier octubre 1932. Paris: Payot (1985 [1932]) {Diario Clínico. Conjetural. Buenos Aires. 1988}}{Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932. Buenos Aires: Amorrotu, 1997}.
Ferenczi,S. et Freud.S. Correspondence 3. Paris: Calmann-Levy, 2000.
Freud, S. Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1966 – 1974.
—“La negación (1925h)
—“Inhibición síntoma y angustia” (1926b)
—“Fetichismo” (1927e)
—El malestar en la cultura (1930a)
—“Angustia y vida pulsional. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis” (1933a).
Lacan, J. “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 2. México D.F.: Siglo XXI Editores, 1975.
Orange, D. Climate Crisis, Psychoanalysis, and Radical Ethics. Londres: Routledge, 2017.
Searles, H. The no human environment. New York: International Universities Press, 1960.
Tres Coca, S. “La clínica de la eco-ansiedad en el contexto de emergencia climática” Revista digital de Psicotèrapia Psicoanalítica – Accp, Barcelona, nº12, 2024.
- Carta de Ferenczi a Freud, 25.12.1929 (Correspondance 2000) ↩︎
- Anotación del 28.6.32. “Utopía: Supresión de las pulsiones de odio, interrupción de la cadena de crueldad tipo vendetta; amaestramiento progresivo de toda la naturaleza a través del control por el conocimiento”. ↩︎
- Anotación del 23.2.1932. “Sobre el principio masculino y femenino en la naturaleza” ↩︎