Al servicio de nadie

04 marzo 2026 | Factor Psi

Por Armando Riol Velasco

«Si no vengo aquí, nadie en toda la semana piensa en mí. Ni siquiera yo». No hablaba de afecto. Tampoco de soledad. Había algo en juego.

Algo ha cambiado cuando lo esperable empieza a vivirse como excepción. ¿Qué ha ocurrido para que dejemos de esperar que alguien esté verdaderamente ahí?

A veces sigue operando una confianza elemental: la de que algo responde a la altura de lo ofrecido. Como aquella otra promesa que organizaba trayectorias vitales —si estudias, tendrás un futuro—, que no garantizaba el éxito, pero sostenía una expectativa. El pago era también una de sus formas. Y, si no mediaba el dinero, quedaba la confianza en la ética del profesional que tuviéramos delante.

Hoy, esa expectativa se ha erosionado. Ni el pago asegura presencia ni el cumplimiento garantiza encuentro. Todo funciona, en apariencia: los procedimientos se ejecutan, los protocolos se cumplen. Y, sin embargo, algo inquieta. Nada falla, pero nadie está verdaderamente ahí.

La explicación más inmediata es conocida: falta profesionalidad, se ha debilitado la ética del trabajo, ya no hay vocación ni compromiso. Es una lectura tentadora, y a veces incluso cierta. Pero no basta para explicar la extensión del fenómeno.

Si se tratara simplemente de desinterés o negligencia, hablaríamos de fallos individuales. Pero lo que observamos es transversal: atraviesa sectores, generaciones y ámbitos distintos. No estamos ante una renuncia abierta a la responsabilidad. Asistimos a algo más silencioso y consistente.

No es una retirada. Es obediencia. El profesional sin deseo encarna el ideal contemporáneo: responde sin interrogar, ejecuta sin resto subjetivo, cumple sin dirigirse a nadie. Responde demasiado bien. Se ajusta. Se adapta. Y es en esa adaptación que aspira a no dejar fisuras donde empieza el problema: hiperadaptación.

No hablamos de la adaptación necesaria al lazo que toda relación exige, sino del momento en que adaptarse sustituye a desear. El sujeto ya no se pregunta qué quiere hacer con su función; se pregunta qué se espera de él. La demanda pasa a ocupar el lugar de orientación, pero no apunta a un otro concreto, sino a un dispositivo anónimo que exige rendimiento. El trabajo deja de ser acto. Se vuelve ejecución. Y en esa sustitución, el sujeto deja de inscribirse en lo que hace: ya no se juega nada de sí allí.

No hace falta coacción externa. El mandato se interioriza. La exigencia ya no viene de fuera: habla desde dentro. Produce eficacia y obediencia.

Freud advirtió que el superyó no ordena desde fuera, sino que se instala en el interior del sujeto como una exigencia que nunca se satisface del todo. No prohíbe, exige. Y cuanto más se obedece, más reclama.

Las demandas no se ordenan, se superponen. Productividad sin demora. Cercanía sin tiempo. Excelencia sin margen.

En ese cruce, la adaptación se vuelve colapso por exceso. No fracasa quien no responde, fracasa quien ya no puede dejar de hacerlo. Se cumple sin implicación. Se responde sin presencia. El deseo no desaparece, se apaga por saturación.

Y cuando el deseo se apaga, el otro comienza a desdibujarse. Lo más inquietante no es que el profesional deje de sostener su deseo, es que puede seguir funcionando sin advertir que lo ha perdido. La hiperadaptación no produce conflicto; produce indiferenciación y, de ahí, indiferencia. Y sin conflicto no hay deseo. El deseo introduce una grieta y la hiperadaptación la sella.

Tal vez no se trate de una ausencia del otro, sino de su exceso. Nunca hubo tantas miradas, tantas evaluaciones, tantos dispositivos de medición. Y, sin embargo, cuanto más visible se vuelve el trabajo, menos destinatario tiene. La sobreexposición no produce lazo, produce rendimiento.

Ante este colapso silencioso, la distracción no entretiene: alivia la presión. La pantalla no ofrece descanso, suspende la exigencia de responder. Son treguas que no restituyen el deseo; lo escoran. La exigencia se apaga para soportarla, no para transformarla. Así se consolida el circuito de cumplimiento, saturación y ausencia.

En sus formas más extremas, este exceso de demandas puede desembocar en una imposibilidad de responder. En la clínica, especialmente con niños, esa imposibilidad suele ser rápidamente capturada por una etiqueta diagnóstica que organiza el malestar, pero no siempre interroga la lógica de exigencia que lo precede.

Cuando el trabajo se orienta a la métrica, el destinatario deja de existir como otro y se convierte en usuario, cliente, caso, expediente. Lo que debería ser un encuentro —singular e imprevisible— se transforma en una prestación correcta, intercambiable, replicable. Sin presencia.

Para quien está del otro lado, la experiencia no se vive en términos conceptuales. Se siente como irritación difusa, como impotencia, como una desconfianza que se extiende. Más sutilmente, como una forma de intemperie: la sensación de que nadie sostiene el lugar que ocupa.

Pero la hiperadaptación no borra únicamente al destinatario. También desubjetiva al profesional. Al renunciar a interrogar su deseo, queda atrapado en la ejecución eficiente de demandas ajenas. Así, ambos polos del lazo se empobrecen: uno se siente no reconocido; el otro, invisible para sí mismo.

Lo que llamamos “mala atención” no siempre es incompetencia. A veces es una forma contemporánea de ausencia.

No se trata de exigir un regreso nostálgico a la vocación perdida ni de reclamar que los profesionales “se impliquen más”. La hiperadaptación no se corrige con más esfuerzo ni voluntad. La cuestión es otra.

Tal vez la pregunta decisiva no sea cómo rendir mejor, sino desde dónde y para quién trabajamos. Cuando el hacer se orienta a satisfacer demandas anónimas, el deseo se eclipsa y el lazo se empobrece. Recuperar el deseo no significa obedecer impulsos personales ni rechazar toda exigencia; significa sostener la función en relación con un otro real, singular, que no puede reducirse a indicador.

Hay espacios donde esta lógica de hiperadaptación se vuelve insostenible. Algunas prácticas, como ciertas formas de psicoterapia, no pueden funcionar si quien las ejerce renuncia a interrogar su propio deseo. Allí, la presencia no es un añadido, sino la condición misma del trabajo. En la docencia ocurre parecido.

Quizá el gesto subversivo hoy no consista en producir más, sino en volver a preguntarse: ¿a quién me dirijo cuando trabajo?

Donde no hay otro, el trabajo continúa, y el acto, que siempre implica a un sujeto, se detiene.

Referencias:

  • Lizenberg, L. (2025). Analizar – Guía práctica para una profesión imposible. Lectura Diagonal.
  • Freud, S. (1923). El yo y el ello. En Obras completas, Vol. XIX (1923-1925). Buenos Aires: Amorrortu, 1976.
  • Lacan, J. (1969-1970). El seminario. Libro 17: El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, 1992.
  • Han, B.-C. (2014). Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder.

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